Herederos de Cenizas (Valtremix 1) 21.
47%

21.

Adoraba hacer reír a Darcee, era como un milagro sin mucho esfuerzo. Su prima no era el tipo de persona que fuera por la vida haciendo bromas. Así que, si podía molestarla de alguna manera y tener éxito, así sería.

Recorrió los caminos hasta el reino. Ewald saldría temprano de clase y se iría a trabajar a ese horrible lugar de oro.

Así que le iba a robar su tiempo para invertirlo en algo más divertido.

Iremos a nuestro hermoso y siniestro castillo, pensó riéndose.

A quién engaño, el Castillo Feuer es por lejos mucho más atractivo que una pila de torres quemadas .

Thomas aceleró el paso y, en unos minutos, se encontró en la parte central del reino. Llegó a la escuela donde estudiaba Ewald y entró inmediatamente en los jardines.

Se había olvidado de su aparición especial en la fiesta de la pelirroja, muchos se le quedaron viendo con curiosidad.

Sobre todo, un chico rubio al que no pudo quitar sus ojos de encima.

Lo miraba sensualmente de arriba y abajo, no bastaba meterse en su mente para saber lo que quería.

Thomas se sonrojó en pánico y siguió su camino con las pupilas bien abiertas hasta encontrar a Ewald.

En ese momento, hubiese deseado traer a Knut.

Al parecer ya no tendría tanto libertinaje.

Ewald estaba cerca de las bancas, comiendo un bolillo de jamón. Él levantó la mirada .

—¿Qué haces aquí? —dijo alarmado.

—Vine a llevar a mi primo favorito a una excursión especial —dijo susurrando para que nadie los oyera y se sentó a su lado.

—¿Tu primo favorito? ¿Qué te hizo Darcee para que estés enojado con ella? —admitió Ewald con una mirada fulminante.

—¿A mí? Nada. Yo siempre estoy de buen humor. Sabes, no los mataría sonreír de vez en cuando.

—De eso se trata entonces —Ewald lo examinó.

Desde cuándo puedes leer mis pensamientos. Maldito . Ewald sonrió entonces. Parece que era más fácil hacerlo reír.

—Sabes… que tengo trabajo —dijo Ewald desviando su sonrisa y su mente a otra parte.

—Sabes que no me importa. Créeme, lo que vamos a hacer, es mucho más interesante que limpiar las heces del rey —dijo con una sonrisa malvada.

—¡Yo no hago eso! —gritó quejándose con una mueca y soltando su comida.

—Ah, entonces sí te respeta después de todo.

Ven, tenemos que irnos —Thomas se levantó y miró los rostros curiosos que los espiaban alrededor.

—Antes de que atraigamos más atención—. Se adelantó para alejarse de la mirada del rubio y salió de la escuela solo.

Ewald lo siguió desde atrás terminando su comida en el camino.

Después de un rato, ambos atravesaron el bosque que dividía Valtremix del Castillo Real.

Era un tramo muy corto, pero los árboles y pinos eran lo suficientemente altos para ocultar la vista del Castillo Real.

Los habían descuidado para que crecieran a propósito.

Ewald alcanzó a Thomas y caminaron juntos.

—¿Nadie te siguió? —preguntó.

—¿Quién me seguiría? —contestó Ewald extrañado.

—No lo sé, ¿alguna admiradora secreta? —Ewald frunció el ceño. —¡Oye, ahora somos populares!

—¿Cómo sabes eso?… oh, olvídalo.

—Creo que no es buena idea que me acerque así a tu escuela, levanta las sospechas —al parecer el nombre de los Valtre no había desaparecido, a pesar de los esfuerzos exhaustivos de Friedrich.

—¿Tú crees? —dijo sorprendido.

—Tal vez aún no te acostumbres a mí, pero Darcee, adora mis bromas. Deberías ver las muecas que hace.

—¿Cómo si te fuera a matar?

—¡Vaya! ¡No llevas ni una semana de conocerla y ya la describes a la perfección!

Pero no, en serio, ella adora mis chistes.

Entre semana por la noche, montamos nuestro espectáculo en la mesa de los carpinteros —dijo, extendiendo sus manos dramáticamente al aire.

—Yo hago mis comentarios floridos, y ella, se pone a hacerle muecas graciosas a los ancianos. Créeme, tiene un público espectacular.

—¿Muecas graciosas, o como cuando te cachan por hacer algo indebido?

—Ambas, pero oye, los niños la adoran.

Ewald esbozó una grande sonrisa y sacudió la cabeza de lado a lado. —En serio, te hacen falta como mil tornillos —avanzó más rápido para evitar que viera su sonrisa. Ya te tengo .

—No siempre soy así, sabes…

—¿De idiota?

—¿Disculpa? —Thomas se detuvo abruptamente y Ewald se giró hacia él. Su sonrisa desapareció. —¿Acabas de llamarme idiota?

Ewald pareció preocupado y un pánico se apoderó de sus ojos. —No, no lo dije en serio.

Thomas acortó la distancia entre ellos de un paso y se plantó frente a él. —Escúchame, Ewald. Esta será la única vez que te dejaré llamarme así, ¿entendido?

Ewald asintió más de una vez y se quedó callado como un niño regañado. Thomas le puso un dedo en el pecho y comenzó a reírse hasta que su carcajada se escuchó alrededor de ellos.

—En serio, te hace falta respirar más aire fresco —dijo Ewald mientras lo pasaba de lado.

—¡Anímate, Ewald! Dicen que la vida es muy corta para vivirla como un amargado —dijo alegremente, chocando su puño contra su brazo.

Los dos siguieron caminando. A Ewald le mataba la curiosidad por saber qué harían. Lo podía ver en la forma que apretaba sus dedos involuntariamente. Aunque seguramente pensaba que Thomas ya lo había leído desde hace rato. Aun así, le causaba gracia no darle una respuesta.

Ya no pudo contenerse más y preguntó. —Ya dime, ¿qué estamos buscando? ¿A dónde me llevas? —reclamó impaciente.

—Hacia el castillo real —dijo, disfrutando del paisaje del bosque. —Vamos a buscar algo que le perteneció a tu familia. Algo que te va a ayudar.

—¿Un superpoder?

—Eres bueno con las dagas, ¿no? Vi cómo le rajaste el brazo a Knut.

—¿Lo viste? —preguntó confundido.

—No solo podemos ver las memorias, también podemos proyectarlas, por ejemplo en orbes.

—Entonces... ¿Qué buscamos? —insistió.

—Las dagas fantasma. Heiner cree que una de ellas sigue en el castillo.

—¿Y la otra?

—Una le perteneció a tu tío, Roman Schatten, el hermano mayor de tu padre. Murió días antes de que fuéramos evacuados. Tu padre tenía la otra, pero supongo que Friedrich dispuso de sus pertenencias.

—¿Friedrich? —contestó como si no lo conociera. Thomas volteó y vio su rostro tratando de resolver un rompecabezas.

—Él mató a tu padre. Incluso es la mierda que les enseñan en la escuela, ¿no? Ya he escuchado la gran historia. Lothar asesina a Clemens frente a Arnold. Y luego, él mata a tu padre.

—Espera, Clemens es… él fue el padre de Hans —dijo en una especie de revelación.

Thomas suspiró en burla. —No se te ha pasado nada.

—No lo había pensado. Cómo Friedrich… me mira con esa furia, rencor, no sabría describirlo.

—Ese desgraciado asesinó a tus padres, Ewald. Si yo fuera tú, ya le habría rebanado la garganta —aunque sería una muerte rápida y piadosa.

—Todo esto... Aún se siente extraño. Sí, detesto a Friedrich, pero ¿odiarlo? Aún es un sentimiento lejano para mí. Tú lo cuentas como si siempre hubiera sido el hijo de —Ewald se detuvo en su pensamiento. —Ni siquiera me siento hijo de ellos. Siempre he sido un… huérfano.

—Creo que entiendo —contestó inseguro. —Podemos ayudarte, pero tendrás que practicar bastante.

Los poderes de control mental son muy complejos, no sólo son recuerdos e información.

Controlamos las funciones del cerebro, el cuerpo, la sangre.

Incluso contrarrestar el dolor y las emociones.

Estoy seguro de que tus recuerdos aún siguen ahí, pero algo o, más bien, alguien te hizo olvidar.

—O tal vez, solo me golpeé demasiado fuerte la cabeza —dijo seriamente Ewald.

Lo miró y suspiró, riéndose. —Sí, probablemente haya sido eso—dijo, palmeando la espalda de Ewald.

Sin darse cuenta, caminaron por todo el pueblo hasta llegar a la reja y escucharon un enorme tronido. Las sombras se habían intensificado más de lo normal, eran espeluznantes. Ewald lo detuvo antes de que topara con el portón que era difícilmente visible.

—¡Qué demonios! —maldijo. Intentó abrir las puertas con esfuerzo. Ewald lo ayudó desde el otro lado y empujaron las rejas. Estas se deslizaron abruptamente como imanes y ambos cayeron al lodo. Se miraron entre sí asustados, tratando de visualizar si algo los atacaba.

—Que no se habían aplacado —dijo Ewald, nervioso.

Thomas lo miró dudoso y volvió su vista a la niebla de sombras. —Tendremos que seguir .

—¿Es necesario ir por esa daga? —Ewald preguntó asustado mientras se levantaba.

—Si corres de esto, te la pasarás huyendo el resto de tu vida.

Tú eres quien debe controlarlas, no ellas a ti, Ewald —dijo señalando a la oscuridad.

—Además, eres el único que puede hacer algo.

Mis poderes son… inútiles contra ellas —un Valtre rara vez se sentía inútil ante algo.

Mientras no tenga cerebro, no puedo controlarlo .

Ewald notó su expresión extraña. Él suspiró profundamente y caminó por delante de él resignado. Caminaron a paso normal, no querían apresurarse. Si ya de por sí estaban nerviosos, no necesitaban darles más excusas a las sombras para atacarlos.

Thomas se distrajo con un sonido, como si el aire estuviera corriendo con mucha fuerza contra sus orejas, pero no había ninguna brisa, ni corriente. Sin darse cuenta, alentó el paso y Ewald estaba a unos seis pasos de él. La bruma lo levantó del suelo de golpe.

—¡Ewald! —soltó un jadeo ahogado. Vio el rostro asustado de su primo girar hacia él y desvanecerse entre las sombras. Ya no podía verlo, ni siquiera podía distinguir el suelo, flotaba en la oscuridad. Todo se había vuelto gris.

—¡Ewald, haz algo! —No obtuvo respuesta. Era como si se lo hubieran tragado: sus pies flotando y las puntas de su cabello moviéndose en todas las direcciones. Demonios, haz algo Ewald. O juró que mi fantasma te espantará por el resto de tu vida. Su cerebro trató de comunicarse con él. Y lo sintió.

Demonios . La voz de Ewald resonó en sus oídos. Al menos sabía que no había salido corriendo.

Las sombras empezaron a moverlo de un lado a otro, sacudiéndolo.

Desconocía a qué altura se encontraba. Pasaron varios minutos mientras flotaba, esperando en la eterna oscuridad grisácea, sostenido en el aire por una gran nube de humo.

Ni siquiera alcanzaba a ver la luz vibrante del sol.

Se encontraba dentro de la densa niebla que recorría el Castillo Real.

Esto es lo que me gano por pensar que el Castillo Feuer es más bonito.

Las sombras se contraían hacia el suelo y empezó a ver la débil luz del sol atravesando las nubes. Miró hacia abajo y su cuerpo caía lentamente.

Poco a poco, el paisaje se fue aclarando y pudo ver el castillo. Las sombras desaparecieron dirigiéndose a un círculo donde corrían intensamente, rodeando a Ewald, quien levantaba los brazos controlándolas en una extraña y retorcida armonía.

La gravedad lo venció y cayó abruptamente. Gritó, mientras sus pies se sacudían en el aire y su cuerpo se sentía como un bulto. Ewald disparó las sombras hacia él y lo rodearon por todas partes protegiéndolo. Aun así, siguió cayendo con la misma velocidad.

Que no duela, que no duela. Pensó varias veces apaciguando sus sentidos y cerró los párpados.

Lo próximo que sintió fue su cuerpo impactar con el suelo, sin sufrir dolor.

Cuando abrió los ojos, estaba sano y salvo sobre su trasero.

Examinó rápidamente su cuerpo. Sin huesos rotos, sin rasguños. Maldita sea, Ewald.

Levantó la mirada y las sombras seguían rodeando a Ewald, pero con menos fuerza. Desaparecieron suavemente alrededor de ellos. Thomas se dio la vuelta y observó la misma barrera de sombras alejarse a los límites del castillo, como la primera vez que lo visitaron.

Ewald se acercó y le ofreció la mano. Lo observó desde el suelo.

Estuvo cagado de miedo y miles de preocupaciones pasaron por su cabeza mientras flotaba.

Ewald no lo conseguiría, y yo moriría. O tal vez me quebraría los huesos y sobreviviría .

En cualquier caso, logró sacarlo de ese aprieto y estaba agradecido.

Ahora podía confiar en que Ewald no lo dejaría morir a su suerte, o que saldría corriendo como un cobarde.

Por ahora . Él tomó su mano y se levantó rápidamente.

—Gracias por no dejarme flotando, primo.

Ewald se burló —no hubiera sido una mala idea —sonrió con malicia.

—Si no te hubiera matado yo, lo habría hecho Darcee —reclamó, mientras seguía apretando su mano fuertemente contra la suya.

Ewald se rio y le soltó la mano de un jalón. Thomas se paró derecho y Ewald le dio la espalda.

—Qué bueno que reconsideré, de lo contrario, Darcee habría tenido que atravesar las sombras para matarme, primo —contestó por delante de él.

Sonrió socarronamente sin que Ewald lo notara. Ya está aprendiendo . Nunca pensó que se llevaría tan bien con su primo que le causaba tanta gracia recordar el primer momento que supo de su existencia. Presentía que Ewald empezaba a sentir lo mismo por él.

—No le digas a nadie que grité —reclamó.

—Solo lo haré si Knut me ofrece algo que no pueda rechazar.

—¡Eres un desgraciado! —gritó mientras corría hacia él.

Ewald volteó riendo y se puso a correr hacia la puerta del castillo.