Herederos de Cenizas (Valtremix 1) 20.
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Podía escuchar el estruendo de las bolas de fuego chocar con las torres del Castillo Real. Los ventanales estallaron con el impacto, como una lluvia de gotas caer en algo metálico.

Cuando Darcee abrió los ojos, veía a través de la mente de una niña de doce años. Estaban dentro de la habitación del príncipe Benjamin Valtre, aunque él no estaba presente. En su lugar, estaba su esposa, la duquesa Clara Valtre y el señor Dominik Gottfried conversando mientras tomaban el té.

Knut estaba molestando al pequeño Thomas, jugando con sus juguetes e intentando quitárselos. Los tres se reían sentados sobre la fina alfombra que formaba patrones de orquídeas.

Darcee se dio cuenta de que había mucha actividad en los pasillos. Agachó la cabeza por el hueco entre la puerta y el suelo. Podía ver las sombras de varios pies pasar. Cuando golpearon la puerta, Darcee se estremeció y gateó hacia atrás.

Clara y Dominik alzaron la cabeza y los guardias entraron sin más aviso. —¿A qué se debe esto? —exclamó ofendida Clara.

—La reunión se ha visto comprometida, nos han dado órdenes de mantenerlos a salvo dentro de la habitación —contestó un hombre vestido con la armadura de la guardia real.

—¿Quién les dio esas órdenes? —cuestionó molesto el padre de Knut .

El guardia golpeó a Dominik con la empuñadura de una daga. Knut gritó y trató de correr hacia su padre, pero otro guardia lo sujetó y lo amenazó de inmediato para que Dominik se detuviera. No eran guardias, eran mercenarios enviados para secuestrarlos, o probablemente ser enjuiciados por Friedrich.

Los pusieron de rodillas a todos y con las manos atadas.

Uno de los hombres tomó a Thomas y Clara se puso furiosa e imploró que no le hicieran daño a su hijo.

El padre de Knut logró desatarse y atacó a uno de los hombres poniéndole las manos sobre el rostro.

El mercenario gritó con fuerza y cuando los demás hombres tomaron a Dominik por la espalda, vio cómo le habían deformado la cara con sus humos ácidos.

Pero lo que vino fue peor, todos juntos apalearon al padre de Knut hasta la muerte, con garrotes que desprendían chispas y toques que electrocutaban su cuerpo.

Todos estaban gritando e implorando piedad, y su cuerpo se retorcía hasta que dejó de moverse.

Knut intentó hacer algo, pero lo único que logró fue gritar.

La imagen del cuerpo maltratado de su padre fue algo que lo marcó de por vida. Que los marcó a todos ellos.

Podía sentir que ella era la próxima en la lista, pero todo cambió cuando vio que los guardias empezaron a desangrarse.

Benjamin y Abigail Valtre, entraron ahogando a los mercenarios en su propia sangre, tratando de tomar un bocado más de aire.

Se desvanecieron por completo. Merecían morir sin piedad después de lo que habían hecho.

Darcee se imaginó mil escenarios sobre cómo todo había salido mal, pero al ver a Knut llorar sobre el cadáver de su padre, desvió toda su concentración, convirtiéndola en nervios y rabia que nunca se saciarían.

Juntos empezaron a moverse por los abarrotados pasillos principales, donde nobles y sirvientes trataban de encontrar a sus familiares.

En medio de tanto movimiento, empujones y tirones, recordó haber visto por última vez a su tío Lothar Schatten.

Los había escoltado hasta la entrada del túnel y, de repente, no recordó ver a ninguno de sus tíos, salvo a la madre de Thomas, que sostenía la mano de Darcee fuertemente y, con la otra, cargaba a su hijo.

Descendieron a gran velocidad hasta las profundidades del túnel. El aire gélido le pegaba en la cara y sentía la humedad que se acumulaba en los túneles desde entonces, pero esta vez, era más turbulenta.

La gente corría tratando de escapar. A lo lejos, podía escuchar sonidos inusuales: el estruendo de las torres derrumbándose, las voces de los guardias ordenando a la gente dónde refugiarse, el choque de las espadas y las explosiones de los poderes de los combatientes batallar.

Darcee vio todo lo que se había imaginado: el castillo en llamas, el cielo pintado en tonos naranjas y grises por el humo que desprendían los árboles al incendiarse.

No podía permitir que aquello continuara ni un segundo más.

Quería salvar a sus padres, abrazarlos y decirles que todo iba a estar bien.

Quería saber dónde se habían metido sus tíos y que llegaran sanos y salvos.

Aún no entendía nada de lo que estaba sucediendo.

Era solo una niña cuyo poder empezaba a florecer. Esperaba poder ver al pequeño Ewald.

Darcee corrió entre los árboles mientras los guardias escoltaban a todos al refugio. Jamás se había usado antes y, al parecer, ese era el momento preciso para que sus ancestros se llenaran de decepción. Utilizar el escondite secreto era una manera de sentenciar su derrota.

Llegaron a un antiguo cementerio en medio del bosque, fuera de los límites del reino que estaba sin poblar.

Los guardias recibieron a la gente en una cripta de piedra que se conducía a otro túnel.

Lo que antes se le conocía como el Refugio, había cambiado de nombre al Agujero con el paso de los años.

El agujero donde se escondían los indeseables .

Los sirvientes y los nobles se dispersaron por todo el espacio.

Era un largo túnel amueblado con sillas acojinadas y mesas.

Más adentro, Darcee descubrió habitaciones con provisiones de comida, telas, colchones, utensilios y otras cosas necesarias para sobrevivir.

Estaba bien equipado para pasar la tempestad y permanecer allí algunos días, no años.

A Darcee, Thomas y Clara los llevaron a una habitación reservada. Tenía sillones, un pequeño comedor con seis sillas, un escritorio y un librero oscuro. Al fondo, había una cama grande con paneles de cortinas y varias cajoneras.

Esa noche, ella y Thomas durmieron juntos.

Aunque nadie pudo descansar. Darcee abrazaba sus piernas temblorosas, mientras aún podía oír los estruendos del castillo que estaban derribando.

Se sentía destrozada por haber perdido tanto en un solo día.

Su madre, su padre, su hermano, que no llegó a ver la luz, sus tíos, su primo, su hogar… Todo se había ido.

Recordó el momento en que Ambrose llegó a la habitación con el rostro devastado y la armadura ensangrentada antes de que oscureciera.

Se echó a llorar y se colgó de él, su padre debió haber vuelto.

Ambrose la abrazó con fuerza y le dijo que aún podían salvar a los demás.

Al parecer, muchos se habían retrasado y varias personas seguían entrando en el túnel.

Ya no quedaba mucho tiempo y tenían que actuar rápido.

Ambrose la acompañó hasta la entrada del túnel.

Tenía que usar sus poderes para ver a través de los ojos de los guardias.

Darcee solía tener visiones cuando usaba su poder, y vio a los nobles que traían a Ewald en brazos mientras corrían.

Lo escondieron en el hueco de un tronco cuando los soldados de Friedrich estaban cerca de descubrir el refugio.

Dos de los mejores guardias fueron al rescate, guiados por sus visiones.

Pasaron silenciosamente por el bosque. Los soldados patrullaban la zona en busca de más víctimas para su victoria inminente.

Los guardias encontraron a Ewald envuelto en una manta fina de color morado ciruela y plata, los colores de la familia Schatten.

Uno de ellos lo tomó, mientras el otro le cubría las espaldas. No era una tarea fácil. Estaban completamente rodeados y superados en número, así que un enfrentamiento era inevitable.

Tras varios minutos en sigilo, los guardias fueron flanqueados cerca del túnel del cementerio. Ambrose sin más esperanzas, ordenó cerrar la entrada para que no pudieran encontrarlos y evitar más muertes. Darcee falló, no pudo salvar a su primo, un error que nunca se pudo perdonar… hasta ahora.

—Darcee —escuchó una voz suave y firme. —Darcee —sintió el calor de unas manos presionando las suyas. Un escalofrío recorrió su cuerpo y abrió angustiada los ojos. Sus mejillas estaban húmedas por las lágrimas que había derramado al recordar. Se sumergió en un largo tiempo de recuerdos, otra vez.

Sus manos temblaban sobre el frío cristal del orbe, en la misma habitación donde había dormido en aquella noche.

Siguió la mirada de unas manos flacas con mangas grises sobre las suyas.

Heiner estaba arrodillado, mirándola fijamente.

Era demasiado alto que sus brazos quedaban apoyados sobre sus piernas.

Heiner retiró sus manos del cristal y las dejó sobre la mesa. —Prométeme que no volverás a hacer eso —la tomó de la barbilla dirigiendo su mirada hacia él, pero Darcee seguía hundida en sus recuerdos.

—No quiero ser como ellos —susurró con la voz quebrada.

—¿Cómo quién? —preguntó calmado.

Ella miró sus ojos, que eran de un azul muy pálido, y bajo la luz de los cristales se veían plateados, como el reflejo de la luna en un lago.

—Darcee —oyó sus labios moverse.

—Lo siento —ella reaccionó girando su cabeza inconforme, mientras presionaba con los dedos la otra mano de Heiner. Él seguía hincado, poniendo toda su atención en ella.

—Traté de... hablarte, pero no reaccionabas —sonaba ligeramente preocupado.

—No te preocupes… es lo de siempre —dijo con la voz aún quebrada. El pulgar de Heiner hacía pequeños círculos sobre su muñeca, relajándola. —No te puedo prometer algo que no sabré si volveré a hacer —dijo esta vez con un poco más de claridad. —No… no puedo evitarlo.

La locura de los Valtre . Quería ignorarlo, pero sabía que sus ancestros habían sufrido episodios violentos, depresivos e insanos.

El poder tomando control de la mente. Los rumores que corrían por el reino sobre las acciones maquiavélicas de su legado eran consecuencia de ese trastorno.

Cualquiera de ellos tenía el peligro de padecerlo y, a veces, era inevitable. La maldición del descontrol completo.

Heiner soltó sus manos cuando ella se tranquilizó. Él se puso de pie y se dirigió hacia una mesita que tenía una botella de vino de frutos rojos y dos copas de cristal estrelladas. Lo sirvió en ambas copas con una delicadeza extrema y las trajo de vuelta al escritorio donde estaba ella.

Darcee tomó la copa que le había ofrecido sin apresurarse. Heiner sabía que el vino la ayudaba a concentrarse y a volver a elaborar los planes que necesitaban resolver. Tras unos deliciosos sorbos, dejó escapar la presión que se había autoimpuesto. Sus episodios de ansiedad eran muy frecuentes.

—¿Ya sabes cómo envenenar a Friedrich? —Heiner rompió el silencio trayéndola a la realidad.

Miró profundamente el vaso, tocando los bordes de la copa con el pulgar, haciendo círculos lentos. —Le daremos un regalo que no podrá resistir .

Heiner entendió su mirada y vio su propia copa de vino. —¿Así quieres matarlo? ¿Con una botella de vino? —dijo con decepción.

—Sabes que no. Ese hombre se merece la muerte más lenta y dolorosa que me pueda imaginar —dijo molesta, aún con su pulgar en los bordes.

—Solo dormirá lo suficiente para que Knut y Ewald puedan encontrar los malditos planos —levantó su mirada hacia él y acercó su copa hacia sus labios. Heiner suspiró sin impresión.

Escuchó unos golpes en la puerta. Thomas entró rápidamente y oyó las voces habituales que emitía el Agujero.

—Lo siento, ¿interrumpí algo? —preguntó Thomas al cerrar la puerta.

—No, adelante —mintió Heiner con un gesto amable.

—Estaba pensando que… si, es genial que estemos armando este plan juntos, como familia, con Ewald a bordo —dijo levantando su brazo con armonía, arrastrando las frases. —Pero, no han pensado qué… si el chico se mete en problemas, ¿no va a saber cómo defenderse… decentemente?

—Ve al grano, Tom —reclamó sin paciencia. Él era el único que podía darle vueltas a un tema sin que supiera sus verdaderas intenciones.

Thomas se acercó y arrastró una de las sillas de la mesa hasta el escritorio. —Lo vi pelear... Se defiende, pero, contra unos chicos de preparatoria. No creo que sepa defenderse contra un soldado de Friedrich.

—Le comenté que podía enseñarle sobre su poder —Heiner se enderezó en la silla mientras tomaba de su copa.

—Ambrose podría darle unas lecciones. ¿Qué tan malo es? —Darcee miró a Thomas .

—Bueno, se mueve rápido. No lo oigo acercarse, por más que lo intente, tiene pies ligeros —Thomas pensó en qué cualidades podría agregar a la lista.

—¿No le clavó una daga en el brazo a Knut? —preguntó Heiner, llevando su mano a la barbilla.

—Lo hizo con la vista nublada. Knut se impresionó mucho, para ser tan joven.

—Podrían ir a buscar las dagas Schatten.

—Heiner, esas dagas están perdidas —contestó con frialdad.

—Una de ellas no, la daga de su tío, Roman Schatten. Seguro que sigue escondida en la habitación de Lothar.

—¿De verdad crees que siga ahí? Después de todo lo que Friedrich robó —preguntó Thomas incrédulo.

—Recuerda que nadie puede entrar en las habitaciones. Si no volaron la puerta… seguro que está ahí.

Darcee soltó una pequeña carcajada. Sabía que Friedrich y otros robaron hasta el más mínimo objeto brillante que pudieron encontrar.

—Yo puedo llevarlo y… avisarle de su entrenamiento —sugirió Thomas, mirando a ambos.

—No pensaba que te cayera tan bien. Noté como desconfiaste de él cuando lo conocimos —Darcee sonriendo de manera sarcástica.

—Bueno, aún falta conocerlo. Sabes que no confío del todo, prima —dijo Thomas con una mueca molesta.

Por los dioses, ¿ya vas a empezar? La falsa sonrisa de Darcee se desvaneció. —Bien por ti, gracias, primo —. Ahora lárgate y mantente fuera de mis asuntos personales .

Thomas inclinó la cabeza hacia atrás y se rio a carcajadas. Claro, tus asuntos personales miden como un metro noventa.

¡Deja de mirar mi mente! Reclamó en su cabeza.

Heiner lo siguió dudoso, sin saber por qué se reía Thomas o qué fantasías tenía Darcee en la cabeza.

Sí, sí, te dejaré para que puedan hacerlo…

sin interrupciones. Ella se sonrojó y Thomas tomó un trago de su copa.

Se limpió con la manga y chocó la copa contra la madera del escritorio, sin dejar una gota.

De verdad deseaba ahorcarlo. Se levantó y caminó hacia la puerta, sonriendo como un idiota, retrasando su salida mientras murmuraba entre risas.

Darcee se apoyó en su brazo esperando y se dio cuenta de que estaba sonriendo de verdad. Ese desgraciado lo hizo de nuevo .