19. #2
—Bien, será en otra ocasión —dijo en voz baja y sonriendo a la fuerza. Ignorando que sintió miedo cuando Ewald alzó su mano. Jamás había visto a Adlar estremecerse ante nadie. Lea quería reírse, pero se contuvo hasta que se alejó de su vista.
—Gracias —dijo Ewald mientras Lea se reía levemente.
—Descuida, fue gracioso ver a Adlar así.
Ella se acercó más a Ewald tomando su brazo suavemente. —Nos vemos mañana después de clases —susurró en su oído plantando un beso en su mejilla. Ewald suspiró tembloroso. Al alejarse, vio sus cejas levantadas y su mandíbula rígida. Lo vio tragar saliva, seguida de una sonrisa.
Lea sonrió de vuelta y volvió con sus amigas, que sonreían con complicidad. Seguramente, Ewald se dio cuenta de que los miraban, pero a Lea no le importaba. Ya casi se acababa el receso y tenía que seguir con las clases del día.
Las chicas se preparaban para su clase de combate en el vestidor. Había varios casilleros, bancas, cortinas con duchas y vestidores. Amalie estaba a punto de irse, ya que no le permitían tomar esa clase. A ninguno de los huérfanos los dejaban ni siquiera aprender a pelear.
Una vez, el maestro les explicó. Desafortunadamente, no tienen algún padre o familiar que los guíe en su conocimiento del poder. Por lo tanto, no es posible para nosotros saber las facultades de lo que pueden lograr. Era una estupidez. Por algo estudiaban, para aprender a controlar sus poderes.
En fin, necesitaba que Amalie se acercara más a Hans. Le había preguntado en privado qué había pasado y Amalie le contó que habían coqueteado. De una manera algo extraña, pensó. Así que lo verían en la clase mientras practicaba.
—¡Chicas, por favor, déjenme ir! —Amalie trataba de zafarse entre risas.
Lea y Kirsten la tomaron de los brazos, una de cada lado, y la obligaron a atravesar la puerta del gimnasio.
Cruzaron la cancha techada con bancas de madera en un costado.
Adlar y Oswin estaban practicando a esquivar los campos de fuerza que Adlar creaba.
Los dos eran buenos, pero Adlar siempre ganaba al final, aprovechando alguna ventaja o debilidad de su oponente.
Aunque no le pareció así el día de su fiesta.
Obviamente, Ewald y el chico misterioso lo sorprendieron. Hans remató al final, pero el trabajo sucio fue hecho por ellos. Sin duda, Ewald escondía una fuerza que quería descubrir por sí misma, pero por el momento, la tarea en curso era mucho más importante.
Hans lanzaba sus llamas de fuego, mientras que Fred las disolvía con sus ondas de fuerza, que zumbaban a su paso.
—¡Vamos, Hans! Tienes que vencerlas —exclamó Fred.
—Ya sé, pero temo quemarte.
—No te preocupes, por eso usamos ropa especial —contestó Fred animándolo.
—¡Hans! —Lea gritó interrumpiendo su práctica.
Hans suspiró y se irguió, caminando hacia ellas a la fuerza. Fred soltó una carcajada y se sentó en las bancas para beber agua.
Amalie cruzó sus brazos tímidamente. Por los dioses . Odiaba que fuera tan tímida. Él se detuvo frente a ellas y esperó una reacción en respuesta. Lea le pegó con el codo a Amalie y ella se estremeció.
—Hola —Amalie la miró molesta y Lea sonrió maldosa.
—Solo queríamos saludar —dijo mientras soltaba a Amalie y tomaba a Kirsten para alejarse de ellos.
Ambas se sentaron en las bancas, viéndolos a lo lejos. De vez en cuando distraían su mirada para no incomodarlos, pero aún podía escuchar sus voces.
—Hola —contestó Hans.
—Lo siento, ellas… me obligaron —dijo Amalie con un gesto tímido.
—Sí, ya sé cómo son. No te preocupes —su voz era amable, no como la vez que hablaron en la oficina.
Amalie alzó su vista hacia sus ojos. —¿Y qué estás haciendo?
Demonios . Necesito darle unas clases de coqueteo. Kirsten la miró incrédula, imitando sus propias reacciones, como si fueran gemelas. Kirsten se alejó de la conversación soltando sus brazos en protesta. Se fue con otras chicas que ya habían salido al campo a practicar.
—Estoy... entrenando, para ganar el torneo. El rey quiere que gane.
—Creo que todos quieren que ganes. Adlar no es muy simpático que digamos —dijo Amalie con su tono suave e inocente mientras recogía un mechón de cabello detrás de la oreja. Tal vez, su timidez era lo que le atraía a Hans.
—¿Podríamos salir algún día?
Amalie sonrió ampliamente. Quiso ver qué pasaba después, pero alguien con mal olor fue a interrumpir su vista, parándose frente a la tarea que parecía ser un éxito.
—¿Disfrutando del espectáculo, querida? —Adlar flexionó la pierna contra la banca.
—¡Como se te ocurre insultarme, idiota! —Lea alzó su dedo acusándolo.
—Pues al parecer, la misión de seducir al huérfano se ha vuelto algo más personal —contestó en voz baja.
Lea se acercó, viendo que nadie les prestaba atención. —De eso se trata. Además, mi plan es mejor que el tuyo.
—¿En serio? Según recuerdo, tu deberías coquetear con ese idiota, no la huérfana.
—De eso se trata —contestó entre dientes.
—Cuéntame.
—Si fueras inteligente, te darías cuenta de que Amalie está más interesada en la atención de Evald. Pero, como él no le hace caso y Hans sí… pues —Lea miró hacia Amalie y Hans.
—Tú sales con Evald, y Hans con Amalie —Adlar se quedó boquiabierto. —Querida, tú eres malvada —admitió con una sonrisa culpable.
Ella asintió sonriendo levemente, le gustaba oír cumplidos, pero este no era de los que debía disfrutar.
—Bueno, si ahora te satisface… —dijo en voz baja. —¡Lárgate, Adlar! —su voz se escuchó en todo el gimnasio. Adlar se burló y se giró hacia el lugar donde entrenaba.
Amalie ya se había ido del gimnasio. No le importó compartir los detalles de su conversación. Qué grosera . Ahora tendría que esperar hasta mañana, no podía permitirse ir al orfanato hoy cuando había mucho por qué preparar para el torneo.