18.
—Amalie, ¿está aquí Amalie? —escuchó la voz de una mujer adulta.
Amalie volteó y dejo de cortar las verduras que iban a servir para la cena al ver la esquelética figura de la señora Celia. —Mande.
—Te necesitamos en la enfermería, ven, por favor —la señora Celia extendió su mano hacia ella y Amalie se quitó el delantal, dejando atrás a los empleados ocupados en la cocina.
Siguió a la señora Celia por los pasillos arqueados del orfanato. —¿Qué sucedió?
—Un niño, estaba trepando árboles y se cayó. No te preocupes, no tiene huesos rotos —podía notar por su tono rasposo qué estaba furiosa.
Además de trabajar todas las noches en la cocina por una buena paga, una de sus labores imprescindibles era atender la enfermería, aunque no era común que la llamaran.
Al llegar al enorme cuarto donde se apilaban algunas camillas, Katia estaba arrodillada junto al niño que se le había abierto la piel y necesitaba suturar la herida.
Amalie se adelantó y se paró a lado de ella.
—¡Por fin! Llegaste. Estaba limpiando la herida.
Amalie se arrodilló y tomó el trapo sucio qué Katia presionaba contra la rodilla del niño que hacía una mueca de dolor. —Yo me encargo desde aquí, gracias.
Katia se levantó y observó a los otros niños que estaban sobre la camilla junto a su amigo.
—¡Ustedes salgan y vayan a lavarse para la cena! —gritó la señora Celia tronando sus dedos. Amalie sonrió ahogando una risita, y vio al niño sonreír nerviosamente. Celia disfrutaba regañar a todos por cualquier cosa que pudiera salir mal en el orfanato.
Los niños se fueron corriendo entre risas y pasaron junto a ellas. Celia siguió a los chicos, asegurando que obedecieran. No había necesidad de supervisar su trabajo.
Una vez solos, Amalie se centró en el niño. —¿Cómo te llamas? —tomó un trapo empapado en alcohol.
—Finneas —se quejó cuando ella le puso el trapo en la rodilla.
—Lo siento, mi nombre es Amalie —ella sonrió. Finneas parecía tener ocho años. —¿Cómo te caíste? —necesitaba distraerlo mientras ponían en acción su magia.
—Estaba jugando a las escondidas y trepé hacia el árbol equivocado… cuando me quise bajar ya no pude —el niño sonrió avergonzado.
—No te preocupes, yo también me caí de un árbol a tu edad —pasó su mano sobre la herida. Poco a poco, la piel se fue uniendo a su estado original.
Finneas miró asombrado mientras apretaba los labios aguantando el ardor. —¿Cómo… hiciste eso?
—Este es mi poder, sano a las personas. No necesito de hilo y aguja. —sonrió mientras arreglaba sus raspones.
—Me gustaría tener tu poder, así podría ayudar a las personas como tú —dijo emocionado.
Amalie destelló una sonrisa y su corazón saltó de alegría. —La próxima vez que necesites ayuda, puedes venir a mi —observó que no hubiera nadie en el cuarto —así no podrá regañarte la Señora Celia.
El niño apretó los labios y rio disimuladamente. —Gracias, lo haré.
—Listo, ya puedes irte.
Finneas bajó de la cama de un brinco, comprobando que su pierna funcionara igual que antes. Amalie recogió los trapos y se dirigió al lavabo de piedra de la pared. Dejó fluir el agua mientras se relajaba, tallando la tela con un jabón espumoso.
El dulce sonido del aire del bosque entraba por la ventana.
Podía escuchar cómo los grillos y las luciérnagas cantaban a su ritmo.
Sintió una brisa fría pasar y escuchó a alguien abrir los cajones detrás de ella.
Amalie volteó y observó a Ewald en silencio durante un momento.
No entendía cómo siempre lograba entrar en las habitaciones sin hacer ruido.
Se dio la libertad de llevar su vista a sus hombros huesudos, podía ver las líneas de su espalda a través de la camisa blanca que usaba.
Sin chaqueta, se veía más como el joven chico que era.
Su vista bajó más hasta sus caderas. Se quedó viendo hasta que el agua se acumuló excesivamente en la toalla y cerró la llave torpemente.
—¿Qué haces? —sentía sus mejillas calentarse.
Amalie se giró y Ewald ya la observaba con su mirada sombría.
Su pelo peinado hacia atrás. Le gustaba verlo así, podía ver sus ojos plateados sin la distracción de sus rizos marrones paseándose sobre su frente.
Tenía que admitir que la mirada fría de Ewald le provocaba ese efecto atrayente en ella. Lo detestaba.
—Tal vez quieras ayudarme —dijo mientras volvía su mirada a los botiquines .
Amalie dejó el trapo tendido sobre el lavabo con fuerza y se acercó. —Deja de perder el tiempo con eso, dámelas —ordenó con la palma abierta.
Ewald soltó una carcajada y la miró. Ella lo tomó de la muñeca y extendió su brazo izquierdo con un tirón, notó las cortadas en sus dedos y parte de su antebrazo.
La sangre había dejado de salir hace rato, pero su piel estaba hinchada.
Amalie suspiró, y después de haberlo jalado, tomó su mano con delicadeza.
—No quería molestarte con algo tan insignificante.
Ella alzó la mirada juzgándolo, pero su rostro estaba más cerca de lo que esperaba. —¿Dónde has estado? —preguntó, mientras revisaba las pequeñas cortaduras en sus nudillos y sus yemas. Sus palmas se sentían suaves, pero sus uñas gritaban por una manicura.
—Sirviendo a nuestro poderoso rey —dijo con elegancia.
—Hoy estás de buen humor —dijo Amalie, mientras cerraba las cortadas con los dedos flotando sobre su mano.
—Un poco.
Ella alzó la mirada de nuevo y Ewald la siguió volviendo los ojos a sus manos. —¿Por qué no regresaste a la fiesta? No te vi cuando llegué al orfanato.
Ewald apretó levemente los dedos de la mano que curaba y sintió como se le aceleraba el corazón gradualmente. —Últimamente todos se preocupan por mí.
Amalie alzó sus cejas en protesta. —Tal vez porque alguien intentó secuestrarte... o porque Adlar hizo el ridículo en la fiesta de Lea. No lo sé, Ewald. Últimamente has sido el tema en tendencia.
Ewald suspiró. —Bien, quise seguir al chico, pero no lo encontré. Luego di un paseo por el bosque… quería estar solo.
Como de costumbre . Terminó de atender su mano y sintió que se alejaba, pero ella lo acercó tomando su antebrazo para curarlo, lo miró directamente a los ojos y vio su pánico.
Sentía que había algo más, algo que ocultaba, siempre miraba al suelo cuando hacía eso, y sus latidos tenían la tarea de delatarlo, más cuando se concentraba en curarlo.
—¿Estás seguro de que estás bien? —insistió.
Sus pupilas estaban dilatadas y sintió sus músculos tensarse. —Estoy bien —si no le quería decir lo que le pasaba, no lo iba obligar.
Amalie terminó de curarlo y Ewald revisó su trabajo. —¡Como nuevo! Solo haz qué dure, por favor.
—Gracias, Amy —Ewald sonrió tímidamente y dio unos pasos atrás.
—Vamos a cenar, no puedes esperar a probar lo que preparamos —Amalie sonrió y le tomó la mano dirigiéndose al comedor.
Ewald apretó suavemente su mano después de que se calmó.
No se giró para verlo, pero podía jurar que estaba sonriendo.
A veces era frustrante, poder notar cada movimiento de su cuerpo, sus respiraciones, cada vez que se ponía nervioso.
Practicar sus poderes con él durante años había hecho que lo conociera a la perfección, incluso más de lo que él se imaginaba.
Amalie soltó su mano abruptamente cuando se toparon con Lea en la entrada de la oficina de Alese, caminando en círculos exhaustivos como si hubiera perdido algo.
—¡Hola, chicos! —dijo exaltada, poniendo una mano sobre un costado y la otra sosteniendo un sobre sellado.
—¿Estás bien Lea? —preguntó Amalie confundida .
—Pareces un poco nerviosa —admitió Ewald.
Lea observó a Ewald como si fuera el único que habló. —Bueno. Si, estoy —Lea se calló al darse cuenta de su error y suspiró. —Lo siento, necesito entregar esto a la duquesa —ella alzó el sobre que sostenía en la mano.
Amalie y Ewald se miraron entre sí, ninguno entendía qué le sucedía.
La puerta de la oficina de la duquesa estaba a pocos pasos.
Amalie caminó hasta la ventana arqueada que mostraba la oficina y vio a Hans dentro, ordenando papeles en los libreros.
Mmm ahora entiendo . —Quieres que entre contigo —dijo afirmando más que preguntado.
Lea asintió. No quería estar sola con Hans. Tuvieron una relación complicada, pero eso había terminado hace mucho. No entendía por qué estaba nerviosa.
Sin más preámbulos, caminó junto a ella y se adelantó para abrir la puerta. Lea suspiró y vio a Ewald por última vez, ambos intercambiaron miradas brevemente y él asintió. Amalie podía leer su rostro.
Todo irá bien . Lea suspiró de nuevo y se dirigió a la oficina.
Por un momento, estuvieron solas. Probablemente esté en el almacén . Lea apretó el sobre con los dedos, respiraba con tranquilidad, pero notaba en su expresión que no quería estar ahí. Hans entró de nuevo a la oficina y Lea estaba de espaldas, así que tuvo que darse la vuelta a la fuerza.
—Hans, hola, ¿está tu madre? —preguntó alegre mientras apretaba el sobre.
—No, ¿necesitan algo?
—Vine a dejarle este sobre, es... información del torneo —ella le tendió el sobre en la mesa.
—¿Un sobre… del torneo? —preguntó confundido.
—Si, te has enterado. Yo seré la anfitriona este año —dijo alegremente, estirando los brazos al suelo.
—Ah, qué bien—. A Amalie le extrañó verlo responder así. Siguió ordenando los papeles sin darle atención a Lea.
Después de unos segundos incómodos, Lea puso sus manos sobre sus caderas. —¿En serio, sigues tratándome así, incluso frente a ella?
—¿Y qué esperabas que hiciera, Lea? —preguntó fastidiado, sin perder su tono tranquilo.
—Ah, yo mejor te espero afuera —Amalie dio unos pasos atrás hacia la puerta.
—No, yo ya me iba. Seguro que ustedes tienen mejores cosas de que hablar —Lea se volteó y salió al pasillo.
Se miraron entre sí durante unos segundos hasta que los pasos de Lea se alejaron. —Siento que vieras eso —Hans dejó los papeles en el escritorio y se apoyó sobre él. —Es solo que no disfruto hablar con ella. ¿Sabes… lo que sucedió en mi casa cuando éramos… pareja? —preguntó algo incómodo.
—Si, lo he escuchado varias veces —dijo tímidamente. —No quiero meterme en lo que sea que haya entre ustedes dos.
—No hay nada entre nosotros —confirmó. —No tienes que preocuparte por eso, además, Lea es una buena chica… y ustedes son amigas.
Los nervios le recorrían la piel de pies a cabeza. Miró hacia el suelo para disimular. —Creo que no sería correcto en ese caso.
Hans sonrió y bajó la mirada. —Eres demasiado buena para ser su amiga .
—Bueno, tú lo has dicho, es buena chica. Por algo somos amigas —sonrió, apretando sus labios.
—¿Quizá nos veamos luego... en un lugar? ¿No tan público? —preguntó Hans, viéndola atentamente, y ella rio nerviosa.
—Claro, estaría bien… Tengo que irme. Nos vemos, Hans.
Hans se despidió de ella con una reverencia.
Amalie salió por el pasillo sonrojada. No podía creer lo que había pasado.
¿Hans Friedrich acaba de coquetear conmigo?
Se había dado cuenta de que la miraba con interés.
No pensó que el príncipe de Valtremix se fijaría en ella.
Nadie se había fijado en ella antes. O al menos eso pensaba.
Quizá, por ser huérfana, le hacían menos, aunque había dejado de creer en esos prejuicios hace mucho a comparación de Ewald.
Ella siguió hacia el comedor contenta, pensando en quién podría contarle. Temía que podría pensar Lea. Tal vez podría contárselo a Kirsten. Buscó en las mesas. Ewald sería una terrible opción, sin duda .
Sus ojos encontraron a él y Lea sentados juntos en una mesa con banca, y todos sus pensamientos fueron interrumpidos.
A medida que se acercaba, ambos sonreían y hablaban.
Lea había cogido una manzana del plato de Ewald.
Estaban sentados muy juntos. ¿De qué podrían estar hablando?
Lea mordió la manzana y Ewald regresó su mirada a su comida.
—Siento que Adlar se pusiera así contigo —dijo, mientras le daba otra mordida a la manzana.
—No es tu culpa. Adlar es un idiota —Ewald frunció seriamente el ceño.
Lea se rio tapándose la boca. —En eso estoy de acuerdo.
Luego, sonrió inmediatamente y tomó un bocado de su comida con el tenedor.
—Es solo que, a veces es algo …
—¿Imprudente?
Lea sonrió. —Sí, ¿acaso leíste mi mente? —lo miró con complicidad.
—Ah, ¿por qué pensarías eso? —preguntó confundido.
Amalie estaba a pocos pasos de ellos y Ewald notó su presencia, pero Lea continuó hablando de todas maneras.
—Bueno, tal vez otro día pueda descubrirlo —dijo Lea y se levantó de la banca. —Podría verte... Bueno, mañana estoy ocupada, pero el día siguiente estoy libre —dijo sonriendo.
—Ah, sí, claro. Como gustes —respondió sorprendido mientras tomaba otro bocado de comida. Otra vez nervioso.
—Genial, te avisaré la hora —Lea sonrió y se dio la vuelta hacia Amalie. —Luego me cuentas cómo te fue con Hans —dijo en voz baja, guiñando el ojo, solo para que ella oyera su intención.
Lea sonrió y salió del comedor. Cuando se dio la vuelta, vio que Ewald se le quedó viendo, con una mirada que nunca había visto antes. Una combinación de esperanza y credulidad.
—¿Acaso Lea Schulz acaba de invitarme a salir? —se preguntó confundido.
—¡Sí! —exclamó, fuertemente mientras se volteaba hacia el pasillo, dejándolo solo en la mesa.
Sentía enojo, celos. Porque me pondría celosa, Ewald tiene tanto derecho a salir con quien quiera como yo a salir con otros chicos .
Caminó hacia las vitrinas de comida para tomar su porción.
Además, acabo de coquetear con Hans. No creo que a Ewald le interesé.
No creo que alguna vez se haya interesado por alguien.
No entendía por qué tenía tantos sentimientos encontrados.
Odiaba que tuvo una corazonada con Ewald por demasiado tiempo, que nunca se había importado en notarlo.
Siempre pensó que terminaría olvidándolo.
Pero ahora se había dado cuenta de que tenía muchas posibilidades, fuera lo que quisiera hacer con su vida.
No estaría arrastrando a Ewald con ella todo el tiempo. Era hora de romper con esos sentimientos hacia él y dejar que cada uno siguiera por su propia cuenta. Tal vez así, encontrarían propósito. O algún sueño que cumplir. O alguien con quien vivir.