Herederos de Cenizas (Valtremix 1) 16.
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Si cualquiera supiera los lugares donde ha estado Ewald, los Valtre ya no existirían más.

O probablemente hubieran sufrido una muerte desastrosa, si hubiera sido alguien diferente a él.

Se había metido en la boca del lobo y salió victorioso, sin ningún rasguño y con una familia que añoraba tener.

El sueño de cualquier niño huérfano. Aunque no podía hacerse muchas ilusiones.

Tal vez solo me estén usando para su propio beneficio.

Pero luego pensó en lo que vio en el Castillo Real. La imagen de esas tres personas con las que había soñado, o más bien, tenido pesadillas sobre una guerra sangrienta. Una mujer muriendo en llamas… no quería pensar en esa parte. Ahora entendía por qué el rey lo detestaba.

¿Porque me mantendría vivo? Podría entrar en la mente del rey y averiguarlo.

Solo tenía dos problemas: no sabía cómo hacerlo y lo último que querían sus primos, era revelar tal poder ante él, sólo si era cuestión de vida o muerte.

También le dijeron que era bienvenido en el Agujero cuando quisiera.

Obviamente, preferiría dormir bajo el cálido techo del orfanato.

Y vaya que ahora apreciaba tal lujo que nadie se podía dar ahí.

Tendría que ser más cuidadoso, nadie podía saber lo que pasó, ni siquiera Amalie. Era mejor no involucrarla, sería muy arriesgado. Aunque fuera su única amiga, la persona en la que podía confiar, estaba casi seguro de que lo detendría.

Ewald arrastró el carrito de servicio por los pasillos del segundo piso.

Tenía que hacer otro recorrido alrededor de la librería.

Él se encargaba de los estudios exclusivos de consejeros y generales del reino.

Después de todo, no era el único sirviente que atendía personalmente al rey.

Acercándose el mediodía, Friedrich solía salir a comer o realizar algún pendiente y aprovecharía ese tiempo para hurgar en su oficina.

Al pasar por la librería, vio a Hans salir de la sala en silencio, una visita extraña sin duda. Nunca lo había visto por esa parte del castillo y no creía que fuera muy fan de la literatura.

Parecía algo preocupado. Notó que Ewald lo miraba y se acercó a él. —Evald —lo llamó con la voz seca.

—¿Todo bien? Te ves… algo agitado —admitió amablemente. Tal vez podría ganarse a Hans y usarlo como carnada.

—Si —volteó a su alrededor asegurándose que los guardias no los miraran. —Mi abuelo, digo, el rey me prohibió que hablara contigo.

Ewald soltó una breve carcajada. —Entonces, ¿por qué lo haces? —preguntó sonriendo. —No me sorprende que haya dicho eso.

—¿Por qué? —preguntó confundido.

—Bueno, él me odia. Creo que es obvio.

Hans se quedó pensando. —Quería preguntarte algo… sobre ti.

Lo miró confundido. ¿Qué es lo que quiere? Podría adivinarlo por su cuenta, podría intentarlo.

—¿Sabes… quiénes son tus padres? —la voz de Hans resonó en su cabeza y su corazón dio un salto. —Digo, llegaste al orfanato años después, ¿cómo es posible que no los recuerdes?

—Aah… no lo sé —dijo indiferente. Por dentro, estaba al go espantado.

No se esperaba que preguntara eso. Ayer lo cuestionó sobre sus poderes, otro día sería; Oye, ¿conoces algún Valtre?

Era obvio que Friedrich no le había contado nada y, para su suerte, había despertado su curiosidad y sospechaba que Hans no sería el último que se atrevería a cuestionar.

Sea lo que descubrieran, no lo admitiría ante nadie.

—¿Por qué tanta curiosidad? —no quería seguir hablando, pero debía fingir que no sabía nada.

—Sabes que la gente habla…

—¿Y qué sabe la gente? ¿Rumores? Nadie sabe la verdad —Ewald se encorvó, buscando algo con que distraerse en el carrito.

—¿Y no la quieres saber? —Hans cuestionó. Ewald lo miró y se sintió nervioso.

—Hans, se me está haciendo tarde —empujó el carrito, pero se detuvo. —Ya que me atiborraste de preguntas, ayúdame tú con una.

—Me parece justo —Hans se irguió y puso atención.

—El rey me pidió que encontrara unos planos que perdió en su oficina, ¿alguna idea de por dónde empezar?

—¿Qué tipo de planos?

—Creo que eran mapas de los campos de sus tropas —respondió inseguro.

—Se que están en su oficina, tal vez... Puedas usar su orbe —contestó en voz baja.

Ewald sonrió. —Gracias, te debo una.

—En realidad, me debes más de una —Hans sonrió con malicia. —Pero no te preocupes, solo las cobraré cuando necesite tu ayuda —Hans empezó a reír y Ewald sonrió.

—No es por ser grosero, pero no te había pedido tu ayuda en esa ocasión —dijo sarcástico.

Hans se echó a reír. Sentía algo de culpa por estar bromeando con él, después de lo que iba a hacer.

—Tengo que irme. Hay trabajo por hacer —dijo pegándole al carrito con la palma.

Cuando le dio la espalda, su sonrisa se desvaneció.

Ewald dejó el carrito y se dirigió a las escaleras, exclusivamente para los sirvientes.

Rara vez pasaban los guardias por ahí, lo que significaba que estaban desprotegidas.

La torre se conectaba a todos los pisos del castillo, y algunos tenían pasillos para conectarse a las torres altas hasta la oficina del rey.

Atravesó uno de los puentes, adornado con huecos y arcos de piedra café, donde se podía ver el bosque entero de Valtremix y parte del pueblo de Nuevo Feuer. Era una de las pocas cosas que disfrutaba al subir todos esos escalones… o probablemente la única.

—No creí que fueras puntual —Ewald se paró junto a Knut, lejos de los ojos de los guardias.

—No soy de los que dejan esperando a los demás —Knut hizo una sonrisa picarona, mirándolo de pies a cabeza. —Si hay algo que se debe hacer, ¿para qué esperar?

Ewald volteó sus pupilas y avanzó por el pasillo. Había pocos guardias circulando en el piso. Esperaron a que se alejaran lo suficiente de la puerta de la oficina para que ambos se acercaran desapercibidos. Sacó una llave de su bolsillo y la metió por el cerrojo.

—¡Tienes llaves de su oficina! —Knut lo vio sorprendido. De haber sabido, probablemente me las hubiera robado . Ewald se limitó a solo asentir y abrió la puerta con delicadeza.

Entraron escabulléndose, Knut era un tipo muy silencioso en su andar, al igual que él. Había aprendido eso para no molestar a Friedrich cuando llegaban visitas. No le gustaba que hiciera mucho ruido. Cerró la puerta tras ellos, fijándose en que los guardias en la esquina no los vieran.

—¿Sabes por dónde empezar? —Knut merodeó por la oficina tocando el fino borde del escritorio de madera. Aunque se veía disgustado por estar ahí.

Ewald caminó hacia su escritorio y abrió los cajones, uno por uno hasta que encontró el orbe de cristal. La colocó encima de la mesa y Knut se acercó inclinándose.

Ewald puso las manos sobre el orbe. —Muéstrame dónde están los planos de las bases del ejército—. El orbe brilló y mostró el lugar donde se mantenían bajo llave. Era un estante único situado a lado del escritorio, con bordes dorados y la base de madera pintada de blanco.

Volteó hacia el estante y Knut lo siguió con su mirada desubicada. Ambos se acercaron examinando el cerrojo.

—Creo que será más complicado —Knut entre cerró sus párpados. —No es cualquier cerrojo, este tiene una llave especial y no puede ser forzado —dijo resoplando. —Y tampoco puedo desintegrarlo sin que se den cuenta.

—Creo que… Friedrich lleva las malditas llaves todo el tiempo —llevó su mano a la frente pensando.

—Necesitaremos planear algo más—. Unos pasos se acercaron al cuarto. Knut le sacudió el brazo. —Alguien viene, ¿qué hacemos? —preguntó frenéticamente.

—Quédate detrás de la puerta, y por favor, quédate quieto —ordenó. Knut asintió y caminó a zancadas hasta la puerta, tratando de ser lo más silencioso posible.

Ewald se colocó en medio del cuarto y puso la mano detrás de él.

Se concentró profundamente. Cerró los párpados, limpiando su mente de sus pensamientos.

Buscando un punto de tranquilidad en su ser, sus sentidos se agudizaron con cada respiro.

Entonces, escuchó los sonidos del exterior más nítidos y agudos.

Cuando la manija se oprimió, abrió sus ojos con la mente calmada y lista para trabajar.

—¿Qué haces aquí? —preguntó la voz rasposa del rey.

—Esperándolo, señor —contestó respetuoso.

Friedrich cerró la puerta detrás de él, parecía confundido, o tal vez sospechaba. La cara de Knut entró en pánico, pero no lo había visto. Volvió a girar hacia Ewald con el ceño fruncido y lo vio a los ojos. De verdad está haciendo esto muy fácil para mí .

—Debes decirme, majestad —reclamó con arrogancia.

—Su majestad, ¿necesita algo? —volvió a usar el mismo tono. Tal vez esperaba que se disculpara, pero ni de broma lo haría.

Friedrich lo miró enfadado de los pies a la cabeza. Ewald se mantuvo tranquilo y concentrado en la tarea actual. Nunca apartó su vista de él ni por un segundo. Probablemente, pensaba que lo estaba retando.

—No, estoy bien. Lárgate —contestó tranquilo y grosero como de costumbre.

Ewald asintió inclinándose y rodeó a Friedrich hacia la salida. Knut estaba boquiabierto y pegado al muro. Se giró haciendo otra reverencia. Knut salió de la habitación y Ewald lo siguió.

En el pasillo, se detuvieron al ver a unos guardias girando en la esquina. Knut alzó las manos en modo de ataque, pero Ewald las bajó. Los guardias pasaron de largo sin percatarse de ellos. Una vez más, Knut se quedó sin palabras.

En el día, las sombras eran distinguibles, pero en la noche merodeaban por todos lados.

Y claramente, Knut pasó desapercibido frente a los guardias y el rey.

Por otro lado, su mente le permitía esconderse de la vista de una persona.

O tal vez simplemente se mostraba como la débil silueta de Ewald, no estaba seguro de cómo funcionaba.

Al caminar por el puente, soltó el hombro de Knut y lo miró fijamente a los ojos.

—¿Qué rayos has hecho?

—Usé mis poderes para ocultarte.

—Pero, entraste en su mente, ¿y? —se quedó pensando.

—No lo sé, Knut. A veces entro en la mente de las personas. A veces, hago que las sombras me oculten.

—¿Y no crees que podrían ser ambas? —preguntó con curiosidad. La misma pregunta que Amalie hacía. —¿Una combinación? —dijo juntando los dedos.

—Tal vez… No lo creo —Ewald suspiró cansado y se dio la vuelta.

Knut tomó su brazo y lo giró hacia él. —Por lo que sé, así es como funcionan tus poderes, así que... Bueno, no lo sé, mejor pregúntale a Heiner —reclamó, soltando sus brazos al aire.

Ewald soltó una pequeña risa. Heiner tenía razón.

Knut se comportaba como un niño curioso en el cuerpo de un adulto.

Apenas se había percatado que era unos centímetros más bajo que él.

Casi de la misma estatura que Darcee. Thomas era igual de alto que Ewald, y Heiner les superaba por unos centímetros a todos.

¿Qué carajos estoy haciendo ahora? Hace dos días habría matado a Knut. Ahora estaban lado a lado riéndose el uno del otro. Y, extrañamente, se estaba divirtiendo. ¿Qué habría hecho para merecer esto? No sabía si era un castigo por su indiferencia o un premio por su paciencia.