13.
Caminar en medio de la noche hacia Hoch Valley parecía demasiado tenebroso, pero Darcee ya estaba acostumbrada a esa oscuridad.
No se hubiera imaginado que Ewald llegaría a su guarida de manera voluntaria, aunque fuera con engaños.
Y mucho menos imaginaba que podría entrar a su hogar esa misma noche.
Hoch Valley fue habitado por familias y nobles leales a los Valtre en su reinado, el pueblo estaba justamente en la entrada hacia el Castillo Real. Ahora, estaba completamente abandonado. Lo único que habitaba en esas calles eran animales silvestres y cuervos.
Por alguna extraña razón, una oscura niebla cubría durante todo el día el pueblo, dejando una capa gruesa de nubes que bloqueaba la vista hacia el Castillo Real. El hogar de todos ellos, incluso el de Ewald cuando era un bebé.
La gente adoraba contar que los terrenos estaban malditos.
Cualquiera que entrara ahí sería víctima de la fuerza brutal de la niebla.
Algunos pobres tontos intentaron entrar, pero lo único que lograban era una muerte segura.
Esa niebla tenía un propósito de existir, y solo respondía al llamado de alguien que pudiera controlarla.
A su propio paso, entraron al pueblo fantasma, lleno de basura, residuos quemados y polvo por todas partes. Ambrose caminaba en la delantera, seguido de Thomas y Ewald. Detrás de ellos, Darcee tomaba del brazo a Heiner y Knut los seguía hasta el fondo, revisando que nadie los siguiera.
Normalmente, ellos eran los que iban en medio, pero no podían dejar desprotegido a Ewald.
No ahora que lo habían encontrado, no podían volver a perderlo.
Darcee sentía su miedo, su incertidumbre y su sed por saber más sobre su pasado, al igual que ella.
Debía mostrarle el castillo con sus propios ojos y enseñarle de lo que podía ser capaz.
—¿Crees que hice bien? —preguntó en voz baja a Heiner, que caminaba en silencio a su lado.
—Es un inicio prometedor, si es capaz de hacer lo que pensamos —contestó en voz baja.
Ambos miraron a Ewald frente a ellos. Darcee no tenía idea de qué tan desarrollados estaban sus poderes o si podía escucharlos hablar. Él estaba ansioso, pero sorprendido al caminar por las olvidadas calles de Hoch Valley.
Friedrich se había encargado de aislar todo el reino del Castillo Real y sus alrededores.
Quiso eliminar la mala imagen que había provocado en la guerra, al derrumbar las paredes del castillo, quemar casas y negocios.
Esto era algo que no se veía en el edén de las nuevas calles adoquinadas de Nuevo Feuer.
Thomas se quedó atrás y caminó junto a Ewald, mirándolo con curiosidad. —¿Qué es lo último que recuerdas?
Ewald lo vio confundido. —¿De qué hablas?
—Escuché que llegaste al orfanato seis años después de la rebelión. ¿Qué te pasó? —respondió sin rodeos.
—Solo recuerdo haber llegado al orfanato. Antes de eso, nada—. Hubo un breve silencio mientras avanzaban en la oscuridad. —¿En dónde escuchaste eso ?
—De los chicos que te molestaron. ¿Está bien tu nariz? —Thomas apuntó a ella.
Ewald tocó la punta de su nariz. —Sí, solo fue un rasguño.
Thomas hizo una risa ahogada. —Me alegra ver que no seas un completo llorón.
Si tan solo pudiera leer su mente y traspasar las barreras que le impedían entrar, pero no podía.
Ewald era un Valtre. No había duda alguna después de ver lo que le hizo a Knut, tenía su poder y, al parecer, nunca sabrían por qué estuvo perdido tanto tiempo, o porque había desarrollado el poder de controlar las mentes.
Sería un misterio que tendrían que resolver juntos.
Poco a poco, se acercaban a las rejas oxidadas del castillo, la niebla se hacía más densa y oscura en ese punto.
—Manténganse tranquilos, las sombras pueden sentir el miedo —mencionó Ambrose desde delante.
—Y las malas intenciones —completó Heiner.
—Qué alentador —dijo Knut detrás de ellos.
—¿Sombras? Yo pensé que era niebla —Ewald se giró hacia ella.
—Las sombras fueron creadas para proteger el castillo de nuestros enemigos.
—¿Y quién las hizo?
Darcee observó a Heiner antes de contestar, dudosa si debía adelantarse a las noticias. —Uno de tus antepasados las creó.
Ewald se volteó preocupado, habían entrado a la nube oscura y apenas podían verse entre ellos. Si pensaba en escapar, esta vez sí lo detendrían.
—La última vez que estuvimos aquí, fue cuando activaron las sombras. Todos estos años se han mantenido así, protegiendo el castillo —Heiner alzó su voz entre el silencio del lugar y los pasos pesados.
—Y, si mal no recuerdo, fue tu padre quien las activó —dijo Ambrose orgulloso desde el frente provocando más tensión. De maravilla.
Ewald se reservó a decir algo. Habían llegado a la reja y el grupo se detuvo justo enfrente de los portones, que llevaban cerrados desde hace dieciséis años.
Dieciséis años desde que las sombras consumieron el castillo sumiéndolo en eterna oscuridad.
La luz de la luna atravesaba débilmente entre ellas como un velo blanco.
Ambrose empujó la reja con fuerza y escuchó el crujido del acero oxidado al friccionar con la acera.
Todos entraron con cuidado para no caerse en los pozos de lodo que parecían no tener fin.
Darcee no deseaba arruinar de más la poca ropa que poseía.
Les faltaba un pequeño tramo para llegar a la puerta principal.
—Entonces, ¿estas sombras te atacan? —preguntó Ewald.
—Te arrastran o te sofocan hasta que no te quede aire en los pulmones —dijo Heiner —también pueden hacer volar a la gente.
—¿Y provienen de mis poderes?
—Así es. ¿Sientes su energía?
—Sí, como un cosquilleo —dijo extrañado.
—Deben sentir tu presencia, no hay forma de que hayamos cruzado tan lejos sin ningún rasguño —contestó Heiner.
Ambrose se detuvo. Al acercarse, vieron que la niebla se disipaba frente a ellos.
Ahora, podían ver la silueta que proyectaba el castillo y sus terrenos destruidos.
Había escombros por todas partes de las estructuras que quedaron quemadas, árboles muertos y completamente negros.
La mala hierba había invadido gran parte de los jardines y otras zonas llenas de lodo.
Los insectos se paseaban por doquier. Todos se quedaron observando el catastrófico paisaje en la oscuridad.
Darcee recordó cuando paseaba por los pasillos con bordes refinados y jardines llenos de flores.
Jugando con Knut, discutiendo con Heiner, mimando a Thomas y Ewald cuando eran pequeños.
El castillo era bellísimo, todo estaba bien cuidado, con flores moradas y arbustos cortados en forma de animales.
El ladrillo del castillo era café oscuro.
Las ventanas limpias, con marcos verdes y semi redondos.
Los jardines llenos de nobles y sirvientes disfrutando del día.
Ewald los observaba extrañado. —¿Qué sucede?
—Hace dieciséis años que no veníamos aquí —dijo Knut.
—Yo apenas lo recuerdo —murmuró Thomas.
—Yo nunca… lo había visto —contestó Ewald.
—Era hermoso, había campos con flores y plantas preciosas —añoró Darcee.
—Carrozas con nobles, llenas de libros —dijo Heiner.
—Los guardias marchando por los terrenos —Ambrose se llevó el puño al corazón.
Todos echaban de menos el castillo, su vieja vida, cada uno a su propia manera. Era el lugar donde todos se sentían a salvo. Detrás de esas paredes que los protegían. Hasta que un día, ya no pudieron resistir más .
—Sigamos —dijo Thomas adelantándose sin sentimiento.
Ambrose volvió a tomar la delantera. El grupo caminó por la izquierda del castillo, entre la espesa hierba que había crecido. Algunas se deshacían fácilmente, como si el fuego se hubiera prendido hace poco y se volvieran cenizas, un ciclo vicioso.
Todos avanzaban en fila siguiendo sus propias pisadas. Hasta ahora, las sombras se han mantenido quietas. Una gran nube oscura se alzaba frente a ellos, rodeando de manera violenta cierto punto del jardín.
Era el altar del que proviene el poder de las sombras.
Un pequeño terreno rodeado por una reja negra.
Las flores del jardín yacían muertas en un color violeta desvanecido.
Y en medio, un pedestal de piedra con una base cuadrada se postraba.
Todos se detuvieron en la reja, ni de broma se metería en ese lugar, era sagrado y el único ápice de poder que los Valtre nunca podrían controlar en su terreno. Solo la familia Schatten era capaz.
—A esto le llamamos el jardín de las sombras —explicó Heiner a Ewald.
—Aquí, la familia Schatten velaba a sus difuntos.
Sus almas se unen a la energía que protege el castillo, sirviendo como guerreros cuando el tiempo lo necesita.
Se consideraba como un gran honor después de la muerte.
Para el ritual, los miembros activos de la familia Schatten debían traer el cuerpo.
Y, cuando se completaba, una nueva flor nacía.
Todas estas flores son almas de tus antepasados.
Ewald observó el jardín pensante, en realidad era algo siniestro, pero la ceremonia era bellísima. Darcee recordó las clases que su tío Lothar le enseñó. Las malvas eran para los varones y orquídeas para las mujeres.
—Pero lo que haremos hoy no tiene nada que ver con este ritual —Heiner lo miró. —Cualquier Schatten es capaz de comandar las sombras. Solo tienes que entrar al jardín y expresar tus intenciones ante tus antepasados. Si ellos te reconocen, no habrá duda alguna sobre tu linaje —dijo Heiner.
—¿Qué pasa si no? —preguntó Ewald.
Hubo silencio en el grupo. Todos voltearon a verla y Darcee sintió un gran pánico. ¿ Qué haríamos si no?
—No nos adelantemos a decisiones precipitadas —comentó Thomas en voz alta con una sonrisa apretada.
Darcee miró a Ewald, y este caminó nervioso hasta el pedestal. Las sombras lo rodearon rápidamente, como si estuvieran buscando algo a que aferrarse.
Podía ver la incertidumbre en su rostro, incluso medio temblando. —¿Qué se supone que debo hacer?