13. #2
—Habla con los espíritus, diles quién eres y qué haces aquí —Heiner alzó su voz desde el jardín.
Ewald asintió y tomó un gran respiro, preparándose e inseguro de qué decir.
Puso las manos sobre el pedestal y Darcee pudo jurar que sintió la energía rebosar en él.
—Espíritus... Almas— dijo extrañamente. —Mi nombre es Ewald.
.. Ewald Schatten —dijo, girando hacia al grupo en busca de inspiración y regresó su mirada al pedestal. —Necesito entrar… Al castillo… a casa.
Se dio cuenta de que Ewald cerró los ojos y la energía emanaba del suelo.
—Necesito que se levanten y nos dejen ver lo que alguna vez fue un hogar —su voz se volvió más clara y se armó de fuerza para decir las siguientes palabras.
—Y lo protejan de nuestros verdaderos enemigos.
Los que nos separaron hace años y los que nos siguen haciendo daño. Se los ruego… Por favor.
Con cada palabra, las sombras se volvían más fuertes, levitando sobre el jardín.
Las flores muertas empezaron a brillar con un color violeta, venciendo la gravedad como todas las cosas pequeñas.
Darcee sintió una brisa fría recorrer sus nervios cuando el castillo empezó a transformarse…
¡Estaba vivo! Ewald abrió sus ojos sorprendidos y observó que las sombras se extendían alrededor, limpiando el lugar de sus impurezas.
Los escombros de la guerra desaparecieron al ritmo que se extendían, revelando el paisaje que habían ocultado.
Las cenizas y los ladrillos sueltos desaparecieron, y solo prevalecieron las estructuras negras.
La sombra se extendió hasta los límites del castillo formando una especie de cortina para proteger la vista a los intrusos y dejando que la luz de la noche iluminara el campo y mostrándolo en su totalidad.
Todos estaban asombrados por la escena que se formaba en sus ojos, incluso Ewald salía triunfante del jardín, incrédulo ante su milagro. Sí tenían alguna duda de quién era, había desaparecido con los restos.
—¡Lo hiciste! De verdad no creí que lo hicieras —Knut miró boquiabierto a todos.
—Siendo sincero… Yo tampoco —Thomas alzó sus cejas.
—¡Bienvenido a casa, Ewald! —Ambrose le dedicó una cálida sonrisa. Ewald sonrió, aún desconfiado en respuesta.
Caminaron juntos hacia la entrada principal del castillo. Subieron las escaleras y se detuvieron frente a la gran puerta en forma de arco. Ambrose forzó una de las puertas con ayuda de Knut. Las cerraduras estaban podridas y tronaron con el impulso, soltando arcilla.
Todo estaba a oscuras. La luz atravesaba los ventanales rotos, dibujando patrones de sombras con figuras.
Frente a ellos, la hermosa y gran escalera de madera con barandal, se dividía en dos tramos inferiores.
De verdad adoraba esa escalera cuando era niña, su madre siempre la regañaba por andar corriendo y tratar de deslizarse por el pasamanos.
Un comportamiento impropio de una princesa.
El tapiz era de un color verde añejo y las alfombras ornamentadas, de un color marfil despintado hecho trizas. Al parecer, las sombras sólo se llevaron algunos escombros. ¿ Por qué no limpiaron todo?
El grupo caminó con cuidado, esquivando los escombros de muros y trozos de piedra sueltos.
—¡Bienvenidos a casa! —Knut extendió sus brazos en alto y dio una vueltecita animada.
—No lo recordaba tan siniestro —admitió Ambrose.
—Este lugar solía estar lleno de vida —expresó Darcee con sentimiento mientras cogía del suelo el viejo estandarte de su familia.
El polvo le picaba en sus manos mientras recorría el símbolo: tres rombos en fila tallados en madera con una enorme esmeralda sobresaliendo en el rombo del centro.
Claro, el estandarte fue impreso en una tela fina que se había manchado de mugre.
—Y muerte. Mentiras… —Knut alargó las palabras.
—Cállate Knut —protestó Thomas.
Heiner se giró hacia Ewald quien miraba el techo. Había murciélagos volando alrededor de las paredes agujereadas.
—¿Entiendes por qué estamos aquí? —Heiner se dirigió a Ewald, atrayendo su atención.
Él se quedó en silencio, mirándolo a los ojos. No podía saber qué pensaba si no lo intentaba. Darcee se acercó a Ewald lentamente.
—Sabes que... Friedrich quiere acabar con nosotros. Y obviamente tratamos de impedirlo —dijo ella.
Heiner lo observó pensante. —Hemos estado planeando retomar el trono durante años.
—¿Y qué se los impide? —preguntó Ewald sereno, pero confundido.
—Nuestra gente está débil, tú lo has visto. No podemos seguir viviendo en estas condiciones denigrantes —Darcee se paseó preocupada alrededor de ellos.
—Ni siquiera alcanzamos a completar una tropa hábil contra una de las de Friedrich —dijo Ambrose con su voz rasposa.
—Necesitamos tu ayuda, Ewald —Darcee se paró a lado de Ambrose. Esperando ansiosa por su respuesta.
Ewald los observó, pensando por unos segundos. —¿Y qué puedo hacer yo para marcar una diferencia?
Darcee sonrió y miró hacia el suelo. —Tienes acceso directo a la oficina de Friedrich.
Necesitamos información que nos ayudará —miró a Heiner con cuidado, sin querer permitir el plan que él le había propuesto hace tiempo.
Con Ewald abordó, deberían hacer algunas modificaciones que les darían bastante ventaja.
—Por eso… Knut espiaba al rey —mencionó, volteando hacia Heiner. —¿Y qué es lo que buscan?
—Antes de que te contemos más. Si quieres ayudarnos, necesitamos que nos jures tu lealtad. De otra manera, no te obligaremos a que lo hagas.
Ewald apretó sus labios y se quedó viendo a todos en silencio. Al parecer, pasaba mucho tiempo pensando antes de dar una respuesta clara. Quería respetar eso, aunque pudiera meterse en su mente.
—Hay algo más que tienes que ver. Antes de decidir —Heiner miró a Darcee y ella supo a qué se refería. —Síganme.
Se preguntaba si el último retrato familiar de los Valtre aún estaba ahí. Recordó que los colgaban en el salón principal por generaciones.
Todos siguieron a Darcee hacia la derecha por los oscuros pasillos llenos de polvo y pertenencias abandonadas.
Aquella vez, Ambrose fue quien presenció la muerte de su madre a sangre fría.
La reina Jenae Valtre esperaba a su próximo heredero, un varón.
El cuarto entró en caos, la ira de Friedrich hizo que las llamas arrasaran dejando cenizas por doquier.
También se dice que fue ahí donde murió su padre, aunque de esa parte no estaba del todo segura.
Ambrose empujó una de las puertas y terminó por caerse, levantando más polvo del habitual. El grupo caminó sobre ella con cuidado, evitando que no se rompiera con el peso.
Como esperaba, el salón estaba totalmente destrozado.
Lo único que lograba relucir a medias era el suelo de mármol, lleno de polvo.
Había escalones en ambos lados donde se colocaban los invitados de honor, y en las orillas, estaban los cuadros caídos de cada generación que había reinado en los últimos cien años.
Muchos de ellos consumidos por el fuego.
Y en frente, se encontraban los dos tronos de los reyes.
Lo único que quedaba eran los restos de las sillas de piedra, postrados en su lugar.
Darcee subió los escalones a la izquierda, buscando los restos del retrato. —Ambrose, ayúdame —ordenó, apuntando con el dedo al suelo.
Ambrose subió de inmediato, tomó cuidadosamente un enorme cuadro y lo apoyó contra la pared. Ewald se acercó seguido de Heiner y Thomas. Knut se quedó parado, viendo el paisaje caótico mientras pateaba trozos de madera a las orillas .
Ambrose sacudió suavemente la imagen con su mano enguantada hasta que aparecieron los rostros de dos hombres y una mujer.
Todos compartían piel pálida, cabello oscuro y castaño.
Ojos de un verde intenso y facciones delgadas y finas.
Darcee sentía que sus pupilas querían nublarse.
Cuando vio a Ewald junto a ella, tenía la misma expresión de asombro.
—Ellos... Ellos —la voz de Ewald se quebró, casi sin aliento, y sus párpados se llenaron de lágrimas de nuevo.
—Ellos son... El rey Marcus Valtre, mi padre —dijo mientras señalaba suavemente con su mano el rostro de un hombre con barba. Vestía con su típico traje gótico, con colores negros y verdes oscuros. En sus hombros se posaban charretes con listones dorados marcando su posición.
—El príncipe Benjamin Valtre, el hermano del medio, el padre de Thomas —apuntó al hombre de la derecha, que estaba de pie. Su cabello era más claro y vestía con un traje más elegante de colores oscuros y grises azulados.
—Y la princesa Abigail Valtre, la menor del trío, tu madre, Ewald —finalmente, apuntó a la joven mujer sentada en medio de los hermanos.
Ella usaba un vestido largo, con una tela fina de patrones florales de un verde oscuro y un corsé negro ceñido a su figura.
Su pelo era casi idéntico al de Darcee, podría pasar fácilmente como su hija por el gran parecido que recorre entre su sangre.
Ewald se acercó, tocando el lienzo y recorrió su mano lentamente sobre el rostro de Abigail. Sus ojos no pudieron contener más y se desbordaron en lágrimas.
—Yo los he visto, en mis sueños… He soñado en este lugar…
las llamas… los túneles… los gritos de una mujer, de ella—.
Las lágrimas ardieron sobre sus mejillas.
—Nunca supe lo que significaba. Jamás pensé que…
—suspiró. —Que fuera mi madre —Ewald cerró los ojos, apretando el cuadro con su mano.
Darcee decidió acercarse y tomar su hombro.
Sus lágrimas c ayeron sobre sus propias mejillas, compartiendo su dolor.
—Ewald, mírame —él giró lentamente, con los ojos rojos y la nariz moqueando. —Sea lo que decidas, te prometo que descubriremos la verdad. Toda la verdad de lo que te sucedió, juntos.
Ewald siguió sollozando mientras trataba de limpiar su cara y la miraba directamente. Ella sentía que la confianza quería nacer entre ellos, pero Ewald regresó su mirada al cuadro, analizando las piezas del rompecabezas que formaba en su mente.
Suspiró, retomando su postura. —Tengo que ayudarlos —susurró. —Debo hacerlo… por ella… y porque… no tengo idea de que hacer, mi vida… siempre he sentido un vacío.
Darcee tomó a Ewald de los brazos y lo abrazó. Sus lágrimas se desbordaron y pudo escuchar los sollozos de Ewald sobre su hombro. Seguía siendo un chico inocente. Un niño al que le arrebataron su familia y su memoria. Él alzó sus brazos abrazándola.
Después de todos estos años, había perdido a su primo en el bosque.
El pequeño Ewald era tan solo un bebé, para ella, su hermano menor.
Ahora, la vida le había dado una segunda oportunidad y no podía sentirse más agradecida por tenerlo de vuelta, con su familia.
Darcee lo apretó, llevando su mano a la nuca de Ewald.
—Estás bien, Ewald. Ahora estás con nosotros —trató de silenciar el dolor que sentían. —Estás de vuelta con nosotros.