12.
Adlar siguió lloriqueando en el suelo por la gran marca roja que Hans dejó en su piel magullada. Ewald volvió a escuchar la voz de ese chico en su cabeza. Sígueme .
—¿A dónde fue? —preguntó mientras Hans se le acercaba.
Afuera . Dijo la voz del chico.
Ewald empujó a la gente que se amontonó por la pelea y salió adolorido de la casa de Lea, ignorando los aplausos y las risas del público por el fracaso de Adlar. Se sentía aliviado por abandonar la fiesta, le estresaba estar entre tanta gente.
¿Por qué lo estoy siguiendo? No sabía qué quería de él o si lo lastimaría, pero, había omitido una parte cuando habló con Amalie sobre el chico. Soy Valtre ¿Y tú? Recordó.
Se suponía que los Valtre estaban muertos, el rey se había asegurado de ello.
Ese chico usó su poder para detener a los amigos de Adlar sin golpearlos.
El cómo lograba comunicarse con su mente, algo que nadie podía.
La noche cuando escuchó la voz de esa mujer en el castillo, en los pensamientos del tipo que lo atacó.
Al día siguiente, lo enfrentó y escuchó la duda en su cabeza exclamando confundido.
¿Valtre? Todas esas cosas que nadie podía hacer más que él, ahora, sabía que había alguien en el reino con el mismo poder.
Sentía cómo se le retorcía el estómago con molestia al pensar en todo esto, aparte del dolor que Adlar le provocó.
¿Qué encontraré ahí? Se preguntaba mientras caminaba hacia el bosque, pero la emoción crecía cada vez más al pensar que tal vez él podría ser.
¿Qué? ¿Un miembro de la familia real? ¿Algún cabo suelto que dejó la familia Valtre?
No lo sabría si no se arriesgaba esa noche, de todas maneras, no tenía mucho que perder.
Llegó a una zona profunda del bosque, las luces de las casas se veían en el horizonte y escuchó que los pasos frente a él se detuvieron.
Un sendero de árboles con troncos largos y altos se extendía hacia unas piedras enormes, donde el chico se recargaba con las piernas cruzadas mirando la luna llena.
Ewald lo observó durante unos segundos. —¿Quién eres? ¿Por qué nos ayudaste?
El chico se giró lentamente con una ceja levantada y su expresión intrigada. —¿Por qué me sigues?
—Tú sabes por qué —dijo molesto.
El chico se burló. —En eso tienes razón. Puedo ver tu mente, pero no puedo ver tus intenciones —se acercó lentamente hacia él, dirigiendo su vista a sus ojos. —¿Estás seguro de que eso es lo que quieres preguntar? —volvió a levantar su ceja, poniendo sus manos detrás de su espalda.
La respuesta le resultó demasiado confusa, tenía mil dudas, pero sentía que solo podía preguntar una sola cosa. —¿Qué quieres de mí?
El chico sonrió brevemente. —No eres tan ingenuo como pareces, me agrada —le dio la espalda. —Todo lo que has preguntado —giró de nuevo hacia él uniendo sus palmas —te lo preguntarás a ti mismo en un momento. Derterra.
Sus pies se sumergieron en la tierra. Ewald se asustó, se dio la vuelta y el chico lo empujó hacia el hoyo que se había formado.
Gritó, mientras caía en la profundidad de la oscuridad.
La humedad y el frío penetraron su ropa y cayó sobre sus pies, pero el impacto fue tan fuerte que se dobló y cayó de lado en dolor.
Ya tuvo suficiente con la pelea. A su lado, el chico aterrizó con gracia, apoyándose con sus pies y la mano sobre la tierra.
—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? —preguntó ansioso y con el corazón acelerado. En dónde carajos me metí .
—Cálmate. Entre menos preguntes, más sabrás. Ven —el chico le dio la mano. No se había percatado que estaban dentro de un pequeño túnel con una puerta redonda frente a ellos. —Te acaban de golpear como costal. Nadie te hará daño, lo prometo.
—No te conozco —dijo desde el suelo, desconfiado.
—Quizá lo hagas. Eso depende de ti.
Ewald le dio la mano lentamente y se levantó con dolor en el abdomen.
El chico caminó hacia la puerta. Giró la manija y tiró de una palanca con fuerza, escuchó un clic extraño y, de pronto, oyó voces que venían del otro lado.
Ewald cruzó precavido, mientras que el chico cerraba la puerta tras ellos.
Unos pasos más adentro y el panorama había cambiado.
Habitaban personas sucias y con mal aspecto.
Algunas trabajaban en viejas maderas de construcción con martillos desgastados y otros usaban sus poderes para manipular el material a su antojo.
Todo alrededor era de tierra, las paredes de una piedra gris y café, el lugar realmente era siniestro.
Nadie se fijaba en su presencia, a excepción de algunos que alzaban su rostro al chico, asintiendo con respeto.
Estos son los túneles de los Valtre. El rey dedicaba el tiempo de sus soldados en buscarlos, si supiera que estaba aquí, lo mataría.
Pero nunca se imaginó que fueran tan miserables y llenos de perdición.
Mientras avanzaba, se daba cuenta de que había personas de todas las edades, desde ancianos hasta niños, viviendo en condiciones horrendas. Algunos de ellos parecían muy cansados, otros enfermos y tosiendo.
El chico se detuvo frente a otra puerta en la esquina del túnel, que continuaba un buen tramo más hacia adentro.
Aún no sabía su nombre. Ewald lo siguió, inseguro de lo que se encontraría.
Estaba demasiado ansioso, no sabía si correr, pero sería inútil.
Antes de entrar en la siguiente habitación, el chico volteó hacia él, revisando si estaba listo para enfrentar lo que hubiera al otro lado de la puerta y extendió la mano hacia la manija.
Ewald pasó primero, atravesando el grueso marco que lo conducía hacia tres hombres sentados frente a una mesa redonda.
Reconoció a uno de ellos… El sirviente que intentó matar a Amalie.
Se le paró el corazón y sus pupilas se abrieron aterradas.
Los hombres observaron a Ewald, desde abajo hasta arriba, analizando cada parte de él como un acertijo sin resolver.
Cuando el chico cerró la puerta no pudo contenerse.
El enojo le ganó y alzó su mano tan rápido que no dio tiempo a nadie de reaccionar, entró a la mente del sirviente, ordenándole a su cerebro que dejara de respirar, justo como él había ahogado a Amalie.
Los otros hombres se levantaron rápidamente alarmados.
—¡Hey, detente ahora! —alzó su voz el hombre calvo.
Ewald hizo caso omiso, lo único en lo que se concentraba era en la garganta de ese desgraciado. El chico se interpuso ante él.
—¡Déjalo en paz, Evald! —cuando lo nombró por su nombre correctamente, no pudo evitar mirarlo.
El sirviente que lo había intentado matar tosió con fuerza tratando de retomar el aire en sus pulmones. Pudo haberlo asesinado, amenazarlos con eso, pero hubiera sido muy estúpido, no sabía lo que hacía o como podría salir de allí.
Cuando se atrevió a ver al sirviente, notó que llevaba la misma ropa; una camisa sin mangas, guantes de piel con los dedos descubiertos, pantalones ajustados con cuchillos a los lados y unas enormes botas de piel con agujetas, todo de negro.
—¡Estás demente! —exclamó el sirviente sobándose el cuello. —Él será muy bueno.
—Estoy impresionada —admitió una voz femenina, la voz que había escuchado antes. Darcee .
Desde atrás de la mesa, estaba parada una mujer gótica igual de alta que Lea y con pelo suelto, mirándolo fijamente como un espectro.
Sus ojos eran de un verde intenso que brillaban, igual que la vez que vio al chico en la escuela.
Su cara era afilada y pálida, igual que la de él.
Ella caminó hacia el sirviente y le dio una sutil palmada en la espalda.
—¿Estás seguro de que sus poderes son las sombras? —sonrió con una mirada socarrona. El sirviente alzó su vista un poco molesto.
—Bienvenido, Evald. Te estábamos esperando. Y sí, soy yo, Darcee —dijo finalmente resolviendo sus dudas.
Se sintió más extrañado de lo normal, y su corazón palpitó fuertemente. Ella también podía leer su mente.
—No te preocupes, él ya no te hará daño.
A menos que tengas otro impulso estúpido de ira —advirtió con su voz cortante.
—Viniste aquí con muchas preguntas, y prometo que trataré de contestarlas —sonrió calmada.
Se paró frente a él analizándolo como si pudiera ver a través de su alma, marcando un espacio entre ambos.
—Pero, primero déjame presentarlos como personas decentes.
En medio de la mesa, está Heiner Novack, nuestro confidente.
El hombre de pelo largo alzó su mano sobre su cabeza y asintió a la vez con respeto, mientras seguía preocupado por el sirviente.
—A su izquierda, con su armadura de hierro, el General Ambrose Dotzel.
El hombre calvo con barba de candado asintió con la cabeza, con una mirada sombría y se volvió a sentar. Él ya había escuchado ese nombre. Era el general de la guardia real del último rey Valtre. Presuntuosamente muerto. En serio, el rey moriría por esta información.
—Y claro, ya conoces al encantador Knut. Knut Gottfried.
El sirviente que lo había intentado asesinar, soltó una risa ahogada y lo devoró con una mirada socarrona.
Trataba de unir todas las piezas en su cabeza. —Espera, ustedes son...
—¿Las ratas sucias que tanto adora el rey ? —preguntó Knut exageradamente, sentándose de nuevo y cruzando la pierna.
—Mi nombre es Darcee Valtre y él es Thomas Valtre, lo último que queda de nosotros.
El chico que lo trajo lo miró con una media sonrisa. Ewald miró a cada uno, aún aturdidos por su pequeño acto, desconfiados, al igual que él y con debida razón. Tardó en responder mientras trataba de respirar apropiadamente, su mente daba vueltas y aún no sabía por qué lo habían traído.
—¿Qué? ¿Qué quieren de mí? —preguntó, ideando su duda titubeando. Esto no está bien .
—Querido, no es fácil de decir, sobre todo para ti —dijo preocupada —pero, ya te habrás dado cuenta de que… por alguna extraña razón, cargas con el poder de tus do s padres.
—¿Mis padres? ¿Ustedes conocen a mis padres?
—continuó titubeando, sintiendo como se le endurecía el pecho.
Jamás había escuchado que alguien mencionara a sus padres, a menos que fuera para insultarlos o que lo habían abandonado.
Ni siquiera conocía sus nombres, y al fin, parecía tener respuestas de alguien.
—No sabe nada —el chico miró con seriedad a la mujer y ella asintió.
—Los conocimos… Hace mucho. Desafortunadamente, fueron asesinados por la única persona capaz de terminar con una dinastía entera. El rey… Arnold Friedrich, o como nos gusta decirle, el usurpador —su mirada cambió en disgusto al mencionar el nombre del rey en su boca.
Los demás la siguieron inconformes. Ewald se quedó en silencio. ¿Cómo creerles a estas personas? Apenas los había conocido. Un escalofrío recorrió su cuerpo y se sintió estúpido. Darcee se dio cuenta que no le creía. Claro puedes ver mi mente, ¿no?
—Podemos demostrarlo.
—¿Quiénes son mis padres? —preguntó con la voz temblante y dando un paso hacia ella. —¿Qué? ¿Quién soy yo? ¿Por qué me trajeron aquí? —su voz se empezó a quebrar perdiendo el control. Un llanto no deseado quería inundar su rostro poniéndose rígido.
Darcee se acercó a él, finalmente rompiendo el espacio que los separaba, y lentamente alzó sus palmas tomando sus mejillas.
Ewald se estremeció cuando sintió la frialdad de sus manos y quiso echarse hacia atrás, pero ella no lo dejó.
Darcee lo observó con atención, examinando cada detalle de su rostro.
—Tú eres el hijo de la princesa Abigail Valtre y el duque Lothar Schatten —dijo con su voz tranquila y cautelosa, mientras las pupilas de Ewald se abrían de par en par y se quedaba sin aliento.
—Tu nombre, tu verdadero nombre, es Ewald Schatten. Eres nuestro primo, Ewald.
Darcee lo soltó y Ewald dio un paso atrás, el corazón se le aceleraba y suspiró agitado. Un temblor incontrolable sacudía su cuerpo, negándose a derramar el agua de sus párpados. El cuarto se quedó en silencio por un momento con todas las miradas puestas en él.
—¿Y por qué les creería? —una lágrima se derramó en su mejilla.
—Porque dentro de ti lo sabes. Como nosotros, puedes leer nuestras mentes y ver la verdad. Nadie más puede hacerlo—. Ella trató de acercarse.
Había muchas emociones cruzadas en su interior como para ponerse a investigar la verdad. Y sentía una ligera punzada en el corazón.
—No sé por qué Friedrich te dejó vivo, pero puedo demostrarte que te digo la verdad.
Eso es. Necesitaba pruebas para creer en su palabra.
Pero, cada vez que la mujer hablaba, sentía que se sumergía en el agua, descubriendo profundidades que nunca había podido ver.
Le aterraba, pero estaba dispuesto a tocar fondo por primera vez y ver la verdad por sí mismo.
—Demuéstrame —contestó en un susurro, limpiando su nariz.
Darcee sonrió y dirigió su mirada al grupo de la mesa. —Es hora de regresar a casa.
Los hombres sonrieron mirándose entre sí. El sirviente loco soltó un pequeño grito de emoción y el chico se quedó parado con una media sonrisa, viendo cómo se levantaba el sirviente de un brinco. ¿ Es hora de regresar a casa? ¿A dónde vamos?