11.
Amalie salió de la casa de Lea en una fresca noche de otoño.
Había jóvenes alrededor conversando y tomando.
Ella se había recogido el pelo en una cebolla suelta, con mechones que caían sobre sus hombros, y, con la noche, su pelo rubio brillaba bajo las cálidas luces de la casa.
Llevaba un vestido morado strapple, con un cuello de malla que cubría sus hombros y mangas cortas.
La falda seguía el mismo patrón de flores con encaje. Se había arreglado más de lo normal.
Frente a la casa de Lea, los árboles de pinos se alzaban formando parte del paisaje nocturno y podía escuchar el aire soplar suavemente contra las ramas en paz.
Ella esperaba a que Ewald apareciera. Su turno había acabado y no tardaría en llegar, si es que vendría. Era extraño que lo invitaran a fiestas y suponía que necesitaría el apoyo emocional para poder disfrutarla. No era muy sociable, no tenía amigos, salvo ella.
Amalie caminó hasta donde empezaba la calle empedrada y se sentó en el borde de la acera. De vez en cuando, pasaban carrozas con gente voceando sus conversaciones, las carrozas más grandes se impulsaban solas, y las más pequeñas, eran jaladas por dos caballos y un hombre que los manejaba.
Una carroza pequeña se paró a una cuadra de la casa.
No alcanzó a ver quién salía, solo pudo ver un par de zapatos lustrados bajar.
Luego, la carroza pasó por delante. Amalie se dio la vuelta y vio que la sombra se metía en el bosque.
Sintió una extraña sensación, el viento sopló en esa dirección y decidió caminar con la corriente.
Había luna llena y el bosque entero se iluminaba con tonos fríos.
Cualquier alma asustadiza dudaría en caminar por el bosque en la noche, pero ya estaba acostumbrada a esa oscuridad.
Vio una niebla negra flotante avanzando lentamente y mezclándose con la oscuridad.
Las hojas se movían a su paso. La nube se escondió en un rincón donde las ramas tapaban el paso de la luz de la luna.
Se detuvo y cerró los párpados tratando de concentrarse en los signos vitales; un latido, un suspiro silencioso. Abrió los ojos y sabía a dónde dirigirse. Caminó lentamente hasta el rincón oscuro frente a un tronco caído.
—¿Por qué no quieres entrar?
La niebla empezó a tomar forma de silueta humana. El rostro pálido de Ewald resplandeció con la luz, recargado sobre el tronco. —Tú no necesitas leer mi mente —hizo una pausa mientras miraba al vacío, con una media sonrisa. —¿Te siguió alguien?
—No, ¿por qué? ¿Pasó algo? —preguntó curiosa.
Ewald miró a su lado y subió los pies sobre el tronco —No.
Amalie lo siguió y se paró al lado donde dirigía su mirada. Quería ver sus ojos, sabía que le mentía, era tan simple solo notar sus palpitaciones para saberlo. —Dime.
Ewald giró, se topó con sus pupilas plateadas y suspiró.
—Sucedió algo extraño, en la escuela. Había un chico.
Nunca lo había visto antes —se detuvo dudoso y evadió su mirada por un momento.
—Creo que me estaba buscando, pero no sé quién es —Ewald la volvió a observar esperando su respuesta. Está nervioso .
—¿No crees que tenga que ver con el hombre que nos atacó?
—Tal vez, pero, no parecía que... quisiera hacerme daño. Quería llamar mi atención.
Era extraño ver a Ewald preocupado, o si quiera que le importara algo. Su mano descansaba sobre su regazo y la tomó con delicadeza, sentándose a su lado. Su mano era diminuta comparada con la huesuda de él.
—Deberías ser cuidadoso, no sabes lo que quieren.
Ewald alzó la mirada hacia ella. —¿Tú estás bien? ¿No te han seguido? —preguntó mientras ella miraba su mano cálida unida a la suya.
Se sorprendió por unos segundos, rara vez mostraba interés, pero podía ver a través de él cuando se dedicaba a hacerlo.
—Estoy bien, Evald —dijo, al tiempo que alzaba la mirada y él la miraba fijamente con las pupilas dilatas.
En ese momento, sintió un temblor y soltó su mano abruptamente.
Me está leyendo . Ella odiaba que lo hiciera, y aún más, que él ignorara sus sentimientos hacia él.
Siempre sentía que la veía como su pequeña hermana.
—Deberíamos volver a la fiesta —dijo mirando al suelo, tratando de distraerse. —Vamos, hay mucha comida —sugirió.
Ewald sonrió y se levantó de un brinco. Le dio la mano y ella se levantó. No necesitaba su ayuda, meramente era pura caballerosidad. Ambos caminaron entre los árboles del bosque hacia la casa de Lea.
La fiesta se había llenado de grupos de jóvenes tomando, hablando y riendo.
Otros bailaban al ritmo de una música extraña, nunca había visto un aparato tan peculiar que reprodujera sonidos sin ayuda de un ser humano.
Ewald la siguió desde atrás, luciendo arrepentido por haberse presentado.
Ella se dio cuenta y lo agarró de la muñeca, obligándolo a avanzar.
Kirsten llegó caminando con una bandeja de bebidas en las manos.
—¿Dónde estabas? Pensamos que te habías ido —dijo mientras le daba una bebida. Luego se fijó en Ewald. —Veo que trajiste a alguien —ella sonreía impresionada.
—Hola, Kirsten — saludó Ewald forzado.
Ella le dio la otra bebida a Ewald. —Toma. Si quieres más, puedes pasar a la cocina —Kirsten dirigió sus ojos a Amalie. —¡Ven, tengo que decirte algo! —le dijo, jalando su brazo con la mano.
Amalie volteó hacia atrás, Ewald la miró por un segundo y sus cejas se fruncieron.
Ella se giró, pero no sabía a quién miraba, había mucha gente amontonada.
Ewald trató de caminar entre la multitud que habitaba en la sala, pero en su camino, cometió el error de derramar su bebida sobre alguien.
Demonios . Se detuvo con un jalón y Kirsten volteó hacia atrás, contemplando la escena que estaba a punto de estallar.
—¡Acaso estás ciego, huérfano! Ahora sí tendrás que pagarlo — gritó Adlar furioso.
—No fue mi intención —dijo Ewald con firmeza.
—¡Claro que no! Con esos ojos descoloridos, dudo que veas algo.
Los amigos de Adlar se burlaron, pero él pareció más enfadado de lo normal. Nunca lo había visto de esa manera y se sacudió su camisa con fuerza.
—Bien, de todas maneras, ya era hora de darte una paliza —Adlar tiró el primer puñetazo, pero Ewald lo esquivó, como si ya supiera sus movimientos.
—¿Ahora sabes boxear? —exclamó.
Ewald tenía las pupilas dilatadas y la mirada congelada.
La multitud gritaba cosas. Pártele la cara.
¡Pelea, pelea! Adlar lanzó otro golpe. Lo esquivó.
El segundo lo detuvo doblando el brazo de Adlar con el suyo.
Adlar lo miró asombrado, pero enseguida lo empujó hacia él y le dio un puñetazo en las costillas.
Ewald se dobló y cayó sobre sus rodillas, tomando respiros entrecortados.
—¡Evald! —lo llamó preocupada, sabía que no era muy bueno.
La risa burlona de Adlar regresó por el fracaso de Ewald. —Así de fácil es vencerte, ¿de verdad? —dijo asombrado y con cierto sarcasmo.
—¿Qué? —escuchó en voz baja a Ewald mientras miraba hacia arriba y se puso de pie lentamente.
—¿Con qué deseas seguir sufriendo? Eh. Perfecto —Adlar caminó hacia él y la multitud guardó silencio. Ewald levantó las manos sin alejar su mirada. —¿Me vas a atacar con tus patéticas sombras?
—Tengo algo mejor para ti —Ewald giró su muñeca y cerró su puño.
Adlar se paró abruptamente, como si estuviera congelado, y vio el terror en su rostro. Los demás soltaron suspiros y jadeos sorprendidos. Había un gran espacio entre ellos y, con tan sólo la mirada y las manos de Ewald en el aire, parecía haberlo inmovilizado por completo.
Adlar habló con dificultad —¿A qué… tas… jugando… Euuald? —su voz lenta y torpe.
Todos estaban paralizados, incluso Amalie. Luego, Ewald jaló sus brazos hacia el suelo y Adlar se puso de rodillas. Había muchas bocas abiertas, miradas asombradas. Nunca lo había visto utilizar su poder de esa manera con nadie y dudaba que los demás supieran que él podía hacer eso.
Uno de los amigos de Adlar, sorprendió a Ewald tomándolo del cuello.
Él perdió el control y se balanceó hacia atrás, dejando a Adlar volver a la normalidad.
Ewald forcejeaba con el chico y le dio un codazo en las costillas, separándose de él.
Otro lo agarró por la espalda e inmovilizó sus hombros.
Oswin se unió golpeando la parte trasera de sus piernas.
Ewald estaba de cuclillas, tratando de zafarse de las manos de los chicos que lo empujaban hacia el suelo.
Adlar avanzó enfurecido apretando su puño.
—Esto es lo que ganas cuando te metes con la persona equivocada —Adlar le metió un puñetazo en el estómago, sacándole el aire por completo.
Ewald se retorció y jadeó. Nadie lo ayudaba.
Cada vez le costaba respirar más. Adlar lo tomó de la barbilla, alzando la mirada enfurecida de Ewald y lo volvió a golpear, pero ahora en la cara, justo en su delgada y hermosa nariz.
Gotas de sangre salpicaron por sus fosas nasales en la fina alfombra y trató de respirar con dificultad.
Amalie avanzó entre la gente, necesitaba hacer algo, no dejaría que esos bravucones se aprovecharan de Ewald, pero había demasiadas personas para concentrarse en ellos, demasiados latidos.
Adlar propinó unos golpes más en el cuerpo de Ewald, uno en el estómago y otro en el pecho con la rodilla.
Estaba a unos pasos de Adlar cuando alguien se interpuso en su camino.
Una mano tocó el hombro de Adlar y gritó fuerte.
Hans le había quemado la piel con una llama.
—¡Imbécil! Con que tú también quieres pelea, ¡chicos! —gritó Adlar apartándose de Hans. Los chicos azotaron a Ewald contra el suelo.
—¡No seas cobarde, Adlar! —Hans gritó retando, y la multitud susurró.
—Trata de usar tus poderes sin quemar la casa, Hans —Adlar le recordó. Todos sabían a qué se refería, hubo risas y jadeos sorprendidos.
Ewald se levantó y alzó su mano hacia la cara de Oswin cegando su vista con una nube de sombras. El otro chico se abalanzó sobre él.
Adlar y su otro amigo rodearon a Hans cazándolo.
Adlar creó unos campos de energía, que a simple vista, parecían invisibles, pero lo suficientemente sólidos para golpear a alguien.
El otro chico lanzó rayos de luz blanca que cegaban a Hans como gotas de lluvia.
Uno de ellos rebotó contra el escudo de Adlar y empujó a Hans hacia el suelo resbalando.
Oswin se incorporó en la pelea contra Ewald.
Cuatro contra dos. Totalmente injusto. Oswin creó ilusiones de sí mismo, varias copias gemelas que confundían a la vista.
El otro chico lanzó un hechizo que tumbó a Ewald en el suelo.
El chico alzó su mano para lanzar un segundo golpe, pero otro joven se interpuso en su camino.
El amigo de Adlar se detuvo repentinamente y cayó al suelo, sin haber tenido algún contacto físico con nadie.
Con un simple movimiento de muñeca, hizo que se tirara al suelo, como Ewald lo había hecho con Adlar.
Oswin envió sus copias idénticas hacia el joven misterioso.
—¿Ilusiones? Qué patético —le lanzó un hechizo de un color verde vibrante que atacó al Oswin auténtico y lo mandó al suelo cayendo sobre su trasero.
Sus copias gemelas desaparecieron. Muchos se burlaron.
El joven misterioso se giró hacia Ewald, que ya se había puesto en pie para enfrentarse a Adlar quien seguía creando campos de fuerza que lanzaba al aire.
Hans no podía usar sus llamas porque temía herir a alguien, o peor aún, incendiar la casa.
Ewald se agachó y llenó de sombras los campos de Adlar.
Se hicieron visibles y Hans tuvo la oportunidad de atacar, lanzó una llamarada sobre su pierna descubierta del campo protector.
Adlar volvió a gritar por el ardor y se cubrió la pierna con su mano.
Sus campos desaparecieron y se quedó en el suelo sobándose como un niño chiflado.
—Deja de ser un cretino de una vez, Adlar. O alguien te cobrará tus bromas pronto —dijo Hans mirándolo desde arriba.
Adlar lo miró con rencor y se contuvo a decirle algo. Sus amigos se alejaron y Oswin se hincó junto a él para ayudarlo a levantarse. Hans caminó por a lado de Ewald, que miraba ansioso por todos lados.
—¿Estás bien? —preguntó Hans.
—Sí, gracias —contestó Ewald distraído mientras se limpiaba la sangre de su nariz con la mano.
Amalie buscó señales del joven extraño. Desapareció .
—¿A dónde fue? —preguntó Ewald.
Hans se percató a quién se refería y observó alrededor. Vio a Ewald alejarse y salió rápidamente por la puerta frontal. Hans se quedó parado en medio del cuarto, rodeado de la gente que lo animaba por su victoria y los que se burlaban de Adlar y sus amigos. Tal como se lo merece .
Se preguntó si Ewald vio salir al chico extraño, pero, lo que más le intrigó de él, fue ver su poder. Hizo lo mismo que Ewald con Adlar . Se preguntó si era un poder en específico o alguna habilidad que se desarrollara, pero fuera lo que fuera, Ewald lo había convocado de la nada y había triunfado.
Quiso seguirlo, asegurarse de que estuviera bien y curarlo, pero cuando se paró sobre la entrada de la casa, miró hacia el exterior. Estaba vacío. Todos habían entrado a ver la pelea, y Ewald, ya no estaba en ningún lado.