Herederos de Cenizas (Valtremix 1) 1. #3
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—Tipos como Adlar solo quieren verte temer, por eso eres presa fácil para ellos —dijo fríamente, sin mirarlo. No necesitaba ver dentro de su cabeza, Kasper irradiaba miedo.

—Sea lo que sea, gracias, Evald—. Kasper puso una mano sobre su hombro.

Ewald lo observó de reojo y se movió, dejando caer la mano de Kasper. No era el tipo de persona que va ayudando a la gente como héroe cada vez que se meten en problemas, pero había algo que le hacía enfrentarse a Adlar sin importar la situación, cierta rabia.

Dejó a Kasper en los casilleros. Ya iba tarde a su siguiente clase, donde iba toparse de nuevo con ese idiota y con todos los chicos de su grado, incluyendo Amalie.

El salón era de lo más común: había pupitres de madera repartidos en columnas, un escritorio para el profesor frente al salón y una pizarra de tiza. El aula estaba adornada con estanterías y múltiples libros a los lados.

Ewald pasó rápidamente al fondo, ignorando las risas de Adlar y cualquier persona que se atravesara en su camino. Se sentó en su pupitre, en una esquina alejada. Observó a Hans y a Fred en los asientos junto a la puerta.

En el centro, Adlar hablaba con sus amigos. Siempre asegurándose de ser el centro de atención. Al lado opuesto, Lea, Kirsten, y Amalie, entre otras que no recordaba, conversaban juntas.

Amalie reía y hablaba a más no poder. Lea volteó y lo miró con una sonrisa, tratando de encontrar alguna reacción simpática, pero su cara siempre estaba impasible. El calor subió a sus mejillas rindiéndose ante su temperamento y Ewald retiró su mirada.

La profesora entró erguida, con su típico tono estricto, azotando los libros para llamar la atención. —Buenos días, chicos. Espero que todos hayan estudiado.

Fred seguía hablando con Hans y lo empujó en la espalda para molestarlo.

—Señor Friedrich, deje de hablar con su compañero Hertz. No se sienta con el derecho de interrumpir mi clase por el simple hecho de pertenecer a la realeza —dijo la profesora sin vergüenza.

La clase se burló, menos Ewald.

Hans se dirigió respetuosamente. —Lo siento, profesora.

La tiza mágica escribió sobre la pizarra la fecha actual.

Cinco de Ónix, 2284 . A continuación escribió el tema que iban a ver ese día.

Rebelión de Valtremix . Era la clase de Historia, ya habían repasado lo más difícil desde los inicios y la fundación del reino.

La rebelión era uno de los temas más recientes y fáciles de recordar, incluso los detalles que no contaban del ascenso del rey Friedrich.

—Hoy repasaremos la historia de la rebelión. Espero buenos resultados, es un tema que todos deberían saber... Primera pregunta, ¿hace cuantos años fue? —cuestionó la profesora severa.

—Dieciséis años —Hans alzó su voz tratando de compensar su interrupción temprana.

—¡Ah muy bien, señor Friedrich! No me sorprende que conozca la historia.

La clase se burló. A esta mujer le encanta mofarse de nosotros.

—¡Espero que sus risas sean de conocimiento! La mayoría de ustedes nacieron ese mismo año. ¡Felicitaciones, son sobrevivientes! —aplaudió sarcásticamente.

La clase celebró y fanfarroneó. En la pizarra se escribió el número 2267 . El año de la rebelión, el año en que muchos de ellos perdieron a sus familias sin siquiera conocerlos.

—Señorita Schulz —la profesora volteó hacia Lea. Ella se enderezó y escuchó atentamente. —Quiero que nombre al menos dos comandantes de la rebelión.

—Los hermanos Friedrich, Dorle y Clemens —hizo una pausa incómoda y volvió la vista a su lado de mala gana. —El comandante Josef Dinter.

Adlar volteó, guiñando un ojo a Lea. El padre de Adlar seguía estando en el ejército del rey, lo había visto algunas veces en su oficina.

—Sí, fueron héroes de guerra, pero el señor Clemens no fue un comandante, ¿cierto señor Friedrich?

Hans asintió a la fuerza. A la profesora de verdad le encanta meterse con Hans . Pensó burlonamente.

—¿Acaso solo conocen comandantes rebeldes? ¿No pueden mencionar a comandantes reales? —La clase se quedó en silencio, no era común hablar de cualquier persona relacionada con los últimos Valtre. La profesora siguió preguntando —¿Roger Harth? ¿Roman Schatten, el hermano del duque?

—El que asesinó a mi padre —Hans alzó su mirada sin una pizca de vergüenza. Si la profesora quería jugar, había entrado en el papel de monarca.

La clase se quedó en silencio y se escucharon algunos susurros. Hans se metería en problemas, aunque dudaba que algo le pasara, después de todo seguía siendo el príncipe de Valtremix.

La tensión entre ellos aumentó. Ewald sintió una punzada, un dolor repentino en su cabeza.

No, no, ¡por qué ahora! Escuchaba las voces internas de sus compañeros dentro de su mente, y con ellas, ese chillido insoportable que lo molestaba cada vez que pasaba.

Levantó las palmas hasta su cabeza tratando de contener sus poderes, pero era inútil, no sabía cómo controlarlos.

—¿Cuál era su nombre? —insistió la profesora retando a Hans .

El chillido y las voces se volvían más intensos con cada segundo. Necesitaba huir de allí antes de que pasara a mayores.

Y entre todo ese caos que solo él sentía, aún podía escuchar a la profesora y a Hans respondiendo a la fuerza. —El duque lo...

Ewald empujó su asiento y huyó del salón sin prestar atención a los quejidos de la maestra.

Entró de golpe en el baño de hombres, y para su suerte, no había nadie. Se paró frente al lavabo recargándose sobre sus manos, respirando profundamente, y alzó la mirada hacia el espejo.

La luz débil de los cristales de magia blanca se reflejaba en las paredes y en el largo espejo que parecía de agua cristalina. Las puertas eran de madera maciza.

La soledad del cuarto lo ayudaría a recuperar la calma, pero aún seguía escuchando voces lejanas.

No debía estar cerca de nadie cuando esto sucedía.

La última vez, hizo que todos en el orfanato se enfermaran de fiebre intensa por varios días, y claro, él se llevó la peor parte.

Ewald no dejó de sudar aquellos días por la calentura, ni siquiera Amalie pudo mejorarlo, y su estado actual parecía similar.

Seguía agitado. Respiró nuevamente, inhaló, exhaló, y cuando pensó que estaba bajo control, vio varias sombras salir de sus manos sobre la base del lavabo.

Cada vez más pesadas y oscuras, recorriendo los rincones del baño.

Sintió cómo su cuerpo temblaba cada vez que invocaba sombras, el ambiente se volvía más frío.

Ewald dio unos pasos atrás, poseía más control sobre ellas, pero eso no arreglaría mucho su ansiedad al final del día. No tenía opción.

Extendió las manos hacia el suelo, tratando de absorber la oscuridad que se cernía sobre la habitación. Cerró sus ojos, buscando enfocarse, y lentamente, las sombras retrocedieron, y sus dedos fríos temblaron.

Todo iba bien, hasta que escuchó que alguien abrió la puerta del baño. Se estremeció con el estruendo de los espejos rompiéndose y abrió sus párpados. Hans había entrado con la misma expresión aterrada en el rostro.

—Eua, Evald, ¿estás bien?

Los cristales del espejo estaban esparcidos por los lavabos y ninguno lo había cortado. —Sí, estoy bien—. Demonios, me lo descontarán de mi salario.

—¿Seguro? Quieres que...

—No, no te preocupes por mí —dijo, tratando de ocultar su frustración. Salió rápidamente del baño, pasando de largo a Hans en dirección al pasillo, aún con su cabeza dando punzadas insoportables que le hacían desear la muerte.