2.
El camino al Castillo Feuer estaba aglomerado por carrozas de madera, tanto de carga como de pasajeros. Algunas tiradas por caballos y otras más pequeñas impulsadas por energía de magia blanca.
Knut era un hombre de veintiocho años, con gustos y poderes peculiares.
Caminaba hacia la torre poniente del castillo, donde entraba el personal, usando el uniforme de los sirvientes: una camisa gris de botones que acomodaba dentro de sus pantalones negros.
Tenía algunas cicatrices en los brazos, no muy visibles debido a su piel morena, y su cabello lacio, era de un castaño oscuro, similar al de sus enormes ojos de ónice.
Unos jinetes, llegaron a la entrada junto a una mujer rubia que le sacaba como unos diez años.
Para su edad, tenía uno de los cuerpos más fornidos que había visto en su vida.
Ella cabalgaba un caballo blanco, y usando la armadura más lujosa del reino, vino y detalles dorados, los colores de la casa Friedrich.
La General Dorle Friedrich, la única hija con vida del usurpador, había rescindido de su título de princesa para comandar el ejército de su padre.
Los jinetes se acercaron a la gran entrada, flanqueada por dos enormes torres con cúpulas que simulaban la llama del fuego. La general descendió perfectamente de su caballo, mientras los guardias hacían una reverencia de cortesía. —Buenos días, General Friedrich .
La general subió los escalones y pasó por al lado de ellos asintiendo. Las puertas arqueadas de marfil se abrieron solo para ella y entró junto a su guardia privada al palacio.
El castillo se situaba al noroeste, junto al bosque de Valtremix.
Era una construcción de varias torres con cúpulas doradas, paredes de colores, cristales y detalles dorados en las molduras con figuras.
Al este del castillo, había un gran campo donde se celebraban juegos, ceremonias y eventos masivos en Valtremix.
En las orillas, se podían ver las gradas del público y las banderas ondeando el símbolo de la casa Friedrich, una antorcha encendida sobre una copa de colores vibrantes y líneas doradas.
Después de pasar por la cocina y las áreas de limpieza, Knut se dirigió al puente que conectaba con la oficina del rey.
Llegó al pasillo empujando un carrito de servicio y se puso a quitar el polvo de los cuadros, justo a unos pasos de las puertas blancas donde se escondía ese demonio.
Y, como siempre, dos guardias se mantenían inmóviles como estatuas en la puerta.
Estaban día y noche haciendo turnos entre sus compañeros, siempre que Friedrich se encontrara ahí.
La guardia privada de la General Dorle llamó a la puerta. Había descubierto la hora exacta en la que visitaría a su repulsivo padre. Knut se acercó lentamente con su carrito, revisando las pinturas colgadas en la pared.
—El orfanato ha funcionado muy bien estos años —escuchaba la suave voz de una mujer madura. —Pero ¿qué haremos ahora con los chicos mayores? El espacio es insuficiente y...
—¡Hace años me dijiste que no los forzara a trabajar! —escuchó la voz gruesa de un adulto mayor.
—¡Sí, pero eso fue antes! Ahora están creciendo y no tienen un lugar a donde ir.
—¡Toda esa bola de malcriados necesita mano firme, no agradecen lo que hemos hecho por ellos! —Knut se sobresaltó cuando la voz gruesa de Friedrich se alzó hasta el pasillo.
La otra mujer debía de ser la duquesa Alese Friedrich, la esposa del difunto Clemens Friedrich, hijo mayor del rey.
Había escuchado que aquella mujer no poseía ninguna clase de poder, ni siquiera podía convocar magia blanca.
No sabía a qué se debía, por lo tanto, no era una amenaza mortal como la llama de los verdaderos Friedrich.
Tal vez podría preguntarle a Heiner en otro momento.
El sabelotodo . Knut se rio y volvió a prestar atención a las voces.
—Solo prométeme que les darás nuevas oportunidades —suplicó la mujer.
—Lo haré, es lo mejor que podemos hacer —contestó Friedrich resignado.
Cuando la General Dorle tuvo suficiente de su discusión, señaló a los guardias para que le dejaran entrar y se inclinó. —Su majestad, ¿me ha llamado?
—Ven, hija.
La general entró en la habitación, pero la puerta seguía abierta.
—Dorle —la duquesa hizo una pequeña reverencia.
—¿Cómo estás, Alese?
—Bien, a punto de irme. Con permiso —contestó Alese fríamente, pasando de lado.
La duquesa era una mujer alta, con el cabello castaño largo y vestimenta casual. Cuando salió de la oficina, las puertas se cerraron.
Una vez que se desalojó el pasillo, Knut se pasó del otro lado, limpiando para que los guardias no sospecharan de él, aunque ya notaba sus miradas vigilándolo. Esperaba que no le prestaran mucha atención. La conversación siguió su curso.
—Ha habido más robos… ya sabes de quiénes —dijo la general con calma.
—Llámalos por lo que son... sucias ratas que se arrastran bajo la tierra —gritó con rabia.
—Padre, han pasado dieciséis años, los pocos que quedan vivos, son inofensivos.
Inofensivos pensó Knut enfadado.
—No puedo permitir que sigan asaltando el reino a su antojo, tenemos que eliminarlos de una vez por todas.
—¿Tienes idea de dónde están?
—No. Los túneles que construyeron fueron hechos para nunca encontrarlos, están encantados y solo alguien que los haya visto conoce el secreto para entrar.
—Creo que tengo una idea para llegar con ellos.
—¿Y qué estás esperando? Encuéntralos y pasa la sentencia.
No necesitaba escuchar más, Knut empujó el carrito y caminó por los pasillos hasta el corredor de los sirvientes para continuar su jornada. Pronto estaría en su hogar para reportar lo que descubrió.
¿Nos abran seguido? ¿Alguien fue lo suficientemente estúpido para revelar la más mínima pizca de información a un extraño?
Fuera lo que fuera, los seguidores tenían conexiones con personas que les proporcionaban alimento y material suficiente para sobrevivir en el ambiente inhóspito del Agujero.
Odiaba admitirlo, pero se escondían como ratas.
Necesito avisarles . Su cuerpo tembló ansioso, aún le quedaba una larga jornada si no quería llamar la atención.
Esa era la peor parte de ser un espía, tener que trabajar para el enemigo, aunque fuera limpiando los pasillos del castillo.
No sabía por qué había aceptado el trabajo.
El arte del engaño y la manipulación se le daba bien.
Por más impulsivo que fuera, cuando se ponía en modo serio, la gente se quedaba callada, expectante.
Le habían prometido que, si se convertía en espía hallarían una manera de destronar a Friedrich y destruir su castillo, pero, a pesar de los miles de intentos fallidos, nunca han podido encontrar la oportunidad perfecta.
Un descuido del rey. Que los guardias dejaran las puertas sin protección para encontrar información que les ayudara.
Solo unos pocos sirvientes tenían permiso para entrar en la oficina de Friedrich bajo llave.
Knut había trabajado durante más de un año en el castillo, tratando de conseguir ese privilegio, pero nadie le dio el lujo de husmear en las pertenencias del rey, ni de asesinarlo en un arrebato de furia, eso es lo que más deseaba.
Esa no es la manera , le había dicho Heiner hacía unos días.
Si matas a uno, tienes que matar a toda la familia .
Tal vez la General Dorle tenía razón, eran inofensivos, y cualquier esperanza de poder retomar el trono se esfumaba con cada día y segundo que pasaba. Knut tendría que pensar pronto en el retiro, si eso era una opción para él.
Sus pensamientos se esfumaron cuando chocó con un cuerpo rígido y más grande que él. Knut cayó al suelo con el carrito y el estruendoso golpe del metal lo volvió a sacudir. Era uno de los guardias que siempre paseaba por el piso del rey.
—¿Qué haces aquí idiota? —exclamó el hombre corpulento —ya te había dicho que dejaras de merodear por estos pasillos. ¡Está no es tu zona! —gritó adolorido desde el suelo. Knut se levantó rápidamente de un brinco y corrió hacia las escaleras, abandonado el carrito.
—¡Lo siento! —no pudo evitar reírse histéricamente como un desquiciado.
—¡Regresa aquí! Tienes que limpiar eso —gritó el guardia a lo lejos, mientras se levantaba a correr torpemente hacia Knut.
Demonios . Dejó de reír cuando se topó con las escaleras de caracol y no tuvo más opción que bajarlas a toda velocidad, temiendo tropezar y partirse la cara.
Alguien más tendría que limpiar su sangre y levantar su cuerpo moribundo si se mataba.
Y no habría nadie para reclamarlo. Era mejor no pensar en ello. Concéntrate .
Escuchó el pesado golpe de las botas del guardia contra los escalones al bajar. Tal vez podría seducirlo con sus encantos, pero ya se había dado cuenta de que no tenía ninguna química con el guardia regordete, al fin a cabo, no era su tipo.
No tenía más opción que correr. Aunque, pensándolo mejor, sí podría hacer algo.
Cuando llegó a la sección del personal, atrasó el paso y tomó uno de los pasillos hacia las alacenas.
Recorrió varios metros hasta que llegó al baño más lejano del piso, uno que nadie usaba por el mal olor que desprendía, pero el guardia estaba atrasado. Se aseguró de guiarlo hasta allí.
—Carajo, aquí huele a mierda —el guardia abrió la puerta y se tapó la nariz.
—¡Y está a punto de oler peor! —Knut tomó el guardia de los hombros y cerró la puerta con el pie, abalanzándose sobre él hacia la regadera.
Cada pedazo de piel del guardia se empezó a descomponer, derritiéndose como carne al fuego.
Gritó, pero el veneno que salía de las manos de Knut siempre actuaba primero en la vista y los pulmones.
Escuchó un gemido ahogado, su cuerpo se deshizo dejando una mancha grasosa en la regadera e incluso su ropa desapareció.
Knut encendió la regadera y dejó que el agua se llevara los restos. Siempre se quedaba el aroma de los cuerpos, pero como el drenaje apestaba a desechos, nadie se daría cuenta de que alguien había muerto ahí.