1. #2
Y, a pesar de sus frustraciones, tenía que deshacerse de ellas y pensar en cómo iba a sobrevivir al resto del día, a las clases, al trabajo en el Castillo Feuer y soportar el mal genio del rey Arnold Friedrich hacia él. Y así era cada día, una rutina exhaustiva.
Tan solo pensaba. Cuando tenga suficiente dinero me iré de este reino, para siempre y viviré en paz.
Tal vez podría llevarse a Amalie, aunque sabía perfectamente que ella había llegado a encariñarse con su hogar.
Se adaptó muy bien en esta sociedad que se ha encargado de rechazarlo.
Tal vez ella encontraría a alguien mejor con quién vivir el resto de sus días.
Tal vez él encontraría a alguien más, aunque dudaba enormemente de eso.
Pero sí estaba seguro de una cosa, era que jamás podría arrastrar a Amalie a una vida de miseria, él no tenía nada que ofrecerle más que su sombría compañía.
Por eso jamás se ha atrevido a declararle lo que realmente siente por ella. Sería su perdición.
Las clases básicas comenzaron. Componentes de la magia . Básicas, porque eran de primer grado y llevaba arrastrando esa materia desde el año pasado por sus inasistencias ahora que estaba en segundo.
Esto es una pérdida de tiempo . Se repetía en su cabeza cada semana, pero no tenía muchas opciones si quería graduarse. Era eso o vivir como esclavo en el Castillo Feuer, aunque Ewald sospechaba que terminaría trabajando ahí de por vida de todas formas.
Lo único alentador de esa clase, era la peculiaridad del salón, era distinto a los demás salones con pupitres frente a un pizarrón.
Aquí se acomodan en forma de medialuna, como un auditorio, con filas más altas que otras.
En el centro de la habitación había un candelabro de aluminio con orbes de diferentes colores que levitaban, las piezas metálicas tenían formas de constelaciones pintadas en color bronce, balanceándose unas sobre otras.
Debajo del candelabro, el suelo relucía una figura espiral que simulaba un reloj. En cada asiento, había un orbe mágico para que los alumnos las usaran en sus prácticas. Ewald siempre se sentaba cerca de la salida, en la segunda fila para no perder tiempo si deseaba huir rápidamente.
Media hora después, el profesor decidió hacer un repaso para matar el tiempo con los temas que habían visto al principio del curso.
—Como saben, existen tres ramas de poder diferentes en Sdreem.
Estas surgieron de la energía múltiple, la fuerza cósmica que creó nuestro universo —dijo el profesor de apenas treinta años, mientras preparaba el candelabro para que bajara, y las luces del salón se atenuaron, dejando solo los orbes brillar en la oscuridad.
No podía recordar su nombre y no se tomaría la molestia de averiguarlo.
Nadie sabía cómo se había creado el mundo de Sdreem.
Otros creían que fue obra de los diez dioses del paraíso, celestiales que nacieron del cosmos que colocaron sus poderes sobre la humanidad, pero ese era un tema que a él no le interesaba.
—Podemos obtener los poderes de nuestros procreadores. Es común que venga del lado paterno, pero existen excepciones cuando las mujeres heredan su poder a sus hijos.
Los orbes mágicos del candelabro sobresalieron brillando en distintos colores, esparciendo destellos de luz por todo el cuarto.
—En nuestro continente, Mystische, el poder natural es el que predomina. ¿Cómo? —el profesor apuntó hacia la clase.
—El fuego —un chico menor que él alzó su voz.
—El agua —dijo otra chica aburrida del salón.
El orbe que representaba la naturaleza bajó, brillando en color verde pálido.
De ella se desprendieron dos más, señalando los poderes mencionados.
La del fuego brilló en un color entre naranja y rojo intenso, mientras que la del agua en un color celeste frío.
Ewald suspiró exhausto, sintiéndose en una clase de primaria llena de niños.
—Así es. Como también tenemos los poderes psíquicos, es decir, los que no podemos ver, pero manifestar como —el profesor volvió a dirigirse a ellos.
—Las ilusiones —respondió alguien más.
—El poder de los Valtre, el control mental —alguien mencionó, dudando nombrar en alto a los reyes caídos.
El orbe que representaba el poder psíquico brillo un azul eléctrico, de ella se esparcieron otros dos de color verde y morado.
—Y, por último, la tercera rama, el poder de la alteración, se caracteriza por cambiar el orden natural, la materia de las cosas vivas e inanimadas. ¿Algún ejemplo? —el profesor alzó la mirada buscando alguna víctima que contestara su pregunta.
El salón tardó más en responder, no porque no supieran la respuesta. Podía sentir la ansiedad del resto por terminar la clase. Un chico que ya había respondido alzó su mano resignado —la conjuración y transformación.
El orbe de alteración bajó, brillando de un color anaranjado y esparciendo dos más de color rojo y rosa.
—Es una manera de llamar a la metamorfosis —dijo el profesor acercándose a Ewald.
Él se distraía con el orbe de cristal frente a él, tocándola múltiples veces haciendo que pequeñas sombras aparecieran.
—Y dígame, ¿cuál es la diferencia entre la magia blanca y la oscura?
Euald —el profesor se paró frente a él y deletreó su nombre erróneamente como siempre.
Se dice Evald, no Euald o Ewald, como sea .
Sí ese era en verdad era su nombre de nacimiento, no entendía por qué sus padres le complicaron la vida al cambiar una letra por la otra.
Todos lo observaron, y en ese instante, alzó la mirada sin ganas de contestar.
—La magia oscura hace maleficios y la blanca los rompe —dijo desinteresado.
El maestro se alejó no tan convencido de su respuesta y en vez observó a la clase.
—Así es, la magia oscura contiene poderes sobrenaturales.
Y la blanca, la energía de la luz, toca todo lo vivo, lo existente, se les llama magia porque son la base de nuestro poder.
Cualquiera puede ser capaz de controlarlas si se dedica a estudiarlas.
Ewald volvió a bajar la vista a su orbe, rogando que se acabara el tiempo.
—Mientras que los poderes de las ramas naturales, psíquicas y de alteración, solo se manifiestan en su propio linaje —el profesor hizo una pausa parándose en medio del salón.
—En Valtremix, no se permite conjurar magia oscura, ya que se considera gravemente peligrosa —terminó con una mirada fulminante hacia Ewald y dejó de jugar con el orbe cuando alejó sus dedos.
Sonó el timbre ruidoso de la escuela para el cambio de clases. Al fin .
—Hasta aquí dejaremos el repaso, los veo en la siguiente clase y recuerden conjurar su poder sin exceso —dijo el profesor canturreando.
Ewald se puso rápidamente de pie, dejando el salón antes de que el profesor terminara su frase.
Se dirigió por los pasillos pensando en cómo llamó su atención.
Él ni siquiera poseía tal magia, no podía hacer maleficios.
Él se ocultaba tras las sombras en medio de la noche y nadie lo notaba.
Su poder era algo más, que simple magia negra, pero era imposible saberlo cuando no tenía ninguna instrucción.
Su única opción, era practicar fuera del orfanato a escondidas.
Desde que tiene memoria, el rey prohibió enseñar en la escuela a todos los huérfanos sobre sus poderes .
Ewald se dirigió a su casillero y se topó con un trío de chicos que molestaban a Kasper, su compañero del orfanato.
—Tranquilo, te pones más pálido que la nieve —se burló el estúpido de Adlar.
Era el típico imbécil atlético. De alguna forma, logró que su pelo puntiagudo combinara con su faceta de payaso.
Vestía con un pantalón cargo y una playera color vino y dorado presumiendo que era el campeón del torneo de combate del año pasado, y, por si fuera poco, se sentía con la libertad de molestar a todos.
—¿Crees que ya está transformándose? Quiero ver cómo lo atravesamos —Oswin ansiaba burlarse. Sus pecas rojizas parecían granos a punto de explotar y su cabello grasiento combinaba desastrosamente.
Kasper estaba acorralado contra su casillero. En comparación con Adlar, él era diminuto a lado de esas bestias.
No podía sentir más que desprecio. Siempre molestaban a los huérfanos, golpeándolos y diciéndoles insultos de mal gusto. Adlar era un cínico que no tenía respeto por nada y por nadie más que él mismo.
—¡Adlar! —gritó Ewald acercándose con la espalda recta y sin pavor.
Él miró a Ewald con una sonrisa maliciosa. —Mira quién llegó, tu novia vino a rescatarte—. Los demás chicos se burlaron.
Se detuvo frente a Adlar cansado de sus estupideces. —Déjalo en paz, no va a usar sus poderes.
—¿Por qué no? No quieres ver cómo se transparenta —dijo, tirando de la ropa de Kasper contra los casilleros.
—Ya lo he visto —dijo cortante.
—¿En serio? ¿Y cómo se ve? —contestó con diversión .
Ya había visto cómo se hacía invisible como un espectro en las noches, cuando se asustaba por las tormentas o tenía pesadillas, pero no tenía nada de divertido. Ewald retiró bruscamente el brazo de Adlar y Kasper dio un salto rápidamente a su lado.
—¡Qué Euald! ¿No tienes miedo de meterte en problemas? —preguntó Adlar amenazante.
—Es Evald, y no, no me molestaría golpear tu estúpida cara.
—¿Y qué esperas, Euald? O acaso le temes a lo que te haga nuestro gran y poderoso rey. Por lo que he escuchado, sé que le encanta humillarte, y no lo culpo —rio a todo pulmón.
—No más de lo que a mí me gustaría humillarte.
—Uy. Está bien, te dejaré vivir por hoy. Estoy algo ocupado para atenderte—. Adlar se retiró mientras se mofaba con sus amigos agitando su mano.
Ewald no apartó la mirada de Adlar hasta que ya no pudo verlo. Tenía que tranquilizarse si no quería meterse en verdaderos problemas. Podría ponerlo en su lugar con tan solo usar mi mente . Escuchó la respiración agitada de Kasper y sintió su frustración repercutir en su cabeza.
—No sé cómo lo haces, ¿cómo puedes lidiar con él? —le preguntó temeroso.