Herederos de Cenizas (Valtremix 1) 1.
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—Evald, despierta — alguien seguía insistiendo. Las gotas de lluvia golpeaban el cristal del ventanal. Su respiración agitada hacía que sus músculos se tensaran en un intento por despertar de sus pesadillas.

De repente, se levantó de golpe, completamente desubicado por la luz de los relámpagos. Sus ojos grises brillaron con el destello y se dirigieron al rostro pálido de Kasper, su compañero de sección. Supuso que lo notó balbucear mientras dormía, o peor aún, gritar.

—Relájate, si el orfanato se inunda seré el primero en avisarte —Kasper volvió a la comodidad de su cama con pereza.

El orfanato . Ewald respiró profundamente, aliviando cada uno de sus músculos.

Pasó su mano por su cabello enredado, tratando de averiguar la hora del día.

Al ver el brillo en sus pálidos dedos, se dio cuenta de que sus rizos marrones estaban húmedos.

A pesar de ser otoño, las noches eran increíblemente bochornosas, gracias al húmedo clima del bosque de Valtremix.

Las antiguas paredes de piedra del Orfanato Pflege cada vez filtraban más goteras, lo que las hacían parecer como si estuviesen llorando. Era como una versión miniatura de un castillo, pero bastante amplia para albergar a más de cien huérfanos.

Pensó que aún tenía unas dos horas más de sueño por la poca luz que se filtraba a través de los grandes ventanales arqueados. Volvió a recargar su cabeza sobre la almohada. Rogando por un momento de paz con su mente.

El orfanato Pflege, estaba rodeado de un bosque de pinos y árboles frondosos que se iluminaban en dorado con cada rayo que atravesaba las nubes.

En los alrededores, niños y adolescentes de todas las edades paseaban por los jardines descuidados.

Algunos jugaban a saltar los charcos, otros conversaban con euforia sobre su semana.

Ewald no podía compartir su entusiasmo, para él todos los días eran igual de aburridos.

Las puertas del castillo antiguo medían al menos tres metros de altura, tenían techos abovedados y góticos. Durante la mañana, dejaban las puertas abiertas para que los niños no tuvieran que tirar de ellas.

Ewald las atravesó comenzando su rutinario día y llevando su típica chaqueta negra despintada con un patrón de cuadros bordados. Y en su espalda, cargaba una pequeña mochila oscura.

Era la mitad de la semana y debía asistir a la escuela de Valtremix, en el pueblo de Nuevo Feuer.

El camino era tranquilo, invadido por la naturaleza que ofrecía el bosque: árboles altos, cerezos, distintas razas de aves que cantaban a diferentes ritmos, y el sol tardío de otoño atravesando las nubes.

—¡Hola, Evald!, ¿pudiste dormir?

Ewald se dio la vuelta en el momento en que Amalie lo abrazó por sorpresa desde su torso.

No pudo contener su sonrisa y recargó su barbilla en la media coleta rubia y sus rizos recorriendo el ancho de su espalda.

Ya no era tan flaca como la recordó en sus sueños, ahora ambos tenían dieciséis.

Mientras que él seguía pareciendo un niño desnutrido, ella tenía un cuerpo maduro con muslos gruesos y cintura.

Cuando se separaron, examinó rápidamente su atuendo: una chaqueta corta gris y un vestido con encajes azul marino que volaban suavemente con el viento.

Sus ojos color miel resplandecieron a la luz del sol.

Tal vez lo único alentador del día, era poder observar a la única persona suficientemente optimista para iniciarlo.

—No… tuve pesadillas —dijo su voz tranquila, distrayendo sus ojos fuera de ella.

—¿Las mismas de siempre? —preguntó mirándolo.

Ewald asintió aún desanimado, y su sonrisa se desvaneció mientras se obligaba a caminar el tramo que lo llevaba hasta la escuela de Valtremix Studium.

Amalie lo tomó del brazo, enganchándolo con el suyo, tratando de animarlo.

Al contrario que él, ella caminaba de la mano con su felicidad a todas partes, como si nadie pudiera robársela.

Ewald solía ser sombrío casi todo el tiempo, su vida solo se resumía en servir al rey.

—He tenido pesadillas más seguido, solo que… ahora veo cosas que no veía antes —susurró, mientras caminaba atormentado por el camino de piedra que siempre seguían.

—¿Qué cosas? —preguntó curiosa, acercándose más a su brazo.

Pensó en su respuesta por un momento, no estaba seguro de contarle. —Es como si fuera varias personas a la vez.

—No has pensado en —Amalie guardó silencio por unos segundos —en qué… tal vez signifique algo.

Ewald se río y suspiró. Sabía que ella no se refería a eso.

Pudo haberle prometido que nunca vería su mente, pero, después de conocerla durante años, no tenía la necesidad de estar leyendo sus pensamientos.

Simplemente los adivinaba. Quería que buscara ayuda con alguien más.

—¿Para qué? —contestó sin darle importancia.

—Tal vez importaría si supiera algo de mi pasado, pero no es así, Amy.

Ella apretó su brazo ligeramente, haciendo que mirara al suelo desalentada. Se sintió culpable al borrar su hermosa sonrisa de sus mejillas. A menudo tenía ese efecto con ella. Lo detestaba.

—Bueno, estamos igual —susurró.

—Al menos tú puedes recordar.

—No mucho. Los primeros años en el orfanato fueron… muy duros. Tuviste suerte de entrar después —ella levantó su mirada hacia el camino.

Ambos guardaron silencio. Ewald conocía la historia, cuando todos los hijos que pertenecían a una familia noble o sirvieron fielmente a los Valtre, los seguidores , fueron despojados de sus nombres y sus derechos.

Ninguno de ellos conocía a su familia, solo los niños mayores se quedaron con sus nombres a la fuerza.

Los terrenos de la escuela estaban mucho mejor arreglados que el orfanato.

Se ubicaba en una de las mejores zonas del reino.

Nuevo Feuer, la gran creación del rey y del talentoso arquitecto Hendrik Schulz después de la rebelión contra los Valtre.

Se extendían calles amplias y empedradas, con jardines adornados con flores del bosque.

El lujoso Castillo Feuer se podía ver fácilmente a lo lejos.

Parecía estar lleno de vida, con sus colores vibrantes y cúpulas de oro en las puntas del techo de cada torre.

La escuela estaba a unos pasos de Ewald y Amalie.

Era un edificio grande con techos altos de solo dos pisos.

En sus jardines, se posaban los árboles y varias bancas de descanso donde se encontraban dos chicos que llamaban la atención de cualquiera.

Hans Friedrich, el nieto del rey, el príncipe .

Pensó con cierto desprecio. Hans vestía con una camisa de botones, pantalones y botines negros, y una chaqueta café tipo militar .

Como si supiera algo sobre guerra . Pensó con arrogancia.

Su piel aperlada irradiaba un brillo de realeza que pronunciaba su título.

A su lado estaba Fred, su mejor amigo, él era un poco más robusto, de piel oscura como el café agrio y era más musculoso que Hans, lo suficiente como para mandarte directo a los sanadores.

Eran un poco mayores que él, pero iban en el mismo año, en clases separadas, ya que, a todos los hijos de los ex seguidores, les prohibían las clases avanzadas.

Porque nadie puede enseñarles a controlar sus poderes .

Los juzgaban sin tener la más mínima idea de lo que eran capaces, por temor tal vez.

A él le decían que la magia oscura era mala y que no debía usarse, pero ¿qué sabían de las habilidades de Ewald?

Nunca lo dejaban conjurar ni la más mínima gota de poder en su ser y eso hacía que lo contuviera todo el tiempo, estresándose por todo.

Amalie se dio cuenta de la intensa mirada que le dirigía a Hans y Fred. —¿No crees que deberías socializar con los demás?

Ella alejó su pensamiento volviéndolo a la tierra. —¿Con ellos? ¡Estas demente!

—Solo lo dices porque es el nieto del rey.

—A quien odio absolutamente.

Amalie giró la cabeza frunciendo el ceño, aunque parecía más adorable. —Ni siquiera lo conoces bien para juzgarlo.

Ewald suspiró regañado. Ella tenía razón. —¿Y tú sí? A él le tocan las mejores cosas, y a nosotros, ni siquiera se dignaron a darnos nuestro segundo nombre.

Ahora él tenía razón, pero eso le costó un suspiro más de desaliento de su amiga por segunda vez en el día.

Las amigas de Amalie aparecieron en el horizonte, sentadas en una de las bancas. Ewald giró la cabeza y la sonrisa de Amalie había cobrado vida de nuevo. Kirsten, una chica con el pelo lacio y negro, reía a todo pulmón. Su tez color bronce deslumbraba y vestía de forma casual.

A su lado estaba Lea Schulz, una de las chicas más hermosas que había visto en su vida.

Su pelo era de un rojo cobrizo, y sus rizos caían sueltos, brillando como el fuego.

Era la más alta de todas, pero no tanto como él.

Le gustaba usar vestidos floreados del mismo estilo que el de Amalie, o tal vez era al revés.

Sabía que Lea era una buena diseñadora de ropa, y su piel era tan clara que no tenía imperfecciones ni marcas.

—Lea, Kirsten. ¿Cómo están? —dijo Amalie animada, abandonando su lado. Él siguió su camino dejando atrás al mundo.

Una vez en los pasillos de la escuela respiró hondo.

Al fin solo . Las paredes eran de un ladrillo marrón y gris, y las aulas tenían puertas de madera con acabados simples.

Entre los pasillos, los casilleros también tenían la misma construcción, pero en forma de pino, y solo se abrían con una combinación del poder de su dueño.

Ewald giró en la esquina, sintiendo el peso de su cansancio y puso la frente sobre su casillero.

Siempre que pasaba por esas pesadillas, se ponía malhumorado. Le dolía la cabeza con punzadas repentinas. Se obligó a respirar profundamente para calmarse.

A veces presentía que su mente consumía sus sueños, dejando huellas mentales que se debía al no saber cómo controlar su poder.