Capítulo 27
Una dura batalla.
Veía la lucha entre las mayores preocupada de que no pudieran con Idoia, la madre de Valeria, pero mi madre era más fuerte que antes y entre las dos consiguieron reducirla hasta que quedó inconsciente en el suelo.
Aparecieron mi abuela y las demás, vieron lo que estaba pasando y se acercaron a nosotras.
—Parece que lo tenéis más o menos controlado.— Me dijo sonriendo.— Hemos llegado hasta el final del pasadizo, que efectivamente conduce hasta el exterior, y nos hemos dado la vuelta. Al escuchar los gritos hemos venido deprisa. Pero creo que no os hacía falta. Pensé que sería más complicado.
Mientras me hablaba vi como detrás de ella, el cuerpo de Valeria se movía.
Poco a poco se alzaba del suelo, como si unos hilos transparentes la sujetaran, acabó colgando por encima de nosotras con la cabeza aún agachada.
Mientras la levantaba me fijé en sus ojos, dos pozos rojos.
Ladeó la cabeza, sonrió y comenzó a sonar una carcajada por toda la sala.
—¿Os pensabais que me habíais derrotado? ¿Así de fácil? No tenéis ni idea de lo que soy ahora, os eliminaré de un solo gesto y os mandaré al infierno donde sufriréis por toda la eternidad. Mientras, yo estaré aquí, gobernaré este mundo con dolor, y no podréis impedirlo.
Artemisa lanzó una flecha al cuerpo suspendido en el aire, pero no llegó a darla, se desintegró justo antes de poder rozarla. Vi como la diosa se cabreaba y cogió otra flecha más rápida aún que la primera. Pero volvió a ocurrir lo mismo.
—Vuestras armas no sirven conmigo. Ni las de una «diosa» como tú, querida. Soy la reencarnación del mal, tengo más poder del que imagináis.
—Hablas mucho, pero no creo que sea cierto.
Ahora, el ego lo tienes por las nubes, eso no te lo voy a negar.
— El dios Cernunnos se adelantó para retarle de una manera chulesca que seguro le cabrearía.
Caminó delante de ella con tranquilidad, haciendo ver que no le importaba lo que pudiera hacerle, y de repente se giró y lanzó una ráfaga de luz que salió de sus manos.
Valeria la esquivó con facilidad, pues debía de estar esperando algo así.
—Veo que seguís intentando cosas inútiles. Perdéis el tiempo. ¿Por qué no os rendís? Os prometo que si lo hacéis, no os haré sufrir tanto como debería.
—Deja tus promesas vanas, son todas mentira.
— Luján se acercó para entretenerla o despistarla por los gestos que le había visto hacer a mi abuela.
Debían de tener algún plan.— No vamos a dejarte salir de aquí, así que ni lo intentes.
Antes perderemos la vida luchando que dejar que el mal se alce sobre esta ciudad.
—Esto es solo el principio, no pensaba quedarme en este sitio de mala muerte.
Cada día lanzaré mis fuerzas sobre una población hasta que todas estén bajo mi mando.
— Vi cómo se vanagloriaba por algo que aún no había sucedido, estaba todo en su cabeza, pero ya se sabe, no se puede saborear la gloria antes de tenerla, pues seguramente nunca llegue.
Mi abuela se acercó a nosotras poco a poco, me tomó de la mano y dejó en ella una botellita que había sacado de su bolso.
Hizo lo mismo con todas mis amigas y con Erick.
Nos indicó por gestos que nos fuéramos extendiendo alrededor de la sala para rodear a Valeria, y cuando ella dijera lanzáramos esa botella de poción al centro, justo debajo de donde ella estaba.
Y eso hicimos, aprovechando que la estaban distrayendo, nos repartimos al igual que el resto de personas que allí había.
Cuando se quiso dar cuenta estábamos formando un círculo alrededor suyo.
—¿Qué estáis planeando?— Dijo mirando a un lado y a otro. No la dio tiempo a decir una palabra más cuando mi abuela gritó.
—¡Ahora!— Lanzamos todas las botellas que nos había entregado hace un momento.
Del suelo comenzó a salir un humo rojo oscuro que ascendía hasta llegar a los pies de Valeria, a quien fue envolviendo poco a poco mientras ella miraba con cara asustada.
Pero, de repente, su sonrisa volvió, nos miró a todas, una a una, disipó el humo y nos atacó.
Nos fue lanzando contra la pared, primero a mi madre, luego a mi abuela, y después comenzó a hacerlo de dos en dos.
Nosotras no nos quedamos quietas, mientras lanzábamos hechizos, los rayos de luz volaban por la sala en varios colores, según de qué fuera el hechizo lanzado.
Artemisa lanzaba flechas sin tregua para ver si en algún momento encontraba un punto débil por el que pudiera atravesarla.
Erick intentaba lo mismo que la diosa pero al ver que era inútil sacó su espada de la vaina y se acercó para poder alcanzarla.
Yo grité intentando que no fuera hacia ella, pero él no me hizo caso y siguió avanzando.
Mis sentidos se saturaron, solo veía luces dando vueltas, escuchaba gritos y más gritos en mi cabeza.
De repente entre todos los sonidos distinguí un golpe seco que esperaba de corazón que no fuera ninguna cabeza contra la piedra, pero en mi interior sabía que había sentido eso.
Comencé a respirar profundamente, y de repente de mí salió una honda de poder que barrió toda la sala y silenció a prácticamente todos.
Lo único que seguía escuchando era mi propio grito.
Miré a mi alrededor intentando recuperarme, vi caras observándome con asombro, algunas de ellas desde el suelo intentaban levantarse.
Giré la vista hacia la pared donde, efectivamente, vi que una de las brujas del aquelarre de mi abuela no se había movido.
Ese era el sonido que escuché o más bien sentí.
También vi a Valeria, que a causa de la explosión de energía había acabado pegada a la pared del fondo y ya no estaba flotando tan alto. Por su cara no se esperaba algo así. Mi abuela me miró con cara de estupefacción, creo que no la había visto así de sorprendida nunca.
—Bueno, al fin alguien digno de luchar conmigo. Ya era hora de que sacaras a relucir tu poder, Hiedra. ¿Acaso tus mamis no te han enseñado a luchar?
—Guarda esa lengua, no te servirá de nada intentar provocarme.— Sentí a mis amigas acercarse a mí, apoyaban sus manos en mi espalda para darme a entender que su fuerza se unía con la mía.
Por el rabillo del ojo vi a Clara acercarse al cuerpo de la bruja caída y retirarlo un poco.
El resto se puso en guardia para continuar luchando.
De pronto, Valeria miró detrás de nosotras y me dio tiempo de ver cómo Idoia aparecía de nuevo, no sé si estaría jugando con los planos, y se dispuso a atacar a mi abuela por la espalda.
No le dio tiempo, pues Artemisa que estaba bien colocada para darle caza sin tener que usar magia, salió de entre las sombras, rodeó su cuello con una cuerda, agarró sus manos inmovilizándola y mi abuela se giró para echarle un hechizo que cerró sus labios para impedirla hablar y que no lanzase ningún contraataque.
Sinceramente, ver a Artemisa en acción es una pasada, tiene una rapidez de movimientos que nunca había imaginado poder observar en nadie.
—Bueno, parece que tu madre ya no puede ayudarte.— Mi abuela lanzó otro hechizo y creó una cúpula que mi madre protegió con otra creada por ella, esta vez de enredaderas, como aquella que hizo Adríades para protegerlas en el otro plano.
Vi como Valeria montaba en cólera, su cara iba enrojeciendo por momentos.
Si pudiera echar humo por las orejas, ya lo habría hecho.
Subió un brazo, y con una mano en forma de garra empezó a crear una bola de energía en color rojo cada vez más grande.
La lanzó al frente y nos apartamos de su camino, pero la bola no se estrelló contra la pared y se desintegró como esperábamos, rodó sobre sí misma y volvió a la carga.
—¡Corred!— mi abuela gritó mientras nos empujaba. Pero tanto mis amigas como yo nos mantuvimos firmes, y entre las cuatro comenzamos a recitar un hechizo para detener esa cosa.
Cuando estuvimos listas, y mientras veíamos como las demás corrían alrededor de la sala para que no las alcanzara, lanzamos otra bola de energía hacia Valeria, la cual esta vez dio en el blanco, pues estaba distraída viendo como su hechizo atacaba.
Valeria se tensó al sentir el golpe y su bola roja desapareció.
Estaba claro que la controlaba ella, lo raro fue que no la hiciera golpearme a mí.
—¡Malditas! ¡Me las vais a pagar!— Se puso a lanzar hechizos en forma de rayo a diestro y siniestro dando a alguna de las columnas que nos rodeaban. Levantó a la madre de Elena en el aire cosa que no nos gustó a nadie pero sobre todo a sus hijos, que miraban asustados lo que pudiera hacerle.
—¡Suéltala!— Gritó Erick.— Deja a mi madre en paz.
—¿O qué?— Dijo con voz traviesa.— ¿Qué me vas a hacer si le pasa algo? ¿Me vas a matar? Lleváis amenazando mucho rato con eso, pero aún no he visto que vuestras amenazas sean reales.