Capítulo 24 #2
Me quedé observando cómo Erick se mataba a perfeccionar algunos de los movimientos que según él me había dicho, todavía no dominaba.
También vi a Almu y Manu estar con su tía aprovechando los últimos ratos en los que podrían disfrutar de su compañía hasta un año después.
Me dolía que tuvieran que perder a otro miembro de su familia, no había sido suficiente con perder a su madre de niñas que ahora que habían recuperado el contacto, debían separarse de nuevo.
Menos mal que sería un año, o al menos esperaba que el dios cumpliera su palabra y no fuera un engaño.
No sé por qué no acababa de fiarme, aunque no quise decirles nada por no remover más las cosas.
De repente sentí el tirón, agarré a mi madre y en cuestión de segundos estábamos enfrente de Adríades.
Con ella se encontraban dos mujeres, una muy bella alta, rubia, con porte regio y llevaba un arco a la espalda.
Imaginé que sería Artemisa. A su lado otra mujer, algo más baja pero no mucho, con el cabello pelirrojo largo ondulado mezclado con hojas y ramitas, su cara era hermosa, daba una sensación de calma increíble.
Me acerqué a Adríades para saludarla, ella me dio un beso y me atrajo hacia ella.
Alargó una mano para acercarse a mi madre, que la miraba ensimismada ante las preciosas alas que flotaban a su espalda.
Después giró la cabeza en mi dirección como si acabara de darse cuenta de que yo también las tendría y que, además, estaría diferente a como ella me veía en su plano.
—¡Cuantos años han pasado desde que nos unimos! Te veo bien, Sarah.— Hizo una especie de reverencia con la cabeza y mi madre humana correspondió al gesto.
—Adríades, es un placer volver a estar en tu presencia. Te agradezco de corazón todo lo que estás haciendo por nuestra hija. No puede tener mejor familia.
—No podía ser de otra manera. Ahora si me permites, me gustaría presentaros a Artemisa, ella quería conoceros antes del día de la lucha y se me ocurrió que viniera hoy.— Señaló a la mujer que efectivamente, yo había asociado con esa diosa. Ella se acercó a nosotras con gesto serio, pero amable.
—Princesa, tu madre me habló de ti. Tenéis una lucha transcendental en la que he decidido ayudar por dos motivos, uno, que me parece algo importante y si no conseguís vencer puede llegar a salpicarnos a todos.
Y dos, necesito algo de emoción en mi vida, retirarme fue una buena idea durante algún tiempo, pero los años pasan y el aburrimiento es grande.
Así que cuenta con mi arco y mi fuerza. Juntas lograremos acabar con ese ser.
— Me ofreció un brazo y yo se lo estreché como había visto hacer en películas antiguas.
—Os lo agradezco mucho Artemisa, es todo un honor para mí y para todo mi aquelarre poder contar con la ayuda de una de las diosas más estimadas. Os hemos estudiado en los libros de historia pero creo que no os hacen justicia, ni a vuestra belleza ni al valor que demostráis al luchar.
—La belleza siempre será para Afrodita, en eso no tengo duda, pero aun así, gracias. Y otra cosa, llamadme Diana, es más corto y al fin y al cabo los romanos me rebautizaron así. No tengo problema por contestar a ninguno de los dos nombres, pero puede ser más cómodo el segundo.
—Bien, volvamos al motivo que os ha traído aquí.
Hiedra, Sarah, ella es Mielikki.— Continuó Adríades señalando a la otra mujer que esperaba algo retirada.
— Ella te traspasará sus poderes para que puedas luchar en su nombre.
Estará aquí mientras te entrena para que sepas utilizarlos.
Cuando queráis podéis empezar el traspaso de poder.
—Estoy feliz de poder ayudar, pero como os habrá dicho Adríades llevo mucho tiempo escondida en este bosque y no quiero perder mi intimidad.
Por lo cual, te agradezco que te presentes voluntaria para hacer de recipiente.
Mientras sea así no solo podrás utilizar mis poderes si no los tuyos también.
No voy a acaparar toda tu fuerza, si bien te sentirás algo desbordada al principio.
—No os preocupéis, Mielikki, soy consciente de que puede ocurrir. Soy humana, al fin y al cabo, es lógico que al depositar en mi más poder del que mi cuerpo sostiene habitualmente se sienta como una olla a presión, pero podré solventarlo.
—Yo te ayudaré. Vamos a ponernos manos a la obra que según creo no disponéis de mucho tiempo. Adríades, ¿puedes crear una cúpula a nuestro alrededor por favor? Lo haría yo misma, pero al tener que centrarme en traspasar el poder puede que se nos venga encima.