Herederas de la magia: La obsesión de la bruja Capítulo 23
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Capítulo 23

Otro ataque pero, ¿cómo?

Al final me tocó salir a buscarlas, y esperando verlas discutir, me llevé una grata sorpresa cuando descubrí que estaban las dos sentadas riéndose de algo que, se notaba, eran recuerdos felices. Tosí para hacerme notar.

—Hiedra, cielo, ven. Estábamos recordando locuras de juventud.— Me dijo mi madre sonriendo.— Pero de las buenas, de las que no hacen daño a nadie.

—Están esperando para cenar. He salido yo porque si llega a salir la abuela a por vosotras os lleva de las orejas.— Me reí de mí misma al escucharme, parecía más adulta que ellas ahora mismo.

—Es verdad que se nos ha ido un poco el tiempo— dijo mirando a la vez el reloj y a su amiga. Se levantó y comenzó a caminar hacia la puerta.— Vamos, pues la idea de que mi madre está impaciente, aunque no es nueva, no augura nunca nada bueno.

Caminamos hacia el interior de la casa y nos fuimos sentando en los sitios que quedaban libres. Todos estaban ya sirviéndose de algunos platos.

—Bueno, he dado permiso para empezar a comer, ya que vosotras parece que no mostrabais apetito.

Espero que al menos hayáis decidido lo que teníais que decidir.

— Les dijo mi abuela como recibimiento. Su tono no dejaba lugar a dudas, si no lo habían hecho era capaz de lanzarles un hechizo que las convirtiera en rata.

—Sí, madre, ya está. Seré yo quien lo haga.— Me miró a mí directamente en lugar de mirar a mi abuela.— Esta noche imagino que hablarás con Adríades, comunícaselo para que me diga qué es lo que tengo que hacer.

—De acuerdo. Luego hablaré con ella para decirle todo esto. ¿Estás segura mamá?— Miré a mi madre con cuidado, no quería que pensara que no la veía capaz, pero llevaba tanto tiempo sin practicar magia, que no quería que la pasara nada.

—Tranquila cielo, tanto ella como yo hemos dado vueltas al asunto, no dejamos de estar prácticamente en la misma situación. Pero lo hemos decidido así, y si me ocurre algo ella se ocupará de cosas que te puedan hacer falta.

—Pero para eso ya estoy yo aquí.— terció mi abuela.— No creo que haga falta que esté pendiente, tiene sus propios hijos.

—Vale, mirad, lo primero, tengo ya una edad, puedo valerme sola. Lo segundo, también está mi padre, creo yo que algo tendrá que decir al respecto. Y lo tercero, no te va a pasar nada.

—Sí, cielo. Pero en cuestiones mágicas tiene poco que decir, por mucho que fuera guardián y tenga magia en su interior.. Y gracias por la confianza, pero tenemos que pensar en todos los detalles si queremos que esto salga bien.

Estaba visto que no iba a poder hacerlas entrar en razón ni que dejaran de discutir, así que miré mi plato y comencé a llenarle de todo lo que había expuesto en la mesa.

Me metí en mi mente y cuando ya acabé de comer, levanté la cabeza y vi que todo el mundo estaba a su bola.

Las hermanas conversando con Luján por un lado, la madre de Elena y mi madre habían retomado la conversación y las risas de cuando las fui a buscar al patio, mi abuela no estaba pero la sentí trastear en la cocina, y Elena estaba atenta a algo que la estaba contando su hermano.

Me levanté para acercarme a mi madre pero no llegué muy lejos, tuve que agarrarme a una silla rápidamente porque me dio un mareo que me vi en el suelo. Erick se levantó corriendo asustado, me cogió y me tumbó en el sofá de nuevo.

—Estoy bien, solo ha sido un vahído. Estoy agotada, todo esto para factura, no os preocupéis que si descanso se me pasará.

—No creo que debas llamar a Adríades esta noche, deberías dormir y recuperarte, mañana puedes hablar con ella.

—Tengo que hacerlo, no debemos perder tiempo. Si no, puede que se echen para atrás. Tengo que darle una respuesta.

—Como quieras, pero mañana te voy a vigilar para que descanses. Nos turnaremos.— dijo mirando alrededor a las demás.

—Desde luego, no te vas a levantar de ese sofá ni de broma. Aunque tengamos que atarte.— Bromeó Elena sonriente.

—Tienes unos amigos que se preocupan mucho por ti— dijo mi madre mirándonos con orgullo.

— Sois un aquelarre muy bien avenido, me encanta.

Espero que sigáis juntos mucho años. Nosotras tenemos que recuperar el tiempo perdido.

Si algo tengo que agradecer de este verano es haber recuperado a mis amigas.

No teníamos que habernos distanciado así, ¡os he echado tanto de menos!

— Se dirigió hacia ellas y les dio un abrazo del que tardaron en separarse.

—¿Qué está ocurriendo aquí?— Preguntó mi abuela al volver de la cocina.— Niña, ¿estás bien?

—Sí, abuela. Me iré a casa a descansar y mañana será otro día.— Intenté levantarme pero no podía apenas moverme. Me pesaba el cuerpo como si tuviera algo que me aprisionara contra el sofá.— Vale, igual es mejor que duerma aquí.

—¿Estás segura de que estás bien? Creo que no es así, pero me resulta extraño que sea solo agotamiento.

Cuando has ido al otro plano otras veces no has vuelto así.

— Sentía la cabeza de mi abuela dar vueltas sin parar.

Su cara no tenía una expresión muy buena.

— Contéstame, ¿has tocado, comido o bebido algo que no hayamos hecho las demás?

Me quedé pensando y vi que Erick también lo hacía, ya que últimamente pasaba la mayor parte del tiempo conmigo.

—No, que yo me haya dado cuenta. Hoy llevo todo el día aquí, lo que sea que he comido estaba en esta casa, y no creo que pueda ser eso pues alguna de vosotras también tiene que haber comido y no la ha pasado nada.

—Señala los platos de los que has cogido comida, y las demás decid si vosotras lo habéis hecho también.

Nos pasamos un rato así, yo decía un plato del que había comido y las demás contrastaban.

Tardamos porque mi abuela ese día había decidido preparar una cena variada, no solo un plato del que tirar.

Así daba gusto a todos y no tenía quejas, decía ella.

Pero su método dio resultado cuando señalé un plato del que las demás no habían comido, de hecho, ni siquiera habían visto que estuviera allí cuando se sirvieron.

Era una especie de col que nunca había probado y me llamó la atención.

—¿Quién ha traído ese plato?— Mi abuela miró alrededor suyo.— Yo no he cocinado eso, así que tenéis que haberlo traído vosotras.

Las demás se miraron unas a otras y solo se veía asombro y duda en sus caras. Por lo que parecía nadie había puesto aquello allí.

—Bien, visto que nadie lo ha hecho, creo que sé de dónde puede proceder.

— Se dio la vuelta en dirección a la cocina y volvió al poco con un frasco en la mano que me tendió.

— Tómate esto. Tiene pinta de ser algún tipo de veneno paralizante, creo que con esta poción se te pasará. De todas formas habrá que vigilarte.

—Yo me quedaré con ella.— Se ofreció Erick que tenía una cara de desolación bastante intensa.

—Deberíais quedaros en esta casa, tengo más pociones preparadas para casos como este y si tenemos que acudir a ellas será más rápido.— Miró a mi madre para pedirle su permiso, pues aunque fuera la jefa del aquelarre ella seguía siendo mi madre y creo que no quería volver a discutir esa noche.

—De acuerdo, vamos a subirla a una de las habitaciones.— Sentí como me cogieron para levantarme, pues aunque la poción hiciera efecto, no debía de ser inmediato.

—Quizá tenga que darte alguna dosis más de esta poción. De todas maneras buscaré alguna más fuerte por si acaso. Llevadla al cuarto de su madre, ahora subo.— Se dirigió esta vez a otra sala que yo no había visitado mucho porque me parecía un cuarto de estar normal y corriente.

Me metieron en la cama y Erick acercó un sillón que había en la habitación. Mi madre nos miró con ternura y salió.

—Creo que no soy muy buen guardián. Ya llevo varios ataques de los que no he sabido protegeros.— Estaba cabizbajo y triste.

—Ey, todos somos nuevos en esto. ¿Quién iba a pensar que querría envenenarnos? Solo he comido yo pero podíamos haberlo hecho todas. No te fustigues, que de esta salgo, ya lo verás.

—Sí, pero no por mí. Menos mal que está tu abuela aquí que si no, no sé que hubiéramos hecho.

En ese momento entró la susodicha en el cuarto cargada con una caja que colocó en la mesilla. La abrió y sacó varias botellitas que contenían un líquido parecido al que me había bebido y otro par de ellas en las que se veía una especie de hojas.

—Vale, muchacho, te encomiendo a mi nieta esta noche.

Tiene que tomarse estas dos pociones, está en ti cuándo se las das.

Si la ves que se revuelve mucho en sueños abres este bote, sacas una hoja, se la colocas en la boca y que la mastique, pero que no la trague.

Te dejo ahí un bol para que la escupa.— Se acercó a la cama y me dio un apretón en la mano.

— Te vas a recuperar niña, todavía tengo que averiguar qué veneno ha puesto en esa col y cómo narices ha conseguido traspasar las barreras protectoras que tengo colocadas alrededor de mi casa.

— Esto último lo dijo con una furia en los ojos que nunca le había visto.

Se dio la vuelta y salió de la habitación como un vendaval. Al poco entraron las demás a ver cómo estaba y a despedirse hasta el día siguiente. Mi madre decidió quedarse en otro de los cuartos, no quería que si le pasaba algo a su hija durante la noche, ella no estuviera allí.

Erick estuvo pendiente de mí cada minuto, no pegó ojo ni un ratito.

Yo no dormí mucho tampoco pero cuando lo hacía todo eran pesadillas muy extrañas de las que me despertaba gritando y empapada en sudor.

Erick me daba los botes que le había dejado mi abuela y alguna vez le pedí las hojas calmantes, pues de la sensación de no poder mover el cuerpo había pasado a un dolor lacerante que solo se pasaba cuando masticaba esas hojas.