Herederas de la magia: La obsesión de la bruja Capítulo 19
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Capítulo 19

De visita a la cueva de Idoia.

En un principio creo que a las hermanas no les sentó muy bien enterarse de que su padre les había estado mintiendo toda su vida sobre la muerte de su madre, pero, al igual que yo, fueron aceptando que lo había hecho porque creía que era lo correcto y que así las protegía.

Creo que es lo más duro que les tuve que decir, aparte de que soy fruto de magia oscura, pero eso a ellas no las afectaba directamente.

De todas formas, no hubo ninguna que no se quedara sorprendida en algún punto de la historia, porque sinceramente, era para ello.

Pasamos unos días muy buenos entre prácticas de hechizos, entrenamiento y aprender algunas cosillas más.

De vez en cuando, mi abuela me requería y me enseñaba algo de magia oscura, en su momento le pregunté por qué solo me la enseñaba a mí, pero se mantuvo firme en que se fiaba de su nieta y hasta que no conociera algo mejor a las demás no les abriría camino hacia ese punto de la magia.

En parte la entendía, porque nunca sabes lo que puede ocurrir, por mucho que una bruja sea buena algo la hace clic en la cabeza en cierto momento y se vuelve oscura en poco tiempo.

Mi abuela tenía que proteger a su familia, o al menos, es lo que ella se autoimponía, y ya cargaba en la conciencia con una lucha por estos motivos, no quería volver a caer en que volviera a pasar.

Mi madre y la madre de Elena se habían unido a nosotras, pero también aparecieron algunas brujas más del aquelarre que en su día formaran.

No todas, pero la gran mayoría. Las veíamos practicar para enseñarnos lo que podía llegar a hacer la magia combinada y era una pasada.

Lo que habíamos conseguido nosotras nos parecía algo super especial, y lo era para haberlo hecho sin nadie tan fuerte que nos guiara y sin apenas conocimientos, pero lo que esas mujeres hacían estaba a otro nivel.

Muchas veces miraba a mis amigas y las veía con la boca abierta al observar un hechizo bien ejecutado y entonces me daba cuenta de que yo también la tenía abierta y me echaba a reír.

Por su parte Erick mejoraba cada día, en cuanto a lucha era impresionante verlo entrenar.

Se movía como un guepardo, ágil y silencioso, pero también fuerte y certero como un león.

Tenía los músculos super marcados y una habilidad increíble para dar en el blanco con las armas.

Sé que no soy muy objetiva, pero tenéis que creerme, hasta Elena se quedaba observando a su hermano con admiración.

Ella decía que nunca le había visto así de centrado en algo, y era verdad que estaba poniendo todo de su parte para conseguir ser el mejor guardián que pudiéramos tener.

Tenía sus tres armas controladas, el arco desde el primer momento dando en el blanco, pero además ahora había adquirido una rapidez al utilizarlo que ni un elfo de los bosques podría superarlo.

Vale, hablo de elfos de las historias de fantasía que seguramente los reales no tengan esta facilidad, pero de algún sitio han tenido que sacar las ideas para crearlos así los autores ¿no?

Por otro lado, el hacha también la maneja genial, y la espada ya puede usarla sin peligro de que se vuelva en su contra, pues entre mi abuela y Luján encontraron un contrahechizo al que tenía la espada echado y han conseguido librarla de su antiguo dueño además de enlazarla con Erick.

Durante todo este tiempo no tuvimos ninguna visita extraña, yo seguía sintiendo que algo nos vigilaba, y creo que las demás también, pero intentamos mantener un orden en nuestra normalidad.

Cuando a los pocos días mi abuela sintió que ya estábamos preparadas, organizó una excursión a la cueva donde habían encerrado a Idoia, que era como se llamaba la hermana que había sobrevivido.

Fuimos la mitad de las brujas de su aquelarre aparte de nosotras con el guardián.

Mis amigas también se apuntaron enseguida, pues querían ver el lugar y la persona que había conseguido hacer tanto mal.

Sinceramente, entiendo que Almudena y Manuela quisieran ver a la bruja que hizo que su madre muriera.

Salimos bien temprano, justo a la salida del sol, con mi abuela recordándonos que tuviéramos los ojos bien abiertos y si fuera necesario, utilizáramos lo que habíamos aprendido.

En estos días ella había estado ocupada buscando entre planos para ver si había algún movimiento extraño, pero no vio nada que pudiera decirnos que algún ser había pasado, bien por su cuenta o siendo invocado.

Reforzó las barreras que ella conocía con hechizos para que si, por casualidad, se le ocurría utilizar los libros que habían robado, no pudiera pasar nada o al menos nada extremadamente malo.

También indagó para ver si se sabía algo de esa muchacha, si tenía a alguien entrenándola, pero parece que no dio con nadie que le proporcionara esa información.

Se encontraba frente a un muro, y eso a mi abuela no le gustaba nada, según ella nos dijo, había algo extraño en todo esto.

Llegamos al bosque y, después de una buena caminata y adentrarnos más hacia una ladera, dimos con una cueva que estaba bastante escondida y que si no fuera por un ojo experto, seguramente hubiéramos pasado sin verla.

En el camino no nos cruzamos con ningún ser de cuento como me gusta llamarlos, pero mis sentidos, los cuales había entrenado también y aprendido a abrirlos a mi antojo en estos días, estaban extasiados de tanta belleza.

Al principio fue un poco apabullante, pues en casa de la abuela no había tanta naturaleza que sentir, pero aquí, ver el color de las hojas al ser tocadas por el sol, escuchar el sonido tan delicado que hacían al mecerse con el viento, su tacto en la piel al pasar a su lado, te saturaba un poco.

O los animales, que hasta el más pequeño insecto tenía algo que decir a su paso por nuestro lado.

Pero una vez que te acostumbrabas, era todo maravilloso.

Te envolvía en una sensación tan grande que te sentías una pequeña parte de ese bosque y hacía que no te quisieras marchar.

En ese instante entendí por qué Adríades me decía que cuando mis seres queridos desaparecieran querría quedarme en su mundo.

En el patio había pedido a las demás que usaran magia para intentar encontrar su rastro, que era una de las cosas que podía hacer.

Al principio solo lograba distinguir una pequeña estela, pero a base de insistir conseguí centrarme y localizar perfectamente el rastro que había dejado cada una.

En este bosque de momento no veía nada de magia más allá de lo que pueden dejar los elfos y demás seres al caminar.

También intenté que me atacaran para así saber distinguir lo que iba a sentir, pero se negaron en redondo.

No querían hacerme daño por accidente y las entiendo, yo tampoco lo hubiera hecho.

El oído me resultó más sencillo de entrenar, pues me acostumbré enseguida a los sonidos, eso sí, tuve que aprender a desconectarme, porque si no mi cabeza hubiera estallado en algún momento.

Tenía la necesidad de silencio como nunca antes la había sentido.

Llegamos a una zona donde pude ver una grieta en la pared de la montaña que se alzaba ante nosotros.

Mi abuela pidió silencio y ordenó con gestos que nos desplegáramos alrededor de la cueva.

Me sentía como en una película, aunque bueno, llevaba así desde que había empezado a descubrir todo este mundo.

Cerró los ojos y comenzó un cántico suave que ella nos había enseñado para llamar al silencio y al que nos unimos todos poco a poco.

Cuando acabó, dio unas pasos al frente y se adentró en la cueva con nosotros detrás de ella.

Pasamos por una sala donde no había nada del otro mundo, una cueva más de las que puedes encontrarte en cualquier bosque, imagino que para despistar a algún excursionista que parara allí a descansar.

Después accedimos a otra sala por un saliente medio oculto de la pared, y allí vimos un altar antiguo de piedra a medio caer y algunos cuencos y más útiles tirados por el suelo, algunos inservibles.

Cuando estuvimos todos dentro de esa sala, mi abuela se dirigió hacia una pared al fondo, posó sus manos en ella, se cortó con una daga que llevaba en el bolso y volvió a posarlas en la pared.

A su vez recitó una par de frases en voz muy baja y de repente la pared desapareció, o eso creía, pero lo que en realidad hizo fue volverla transparente desde este lado para poder ver el interior.

Contuve el aliento, y como yo la gran mayoría de los que estábamos allí, al ver a una mujer paseando nerviosa de un lado a otro de una gran sala.

En ella había más o menos lo que me había dicho mi abuela, una cama, una mesa, unas sillas, una pila, pero en lo que centré mi atención fue en esa mujer que sería de la edad de mi madre año arriba año abajo, y que si bien se la veía bien cuidada y aseada, imagino que por el hechizo de protección que habían puesto en el lugar, se parecía tanto a Valeria que dolía mirarla.

Era como verla con unos años más. Miré a las brujas de mi aquelarre y por sus caras creo que pensaron lo mismo que yo.

Tenía que ser familia de esa chica, de alguna manera algo había porque eso no era normal.

Mi abuela se percató de nuestras caras de susto, cerró el hechizo de la pared ya que se había asegurado que esa mujer seguía allí encerrada, y nos indicó que fuéramos saliendo. Pasamos de nuevo por todas las salas y una vez fuera de la cueva se acercó a nosotras para preguntarnos.

—Muy bien, esa es la mujer que nos atacó hace años, pero por vuestras caras creo que vosotras la habéis visto en algún momento. ¿Es cierto?