Herederas de la magia: La obsesión de la bruja Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

—¿Sabes hacer magia negra?— Miré a mi abuela con interés, pues esa mujer era una continua caja de sorpresas.

—Solo un poco, y para ocasiones así. Lo aprendí en su momento cuando vi que iba a ser necesario algo más que buena comunicación y magia buena.

— Se me quedó mirando fijamente.— El conocimiento nunca está de más, lo importante es cómo se utilice.

Te lo enseñaré en su momento, dado que estáis en un punto en el que puede que tengáis que usarlo, pero aún no le comentes nada a tu madre, ella nunca lo aprobó, ni tampoco lo que hicimos con esa muchacha.

—Vale.— Sonreí mostrando una confianza que no acababa de sentir pero emocionada por la fe que mi abuela tenía en mí.— No la diré nada, tranquila. ¿Dónde acabó esa bruja?

—Pues decidimos que no era opción llevarla a la policía ni nada así, nuestros asuntos los resolvíamos nosotras.

— La miré extrañada, ¿había muerto una persona y no pensaban acusarla?

— No pongas esa cara, la gente normal puede tener leyes, pero no cárceles adecuadas para una bruja que, con sus poderes, puede salir de allí sin que nadie lo advierta.

Y antes de que eso ocurriera y volver a vernos en una batalla contra esa mujer debíamos actuar, no podíamos arriesgarnos a dejarla libre y que muriera más gente.

—Hasta ahí lo entiendo, pero, ¿la madre de Almudena y Manuela? No podíais ocultar que había una mujer muerta.

—No, eso lo solucionamos de otra manera.

Hablamos con el marido de Sofía e hizo lo que le dijimos.

Estaba conmocionado así que no fue difícil convencerle.

Lo hizo pasar como un allanamiento con asesinato, yo hice de testigo para que no le investigaran a él.

Dijimos que había salido con las niñas para darles una vuelta y se había entretenido en mi casa para que cambiara a la pequeña ya que era amiga de la familia.

Cuando llegó a su casa se encontró con la puerta reventada y su mujer tirada en el dormitorio, muerta.

—Por eso a las chicas siempre las ha dicho que su madre murió en un accidente de coche, no querría que supieran la versión oficial ni la extraoficial por si de pequeñas contaban algo.

O también para no traumatizarlas contando una historia sencilla que no dejaba lugar a preguntas que no supiera responder.

—Seguramente. Lo único que sé es que no quiso volver a vernos ni a tener trato alguno con nadie del aquelarre. Aunque no por eso he dejado de estar pendiente de esa familia, siempre he cuidado de ellos sin que se dieran cuenta. Los miembros del aquelarre siempre nos cuidamos entre nosotros.

—Entonces, mis padres se fueron antes de que ocurriera todo aquello, la madre de mis amigas murió ese día, pero, ¿y los padres de Elena y Erick?

—Ellos se marcharon después de ver todo lo que había ocurrido.

En la batalla la magia de Elisa quedó dañada, no podía usarla sin sufrir desvanecimientos y al ver que una de sus amigas había muerto y la otra ya no estaba dentro, decidió marcharse y no volver a saber nada del aquelarre.

Por supuesto, se llevó a su marido con ella.

No pude convencerla para que no se fuera, y por una parte la entendía.

Adela empezó a desvariar por toda la carga que llevaba en ese momento y tampoco pude ayudarla.

— Mi abuela suspiró profundamente.— Mi niña, espero que no os pase a vosotras eso.

—Yo también lo espero la verdad.— miré a mi abuela con ternura, lo habían pasado muy mal por las aspiraciones oscuras de una persona, o de dos más bien.— Y entonces, con ella ¿qué ocurrió?

—La encerramos en una cueva.— Se me paró la respiración un momento.

— No te asustes, todo estaba pensado. La llevamos a la misma cueva donde ellas habían encontrado los libros malditos, nos habían acabado diciendo dónde era sin torturarla, tranquila que no somos así.

Creamos una especie de cuarto en una de las salas con todas las comodidades a nuestro alcance, cama, mesa, sillas.

Mediante hechizos cortamos su magia y la mantenemos encerrada y oculta para que nadie pueda verla ni escucharla si por casualidad entrara en esa cueva, cosa que veo bastante improbable.

—Pero, ¿y la comida? Tendrá que beber y comer algo para sobrevivir.

—Sí, lo dejamos todo atado. Durante años nos hemos ido turnando para hacerle la comida y transportarla mediante un hechizo para no tener que ir a llevársela. El agua también está hechizada, tiene una pila de la que sale agua cada vez que tenga sed.

—Vaya, sí que se pueden hacer cosas con la magia.— Lo de la comida no me lo esperaba.— Entonces, estás segura de que esa mujer sigue allí ¿verdad?

—No lo sé. He mandado comida ayer y hoy, aunque no me tocaba a mí, pero por ver si desaparecía, y de momento no hay señal de que ocurra nada extraño.

De todas formas quiero ir a la cueva para ver si todo está bien, pero lo haré con alguien más de mi aquelarre y también esperaba que tú vinieras con tu guardián.

Por si las moscas, que aunque la cueva sabemos que no tiene seres extraños, siempre pueden aparecer por otro motivo.

No hace falta que sean invocados, a veces traspasan las barreras que les ponemos sin que nos enteremos hasta que hacen algo.

—Tranquila abuela, iremos con vosotras.— Me levanté para darle un abrazo justo en el momento que entraba mi madre por la puerta.

—Vaya, que unidas os veo.— Nos dijo a modo de saludo. Me acerqué a ella y también la abracé.

—Mamá, os quiero mucho, a las dos, y creo que debéis hablar y solventar vuestros fantasmas.

— Salí por la puerta que daba al patio y las dejé ahí.

Cuando me vio acercarme, Erick fue corriendo a darme un beso y a preguntarme qué había pasado.

— Luego os lo cuento cuando estemos solos, ahora vamos a entrenar que nos hace falta.

—Vale, mejor, sí. Mira, Luján ha conseguido encontrar un libro donde puede ser que esté la solución para que la espada me sea fiel.

— Me enseñó un volumen antiguo en el que apenas se leía el título y había que tratar con bastante cuidado.

— Luego se lo comentaré a tu abuela que parece ser que tiene alguna idea sobre ello, para ver si puede servirnos.

—¡Genial! Porque igual tienes que usarla pronto. Tenemos que acompañar a una parte del aquelarre de mi abuela a una misión, luego te lo explico bien cuando os cuente todo.— Suspiré con cara de pesar.

—¿Qué ocurre? No sé por qué me da la sensación de que no va a gustarnos lo que tengas que decirnos.

—Lo cierto es que va a ser complicado. Sobre todo para algunas.— dije señalando las hermanas.— Nos han tenido bastante engañados todos estos años.

—Vaya, normal que los padres no lo quisieran contar. Menos mal que tu abuela prefiere no tenernos en la ignorancia.

—Pues sí. Yo todavía estoy asimilando algunas cosas. Pero bueno, vamos a entrenar, que ya veo que las chicas están cogiendo ritmo en hechizos. Yo si no te importa, me gustaría que me enseñaras a defenderme. Hoy necesito descargar y creo que será mejor en combate cuerpo a cuerpo.

—Hombre, por mí perfecto, pero no sé yo si vas a desfogar mucho. Vamos a empezar por algo sencillo, no quiero causarte moretones el primer día.— Me dijo con una mueca sacándome la lengua.

—¡Oye! A ver si te vas a pensar que no tengo resistencia ni fuerza. Te vas a enterar.

Nos pusimos a entrenar, él intentaba enseñarme algo de defensa personal basada en alguna de las artes marciales que sabía, y yo hacía todo lo que podía para seguirle el ritmo, pues aunque sí que habíamos ido a algún cursillo en el instituto para saber defendernos si nos atacaba algún atracador, no era lo mismo y en tres días no se te quedan los movimientos que tienes que hacer como si les repitieras continuamente.

Cuando consideramos que teníamos hambre nos metimos para dentro y vimos que mi abuela, previsora donde las haya, había preparado la comida para todos.

Bendita sea esa mujer, pues el ejercicio da un hambre terrible.

Después de comer Luján le enseñó el libro para hablar con ella sobre el hechizo de la espada y las chicas se quedaron a descansar un poco tomándose un café tranquilas en el salón.

Mientras, mi madre me cogió del brazo y me llevó a la cocina para hablar conmigo.

—Hiedra, sé que tu abuela te ha contado todo, a su manera, pero creo que bien.

Te pido perdón por haberte mantenido lejos de este mundo sin decirte nada.

Y por no querer que te enteraras de lo que hicimos.

Fue magia oscura, no deberíamos haberla usado, pero en ese momento nos pareció buena idea.

Éramos jóvenes y no supimos apreciar las consecuencias que pudiera tener aquello.

Por suerte no ha habido nada que lamentar, pero nunca estaremos seguros.

—Tranquila, mamá. Ya está, iré asimilando ciertas cosas que aún me cuestan, pero lo importante ahora es aprender a luchar. Y que la abuela y tú os llevéis bien ayudará.— Le di un abrazo que nos reconfortó a las dos y me fui con mis amigas a contarles todo lo que había hablado con mi abuela.