24 — Inés #2
Mezclar la mantequilla blanda con la harina.
Con las manos, no con cuchara. Con las manos.
Añadir la ralladura, el zumo, la sal, la yema.
Amasar despacio, sin trabajarla mucho. Si la trabajas demasiado, queda dura y mala.
Si la trabajas poco, queda quebradiza pero buena. Es mejor que quede quebradiza.
Estirar con rodillo, cortar en cuadrados de tres centímetros. Hornear a ciento ochenta grados, doce minutos. No más. Aunque parezcan crudas, sácalas a los doce minutos.
Dejar enfriar en la bandeja. No moverlas mientras estén calientes. Se rompen.
Debajo de la receta, Daniel había añadido a mano, con letra ligeramente distinta, una nota:
Tu abuela me contó, por los días en que naciste tú, que aquella receta no había estado nunca escrita en su libreta: se la sabía de memoria, como la había aprendido de su madre.
La copió esa misma semana, la de tu nacimiento, cuando supo que ya era abuela.
Me dijo que lo hacía porque algún día se le iba a olvidar, y entonces tú no la ibas a poder hacer. La escribió pensando en ti. Solo en ti.
Inés hizo las galletas un domingo por la mañana en diciembre. Salió mal el primer intento: las trabajó demasiado y quedaron duras. El segundo intento, esa misma tarde, salió bien. Quedaron quebradizas. Eran exactamente como las que recordaba a los seis años en Sevilla con la abuela.
Se comió una de pie en la cocina, mirando por la ventana hacia el patio interior gris del invierno alemán.
Lloró por segunda vez desde Hamburgo. No solo de tristeza.
También de alegría. La abuela había escrito la receta pensando en ella.
Solo en ella. Y la abuela ya no estaba pero la receta sí. La receta funcionaba todavía.
* * *
En la página noventa y siete había un párrafo corto que Inés leyó dos veces.
Hija. Sobre lo de la biología y las plantas.
Me parece muy bien. Cuando me lo dijiste en una videollamada hace dos meses pensé en una cosa que no te dije entonces y que te digo ahora.
Las plantas no se mueven. No huyen del peligro.
No se enfrentan al peligro. Crecen donde caen.
Y siguen. Y desde el sitio donde caen, hacen lo único que pueden hacer: enraizar, comer luz, dar fruto si pueden.
No hay decisión heroica en una planta. Hay decisión.
Pero no heroica. Es la mejor forma de vivir que se me ocurre.
Estudia biología, hija. Y cuéntame lo que vayas aprendiendo. Me va a gustar mucho escucharte.
Inés subrayó el párrafo con un lápiz blando. En el margen escribió, con su letra: Sí, papá.
* * *
Entre las páginas ciento veintidós y ciento veintitrés, sin estar pegada, Inés encontró una hoja suelta doblada en cuatro. La había puesto ahí su padre. Era una hoja pequeña de papel de calco, casi transparente. Inés la desdobló despacio.
Era un dibujo. Tres limones en una rama.
Uno grande, uno mediano, uno pequeño. Dibujados a lápiz blando, sin colorear, solo el contorno.
El mismo dibujo que tenía el sobre que Inés llevaba siempre en el bolsillo del abrigo desde Hamburgo.
El mismo dibujo que ella había aprendido a hacer a los once años, copiándolo del sobre que le llegó de Tánger.
Daniel había escrito debajo del dibujo:
Hice este dibujo en Frankfurt, en febrero de dos mil veintiséis, en un Ibis cualquiera de aeropuerto, en la primera noche que pasé solo después de salir de Heidelberg.
Lo metí en un sobre con una carta para ti que escribí esa noche.
El sobre no lo mandé. Lo guardé en el bolsillo interior del abrigo y se quedó ahí.
Cuatro años y medio después dibujé los mismos tres limones encima del sobre, a lápiz, copiando los que tú me mandaste dibujados cuando tenías once años.
Los tuyos eran mejores. Llevaba el sobre conmigo todos los días.
Si lo estás leyendo, significa que te ha llegado por fin.
Con cuatro años y medio de retraso. Pero te ha llegado.
Inés tenía la hoja del dibujo en la mano izquierda y el sobre que sacó del bolsillo en la mano derecha. Comparó los dos dibujos. Eran iguales. Mismo tamaño. Misma inclinación. Misma torpeza tierna.
Su padre había dibujado los tres limones tres veces. Una en Frankfurt, la primera noche que pasó solo. Otra en Tánger, en el sobre que sí llegó a sus manos. Y la última cuatro años y medio después, copiando los suyos.
Inés volvió a doblar la hoja del dibujo en cuatro. La metió de nuevo entre las páginas ciento veintidós y ciento veintitrés. Cerró la libreta.
* * *
Las últimas treinta páginas de la libreta hablaban del descifrado del Mjölnvirr, del trabajo de los Heliógrafos, de Heimvar Sköll, de Sif.
Era la parte más densa. Inés tardó casi un mes en leerla entera.
Tenía que volver atrás, anotar palabras nuevas, consultar términos en internet, mandar correos a Houda preguntando cosas concretas.
Houda le contestaba en pocas horas siempre.
Era paciente. Le explicaba dos veces lo que hiciera falta.
En las últimas páginas, antes de las tres en blanco que su padre había dejado al final, Daniel había escrito sobre la transmisión.
Hija. Hay una cosa que llevo años haciendo con Catarina y Houda y que probablemente no he llegado a contarte en persona si estás leyendo esto.
Vamos a enviar una respuesta al lugar de donde vino la cápside.
Va a salir de una antena de espacio profundo de la Agencia Espacial Europea, en la meseta de Malargüe, en Mendoza, Argentina.
La vamos a enviar hacia un sistema estelar pequeño llamado Ross 128, a once años luz de la Tierra, en la constelación de Virgo.
Esto es lo que tenemos hablado hasta hoy.
Si conviene cambiar algo del plan, Catarina te lo explicará.
Confía en lo que ella te diga. El motivo de que sea Ross 128 te lo cuenta Catarina con datos técnicos cuando hables con ella.
Lo importante, hija, es esto. La respuesta tiene dos motivos.
El primero es el agradecimiento: si alguien recibiera la señal alguna vez, sabría que su mensaje llegó.
Que su carta, lanzada cuatro mil millones de años atrás por un padre que se estaba muriendo, llegó a alguien que la leyó. Que no fue lanzada al vacío en vano.
El segundo es más difícil. La respuesta es por nosotros.
Por los que vivimos hoy. Porque cuando lanzas una señal a once años luz de distancia, sabiendo que la respuesta, si la hubiera, tardaría veintidós años en volver, estás haciendo un acto que no es para ti.
Es para los que vivan dentro de veintidós años o más.
Es como pintar el balcón sabiendo que tú no vas a estar para verlo bien pintado.
Es un acto de fe en gente que aún no existe.
Hija, le dije a Catarina hace meses que quería que firmaras tú la transmisión si yo no podía.
Que tu nombre fuera el primero. Por dos motivos.
Uno: porque vas a vivir más que yo y vas a entender mejor todo esto con el tiempo.
Dos: porque la pregunta de Heimvar Sköll, el padre que escribió la carta, es una pregunta que se transfiere de padres a hijos.
Y yo te la paso a ti. Te la dejo, como te dejo todo lo demás.
No tienes que firmarla, hija. Si no quieres, no la firmes. Pero te dejo la elección. Es tuya.
Tu padre.
* * *
Catarina Saraiva llamó a Inés por primera vez en enero, tres meses después de Hamburgo. Inés ya había leído la libreta entera una vez. Habían acordado, vía Köhler, que cuando Inés estuviera lista, Catarina la llamaría para hablar de la transmisión y para presentarse en persona.
La videollamada duró dos horas. Catarina tenía sesenta y un años, el pelo blanco y corto, las gafas de pasta verde, una voz pausada que recordaba un poco a la de Yusra según los párrafos de la libreta.
Inés le hizo preguntas técnicas durante una hora.
Catarina contestó cada una con paciencia. Después Inés le preguntó por su padre.
—¿Cómo era?
—Como te lo cuenta él en la libreta, niña. No le añado nada. Solo te confirmo lo que él te dice.
—¿Qué le añadirías tú si pudieras?
Catarina lo pensó un momento.
—Que tu padre cambió mucho desde que llegó a Lisboa, con cuarenta y dos años, hasta que murió, con cuarenta y siete. Llegó siendo un científico bueno y se fue siendo un padre completo. Y eso, niña, es mucho más difícil que lo otro.
Inés se quedó callada.
—Catarina. Si firmo la transmisión, ¿cuándo se haría?
—Cuando tú quieras. La señal está preparada. Solo falta apretar el botón. Nosotros estamos esperándote.
—¿Y dónde?
—En Malargüe, en Mendoza, al pie de los Andes. Una antena de treinta y cinco metros de la Agencia Espacial Europea, de las que hablan con las sondas. Es de las pocas del mundo que pueden emitir hacia el espacio profundo y no solo escuchar. Te llevamos cuando estés lista.
—Vale.
—¿Vale qué, niña?
—Vale que la firmo yo. Yo te digo el día que quiero. Tú me dices si se puede.
* * *