Heredarán el silencio 24 — Inés
95%

24 — Inés

Inés

Inés volvió a Hamburgo aquella noche con su madre en un coche del BKA.

No durmió. Cuando llegaron a casa eran las dos de la madrugada.

Bärbel Bühler le preparó una taza de manzanilla que Inés no se bebió.

Después se sentaron las dos en el sofá del salón sin hablar durante un buen rato.

La libreta azul, envuelta todavía en papel marrón manchado de sangre, estaba sobre la mesa baja delante de ellas.

Inés no la abrió esa noche.

No la abrió tampoco al día siguiente. El funeral fue el lunes en Hamburgo, en una ceremonia civil pequeña a la que vinieron Köhler, Houda desde Tánger, Mercedes desde Sevilla, dos colegas de Heidelberg de los primeros años de la carrera de Daniel.

Inés estuvo de pie todo el tiempo, callada, con la mano de su madre en la mano.

Hicham Ouazzani envió flores desde Casablanca.

Catarina Saraiva envió un mensaje desde Lisboa que Bärbel Bühler le leyó a Inés en voz baja después: que iría a verla cuando ella quisiera, que tenía mucho tiempo, que no había prisa.

La libreta siguió sin abrirse durante la primera semana entera.

Inés volvió al colegio el siguiente lunes, no porque se sintiera capaz de atender a nada sino porque su madre le pidió que lo intentara.

Las amigas no sabían qué decirle. Los profesores tampoco.

Inés agradeció a unas y a otros con la misma frase corta: estoy bien, gracias.

Una frase falsa que protegía a todo el mundo de tener que insistir.

Los primeros días tuvo miedo. Un miedo que no se parecía a ninguno de los que había tenido antes.

A su abuela la habían matado en Sevilla.

A su padre lo habían matado delante de ella.

Las dos personas de su familia que habían muerto aquel mes habían muerto por lo mismo, y ella y su madre eran las que quedaban.

Por las noches, en la cama, se descubría escuchando la casa: el ascensor, los pasos en el rellano, el motor de un coche que aminoraba en la calle.

Pensaba en su madre durmiendo en la habitación de al lado y calculaba, sin querer, cuánto tardaría en llegar hasta ella si pasaba algo.

Pensaba en sí misma. No sabía todavía —eso lo entendería más adelante, leyendo la libreta— que ella no era solo la hija del paciente cero, que llevaba dentro lo mismo que su padre y que eso, para cierta gente, la convertía en un objetivo por sí misma y no solo por ser hija de quien era.

Pero no le hacía falta saberlo para tener miedo.

Le bastaba con lo que ya sabía: que a las dos personas que habían muerto las habían matado, y que ella y su madre estaban vivas y solas en un piso de Hamburgo.

A los dieciséis años eso no le cabe a nadie en la cabeza, y menos por la noche.

Inés lo llevaba por las noches como buenamente podía, y por las mañanas iba al colegio y decía estoy bien, gracias.

La libreta estaba sobre su mesa de estudio.

Inés la había desenvuelto del papel marrón al cuarto día.

La sangre del papel se había secado y se había vuelto marrón oscuro.

La sangre de las páginas de la libreta —la esquina derecha de las primeras veinte hojas, el lomo entero— también.

Inés la había puesto sobre la mesa, en posición vertical apoyada contra una pila de libros, y todas las noches al acostarse la miraba un momento antes de apagar la luz.

*  *  *

La abrió un viernes. Era el once de octubre, catorce días después de Hamburgo.

Bärbel Bühler había salido a cenar con dos amigas: Inés había insistido en que fuera; llevaba dos semanas sin salir de casa.

Cuando Inés se quedó sola en el piso, hizo una cosa que había pensado durante toda la semana: bajó las persianas de su cuarto, encendió la lámpara de la mesa, se sentó en la silla, y abrió la libreta.

La letra de su padre era pequeña, rápida, ligeramente inclinada a la derecha.

Inés la reconoció enseguida. Era la letra de las notas que Daniel le había dejado en la nevera cuando ella era pequeña en Heidelberg: recuerda gimnasia el martes, te quiero; no te olvides la merienda, papá. La misma letra, doce años después.

En la cara interior de la tapa, sobre el cartón azul, decía, con letra más grande que en el resto del cuaderno:

Inés, esta libreta es para ti. La llevo conmigo a Hamburgo. Si nos vemos, te la doy en persona. Si pasa cualquier cosa y no llegamos a vernos, quien lea esto que se la haga llegar a Inés Ahren Bühler, Hamburgo. Para que sepas todo lo que pasó. Tu padre.

Inés leyó esa frase tres veces. Tenía la cabeza vacía. No podía pensar nada concreto. Pasó la página.

Las primeras páginas no eran para ella. Eran la letra pequeña y rápida de su padre trabajando: fechas, cifras, nombres de sitios, líneas tachadas. Arriba del todo, en la primera, decía AWI-NM-241. Allan Hills. 4.000 ma. 2 ma exposición. Marta. 9 de febrero. Debajo, su firma.

Después, cinco años enteros en ocho páginas. Heidelberg. Madrid. Lisboa. Tánger. Números sueltos que bajaban de uno en uno. Y Berlín casi en blanco, semanas enteras resumidas en una línea.

En la novena página la letra cambiaba. Se volvía más grande, más lenta, y ocupaba las dos caras hasta el borde. Empezaba así:

Hija. Si estás leyendo esto, probablemente es porque ayer me mataron en Hamburgo o porque pasó algo parecido.

Si me ves y te la doy en mano, también estás leyendo esto, y entonces todo lo que escribo aquí lo podremos hablar después por videollamada.

Espero poder dártela en mano. Pero por si acaso, escribo como si no.

Voy a contarte cosas que llevo cinco años queriendo contarte y que no he podido por teléfono ni por pantalla.

Voy a escribirte sobre tu abuela, sobre tu abuelo Wolfgang, sobre Sevilla, sobre Tánger, sobre Yusra Bencheikh, sobre cómo era yo a los doce años, sobre lo que descubrí en Heidelberg el lunes nueve de febrero de dos mil veintiséis, y sobre lo que aprendí desde entonces.

Voy a escribirte sobre Heimvar Sköll, el padre que hace cuatro mil millones de años escribió una carta a un hijo que no llegaría a nacer, y por qué creo que esa carta llegó al sitio donde tenía que llegar.

También voy a escribirte cosas pequeñas. La receta de las galletas cuadradas de tu abuela está en la página ochenta y dos. La copié de su libreta de cocina el martes después del entierro. Está exactamente como ella la hacía.

Léelo despacio. No hay prisa. No hace falta que lo entiendas todo de golpe. Tienes toda tu vida para releerlo. Y si tienes preguntas, pregúntale a Houda, a Catarina, a Köhler, a tu madre. Saben muchas cosas. Saben más de lo que crees.

Empiezo, hija.

Inés cerró la libreta. La cerró con la mano sobre las páginas, como se cierra una caja. Se quedó un momento con la mano encima, sin levantarla. Después apoyó la frente sobre la tapa azul y lloró por primera vez desde Hamburgo, sin sonido, durante cuarenta minutos. Apagó la luz mucho después.

*  *  *

Tardó seis semanas en leerla entera la primera vez. Una página por noche, a veces dos. Algunas noches se saltaba la lectura porque no se sentía capaz. Otras noches leía cuatro páginas seguidas y después no podía dormir hasta las cuatro de la madrugada.

Bärbel Bühler la veía leer pero no preguntaba.

Sabía que ese era el espacio de Inés con su padre y que no le correspondía meterse.

A veces, cuando Inés bajaba a desayunar el sábado por la mañana después de haber leído algo difícil, Bärbel le ponía la mano en el hombro al servirle la leche caliente y se la dejaba ahí un momento. Después seguían las dos con sus cosas.

Inés iba descubriendo a su padre a trozos.

Lo descubrió en la página once, donde Daniel contaba la noche en que Marta Encinas le había mandado el material antártico y él había comprendido lo que tenía delante.

Lo descubrió en la página veintitrés, donde contaba la promesa del chocolate caliente del viernes que no había podido cumplir, y lo mucho que le había dolido durante los cinco años siguientes.

Me acordé cada viernes a las cinco menos diez.

Cada viernes. Cuatro años y siete meses son doscientos cuarenta y un viernes. Doscientos cuarenta y una veces.

Lo descubrió en la página treinta y siete, donde contaba la primera vez que vio a Yusra Bencheikh en una cocina de un piso de Lisboa, con un cigarrillo en la mano y la voz cansada, y cómo aquella mujer le había dicho cosas que le habían cambiado la cabeza en una sola tarde.

Lo descubrió en la página cincuenta y dos, donde decía que el balcón de la casa de Triana, encima del bar donde Wolfgang Ahren bajaba a tomarse una caña los veranos, lo había empezado a pintar él la tarde del jueves, después del entierro de su abuela, antes de volar a Berlín.

La pintura la había comprado tu abuela hace cuatro años y medio.

La dejó debajo del banco esperando que la pintáramos los dos.

Nunca pudimos. La empecé yo solo aquella tarde y no me dio tiempo a acabarla: me faltó la moldura de abajo y el remate de la esquina derecha, donde el hierro está más comido.

Dejé la lata donde estaba, aunque cuando vuelvas habrá que comprar otra: esa ya no servirá.

Si algún día vas a Triana, hija, ya sabes dónde está el banco.

Inés leyó esa página un sábado por la noche de noviembre. Cuando terminó, se sentó en el suelo del cuarto con la libreta abierta en las rodillas y estuvo allí mucho tiempo.

*  *  *

La página ochenta y dos era la receta de las galletas cuadradas de Carmen Ahren.

Las galletas cuadradas de la abuela Carmen. Difíciles. No tienen azúcar. Eran tus preferidas a los seis años en Sevilla.

Ingredientes: doscientos gramos de harina, cien gramos de mantequilla, una cucharada sopera de zumo de limón, ralladura de un limón entero (importante: rallar fino, no grueso), una pizca de sal, una yema de huevo. Y nada más. Eso es lo difícil: que con tan poco, salga lo que tiene que salir.