23 — La campanilla
La campanilla
La campanilla de la cafetería sonó. Daniel entró. Cerró la puerta despacio detrás de sí. Olía a café y a pan caliente. Eran las cinco y veinte de la tarde.
Inés estaba en la mesa del fondo. Junto a la pared. Levantó la cabeza al oír la campanilla. Lo vio.
Se quedaron así un segundo entero, mirándose a través del local: él de pie junto a la puerta con la bolsa pequeña al hombro, ella sentada en la mesa con un café a medio terminar delante. Era la primera vez en cinco años que se veían fuera de una pantalla.
Inés se levantó.
Daniel empezó a cruzar la cafetería despacio, sin apartar los ojos de ella. Había una camarera joven detrás del mostrador, dos clientes en una mesa cerca de la entrada con sendos cafés delante, un hombre solo leyendo el periódico junto al ventanal. Inés caminó hacia él.
Iban a encontrarse a mitad de camino, entre el mostrador y la mesa del fondo, al cabo de tres pasos.
Entonces uno de los dos clientes de la mesa cerca de la entrada se levantó.
Por encima del hombro de su padre, Inés vio cómo aquel hombre —mediana edad, jersey oscuro, abrigo gris doblado sobre el respaldo de la silla— daba dos pasos hacia el centro de la cafetería sin apartar la vista de Daniel.
Tenía la mano derecha cerca del bolsillo de la chaqueta. Bajo la manga del jersey, en la muñeca derecha, asomó algo durante medio segundo: una pulsera ancha de cuero negro con un círculo metálico incrustado en el centro.
Inés se quedó mirando la pulsera medio segundo de más. Algo dentro de ella, debajo de las costillas, se contrajo. No supo por qué. Solo supo que aquel hombre que se había levantado de la mesa de la entrada, con la mano todavía junto al bolsillo, no venía a pagar la cuenta.
No se movió, en mitad de la cafetería, con su padre a tres pasos. La cara había perdido en medio segundo el color que tenía antes.
Daniel vio la cara de Inés.
Comprendió sin volverse.
Se giró.
Vio la pulsera.
El hombre ya tenía la mano dentro del bolsillo derecho. Cuando la sacó, el arma estaba fuera.
Disparó dos veces.
El primer disparo le entró a Daniel por la parte alta del pecho. El segundo, un instante después, le entró por el cuello. Daniel cayó hacia atrás contra una mesa pequeña que había en mitad de la cafetería. La mesa se desplazó. Una taza se rompió contra el suelo.
Inés no se había movido.
La cafetería entera gritó. La camarera detrás del mostrador.
El otro cliente de la mesa, el que no era el asesino, se tiró al suelo.
El hombre del periódico —el agente del BKA encubierto, que había visto entrar a aquel hombre y no había encontrado ningún motivo para detenerlo— se había levantado con el arma fuera. Apuntó al asesino. Gritó en alemán.
—¡BKA! ¡Suelte el arma!
El hombre miró a Inés.
Inés le devolvió la mirada. Estaban a cuatro metros uno del otro. Inés tenía dieciséis años y cuatro meses, las dos manos colgando a los lados del cuerpo, los ojos abiertos, sin parpadear.
El hombre la miró durante uno, dos, tres segundos. Después empezó a subir el arma despacio hacia ella.
El agente del BKA disparó una sola vez. La bala le entró al asesino por la sien derecha. El hombre cayó hacia un lado sin soltar el arma, sin completar el gesto. Quedó tirado boca arriba en el suelo de madera de la cafetería, a dos metros de los pies de Inés.
Inés no se había movido en ningún momento.
El agente del BKA se acercó al asesino con el arma todavía fuera.
Verificó. Le tomó el pulso. Negó con la cabeza.
Vio, debajo de la manga del jersey, una pulsera ancha de cuero negro con un círculo metálico marcado por el centro con una muesca, como una luna creciente.
La misma pulsera que Köhler le había enseñado a Daniel en una fotografía en febrero de dos mil veintinueve.
Pasaron menos de quince segundos desde el primer disparo hasta que el asesino quedó tirado en el suelo.
El asesino murió sin decir una palabra.
* * *
Inés se movió. Caminó los tres pasos que la separaban de su padre, sorteando la mesa volcada. Se arrodilló junto a él.
Daniel estaba caído de lado contra la pared, la camisa empapada de rojo desde el cuello hasta la cintura. Tenía los ojos abiertos. La estaba mirando.
Inés lo abrazó.
Era la primera vez que abrazaba a su padre en cinco años.
Lo hizo con cuidado, sin moverlo, apretándose contra él, la mejilla contra la mejilla de él, su pelo contra el cuello herido de él.
Lo abrazó como abrazaba a Bärbel Bühler cuando tenía siete años y había tenido una pesadilla.
Lo abrazó como no se acordaba de haberlo abrazado nunca.
Su padre intentó decir algo. Inés notó que la boca se le movía un poco. No le salió ningún sonido.
—Papá. Estoy aquí.
Daniel le sostuvo la mirada. Con la mano izquierda buscó el bolsillo interior del abrigo. No llegó. Inés se dio cuenta. Le metió la mano al bolsillo por él.
Sacó la libreta azul envuelta en papel marrón. El papel estaba manchado de sangre por una esquina. Con ella salió, enganchado, un sobre pequeño y viejo, que cayó al suelo entre los pies de Inés. Tenía tres limones dibujados encima, a lápiz blando.
Inés se quedó con la libreta en una mano. El sobre en el suelo. Y con la otra mano, la de su padre, cogida.
—Papá.
Daniel apretó la mano de su hija débilmente. Inés lo notó. Le devolvió el apretón. Le sostuvo la mirada todo lo que pudo.
Daniel siguió mirándola unos segundos más. Después cerró los ojos.
No había llegado a decirle una palabra.
* * *
La camarera de la cafetería estaba al teléfono, llamando a una ambulancia, llorando. El hombre del periódico se había arrodillado junto a Daniel y le estaba quitando la corbata para presionar la herida del cuello. Las sirenas se oían ya en la calle, todavía lejanas.
Inés no se movió del lado de su padre. Le siguió sosteniendo la mano hasta que llegó la ambulancia.
La ambulancia llegó a las cinco y veintinueve, nueve minutos después del primer disparo. Le practicaron maniobras de reanimación durante doce minutos en el suelo de la cafetería. A las cinco y cuarenta y uno declararon a Daniel Ahren muerto. La policía llegó dos minutos después.
Inés estaba sentada en una silla cerca de la puerta, envuelta en una manta que le había puesto la camarera.
Tenía la libreta azul envuelta en papel marrón sobre las rodillas.
El sobre de tres limones lo tenía guardado en el bolsillo interior de su propio abrigo, del lado del pecho, que era donde lo había llevado su padre.
La libreta estaba manchada de sangre por la esquina derecha y por el lomo.
Bärbel Bühler llegó del trabajo a las seis y veinte, alertada por la policía.
Llegó corriendo desde el taxi. Cuando entró en la cafetería —ya con cinta policial fuera, ya con el cuerpo de Daniel tapado con una manta— buscó a su hija con los ojos antes que cualquier otra cosa, y fue hacia ella, y la abrazó con las dos manos en la cabeza, como cuando era pequeña, y lloró sin ruido durante un buen rato.
Inés se dejó abrazar. No lloró. Tenía la libreta contra el pecho y no la soltó ni para devolverle el abrazo a su madre.
Bärbel Bühler se sentó a su lado. No habló durante mucho rato.
Köhler llegó de Berlín a las nueve y cuarto. Se identificó. Habló con la policía de Hamburgo. Después se sentó delante de Bärbel e Inés. Tenía la cara descompuesta. Le costó hablar.
—Bärbel. Inés. Les doy mi palabra de que vamos a hacer todo lo posible por desmontar la red, célula por célula, durante el tiempo que haga falta.
Y le doy mi palabra a Inés de algo más. Lo que sea que necesite a partir de hoy, lo tiene.
Su padre me lo pidió antes de venir aquí y se lo prometí. Voy a cumplirlo.
Inés lo miró desde la manta. No contestó. Köhler entendió.
Bärbel Bühler le cogió la mano a su hija. Inés se la apretó. Con la otra seguía sujetando la libreta. No la había abierto.
Iba a abrirla. Pero no todavía.