22 — Once años luz
Once años luz
En el tren a Hamburgo, Daniel sacó el móvil cifrado y llamó a Catarina, a Lisboa.
—Daniel. No te esperaba.
—Catarina. Sé que es de improviso. Quería hablarte de algo importante. Veinte minutos.
—Te escucho.
—Es sobre la transmisión.
Hubo un silencio breve. Llevaban dos años trabajando, ellos dos y Houda, en una transmisión de respuesta dirigida al sistema Ross 128 b, a once años luz, hacia el lugar del cielo donde los astrónomos situaban con más probabilidad el origen de la cápside antártica.
La transmisión llevaba diseñada técnicamente desde el dos mil veintiocho, pero la decisión final, la fecha, la había estado posponiendo Daniel.
—Daniel. ¿Has decidido cuándo?
—Sí. He decidido más cosas. Catarina, te llamo desde un tren.
Voy a Hamburgo a ver a Inés. Mi madre murió el lunes, asesinada, casi seguro.
Esta tarde voy a verla a Inés por primera vez en cinco años.
He tomado dos decisiones esta semana. La primera es ir a verla.
La segunda es esto: si lo que tengo que hacer hoy sale mal, no quiero que la transmisión se quede en el cajón.
Lánzala. Cuando podáis. Cuando Inés decida.
—Daniel.
—Una cosa más, Catarina. Quiero cambiar el contenido.
Lo que diseñamos en dos mil veintiocho lo dirigíamos específicamente a Ross 128 b, en la frecuencia de origen de la cápside, como gesto de respuesta exacta.
Y llevo meses dándole vueltas a una cosa que no me deja en paz.
Allí no hay nadie esperando nuestra señal, Catarina.
Los Vahn se mataron entre ellos hace cuatro mil millones de años.
El planeta seguirá girando, supongo; una guerra no rompe una piedra de ese tamaño.
Pero lo que hubiera allí se apagó en una noche.
Le vamos a contestar una carta a un hombre que lleva muerto más tiempo del que ha existido la Tierra.
Y hay otra cosa. El mapa que dejó era de catorce púlsares.
Cuando Joachim lo llevó a los astrónomos, solo tres seguían encendidos.
Con tres no se cierra un punto: se cierra un cono enorme de cielo.
Ross 128 b es la estrella más razonable dentro de ese cono.
No es su casa, Catarina. Es el punto más cercano a su casa al que sabemos apuntar.
—¿Y?
—Y aun así quiero transmitir. Pero quiero que la transmisión vaya abierta.
No solo dirigida a Ross 128 b. Dirigida también a cualquier otra civilización pensante que pueda haber recibido una cápsula Hrímfar en cualquier otro sitio del universo y que pueda captar nuestra transmisión.
El mensaje empieza así: Yggrhal ya no existe.
Heimvar Sköll, esta es la contestación a tu carta.
La hemos recibido. La hemos descifrado. Hemos vivido.
Te respondemos al silencio. Y después va todo lo demás.
El descifrado, la traducción, la confirmación científica, el dato del Mjölnvirr endógeno.
Catarina se quedó callada un momento.
—¿Estás seguro, Daniel? Es. Es una respuesta sin destinatario seguro.
—Es una transmisión a Heimvar, muerto hace cuatro mil millones de años.
Y a quien pueda escuchar. Catarina, llevamos cinco años descifrando una carta de un padre a su hijo no nacido.
La carta llegó a la Tierra. Nosotros somos esos hijos.
Le contestamos. Que la oiga o no la oiga otra civilización es secundario.
Es la respuesta que se le debía. Es. Es responder a una carta.
Él tampoco sabía a quién se lo mandaba, Catarina.
Lanzó doscientas siete y no llegó a saberlo nunca.
Catarina respiró del otro lado de la línea.
—Daniel. Sí. De acuerdo. La transmisión sale, va abierta, y la decide Inés. Yo lo coordino con Reiter y con el equipo argentino. Cuando ella esté lista.
—Catarina.
—Sí.
—Si pasa algo hoy. Quiero que esto siga adelante. Inés tiene que firmar la transmisión. Si yo no estoy, ella lo hace. Su nombre debe ir el primero. Júramelo.
—Daniel.
—Catarina. Júramelo.
—Te lo juro.
—Gracias.
—Daniel. Una cosa.
—Dime.
—Cuídate esta tarde.
—Hasta pronto, Catarina.
Colgó.
* * *
El tren llegó a Hamburgo Hauptbahnhof a las cuatro y diecisiete de la tarde.
Daniel se bajó con la bolsa pequeña en la mano.
En el andén había un hombre joven con auriculares que le siguió hasta la salida sin saludarlo nunca.
Otros dos esperaban en la salida. Daniel los identificó por la forma de quedarse quietos.
En la acera había un coche oscuro con el motor en marcha.
Uno de los dos le abrió la puerta de atrás sin decir su nombre.
En el coche, mirando por la ventanilla las calles de Hamburgo —una ciudad que no había visitado desde los treinta años, en una vida anterior—, Daniel pensó en lo siguiente.
Pensó que llevaba cinco años viviendo sin miedo y que esa mañana, en el sofá del piso de Berlín, el miedo había vuelto.
Pensó que el miedo era la última cosa que él aún tenía que recuperar para volver a ser él del todo.
Pensó que quizás eso era lo que el Mjölnvirr llevaba haciéndole sin que nadie se diera cuenta: no quitarle el miedo a Vita Nova ni el miedo a morir, sino quitarle el miedo a perderse a sí mismo.
Y que quizá, hoy, viendo a su hija, lo recuperaría también.
Pensó en Heimvar Sköll, hace cuatro mil millones de años, escribiendo una carta a un hijo que no iba a nacer.
En su mujer Sif, agonizando arriba. En la pulsera negra del hombre del hotel de Sevilla.
En el coche gris de la esquina de Betis.
En Inés a los once años con su jersey azul.
En Inés ahora, a los dieciséis, esperándolo en una cafetería del Speicherstadt.
El coche paró en la esquina de Kehrwieder, a doscientos metros de la cafetería.
—Hasta aquí, doctor. Los últimos metros los hace usted solo. Nosotros estaremos cerca.
Daniel bajó. Eran las cinco menos diez. Tenía media hora.
Caminó despacio por el Speicherstadt, los antiguos almacenes de ladrillo rojo entre canales.
El sol de septiembre bajaba ya. Vio la cafetería desde fuera: pequeña, dos ventanales, las luces encendidas dentro.
Pasó delante de un coche aparcado con dos hombres dentro que él reconoció sin haberlos visto antes —postura, ojos, el modo de no mirarle—.
A través de un ventanal vio a Inés. Estaba sentada en una mesa del fondo, junto a la pared.
Llevaba un abrigo verde oscuro. Tenía un café delante. No se había quitado el abrigo.
Daniel se paró en la acera de enfrente. Detrás del ventanal, Inés miraba la puerta. Él la estuvo mirando a ella veinte minutos, desde el otro lado de la calle, sin cruzar, hasta que el reloj del móvil marcó las cinco y veinte. La hora acordada. Entonces cruzó y puso la mano en el pomo.
Y por primera vez en cinco años padre e hija iban a estar en la misma habitación.