21 — Diez minutos cada miércoles
Diez minutos cada miércoles
El vuelo privado de Sevilla a Berlín llegó a Brandeburgo a las once de la noche.
Köhler y Reiter lo esperaban en la pista.
Daniel los vio desde la ventanilla antes de bajar y supo, por la postura de Köhler —brazos cruzados, ligeramente echado hacia delante—, que la conversación que venía iba a ser dura.
En el coche, camino del piso, fue Reiter la que habló primero.
—Doctor. He estado en contacto con la fiscalía española durante las últimas seis horas.
Han abierto investigación. Autopsia mañana por la mañana.
Imágenes de las cámaras del hotel y de la calle solicitadas.
Pero no le voy a engañar: aunque encontremos algo, va a ser muy difícil probar nada en sede judicial.
Esta gente no deja rastro que sirva en un juzgado.
—Lo sé.
—Doctor. Lo de Hamburgo.
—Lo de Hamburgo está decidido.
Köhler intervino.
—Doctor. He hablado con Bärbel Bühler hace dos horas. Le he contado lo de su madre. Está conmocionada. También le he contado su decisión de viajar a Hamburgo el viernes. Le he pedido que lo desaconseje. No lo ha desaconsejado.
—¿No?
—Bärbel Bühler me ha dicho, textualmente: Daniel lleva cinco años sin ver a su hija en persona, y su madre acaba de morir. Si yo estuviera en su lugar haría exactamente lo mismo. No le voy a pedir que no venga. Eso me dijo.
Daniel se quedó callado. No esperaba esa respuesta.
—Doctor. Bärbel ha propuesto una cafetería del Speicherstadt.
Conoce el sitio, está a quince minutos del piso, es tranquila a las cinco de la tarde, no tiene cámaras dentro pero sí en la calle.
Inés iría sola, con escolta nuestra discreta.
Usted llega en tren a las cuatro y cuarto, la cafetería a las cinco, el encuentro a las cinco y veinte, tren de vuelta a las siete y media.
Cuatro horas en Hamburgo. Tiempo máximo de exposición.
—De acuerdo.
—Doctor. Reiter y yo le pedimos, una última vez, formalmente, que reconsidere. Tenemos analistas que estiman en torno al cuarenta por ciento la probabilidad de un atentado durante el desplazamiento. Es un riesgo extraordinariamente alto.
—Köhler. Si no fuera por Inés, no iría. Voy por ella. La voy a ver una vez. Si me matan al volver a Berlín o me matan allí mismo, prefiero haberla visto una vez. Eso es todo. Es mi decisión, no la suya. Lo lamento.
—Lo entiendo, doctor.
—Köhler. Voy a pedirte un favor. Si pasa algo. Si pasa cualquier cosa el viernes. Cuida tú de Inés y de Bärbel Bühler. Tú personalmente. No el BKA en abstracto. Tú.
Köhler lo miró durante varios segundos.
—Le doy mi palabra, doctor.
—Gracias.
* * *
Ya en la Rykestrasse, subiendo las escaleras, Daniel cayó en la cuenta de que el día anterior había sido miércoles.
Llevaba cuatro años y medio llamando a su madre los miércoles a las nueve.
Al principio hablaban media hora larga: ella tenía cosas que contarle de Sevilla y él se inventaba cosas que contarle de Berlín.
Con los años las llamadas se fueron acortando solas, sin que ninguno de los dos lo decidiera, hasta quedarse en diez minutos justos.
No porque tuvieran menos que decirse. Porque a una mujer de setenta y seis años y a un hombre encerrado en un piso franco se les acaban las novedades, y lo que queda debajo no se puede decir por teléfono.
Diez minutos cada miércoles. Eso era lo que les habían dejado. Durante cuatro años y medio a Daniel le había parecido poco.
En el piso, Daniel no durmió. Sacó la libreta azul, la abrió por la primera página en blanco, y empezó a escribir. Empezó a escribirle a Inés, sin parar, durante toda la noche.
Le escribió cosas que llevaba cinco años sin poder decirle.
Cosas sobre su abuela Carmen Ahren. Cosas sobre su abuelo Wolfgang que ella no había llegado a conocer.
Cosas sobre Sevilla, sobre Triana, sobre la calle Betis, sobre cómo se hacía el caldo de su bisabuela.
Cosas sobre la cápside antártica, sobre Heimvar, sobre el descifrado de Lisboa, sobre Yusra Bencheikh, sobre Houda.
Cosas que no había dicho públicamente y que probablemente nunca diría públicamente.
Cosas sobre cómo era él a los doce años, sobre cómo era su padre a los cuarenta, sobre la primera vez que había visto el mar. Cosas pequeñas. Cosas grandes.
Escribió con letra pequeña, aprovechando las dos caras. Cuando acabó, eran las cinco y cuarenta de la mañana. Le quedaban tres páginas en blanco al final. En la primera dejó un espacio grande y, abajo del todo, tres palabras: Te quiero, hija. Las otras dos las dejó vacías.
Después volvió al principio. Abrió la tapa del todo, la dobló hacia atrás, y escribió en la cara interior, sobre el cartón azul, con letra más grande que en todo el resto. Aquello no era para Inés. Era para quien pudiera encontrarla antes que ella.
Inés, esta libreta es para ti. La llevo conmigo a Hamburgo. Si nos vemos, te la doy en persona. Si pasa cualquier cosa y no llegamos a vernos, quien lea esto que se la haga llegar a Inés Ahren Bühler, Hamburgo. Para que sepas todo lo que pasó. Tu padre.
Cerró la libreta. La envolvió en papel marrón. La metió en una bolsa pequeña de tela negra. Se duchó. Hizo café. Salió al balcón. Las hojas amarillas de los tres árboles del patio interior se estaban cayendo, una por una, esa mañana de viernes veintisiete de septiembre de dos mil treinta.
* * *
El viernes 27 de septiembre por la mañana, en una videollamada breve, Daniel le dijo a Inés que iba a ir esa tarde a Hamburgo. Que se verían en una cafetería del Speicherstadt. Que su madre lo sabía. Que ella, Inés, iría sola desde el colegio, con dos personas siguiéndola que no se notaban.
Inés escuchó sin interrumpir.
—Papá. ¿Es porque ha muerto la abuela?
—Es por muchas cosas, hija. Pero esa es la más reciente.
—¿Te van a matar?
Daniel la miró por la pantalla. Inés tenía dieciséis años y cuatro meses. Llevaba el pelo más corto que en la videollamada anterior. Tenía la cara de su madre y los ojos de Wolfgang.
—Inés. Te voy a contestar honestamente. Lo van a intentar. Probablemente no pase nada hoy. Pero puede pasar. Lo sabe Köhler, lo sabe Houda, lo sabe tu madre, y ahora lo sabes tú. He decidido ir igualmente.
—¿Por qué hoy?
—Porque no quería verte por primera vez desde los once años en mi propio entierro.
Inés se quedó callada un momento muy largo. Después, mirándolo a los ojos por la pantalla, le dijo:
—De acuerdo, papá. Hasta esta tarde.
Daniel la miró un segundo más por la pantalla, a dos horas de tren y a cinco años de distancia.
—Hasta esta tarde, Inés.
Se cortó la pantalla. Daniel apagó el ordenador. Eran las once de la mañana. Su tren a Hamburgo salía a las dos y media. Le sobraban tres horas.
* * *
Esa mañana, en el colegio, Inés se lo contó a Sophie en el recreo.
No lo planeó: le salió a media mañana, entre dos clases, en el patio.
Llevaba cinco años sin ver a su padre y esa tarde iba a verlo, y necesitaba decírselo en voz alta a alguien que no fuera un adulto con la cara preocupada.
Se lo contó sin bajar la voz, en un pasillo, delante de quien pasara.
Sophie la abrazó. Fue lo único de aquel día que Inés recordaría con alegría.
* * *
Daniel se sentó en el sofá. Cerró los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo, en mucho, mucho tiempo, sintió, sin que pudiera explicarse del todo por qué, que algo le subía despacio desde el pecho hasta el cuello: un sentimiento que tardó en reconocer porque hacía años que no lo tenía.
Y se dio cuenta, con calma, de que ese sentimiento era miedo.
Miedo limpio. Sin medicar por el Mjölnvirr. Sin atenuar por nada. Miedo verdadero de un hombre de cuarenta y siete años que va a ver a su hija después de cinco años sabiendo que probablemente la vea por última vez.
Le pareció, durante unos segundos, que aquel miedo era una cosa buena. Que el miedo que había vuelto significaba que algo en él, después de tantos años, había vuelto.
Cogió la bolsa con la libreta azul. Se puso el abrigo. Salió a la estación.