20 — El balcón #3
Después del entierro, en la casa de Mercedes, comieron jamón y queso y aceitunas y tomaron café. Daniel apenas habló. Mercedes lo miraba cada cierto rato.
A las tres de la tarde, Daniel se despidió.
Volvió al hotel. Subió a la habitación trescientos dos.
Marcó el número de Köhler desde el móvil cifrado y le pidió cuarenta minutos en la calle Pureza antes del aeropuerto: el piso familiar.
Köhler tardó cinco segundos en contestar que prefería que no, pero que si insistía lo organizaría bien; que le diera hora y media para montarlo, barrido completo, y que cuando llegara estuviera todo en su sitio.
Daniel le dio las gracias y colgó. Bajó.
Recogió su bolsa con las fotos, la libreta granate, el libro de Galdós, una bufanda de lana de su madre que había guardado a última hora. Pilar le acompañó hasta el coche.
—Doctor. Su madre lo quería muchísimo.
—Lo sé, Pilar. Gracias por todo.
Cuando el coche arrancó, el conductor del BKA confirmó por radio que el cordón estaba montado en Pureza, el piso barrido, dos agentes en la escalera, uno en el portal y vehículos cubriendo las dos bocacalles.
Cuarenta minutos. Daniel asintió. El coche cruzó el puente de Triana sobre el Guadalquivir con el sol ya bajo sobre el agua.
El piso de Triana estaba en la calle Pureza, encima del bar donde Wolfgang Ahren bajaba a tomarse una caña los veranos de los años noventa.
Tres plantas. Sin ascensor. En el portal, un agente del BKA con auriculares le hizo un gesto leve con la cabeza al verlo entrar.
Otro estaba apoyado en el rellano del segundo.
Daniel subió las escaleras con la bolsa colgando del hombro.
La llave de la puerta se la había dado Mercedes esa misma tarde: era una llave grande, antigua, de las que ya nadie hace. Entró solo. Cerró la puerta detrás.
El piso olía a cerrado. Mercedes lo aireaba una vez al mes y le quitaba el polvo, pero se notaba igual: olor a persiana bajada, a madera, a casa que nadie usa. Daniel abrió las contraventanas del salón. La luz dorada de la tarde entró despacio.
El balcón estaba al fondo del salón, dando a la calle.
Una barandilla de hierro forjado, dos macetas con geranios secos que llevaban años sin nadie que los regara, un banco de madera viejo donde Wolfgang Ahren había leído las tardes enteras de las vacaciones durante quince años, hasta que ya no pudo.
Daniel se asomó. La barandilla estaba descascarillada. El hierro se veía oxidado en algunas zonas. La pintura saltada formaba escamas pequeñas que se desprendían al rozarlas.
Se agachó junto al banco. Debajo, en el suelo, había una lata pequeña de pintura blanca para exterior, una brocha envuelta en un trapo, un papel de lija, una cinta de pintor. La lata tenía polvo encima de la tapa: llevaba allí cuatro años y medio, esperando.
Daniel la abrió con la punta de la llave. La pintura seguía en buen estado. Olía a pintura nueva.
Se quitó la chaqueta del traje. Se subió las mangas de la camisa.
Lijó la barandilla durante veinte minutos, despacio, igual que su padre le había enseñado a hacer las cosas pequeñas: despacio, y hasta el final.
Quitó el polvo con un trapo. Pegó la cinta de pintor.
Removió la pintura con un palillo que encontró en un cajón de la cocina. Empezó a pintar.
Pintó la barandilla entera. Después los dos balaustres laterales. Trabajó sin parar, sin pensar, sin escuchar nada. Nadie subió a buscarlo.
Estaba empezando la moldura inferior cuando sonó el interfono. La voz del conductor, breve: era la hora.
Daniel se enderezó. Le dolía la zona baja de la espalda. Le había caído pintura blanca en el puño de la camisa derecha.
Miró la barandilla. Brillaba blanca contra la luz última de la tarde sevillana.
Faltaba la moldura de abajo, y faltaba el remate de la esquina derecha, donde el hierro estaba más comido.
Su madre habría pasado la mano por encima, sin tocar del todo, y habría dicho algo práctico —ha quedado bien, hijo— sin más adjetivos.
Su padre no habría dicho nada. Habría asentido una vez con la cabeza y habría vuelto a su sillón.
Daniel se quedó allí un momento sin moverse.
Después entró. Se lavó las manos en el fregadero de la cocina.
Limpió la brocha con agua. Cerró la lata y la dejó otra vez debajo del banco, con la brocha envuelta en el trapo y el papel de lija encima.
Pensó que la próxima vez tendría que traer una lata nueva, porque esa ya no serviría.
Pensó que lo terminaría cuando pudiera volver, y que a lo mejor podía traer a Inés, y enseñarle a lijar despacio como se lo había enseñado su padre a él, en aquel mismo balcón, cuando tenía la edad que ella tenía ahora.
Cerró las contraventanas. Bajó las escaleras con la bolsa al hombro.
El coche del BKA seguía esperando abajo. Daniel se sentó atrás sin decir nada. El conductor asintió y arrancó hacia el aeropuerto.
* * *
Era jueves veintiséis de septiembre. Tenía veinticuatro horas para llegar a Hamburgo.