Heredarán el silencio 20 — El balcón #2
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20 — El balcón #2

Daniel dejó la libreta abierta sobre las rodillas. Pensó en una cosa.

Se levantó. Fue al costurero de cuero marrón que su madre llevaba siempre con ella desde los años ochenta, el que viajaba con ella a Sevilla, a Sanxenxo, a Heidelberg, a donde fuera, porque dentro guardaba lo pequeño que importaba: el pasaporte, el carnet, las llaves, la foto de Inés a los cinco años.

Lo abrió. Lo vació entero sobre la cama.

Pasó las cosas una a una. Estaban todas.

Menos una. Una pequeña tarjeta de plástico del tamaño de una tarjeta de crédito que él le había mandado por correo ordinario a Heidelberg en febrero, con la instrucción de que la llevara siempre con ella.

Su madre lo había hecho. Su madre las cosas serias no las olvidaba.

Daniel cerró la libreta. La guardó en la bolsa, con las fotos y el libro de Galdós.

Bajó a la recepción.

*  *  *

—Pilar. Disculpe.

—Doctor Ahren. ¿Está usted bien?

—Pilar, ¿quién ha venido a visitar a mi madre durante los últimos diez días?

Pilar pensó.

—La señora Mercedes vino el viernes a tomar el café.

El padre Antonio el martes pasado a verla un rato.

El médico vino el sábado a hacerle la revisión, el doctor Galván, lleva años atendiéndola.

Y —se interrumpió un momento— vino un hombre el jueves de la semana pasada.

Yo no lo conocía. Era una persona nueva.

—¿Puede describírmelo?

—Pues. Un hombre de unos cuarenta y tantos, alto, español, traje gris. Educado, muy formal. Me preguntó por su madre en recepción, le dije que estaba en su habitación, llamé al teléfono, su madre me dijo que lo subieran. Estuvo arriba unos cuarenta minutos. Cuando bajó me saludó al pasar y se fue.

—¿Llevaba algo? Alguna marca o algo característico.

Pilar lo pensó.

—Pues mire, sí. Llevaba una pulsera. Era una cosa rara, porque iba con traje y la pulsera era de cuero negro, gruesa, como de motorista.

Tenía un círculo de metal incrustado, así pequeño, en el medio.

Me llamó la atención porque no le pegaba con el traje.

Me acuerdo que pensé que era moderna, igual que las que se ponen los hombres ahora.

Daniel notó que la habitación se quedaba muy quieta.

—Pilar. ¿Mi madre le mencionó alguna vez algo sobre un coche aparcado en la esquina de la calle Betis?

—¿Un coche, doctor?

—Un coche gris.

Pilar pensó.

—Sí, sí. Hace una semana, igual diez días. Me lo dijo de paso, una mañana mientras yo le subía el desayuno. Me dijo: Pilar, ¿usted ha visto un coche gris aparcado en la esquina de Betis? Lleva ahí tres días. Yo le dije que no me había fijado. No le di importancia.

—¿Cuándo, exactamente?

—Pues debió de ser. Sería viernes o sábado de la semana pasada. Sí. Viernes. Porque ese día me tocaba a mí el desayuno.

—El hombre del traje vino el jueves anterior.

—Sí, doctor.

Daniel asintió despacio.

—Pilar, una cosa más. ¿Mi madre, al día siguiente o los días siguientes, se encontró peor?

Pilar lo miró a los ojos.

—Sí, doctor. A partir del viernes por la tarde me dijo varias veces que no se encontraba bien.

Cansada, sin aire. El sábado por la mañana llamamos al doctor Galván.

Le dijo que tenía la tensión alta y que descansara.

Estuvo el fin de semana floja, sin salir apenas de la habitación.

El domingo me pidió que le subiera la comida arriba, que no se veía con fuerzas de bajar.

Y el lunes por la mañana, cuando le subí el desayuno, me la encontré en el sillón.

—El lunes.

—Sí.

Daniel no contestó. Pilar lo miraba con preocupación.

—Doctor. ¿Pasa algo?

—No, Pilar. Gracias. Voy a subir un rato. Si llama Mercedes, dígale que estoy arriba.

—Por supuesto.

Daniel subió a la habitación trescientos dos. Cerró la puerta. Se sentó en el sillón orejero.

Sacó la libreta granate de su madre de la bolsa. La abrió en la última página.

Coche gris esquina Betis. Tres días.

La cerró.

Sacó el móvil cifrado. Marcó el número de Köhler.

—Doctor Ahren. ¿Está usted bien? ¿Ha llegado?

—Köhler. No fue su corazón. Fueron ellos.

Hubo una pausa breve.

—¿Está usted seguro?

—Mi madre anotó en su libreta de cocina que llevaba tres días un coche gris aparcado en la esquina de su calle.

La encargada de este hotel me ha dicho hace un rato que el jueves de la semana pasada preguntó por ella un hombre que llevaba una pulsera negra de cuero con un círculo metálico.

Al día siguiente mi madre se encontró mal.

Murió tres días después. Era una mujer mayor con el corazón débil, con todas las facilidades para que la mataran sin ruido.

Y en el costurero falta la tarjeta Whatman que yo le mandé en febrero del veintiséis, el día que salí huyendo de Heidelberg.

Le hicieron algo, Köhler. No sé qué. Le hicieron algo.

—Doctor, escúcheme bien. Voy a movilizar inmediatamente a un equipo forense español. Vamos a hacer una autopsia exhaustiva. Vamos a pedir las cámaras del hotel y las de la esquina de Betis durante esos diez días. Esto no se queda así.

—Köhler. No va a haber huellas. Lo que sea que le hicieron va a parecer un infarto natural. Lo van a hacer parecer mi paranoia.

—Probablemente sí. Pero lo intentamos.

Daniel se quedó callado unos segundos. Había una cosa que llevaba media hora asomándose y que hasta ese momento no había dejado entrar del todo.

—Köhler. Hay otra cosa. Y es peor.

—Dígame.

—No la mataron solo para sacarme a mí de Berlín. Mi madre llevaba la variante. La misma que llevo yo. La misma que lleva mi hija. Para ellos mi madre no era la madre del paciente cero. Era una portadora.

Köhler no contestó.

—Se llevaron un papel, Köhler. Un trozo de papel de filtro dentro de una funda de plástico. Lo que temen de verdad no estaba en el costurero. Estaba en ella. Y sigue estando en mí. Y en Inés.

Hubo un silencio largo.

—Doctor. ¿Me está diciendo que su hija es un objetivo por sí misma? ¿No por ser hija suya?

—Le estoy diciendo que siempre lo ha sido. Y que he tardado cinco años en entenderlo.

—Köhler. Otra cosa. Voy a salir mañana después del entierro. Voy a Hamburgo. Voy a ver a Inés.

—Doctor Ahren. No. Por favor. Esto es exactamente lo que ellos quieren. Esto es exactamente lo que estaban esperando que usted hiciera. Le mataron a su madre para sacarlo a usted de Berlín y conseguir que cometiera un error.

—Lo sé.

—Entonces no lo cometa.

—Köhler. Llevo cinco años sin ver a mi hija en persona.

Mi madre acaba de morir. Estoy a diez minutos del barrio donde nació mi madre.

Si Vita Nova me mata mañana o pasado o el mes que viene, va a pasar igualmente.

Pero yo no me voy a Berlín sin haberla visto a ella.

Lo decidí cuando me senté en este sillón.

—Doctor.

—Köhler. Te lo digo por respeto, porque has sido bueno conmigo durante cuatro años y medio. Pero ya está decidido. Llama a Bärbel Bühler. Cuéntale lo de mi madre. Dile que quiero ver a Inés el viernes en Hamburgo. Dile que organice ella el sitio. Dile que voy yo solo.

Hubo un silencio largo.

—Doctor. Yo soy un funcionario alemán y mi obligación es protegerle. Si usted toma esta decisión contra mi consejo formal, voy a pedirle por escrito una reafirmación de la exención de responsabilidad. Y voy a movilizar protección máxima en Hamburgo, lo quiera usted o no.

—De acuerdo.

—Doctor.

—Sí.

—Siento mucho lo de su madre.

—Gracias, Köhler.

Daniel colgó.

Llamó a Houda. Houda contestó al segundo tono.

—Daniel.

—Houda. Te llamo porque me lo pediste. Te llamo antes de salir.

—¿Qué ha pasado?

—Mi madre murió esta mañana. Aparentemente del corazón. No fue del corazón. Fue Vita Nova.

Hubo un silencio.

—Daniel. Cuéntame.

Le contó la libreta granate. El coche gris. La pulsera de cuero negro. El malestar súbito, el deterioro, la muerte. Houda escuchó sin interrumpir.

Cuando Daniel terminó, Houda dijo, con la voz cambiada:

—Daniel. Ya sabes lo que te voy a decir.

—Lo sé.

—No vayas a Hamburgo.

—Voy a ir, Houda. Lo siento. Voy a ir.

—Esto es exactamente lo que te dije en Berlín en julio del veintiocho. Te lo dije aquella noche en el balcón. Si alguna vez sientes el impulso de salir de Berlín, llámame antes.

—Por eso te llamo, Houda. Te estoy llamando antes.

—Daniel. No vayas.

—Llevo cinco años sin verla, Houda.

—Lo sé.

—Mi madre murió porque yo descubrí algo.

Y ahora yo no voy a verla en persona porque no quiero que a Inés le pase lo mismo.

Eso es lo que llevo cinco años haciendo.

Pero hoy he comprendido una cosa. Yo no voy a estar siempre vivo.

Y si me matan mañana o el mes que viene o el año que viene, voy a haberme muerto sin haber visto a mi hija en persona desde los once años.

Y eso no se lo puedo hacer ni a ella ni a mí.

—Daniel.

—Es una vez, Houda. Un viernes. Voy a Hamburgo, la veo media hora, y vuelvo a Berlín. Es una sola vez.

—Una sola vez es suficiente. Lo sabes.

—Sí.

Silencio largo.

—Daniel. ¿Quieres que vaya yo a Hamburgo?

—No, Houda. Quédate en Tánger. Es mejor.

—Daniel.

—Dime.

—Ten mucho cuidado.

—Lo intento.

Daniel colgó.

*  *  *

El entierro fue el jueves 26 de septiembre a las once de la mañana en el cementerio de San Fernando, en la zona vieja, donde estaban los Pérez Vega desde principios del siglo veinte.

Mercedes la prima organizó todo. Vinieron unos treinta familiares lejanos, vecinos, dos viejos amigos sevillanos de Carmen Ahren.

El padre Antonio, párroco del barrio, ofició una misa breve.

Daniel estuvo de pie junto a la tumba con un traje oscuro que le habían traído del hotel, las manos cruzadas delante, los ojos secos.

Cuando bajaron el ataúd, Mercedes le cogió del brazo.

Por el otro lado hizo lo mismo un primo lejano de la calle Betis, al que conocía desde los seis años y no veía desde el dos mil cuatro.

Daniel lloró entonces, en silencio. No mucho.