Heredarán el silencio 20 — El balcón
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20 — El balcón

El balcón

Fue Mercedes la prima quien llamó. Mercedes era prima segunda de Carmen Ahren por la rama de los Pérez Vega de Triana, llevaba viviendo treinta años en el mismo piso de la calle Pureza y era, desde la muerte de Wolfgang, la persona que cuidaba a la madre de Daniel cuando este no podía.

Tenía sesenta y siete años y una voz de fumadora que Daniel reconoció antes de que dijera su nombre.

—Daniel, hijo. Soy Mercedes. Es tu madre. Lo siento mucho.

Daniel se quedó de pie en la cocina con la cafetera en la mano y el agua todavía hirviendo.

Notó —de un modo que no era exactamente sorpresa, porque su madre llevaba cuatro años con el corazón cansado— que la frase de Mercedes no necesitaba complemento.

Lo siento mucho era todo lo que tenía que decir y Daniel lo entendía de cuerpo entero.

—¿Cuándo, Mercedes?

—Esta mañana. Sobre las diez. La encontró Pilar, la del hotel, cuando subió a llevarle el desayuno. Estaba sentada en el sillón de su cuarto, vestida ya, con un libro abierto en las rodillas. El médico dice que no debió de durar más de unos segundos. El corazón.

Daniel apagó el fuego de la cafetera. Apoyó las dos manos en la encimera y respiró tres veces.

—Mercedes. Voy a Sevilla.

—Hijo, espera. Sé que tienes un protocolo. Yo me ocupo de todo aquí. El entierro será el jueves, si te parece. Hay tiempo.

—El jueves. Pero voy.

—Daniel.

—Voy, Mercedes.

Hubo un silencio breve.

—Te quería mucho, hijo. Lo último que me dijo ayer por teléfono fue que andaba un poco cansada, pero que tenía ganas de ver el otoño en el patio.

—Gracias.

Cuando colgó, Daniel se quedó quieto un minuto en la cocina.

Después se sentó en la silla, las manos sobre las rodillas, y lloró.

Lloró sin hacer ruido, con los ojos abiertos, mirando un punto cualquiera del suelo.

No fue un llanto largo. Cuando terminó, se levantó, se lavó la cara y cogió el móvil.

Llamó a Köhler.

*  *  *

Köhler tardó cuarenta minutos en llegar al piso. Vino con Hanna Reiter. Se sentaron los tres en el salón. Daniel les sirvió té de menta. La cocina aún olía al café que no había llegado a hacerse.

—Doctor Ahren. Mis condolencias.

—Gracias. Voy al entierro, Köhler. Quería decírtelo en persona.

Köhler miró a Reiter. Reiter miró a Daniel.

—Doctor —dijo Reiter—. Antes de decidir, déjenos exponer el contexto.

Salir de Berlín en este momento no es solo ruptura del protocolo: es un riesgo cuantificable.

Los analistas estiman que su exposición se multiplica por seis si viaja en avión comercial.

Por nueve si va al sur peninsular. Por once si la noticia se filtra antes de su llegada.

—Va a filtrarse. Mi madre tenía un primo en la calle Betis que lo lleva contando desde las once.

—Lo sabemos. Tres menciones detectadas ya en redes.

Daniel los miró a los dos. Era una conversación que habían tenido antes, en otras versiones —en abril por una conferencia, en junio por una invitación a Salzburgo—. Siempre acababa igual. Köhler explicaba el coste. Reiter cuantificaba el riesgo. Daniel aceptaba quedarse.

Esta vez no.

—Köhler. Os lo voy a decir despacio. Mi madre murió esta mañana.

Vivía sola en un hotel de Sevilla porque su piso de Heidelberg lo cerramos por seguridad cuando yo me vine aquí.

Podía haberse ido a la casa de Triana, con su prima.

No quiso: dijo que era la única dirección de la familia que cualquiera sabría encontrar, y que bastante tenía yo.

Nadie se lo explicó. Lo pensó ella sola.

Llevaba cuatro años en aquel hotel, cuidando un patio que no era suyo.

Y la enterramos el jueves. Yo voy a estar en el cementerio de San Fernando el jueves a las once.

Si tenéis que cubrirme, cubridme. Si no podéis, dejadme ir solo. Pero voy.

Köhler no contestó enseguida. Bebió el té. Después dijo, en voz baja:

—Va a ir. Lo voy a organizar. Quiero que firme un documento de exención de responsabilidad del estado alemán, por si pasa algo.

—Firmo lo que sea.

Reiter abrió la carpeta, sacó un papel. Daniel firmó sin leerlo.

—Vuelo privado salida pasado mañana a las siete del aeropuerto de Brandeburgo.

Sevilla a las diez. Dos vehículos en aeropuerto.

Hotel Doña María, ya hemos hablado con la dirección, conocen las circunstancias.

Entierro el jueves a las once, regreso jueves por la tarde.

Cinco hombres del BKA en escolta discreta. Otro equipo nuestro, lejano.

—De acuerdo.

Köhler asintió.

—Doctor Ahren. Una cosa más. Yo conocí a su madre brevemente, en marzo del veintiséis cuando preparábamos su instalación aquí.

Le hablé por teléfono media hora. Quería que entendiera lo que íbamos a pedirle a su hijo.

La encontré una mujer inteligente y razonable, y muy preocupada por usted. Lo siento de verdad.

—Gracias, Köhler.

Cuando se fueron, Daniel se quedó solo en el salón.

La taza de Köhler todavía humeaba. Por la ventana del balcón se veían los tres árboles del patio interior con las primeras hojas amarillas del otoño berlinés.

Daniel pensó —no era la primera vez, pero aquel día fue distinto— que su madre llevaba cuatro años echando de menos el otoño en su balcón de Heidelberg, y que el otoño de Sevilla que tanto le gustaba lo había visto solo a medias.

Llamó a Inés. Pantalla y voz. La llamada duró seis minutos.

—Hija. La abuela ha muerto esta mañana en Sevilla.

Inés no lloró delante de él. Estuvo callada un rato.

—¿Vas a ir al entierro?

—Sí. Mañana.

—Vale. Yo no puedo ir, ¿verdad?

—No, hija. Mamá te lo va a explicar. Tú vas a ir más adelante, cuando se pueda, a visitar la tumba con tu madre. Pero al entierro no.

—Vale, papá.

—Te quería mucho, Inés. Y ella sabía que tú la querías mucho a ella.

—Lo sé.

*  *  *

El miércoles 25 de septiembre Daniel voló a Sevilla.

El vuelo privado fue corto, tres horas escasas.

El paisaje desde la ventanilla cambió de los grises berlineses a los amarillos castellanos a los marrones andaluces.

Daniel no leyó, no durmió, no escribió. Miró por la ventanilla durante todo el trayecto.

En Sevilla había treinta y dos grados a mediodía.

El calor seco de un septiembre tardío. Lo recogieron en la pista dos vehículos del BKA con conductores españoles que hablaban alemán.

Lo llevaron directamente al Hotel Doña María, junto a la Catedral, donde Carmen Ahren había vivido los últimos cuatro años.

La encargada del hotel, una mujer de unos cincuenta y cinco años, lo esperaba en la recepción. Se llamaba Pilar.

—Doctor Ahren. Mi más sentido pésame. Su madre era una persona excepcional. La vamos a echar mucho de menos.

—Gracias, Pilar.

—La habitación de su madre la hemos dejado como ella la tenía. Pensamos que querría usted entrar y ver sus cosas tranquilo, antes del entierro. La hemos cerrado con llave. Si me acompaña.

Subieron en el ascensor a la tercera planta. Pilar abrió la habitación trescientos dos. Le dejó la llave en la mano a Daniel.

—Cuando termine, baje a recepción y avíseme. Me voy a quedar aquí por si necesita cualquier cosa. Mercedes la prima viene mañana por la mañana.

—Gracias, Pilar.

Pilar se fue. Daniel entró en la habitación y cerró la puerta detrás de él.

*  *  *

La habitación olía a su madre. A la colonia Heno de Pravia que usaba desde los años setenta.

A los caramelos de violetas que tenía siempre en un platito sobre la mesilla.

Al jabón de Carmen Ahren —el de las pastillas blancas envueltas en papel de seda que compraba en El Corte Inglés cada vez que iba—.

Era una habitación de hotel, pero con cuatro años de vida encima.

La cama hecha. Sobre la cómoda, marcos de fotos: Daniel a los seis años en Heidelberg, Daniel con Wolfgang en una excursión a la Selva Negra de los noventa, Inés a los cuatro años con un sombrero rojo, las tres juntas —Carmen, Bärbel Bühler e Inés— en Sevilla en el dos mil veinte.

Sobre la mesilla, un ejemplar de Fortunata y Jacinta con un marcapáginas hacia el final.

En el armario, ropa pulcra. En el cuarto de baño, un cepillo, una pasta, el frasco de Heno de Pravia medio lleno.

Daniel se sentó en el sillón orejero donde Pilar había encontrado a su madre el lunes. Era un sillón viejo, de muelles cansados. Estuvo allí veinte minutos sin hacer nada. Sin pensar nada. Solo respirando.

Después se levantó. Empezó a recoger cosas, despacio. Sacó la ropa del armario, la dobló sobre la cama. Sacó las fotos de la cómoda, las metió en una bolsa pequeña. Cogió el libro de Galdós y lo metió en la bolsa también.

En el cajón superior de la mesilla había una libreta.

Daniel la cogió. Era una libreta granate pequeña, de tapas de hule, de las que Carmen Ahren usaba para anotar recetas y listas de la compra durante toda su vida.

Tenía el lomo gastado. Daniel la abrió. Las primeras páginas, recetas.

Caldo de pollo con apio. Tres cucharadas de aceite.

Sal al final. Solo el caldo cura. Hojas amarillentas, letra firme de los años ochenta.

Fue avanzando. Recetas, listas, números de teléfono.

La letra envejeció a medida que Daniel pasaba las páginas.

Las últimas, escritas con pulso más tembloroso.

Una receta de bizcocho de Mercedes. Una lista de la compra del veinte de septiembre, tres días antes de morir. Pan, lentejas, jabón, postales.

En la última página escrita, sin fecha:

Coche gris esquina Betis. Tres días.

Daniel se quedó mirando esa frase mucho tiempo.

La letra era la de su madre, sin duda. Pulso temblón pero claro.

Estaba escrita con bolígrafo azul, como todo lo demás de las últimas páginas.

Era una frase corta, de seis palabras, anotada como si fuera una entrada más entre las recetas y las listas.

Su madre la había escrito sin alarmismo, sin subrayar, sin signo de exclamación.

Solo lo había anotado, como anotaba todo.

Coche gris esquina Betis. Tres días.