19 — Bernhard
Bernhard
—Köhler. ¿Puedo verlo?
Hubo un silencio.
—¿Para qué, doctor?
—Para hacerle una pregunta.
—¿Sabe usted lo que va a preguntarle?
—Sí.
Köhler le organizó la visita. Tres semanas de papeleo. La fiscal del caso —una mujer llamada Berthold— se opuso al principio, después aceptó con condiciones: visita única, una hora como máximo, sin grabación, presencia de un funcionario judicial. Daniel firmó las condiciones.
* * *
La sala de visitas de Moabit era pequeña, blanca, con una mesa metálica y dos sillas.
Klein entró con un mono gris y las manos esposadas.
Había envejecido cinco años en tres: el pelo casi blanco, las gafas con una graduación más fuerte, una barba descuidada que no le pegaba. Se sentó frente a Daniel sin saludar.
—Doctor Ahren. No esperaba verlo.
—Tengo una pregunta para usted.
—Pues hágala.
Daniel miró al funcionario judicial, que estaba sentado en una esquina con una libreta. El hombre no levantó la vista.
—Klein. Vita Nova. Han nombrado a mi hija.
—Lo sé.
—¿Son de los suyos?
Klein soltó una pequeña risa amarga.
—No, doctor. No son de los míos. Los Custodios hemos terminado. La operación que dirigí terminó el 6 de marzo de 2026 a las cuatro y dieciocho de la madrugada cuando ustedes publicaron el informe. Lo que vino después no es nuestro.
—Pero los Custodios y Vita Nova comparten el objetivo de impedir que esto siga adelante.
—Compartimos el diagnóstico. No los métodos.
Nosotros sabíamos lo que iba a pasar el día que la humanidad supiera todo esto, doctor.
Lo veníamos viendo durante cuarenta años en cada análisis que hacíamos: que el mundo no estaba preparado para encajar la idea de que su evolución había sido dirigida desde fuera, que la noticia iba a despertar exactamente lo que el Mjölnvirr venía a podar, y que iba a despertarlo amplificado, con armas y con dinero.
Vita Nova es eso. Vita Nova es lo que llevamos cuarenta años intentando evitar.
Por eso lo escondíamos. Nos equivocamos en el cómo.
No nos equivocamos en lo que iba a pasar.
—Klein. Mi hija tiene catorce años. Vive en Hamburgo con su madre. ¿Va a pasarle algo?
Klein lo miró durante unos largos segundos. Después bajó la voz:
—Doctor. Le voy a decir lo que pienso, porque no me debe nada y porque a mí ya me da igual lo que piense usted de mí.
Vita Nova no negocia. No es un grupo, es una idea.
Y las ideas no se detienen con cárceles.
Mientras usted esté vivo, su hija va a estar en peligro.
Mientras el descubrimiento esté vivo en la mente de la gente —y va a estarlo durante décadas—, su hija va a estar en peligro.
La protección del estado alemán puede reducir esa probabilidad, pero no eliminarla.
—¿Y si yo me suicidara?
Klein parpadeó. Era la primera vez que Daniel le sorprendía.
—Doctor. No es una solución. La amenaza no se desactiva con su muerte: la idea ya está en el mundo.
Y además sería un regalo. Quieren que el paciente cero desaparezca, sí, pero lo que más quieren es que desaparezca la voz que sostiene el descubrimiento.
Usted muerto es media victoria y ningún riesgo para ellos.
Quédese vivo, doctor. Es lo único que sabotea su plan.
—¿Por qué me dice esto?
—Porque ya no soy nadie. Porque me caen veinte años. Porque me da igual. Y porque yo perdí a mi padre cuando tenía doce años, doctor. En el ochenta y dos. Llevo cuarenta y siete años echándolo de menos y voy a llevar otros tantos. Su hija no se merece eso.
Daniel se quedó callado. Klein le sostuvo la mirada con tranquilidad.
—¿Algo más, doctor?
—No, Klein. Gracias.
—No me las dé. Nos volveremos a ver en mi juicio, doctor. Habrá cosas en las que mi versión no coincidirá con la suya. No por mentir: por exactitud.
—Lo sé.
Klein se levantó. El funcionario judicial llamó al guardia. Klein salió de la sala sin volverse. Daniel se quedó sentado.
* * *
Salió de Moabit a las dos menos cuarto de la tarde. Hacía un día de finales de febrero con sol pálido. Daniel rechazó el coche del BKA que lo había llevado a la prisión y le dijo al conductor que lo recogiera más tarde en el piso. Sabía que era una imprudencia. No le importó. Necesitaba caminar.
Cruzó el puente sobre el Spree. El río iba bajo, gris, con placas de hielo arrastrándose hacia el este.
Daniel se metió por el barrio de Mitte. Cruzó la Friedrichstrasse llena de turistas.
Cruzó la antigua frontera. Llegó a la Bebelplatz, donde hacía casi un siglo habían quemado los libros y donde ahora había un memorial pequeño bajo el suelo de cristal —un cuarto vacío con estanterías vacías—.
Daniel se detuvo encima del cristal. Miró las estanterías vacías. Estuvo allí cinco minutos.
Lo que Klein le había dicho era a la vez aliviador y devastador.
Aliviador porque la muerte propia no resolvía nada: lo había pensado más veces de las que admitiría, sobre todo durante los primeros meses de Berlín.
Devastador porque significaba que la amenaza contra Inés iba a ser permanente.
No durante meses ni durante años, sino durante décadas.
Y eso iba a tener consecuencias en su hija que Daniel no había aceptado del todo hasta esa tarde.
Se metió en una cafetería pequeña detrás de la Universidad Humboldt.
Pidió un café y un trozo de tarta de manzana.
Comió despacio. Pensó en una cosa que su madre Carmen Ahren le había dicho una vez, años atrás, cuando él se había enfadado con la vida después de que Bärbel Bühler le pidiera el divorcio: Hijo, hay cosas que no se arreglan.
Y entonces te toca aprender a vivir con ellas.
No se llama resignación. Se llama madurez.
Y la madurez no quita la pena. Solo te enseña a llevarla.
En la pared del fondo de la cafetería, una pantalla muda emitía el canal de noticias en bucle.
Pasó, entre otros titulares, una imagen de la sonda Cassini-II que Daniel reconoció de inmediato: la misma fotografía de archivo que había visto en la televisión de su cocina de Heidelberg tres años antes, el lunes de febrero en que todo empezó.
El cintillo de debajo decía que la ESA acababa de confirmar el inicio de la fase de regreso de la sonda tras el éxito de la maniobra de salida de la órbita saturniana.
Las cápsulas de Encélado llegarían a la Tierra en la primavera de dos mil treinta y dos.
Catorce años de planificación entrando en la recta final.
Daniel apartó la vista del televisor. Pensó, sin decírselo a nadie, que durante los diez años en que la ESA había buscado vida con precisión obsesiva en una luna saturniana, la respuesta había llegado por dentro de un trozo de hielo antártico recogido por azar en una campaña glaciológica de tres semanas. La ciencia funcionaba así.
Daniel comprendió, esa tarde, que estaba aceptando vivir con la amenaza permanente sobre su hija.
Y comprendió también que esa aceptación —que su madre habría reconocido inmediatamente— era, paradójicamente, la única forma de seguir siendo un padre útil para Inés.
Si moría se la regalaba a Vita Nova. Si vivía hasta donde se pudiera vivir, la sostenía.
Pagó el café. Caminó hasta el piso de Prenzlauer Berg. Cuando llegó, había anochecido. No abrió la libreta azul esa noche. No escribió nada. Hizo la cena, escuchó la radio, se acostó pronto. Durmió siete horas seguidas, sin sueños.
* * *
Al día siguiente por la mañana, Köhler subió al piso sin avisar y le dejó sobre la mesa de la cocina una carpeta marrón.
Dentro había seis fotografías. Dos hombres con pulseras de cuero negro siguiendo a Daniel desde la Bebelplatz hasta la cafetería detrás de la Humboldt.
Otro hombre esperándolo, sentado en una mesa al fondo, durante los cuarenta minutos que Daniel estuvo dentro.
La pulsera del hombre tenía un círculo metálico ligeramente distinto a los otros dos: marcado por el centro con una muesca, como una luna creciente.
Köhler no dijo nada. No regañó. No amenazó.
Solo cerró la carpeta y se sentó frente a Daniel.
—Doctor. La próxima vez avíseme. Y si va a hacerlo de todos modos, dígamelo con tiempo. No para impedírselo. Para montar un operativo antes de que entre, no reconstruirlo al día siguiente con unas fotos. Si me da tiempo, puedo protegerle.
Daniel asintió. Köhler se levantó. Dejó la carpeta sobre la mesa. Salió sin tomar café.