Heredarán el silencio 18 — La distancia #2
81%

18 — La distancia #2

Hablaron mucho. Sobre Hicham, que había envejecido bien y seguía dando números a la gente que los necesitaba.

Sobre la red de los Heliógrafos —que se había replegado considerablemente desde la publicación—.

Sobre Younes, que había salido tres meses después de la captura, había vuelto a Casablanca, había abandonado la virología y vendía cerámica artesanal en un puesto del mercado central.

Sobre Catarina, que seguía en Lisboa. Sobre el contacto de Oporto que había dejado de responder en febrero del veintiséis: nunca llegaron a saber qué había pasado con él, pero un primo suyo escribió a los Heliógrafos dos años después diciendo que la familia lo daba por muerto sin cuerpo y que preferían que nadie volviera a preguntar.

Hicham había anotado el caso y lo había cerrado.

Y sobre el cuerpo de Daniel.

—Los marcadores están estables —dijo Houda el cuarto día, después de procesar las muestras con el equipo que había traído—. Los mismos que cuando saliste de Tánger en marzo de 2026. La activación del Mjölnvirr endógeno se ha estabilizado en el mismo nivel que tenía hace dos años. No ha avanzado.

—¿Eso es bueno?

—No lo sé, Daniel. Significa que el virus llegó hasta un punto y se detuvo. No te está consumiendo. Pero tampoco se ha replegado. Está ahí, en ese nivel, esperando algo o ya no esperando nada. No tengo manera de saberlo.

—¿Lo notas tú? Lo que sea.

Daniel pensó. La pregunta no era fácil.

—Lo noto en cosas pequeñas. Duermo bien.

Demasiado bien. No tengo pesadillas, lo cual es raro porque mi vida sí las merecería.

No tengo apenas miedo, ni siquiera en momentos en los que debería tenerlo.

Y a veces percibo cosas que antes no percibía.

Conexiones entre conversaciones que oigo en la calle, patrones en una secuencia musical de la radio. No es nada útil. Solo lo noto.

—¿Te asusta?

—No. Y eso es justamente lo que me asusta. Que ya no me asusta.

Houda asintió.

—Daniel. Yo no soy religiosa, ya lo sabes.

Pero hay algo que mi abuela materna decía y que se me ha quedado: que la persona que ha dejado de tenerle miedo a su propia muerte ha cruzado un umbral del que no se vuelve.

Lo decía sobre los enfermos terminales. No estoy diciendo que tú seas eso.

Pero estoy diciendo que tu serenidad de los últimos años no es paz.

Es otra cosa. Y no sé cómo se llama todavía.

Daniel no respondió.

—Houda. ¿Cómo está Inés?

—Estable. Le sigo haciendo análisis cada año, como acordamos con Bärbel Bühler. Tiene la variante. Tu variante. Lo cual sabíamos. Pero no tiene aún ningún marcador de reactivación. Probablemente nunca lo tenga si no entra en contacto directo con material Vahn.

—¿Probablemente?

—No tengo certeza. Pero la probabilidad es muy baja.

—Bien.

*  *  *

La cuarta noche Houda y Daniel cenaron en el piso.

Daniel cocinó pasta. Comieron en la mesa pequeña de la cocina.

Después Houda le pidió permiso para fumar y Daniel le abrió el balcón.

Sabía lo que Köhler opinaba de aquel balcón.

Abrió igual. Salieron los dos. La noche berlinesa de julio era cálida.

—Daniel. Una cosa. Lo de la amenaza.

—Sí.

—Köhler me ha enseñado los informes de Vita Nova. Han crecido. Tienen células en Alemania, Francia, Bélgica, Italia, Reino Unido, Estados Unidos. Y desde el año pasado en España y en Portugal. Es una idea, más que una organización. Y las ideas se replican rápido.

—Lo sé.

—Daniel. Mientras la amenaza esté activa, no vas a poder ver a Inés. Tienes que prepararte para que esa amenaza dure años. Quizás muchos años. Quizás siempre.

—Ya me he preparado.

—No del todo, creo. Si tú aceptas no verla, es porque has decidido aceptar también lo que viene.

Que ella crezca sin ti físicamente. Que no estés en su graduación, ni cuando entre en la universidad, ni cuando tenga su primera pareja, ni en nada.

Solo por pantalla. Que ella te quiera de un modo en que tú nunca podrás devolver el contacto.

—Lo he aceptado, Houda. No es lo que quiero. Pero lo he aceptado.

Houda asintió. Apagó el cigarrillo en una taza vieja que había en el balcón.

—Hay otra cosa que tengo que decirte. Y prefiero decírtelo aquí y ahora.

—Dime.

—Si Vita Nova decide actuar contra ti, lo va a hacer cuando tú menos lo esperes.

No será un atentado planificado en Berlín.

Será aprovechar un momento en que tú estés en otro sitio, fuera de tu rutina, fuera del corredor de protección.

Lo que quiero pedirte es esto: si alguna vez sientes el impulso de salir de Berlín, sea por lo que sea, no salgas.

Avísame a mí primero. Llámame, aunque sean las tres de la mañana. Antes de hacerlo.

—Houda.

—Prométemelo, Daniel.

—Te lo prometo.

Houda se fue el sábado a primera hora. Daniel la acompañó al aeropuerto de Brandeburgo. El aeropuerto estaba lleno de gente que se iba de vacaciones. En la puerta de embarque ella le abrazó torpemente y le dijo, muy bajo: —No hagas locuras, Daniel.

El resto del verano Daniel lo pasó solo.

Inés y Bärbel Bühler volvieron de Mallorca a finales de mes.

Las videollamadas se reanudaron. Daniel notó que durante aquellas semanas de soledad había dormido todavía mejor que antes.

Eso era exactamente lo que Houda le había advertido.

Lo escribió en la libreta azul: «Julio 2028. Houda en Berlín. La promesa.»

Daniel se acordaría de aquella conversación más adelante.