Heredarán el silencio 18 — La distancia
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18 — La distancia

La distancia

La videollamada del sábado por la noche, en el cumpleaños, duró dos horas.

Fue la más larga que llegaron a tener nunca.

Inés enseñó la tarta —de chocolate con frambuesas, hecha por Bärbel Bühler—, las velas, los regalos.

Daniel la vio soplar las trece velas a la primera.

La vio cortar la tarta y repartir trozos a Bärbel Bühler, a la tía Marie que había venido desde Hannover y a Sophie, su amiga del colegio.

Inés llevaba un vestido azul oscuro con flores blancas.

Daniel pensó que su hija había crecido cinco centímetros desde el cumpleaños anterior, y que él lo había visto ocurrir a razón de un viernes por semana sin darse cuenta de que ocurría.

El libro que le había mandado era una edición ilustrada de El barón rampante de Italo Calvino. Inés lo había abierto antes de la cena. Le enseñó algunas páginas a Daniel a través de la cámara. La ilustración del barón subido a un árbol durante toda su vida le hizo reír.

—Me gusta —dijo Inés—. Es como tú.

—¿Por qué como yo?

—Porque tú también vives subido a una cosa de la que no puedes bajar.

Daniel notó que se le hacía un nudo en la garganta. No esperaba esa frase. La guardó.

En mitad de la conversación, mirándolo seriamente, Inés le contó que ya había decidido que quería estudiar biología cuando fuera mayor.

—¿Por qué biología?

—Porque quiero entender lo que descubriste. Pero también porque me gustan los pájaros.

—Dos buenas razones.

—Papá. ¿Cuándo nos vamos a ver?

Era la segunda vez en doce meses que se lo preguntaba directamente. La primera había sido en septiembre del año anterior. Daniel sabía que esta vez tenía que contestar mejor.

—Inés, te voy a decir lo que pasa. Hay gente que no está de acuerdo con lo que descubrí.

Mientras esa gente esté activa, los que me cuidan no quieren que tú y yo nos veamos en el mismo sitio.

Tienen miedo de que te pueda pasar algo a ti.

Yo también lo tengo. Por eso no nos vemos.

No es porque yo no quiera. Quiero, mucho.

Pero prefiero no verte en persona ahora a que te pase algo por mi culpa.

Inés se quedó callada un rato.

—¿Y cuándo se van a cansar?

—No lo sé, hija. Espero que pronto. Pero no te lo puedo prometer.

—Vale.

Hubo otro silencio.

—Papá. Yo prefiero no verte y que estés bien.

—Gracias, Inés.

—Pero también quiero verte.

—Yo también.

—Vale.

Cuando se cerró la pantalla, Daniel se quedó sentado frente al ordenador.

Pensó que las dos frases de Inés —prefiero no verte y que estés bien, pero también quiero verte— eran una de las cosas más limpias que su hija le había dicho nunca.

Y pensó también que él mismo, a los trece años, no habría sabido decir nada parecido.

*  *  *

En septiembre, Bärbel Bühler llamó por teléfono seguro al piso. No era una videollamada con Inés: era una llamada de Bärbel a Daniel, a solas. Era la primera en muchos meses.

—Daniel. Hay algo que tenemos que hablar tú y yo. Sin Inés.

—Dime.

—Inés está creciendo bien. El colegio bien.

Las notas bien. Las amigas bien. Pero hay una cosa que sí está mal.

Llora algunos domingos por la noche, cuando se acaba el fin de semana.

No llora delante de mí. Se mete en su cuarto, cierra la puerta, llora un cuarto de hora, sale, cena, va a dormir.

Lo sé porque la oigo. Lo lleva haciendo desde febrero.

—Bärbel.

—No te lo tomes a mal, Daniel. Pero deberías saberlo. Y tengo que pedirte algo.

—Pídeme lo que sea.

—No le prometas más visitas que no puedes cumplir. Cuando le dices pronto, hija, ella lo cuenta. Cuando lleva cinco pronto, hija sin un sí, deja de creer en pronto. Le estás haciendo más daño del que crees.

Daniel no contestó enseguida. Bärbel Bühler tenía razón.

—De acuerdo, Bärbel. Voy a hablar con Köhler. Si no hay perspectiva real de visita, dejo de decirle pronto.

—Gracias.

—Bärbel. Otra cosa. Yo no sé cómo llevar esto. Tú estás haciendo todo el trabajo.

—Lo sé.

—No sé cómo agradecértelo.

—No me lo agradezcas. Ocúpate de que Inés esté bien. Es lo único que te pido.

Colgó. Daniel se quedó con el auricular en la mano durante un rato. Después llamó a Köhler.

—Köhler. ¿Hay alguna perspectiva razonable de que pueda ver a Inés en persona durante los próximos seis meses?

Köhler tardó en contestar.

—Doctor. Si me pide una valoración honesta, no.

La situación no ha mejorado: ha empeorado.

Hubo un atentado fallido en Marsella hace dos semanas contra una colaboradora menor de Catarina.

Está convaleciente. Vita Nova ha publicado un comunicado con seis nombres nuevos.

El suyo y el de su hija están entre ellos.

—¿El de mi hija?

—Sí. Es la primera vez que la nombran explícitamente. Lo hemos sabido esta misma mañana. Iba a llamarle.

Daniel cerró los ojos.

—Köhler. Hay que reforzar la protección en Hamburgo.

—Ya se ha hecho. Bärbel Bühler está al tanto. Inés no lo sabe.

—Gracias.

Daniel colgó. Salió al balcón. Las hojas de los tres árboles del patio interior estaban ya amarillas. Tenía que decirle a Inés que iba a dejar de prometerle visitas, sin contarle por qué.

En la videollamada del viernes, dos días después, le dijo:

—Inés, una cosa. Le he prometido a tu madre que no te voy a decir más pronto sin saber cuándo es. Así que voy a dejar de decirte cuándo nos vamos a ver. Cuando se pueda, te lo digo. Mientras tanto, no preguntes, hija. Y yo no prometo.

Inés lo miró desde la pantalla.

—Vale, papá.

—¿Estás enfadada?

—No. Estoy triste. Pero no enfadada.

—Yo también.

Esa noche, Daniel escribió en la libreta azul: «Septiembre. Vita Nova ha nombrado a Inés. Le he dicho que no haya más promesas. Su madre tenía razón.»

*  *  *

El verano de 2028 fue el tercero sin visita, y el primero en que ya nadie la mencionó.

Bärbel Bühler e Inés se fueron a Mallorca dos semanas en julio.

Daniel se quedó en Berlín. Vio fotos por mensaje cifrado: Inés en una cala, Inés con un sombrero, Inés con un libro en una hamaca. No salió en ninguna foto Bärbel Bühler.

Pasó la primera semana de julio sin salir mucho.

Trabajaba en el piso desde la mesa de la cocina, en proyectos de revisión teórica que Köhler le había facilitado de un consorcio europeo de virología.

Era trabajo manso, casi anónimo: revisar el trabajo de otros.

Daniel descubrió, sin sorpresa, que se le daba bien.

Y descubrió también que no le interesaba demasiado.

El primer fin de semana lo pasó sin hablar con nadie.

Bärbel Bühler e Inés tenían mala cobertura en la cala mallorquina donde estaban; las videollamadas se cortaban.

El sábado por la noche Daniel se puso el abrigo a las nueve, cogió las llaves, y estuvo cinco minutos de pie en el recibidor con la mano en el picaporte.

Pensó que la Schönhauser Allee a esa hora de un sábado de julio estaba llena.

Pensó en la mujer que había dejado el sobre marrón en el portal dos veranos antes.

Pensó que su escolta tardaba diez minutos en reaccionar si pasaba algo en una terraza llena.

Devolvió las llaves al cuenco de la entrada.

Se quitó el abrigo. Cenó pan con queso en la cocina, de pie, mirando por la ventana.

Después salió al balcón. Berlín en julio era más liviana que en invierno: abajo, en el patio, había una pareja joven cenando en una mesa pequeña con dos velas.

En el patio del edificio de al lado se oía una fiesta lejana, voces de mujeres riéndose, alguien tocando una guitarra mal pero contento.

La mujer que solía colgar la ropa abajo, ese sábado, no estaba; tenía las ventanas oscuras.

Probablemente había salido como todo el mundo.

Daniel siguió en el balcón mucho rato. Pensó en Inés en su cala mallorquina con una linterna de cabeza leyendo un libro hasta tarde.

Pensó en Bärbel Bühler bajando a comprar pan en alpargatas, en una panadería pequeña de un pueblo que él no conocía, hablando con la panadera con esa cortesía operativa suya.

Pensó en su madre Carmen Ahren en Sevilla cenando con Mercedes en la cocina de Triana, con el ventilador encendido y la radio con el volumen bajo.

Tres mujeres a las que él quería y a las que no podía acercarse esa noche, ni ninguna otra, sin convertirlas en blanco.

Köhler le había pedido dos veces que no saliera al balcón de noche con la luz del salón encendida detrás. Daniel se acordó en algún momento, sin alarma, como quien recuerda una fecha. No entró. Se quedó donde estaba, mirando el patio, y no volvió a pensarlo.

Volvió al salón. Las paredes vacías. La mesa vacía. El sofá de tres plazas con un solo cojín hundido por el sitio donde se sentaba siempre él. Encendió la lámpara del salón. Sacó la libreta azul. Escribió media página a Inés.

El miércoles llegó un correo de Hicham Ouazzani desde Casablanca.

Hicham había encontrado un puesto técnico en la Universidad Hassan II y dirigía ahora un proyecto pequeño sobre virus respiratorios endémicos del Magreb.

El correo era largo, profesional, casi formal, pero tenía una posdata en árabe que Daniel no entendía.

La copió en un traductor. Decía: «Doctor Ahren, Houda va a Berlín la semana que viene.

Cuídela también usted. Ella me dijo que le cuidaba a usted, pero las cosas no se cuidan solas. Hicham».

Daniel se rió. Imprimió la posdata, la recortó, la metió entre las páginas de la libreta azul.

Houda Berrada llegó a Berlín la última semana de julio. Fue su primera visita desde el exilio. Tenía cincuenta y un años, una pequeña hebra de canas que no tenía en Tánger, y traía una bolsa con tres tubos vacíos para sacarle sangre y hacer análisis comparativos. Estuvo cinco días.