17 — El primer año #3
Daniel sonrió ligeramente. Esa sí era una pregunta científica.
—No lo interpreto como una ironía, no. Así es como funciona la ciencia.
La mayoría de descubrimientos importantes ocurren cuando alguien está buscando otra cosa, o cuando nadie busca nada concreto.
Cassini-II es un éxito técnico extraordinario y va a dar información valiosísima sobre Encélado.
Si hay material relacionado con el Mjölnvirr en esas cápsulas, lo sabremos cuando lleguen.
Lo que ocurre es que la naturaleza decidió hacer llegar la cápside antártica por otra vía, mucho antes.
Hace cuatro mil millones de años, los Vahn no sabían dónde lanzaban sus cápsulas, y nosotros no sabíamos dónde mirar.
Estamos vivos por la suerte de las dos cosas. Pero la pregunta siguiente, por favor.
La conferencia terminó sin incidentes. Köhler le llevó al piso en coche. En el camino, ya casi de noche, Köhler dijo:
—Doctor. Lo hizo usted muy bien. Pero la mujer del Süddeutsche tenía razón. La gente va a saber que el paciente cero es usted, lo confirme o no. Y eso significa que Vita Nova también lo sabe ya.
—Lo sé, Köhler.
—Hay otra cosa. He hablado esta mañana con Bärbel Bühler. Marie ha vuelto al trabajo en Hannover. Inés y Bärbel han regresado a Hamburgo. Quieren retomar la normalidad. He insistido en mantener el protocolo de protección. Bärbel ha aceptado.
—Bien.
—Doctor. Una cosa más. La normalidad para ellas significa volver al colegio. Eso es exposición, también. Si hay una amenaza directa, no podemos garantizar al cien por cien. Hacemos lo que se puede.
—Lo entiendo.
Esa misma noche llamó a su madre. Hablaron media hora, como cada miércoles. Las llamadas con Carmen Ahren eran cortas y precisas: ella preguntaba por Inés, por la comida, por el frío de Berlín. Esa noche, antes de despedirse, le dijo algo que Daniel no anotó pero recordaría:
—Hijo. Cuando puedas volver, pintamos el balcón.
—¿Qué balcón, mamá?
—El de Triana. El de la casa, hijo. Donde leía tu padre las tardes. Está descascarillado. Lleva años así. Le he comprado yo la pintura y la he dejado debajo del banco del balcón. Cuando vuelvas la abrimos los dos. Tu padre habría querido que la pintaras tú.
—Cuando vuelva, mamá.
—Cuando vuelvas.
* * *
En mayo, después de una segunda conferencia más técnica en el Robert Koch Institut, un colega de los años de Heidelberg, un virólogo francés llamado Étienne Marchand lo invitó a cenar en su casa de Charlottenburg.
Daniel preguntó a Köhler. Köhler accedió con condiciones: cena, sin terceros, sin foto, sin redes.
Marchand vivía en un piso grande y antiguo de techos altos.
Cenaron pescado al horno, una ensalada simple, vino blanco.
La mujer de Marchand, una pediatra de Berlín, los dejó solos después del postre, alegando que tenía turno temprano al día siguiente.
Marchand y Daniel hablaron hasta cerca de las dos de la mañana.
Hablaron de los hijos. Marchand tenía dos, de quince y diecisiete años, los dos en un internado en Lyon mientras ellos vivían en Berlín por el trabajo.
Daniel le habló de Inés. Marchand le habló de las cosas que se perdía por no verlos crecer en el día a día, y de las cosas que ganaba, y de cómo se había acostumbrado, y de cómo a veces no se quería acostumbrar.
A las dos menos cuarto, ya en la puerta, Marchand le dijo, en francés, una frase que Daniel iba a recordar muchas veces durante los años siguientes: —Yo tampoco vi a mis hijos durante años, Daniel.
Y los quiero igual. Pero te aviso de una cosa: el día que vuelves a abrazarlos es distinto.
Ese día lo entenderás todo de golpe. Hasta entonces, no te castigues por las cosas que crees estar haciendo mal.
Daniel le dio las gracias. El coche del BKA lo esperaba en la esquina desde hacía dos horas, con las luces apagadas.
En el camino de vuelta a Prenzlauer Berg, mirando por la ventanilla las calles de Berlín, comprendió que iba a echar de menos a Marchand.
Pero comprendió también que esa cena —que probablemente no se repetiría en mucho tiempo, por las condiciones de Köhler— iba a quedarse con él durante los próximos años.
Como una de las pocas cosas concretas y cálidas que iban a marcar este principio de su exilio.
En junio se produjo el primer incidente.
Una mujer de unos cuarenta años se acercó al portal de la Rykestrasse a las nueve de la mañana con un sobre marrón en la mano.
Pidió hablar con el doctor Ahren. El portero la entretuvo.
La unidad de vigilancia de la calle se acercó.
La mujer dejó el sobre en la acera y se fue caminando.
Reiter le contó la historia esa misma tarde en el piso.
—Era una activista alemana de un grupo afín a Vita Nova.
Sin antecedentes violentos. El sobre contenía un panfleto con argumentos contra la reactivación del Mjölnvirr.
Pero también una foto suya, doctor, asomado a este balcón, hace probablemente tres semanas.
Y no está tomada desde la calle: desde la calle este balcón no se ve.
Está tomada desde una ventana del patio interior.
Alguien estuvo dentro del edificio. Es un mensaje.
Le están diciendo que saben dónde está y que pueden entrar.
—¿Bärbel e Inés?
—Sin movimientos sospechosos en Hamburgo en los últimos diez días.
Pero esto nos confirma lo que ya pensábamos: están operando.
Suspendemos por ahora cualquier posibilidad de visita física durante el verano.
Mantenemos las videollamadas con cifrado reforzado.
Le ruego, doctor, que ni siquiera plantee a Bärbel Bühler una visita en este momento.
—De acuerdo.
Daniel no se lo planteó. La videollamada del viernes siguiente fue de quince minutos. Le contó a Inés que había mucho trabajo en el laboratorio y que iba a estar muy ocupado. Inés escuchó. Al final, cuando ya se despedían, le dijo:
—Papá. Yo sé que no me lo cuentas todo.
—No puedo, hija.
—No me importa que no me lo cuentes. Solo quería que supieras que lo sé.
Cuando se cerró la pantalla, Daniel se quedó mirando el ordenador apagado durante mucho rato. Después escribió en la libreta azul: «Viernes 19 de junio. Inés sabe que no le cuento. Tiene doce años y sabe.»
* * *
En agosto, una emisora local que Daniel escuchaba mientras cocinaba dedicó la tarde del sábado a llamadas de oyentes.
Un hombre de Duisburgo explicó, muy tranquilo, que él y su mujer habían decidido no tener hijos hasta que alguien les dijera qué llevaban dentro.
Una mujer de Bremen dijo que desde marzo rezaba otra vez, después de treinta años.
Un tercero, con voz joven, dijo que todo aquello lo habían fabricado cuatro laboratorios para vender vacunas y que la gente era idiota.
La locutora los despidió a los tres con la misma fórmula amable.
Daniel escuchó la tarde entera, removiendo una olla que ya no necesitaba que la removieran.