17 — El primer año #2
La primera noche en la Rykestrasse, Daniel encendió el televisor a las once y cuarenta de la noche, sin volumen, y estuvo dos horas haciendo zapping. Lo vio entonces.
Lo vio en alemán, en inglés, en francés, en italiano, en árabe, en mandarín, en portugués, en español.
Lo vio en pancartas escritas a mano en Roma, en una vigilia con velas en una plaza de Lagos, en un grupo de adolescentes coreanos cantando algo a las puertas de una universidad.
Lo vio en el ceño fruncido de un imán en El Cairo siendo entrevistado en un plató con sillones azules.
Lo vio en la sonrisa controlada de una astrofísica francesa que iba a hablar y la cortaron para meter publicidad.
Lo vio en una iglesia evangélica de Houston con un pastor enorme golpeando una Biblia sobre un atril mientras detrás de él cuatro personas lloraban abrazadas.
Vio a una pareja mayor en un sofá de cuero marrón en algún país nórdico mirando la pantalla cogidos de la mano sin hablar.
Vio una mezquita gigantesca en Yakarta llena de fieles en oración del viernes, el imán joven, leyendo desde el atril con los ojos rojos y la voz quebrándose, mientras la cámara recorría las filas y filas de espaldas dobladas sin orden particular.
Vio en Estambul a un grupo de hombres jóvenes lanzando piedras contra una sede de la OMS. Vio una marcha pacífica con velas en Karachi, en el barrio antiguo, con más mujeres que hombres y todas en silencio.
Vio un debate en una televisión qatarí con cuatro ulemas en círculo, cada uno con una taza de té delante, hablando muy despacio, con la mirada baja.
Vio un hospital de Alepo donde una mujer mayor con velo blanco le decía a una periodista, en árabe con subtítulos, una frase larga que la cámara cortó antes de subtitular del todo, y la mujer cerró los ojos y se llevó una mano al pecho.
Vio manifestantes con pulseras negras con círculos metálicos incrustados cortando una calle en Lyon.
Vio otra calle de Karachi, de noche, con dos coches volcados y un escaparate roto, sin saber si era por el Mjölnvirr o por otra cosa.
Vio una hoguera en Texas con libros que él no pudo identificar por la calidad de la cámara nocturna.
Vio a un divulgador con estudio propio explicando a cámara, con gráficos y buen humor, por qué todo aquello era un fraude bien montado; debajo, un contador de espectadores subía mientras hablaba.
Vio en Buenos Aires una multitud más amplia que la de Lagos, sin pancartas, sin gritos, andando despacio.
Vio en Tel Aviv a un rabino mayor llorando ante una cámara, sin hablar, durante un minuto entero antes del corte.
Vio un edificio de la Universidad de Heidelberg con la puerta principal tapiada con tablones y una pintada en aerosol sobre el ladrillo que él no llegó a leer.
Vio a un niño de ocho años en un colegio de Tokio explicándole al periodista, en japonés con subtítulos en inglés, lo que había entendido del descubrimiento; el niño hablaba con seriedad de adulto y al final movió las manos formando un círculo en el aire como quien dibuja un planeta.
Vio una mesa redonda del Vaticano grabada esa misma tarde en la que tres teólogos y un obispo discutían con voz baja si el Mjölnvirr —que no nombraban por su nombre, que llamaban la cuestión— afectaba a la doctrina de la libertad humana.
Vio el rostro de su propia madre en la pantalla durante dos segundos, una foto antigua sacada de algún archivo, debajo de un cintillo en alemán que decía Familia del paciente cero: la madre vive en Sevilla.
Daniel se levantó del sofá. Apagó el televisor.
Volvió a la cocina. Bebió un vaso de agua.
Se quedó un rato apoyado en la encimera.
Pensó, sin querer pensarlo, que aquellas mil escenas que había visto durante dos horas con el volumen apagado —las pancartas, el pastor de Houston, la astrofísica cortada, el niño de Tokio, la pareja mayor del sofá— eran, todas, mil entradas distintas a una misma pregunta.
La misma pregunta. Hecha por mil bocas en mil idiomas, con miedo, con alegría, con rabia, con curiosidad.
¿Y ahora qué hacemos con esto? Eso era lo que estaba preguntando el mundo.
Eso era lo que él había puesto encima de la mesa el viernes a las cuatro y dieciocho de la madrugada.
Volvió al salón. No encendió la luz. Se sentó en el suelo con la espalda apoyada contra el sofá. Estuvo así hasta las cinco de la madrugada.
* * *
Los primeros tres meses pasaron en una sucesión de tareas administrativas y ajustes prácticos que Daniel ejecutó como quien sale de una operación quirúrgica larga: sin energía, sin emoción visible, pero sin tropezarse.
Köhler venía dos veces por semana al principio, luego una.
Le traía papeles que firmar —contrato de protección, exención de responsabilidad, formularios de seguro—, le explicaba protocolos, le iba presentando a la gente con la que tendría que tratar.
La analista Hanna Reiter, del BKA, vino tres veces durante el primer mes.
Trajo informes sobre Vita Nova: estructura difusa, sin liderazgo único, células independientes en al menos siete países, financiación opaca.
Daniel los leyó todos. Hizo preguntas concretas. Reiter le contestaba con precisión.
La videollamada con Inés se estableció el viernes 13 de marzo, cuatro días después de la llegada de Daniel.
Bärbel Bühler la había preparado con su hija durante la tarde.
Cuando se activó la pantalla, Inés llevaba un jersey azul que Daniel no le había visto.
Tenía las manos sobre las rodillas. Le miró a los ojos durante varios segundos antes de hablar.
—Papá.
—Hola, Inés.
—¿Estás bien?
—Estoy bien. Cansado. Tú, ¿cómo estás?
—Estoy en Hannover con la tía Marie. Mamá me dijo que vamos a quedarnos aquí un tiempo. Que pasaron cosas con tu trabajo y que tenemos que tener cuidado.
—Sí.
—¿Te van a hacer daño?
Daniel respiró. La pregunta directa de una niña de once años no admitía rodeos.
—Hay gente que está enfadada con lo que descubrí. Pero estoy en un sitio muy bien cuidado. Hay personas que se ocupan de que esté bien. Y otras se ocupan de ti.
—¿Cuándo nos vamos a ver?
—No lo sé, hija. Pronto. Pero no sé cuándo todavía.
—Vale.
Hablaron veinte minutos. Inés contó cosas del colegio, de la prima de Marie, del libro que estaba leyendo, de un perro que había visto en el parque. Daniel contó muy poco. La conversación terminó porque Bärbel Bühler entró en el campo de la cámara y le dijo a Inés que era hora de cenar.
—Hasta el próximo viernes, papá.
—Hasta el próximo viernes, Inés.
Cuando se cerró la pantalla, Daniel se quedó sentado frente al ordenador apagado durante unos minutos. Después escribió en la libreta azul: «Viernes 13 de marzo, 19:40. Primera videollamada. Veinte minutos. Inés está bien.»
* * *
A finales de marzo, Reiter le trajo, junto con los informes de seguridad, una carpeta que él no había pedido: un resumen de encuestas de once países. Daniel lo leyó de pie en la cocina.
En casi todos los países la población se repartía en tres bloques de tamaño parecido. Los que creían el informe y lo consideraban la noticia más importante de la historia de la especie. Los que lo creían y habrían preferido no saberlo nunca. Y los que no lo creían en absoluto.
—El tercer bloque crece —dijo Reiter—. Era el dieciocho por ciento la primera semana. Es el treinta y uno.
—¿Por qué crece?
—Porque es el único de los tres que permite seguir viviendo igual.
* * *
En abril aceptó dar una conferencia en el auditorio del Charité.
Köhler había desaconsejado la decisión —exposición innecesaria, según Reiter—, pero Daniel insistió.
Tenía argumentos: la versión científica del Mjölnvirr ya estaba publicada, no había nada nuevo que revelar, y si él no hablaba en algún sitio del modo controlado en que él podía hablar, hablaría otra gente de modos menos exactos.
Köhler aceptó con condiciones: aforo cerrado por invitación, BKA en sala, prensa solo acreditada, sin grabación pública.
La conferencia se celebró el 22 de abril por la tarde.
Asistieron unos doscientos científicos y cuarenta periodistas autorizados.
Daniel habló durante hora y media. Explicó la cápside, el descifrado del mensaje, la hipótesis del Mjölnvirr, las regiones del genoma humano afectadas, los límites de lo que se sabía.
No mencionó a Heimvar Sköll por su nombre.
No habló de Yusra Bencheikh. No habló de su propio cuerpo.
En el turno de preguntas, una mujer de unos sesenta años, periodista del Süddeutsche Zeitung, le preguntó:
—Doctor Ahren, ¿es usted portador de la variante genética que reactiva el Mjölnvirr endógeno?
Daniel la miró un momento. La había ensayado varias veces con Köhler.
—La identidad del paciente cero del estudio se mantiene confidencial por razones obvias. No voy a responder a esa pregunta hoy ni en ningún otro foro.
—Pero usted es virólogo, fue el primero en describir la cápside, y se ha colocado bajo protección. ¿No es razonable suponer que el paciente cero es usted?
—Es una suposición que cada uno puede hacer con la información pública disponible. Yo no voy a confirmarla ni a desmentirla. Siguiente pregunta.
Otro periodista, joven, italiano por el acento al hablar alemán, levantó la mano.
—Doctor Ahren, la sonda Cassini-II de la ESA sigue en órbita saturniana con las cápsulas de muestreo de Encélado a bordo.
Las muestras están previstas para llegar a la Tierra en 2032.
¿Cree usted que cuando se analicen contendrán material relacionado con el Mjölnvirr?
¿Y cómo interpreta que el material extraterrestre más importante de la historia de la humanidad haya llegado por carambola, dentro de un meteorito recogido en hielo antártico, mientras los esfuerzos planificados de la mayor agencia espacial europea aún tardarán seis años en producir algo concreto?