17 — El primer año
El primer año
Después
Daniel llegó a la estación de Berlin Hauptbahnhof a las once y veinte de la mañana, en un tren desde Frankfurt.
No había dormido en los últimos cuatro días salvo a ratos.
El tren había parado veinte minutos en Hannover.
Daniel se había quedado sentado, con el abrigo puesto, mirando el panel del andén hasta que volvió a arrancar.
A once minutos en taxi de aquel andén, su hija llevaba tres días durmiendo en el cuarto de invitados de su tía Marie.
Nadie le había prohibido todavía bajarse.
Se lo prohibió él. Llevaba la libreta azul, las cartas de Bärbel Bühler y de Carmen Ahren, la nota de tres palabras de Holm, la impresión escaneada del dibujo de los tres limones de Inés.
Y, debajo del jersey, una sensación física en el pecho que no se había ido desde Chefchaouen.
Hicham se había quedado en Tánger con Houda.
Bärbel Bühler se había ido de Heidelberg tres semanas antes, en cuanto pudo cerrar el piso de la Brückenstrasse y cambiar a Inés de colegio: no estaba dispuesta a seguir criando a su hija en la ciudad donde les habían entrado en casa.
Se instaló en Hamburgo, a una hora de su hermana.
El viernes a primera hora había sacado a Inés también de Hamburgo por consejo de los Heliógrafos, y ahora estaban las dos en casa de Marie, en Hannover, bajo protección discreta de la Bundespolizei alemana.
Daniel sabía dónde estaban. No iba a poder verlas en mucho tiempo.
En el andén lo esperaba un hombre de unos cincuenta años, traje gris, abrigo abierto, sin sombrero. Le tendió la mano sin sonreír.
—Doctor Ahren. Andreas Köhler. Coordinación operativa de su caso. Bienvenido a Berlín.
—Gracias.
—El coche está fuera. ¿Trae usted equipaje?
—Solo lo que llevo encima.
Köhler asintió como si la respuesta le confirmara algo que ya sabía. Caminaron por el andén hasta el aparcamiento subterráneo. Dos hombres jóvenes, de paisano, los seguían a diez metros. Daniel los notó pero no preguntó.
* * *
El piso estaba en la Rykestrasse, en el barrio de Prenzlauer Berg. Tercera planta. Dos dormitorios, salón con balcón sobre un patio interior con tres árboles, cocina pequeña. Köhler le enseñó el apartamento en cinco minutos.
—Es seguro. Tres niveles de control. La vigilancia es permanente pero discreta: no la va a notar usted dentro del piso.
Tampoco la mayoría de los vecinos. Cámaras en el portal y en la escalera, una unidad rotando en la calle.
Aquí —señaló un teléfono fijo, modelo antiguo— línea segura con mi oficina.
El móvil que le entregaremos esta tarde está cifrado.
—¿Hasta cuándo voy a estar aquí?
—Indefinidamente. La situación se reevaluará cada seis meses.
Daniel se acercó al balcón. Los tres árboles del patio interior tenían las ramas todavía desnudas: marzo en Berlín. Vio a una mujer abajo colgando ropa en una cuerda tendida entre dos ventanas. La cotidianidad anónima a la que él ya no iba a pertenecer.
—Doctor Ahren —dijo Köhler detrás de él, en voz más baja—. Hay algo que debo comunicarle antes de instalarse. Lo hemos sabido esta mañana por nuestros enlaces con la Direction Générale francesa.
Daniel se volvió.
—Un grupo se ha responsabilizado del asesinato de un investigador británico en Bristol anoche.
Charles Ainsworth, bioinformático, había colaborado periféricamente con los Heliógrafos durante el último año en análisis preliminares del genoma humano, sin saber para qué.
Le dispararon en su propia casa, sin más.
El comunicado lo firma un grupo llamado Vita Nova. Es la primera vez que aparecen.
—¿Qué dicen?
—Que ninguna inteligencia ajena tiene derecho a rediseñar lo que es un ser humano.
Hablan de «diseminación», doctor, aunque el término no es exacto: nada se está propagando, el Mjölnvirr lleva en todos nosotros desde hace milenios.
Lo que de verdad temen es lo que su caso demuestra: que ese editor dormido se puede reactivar.
Y si se puede encender en uno, alguien podría desplegarlo sobre todos.
Que van a impedirlo con todos los medios.
Y que el paciente cero —usted, doctor— es el primer nombre de una lista que tienen.
Daniel guardó silencio.
—Köhler —dijo después—. ¿Lo saben Bärbel e Inés?
—Bärbel Bühler ha sido informada esta mañana por nuestra colega de Hannover. Han subido el nivel de protección de su domicilio en Hamburgo y del de su hermana. Inés no lo sabe. Bärbel Bühler ha pedido ser ella quien decida cuándo y cómo contárselo. Estoy de acuerdo.
—Gracias.
Köhler hizo una pequeña pausa.
—Doctor. Hay un protocolo nuevo que debo pedirle que acepte.
Es difícil pero necesario. Mientras la amenaza de Vita Nova esté activa, los encuentros físicos con su hija quedan suspendidos.
Ningún viaje a Hamburgo. Ninguna visita de Inés a Berlín.
La comunicación por videollamada está permitida y la fomentaremos. Pero no en persona.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Hasta que la amenaza se reevalúe a la baja. En este momento no podemos darle un plazo.
Daniel asintió. No discutió. Köhler había escogido las palabras con cuidado —no en persona, no encuentros físicos— y Daniel comprendió que aquellas palabras iban a ser el contorno de su vida durante mucho tiempo.
—Está bien, Köhler.
—Lo siento, doctor.
—Lo sé.
Köhler le dejó las llaves sobre la mesa del salón y se fue. Daniel se quedó solo en el piso. Era la una y veinte. Se sentó en el sofá. Después se levantó, fue al balcón, miró otra vez los tres árboles desnudos del patio. La mujer había terminado de colgar la ropa.
Pensó en Inés. Once años. En casa de su tía Marie en Hannover, sin entender por qué su madre la había sacado del colegio.
Pensó que su hija iba a crecer durante años viéndolo solo por pantalla, y que aquella mujer del patio, colgando ropa entre dos ventanas, le había mostrado exactamente lo que él no iba a tener nunca: una vida sin escolta, sin código de acceso, sin radar —un balcón cualquiera con su hija al lado pidiéndole que le contara algo.
Bajó la persiana del balcón. No del todo. La dejó a media altura. Y volvió al sofá.
Después de un rato volvió a abrir la persiana.
Se puso el abrigo. Cogió el móvil cifrado, las llaves, una pequeña tarjeta plastificada que le había dejado Köhler con el número de emergencia del BKA.
Bajó las tres plantas. Saludó al portero —un hombre mayor, polaco, llamado Tomasz— con un gesto.
Tomasz le devolvió un asentimiento sin curiosidad.
Fuera, en la Rykestrasse, hacía frío. Daniel caminó.
No tenía rumbo. Solo caminar. Pasó por delante de la sinagoga del barrio —edificio del siglo diecinueve, superviviente milagroso del nueve de noviembre del treinta y ocho—, dobló a la izquierda, llegó a la Kollwitzplatz.
Era una tarde de lunes de marzo. Había niños jugando en el parque infantil.
Un grupo de padres con cafés de cartón en la mano, hablando entre ellos en alemán y en una mezcla anglogermana que Daniel no había oído nunca antes.
Se sentó en un banco. Estuvo cuarenta minutos mirando a los niños jugar.
Una niña, de unos cuatro años, llevaba un gorro rojo.
Le recordó a Inés a esa edad, en un parque de Heidelberg que ya no existía exactamente igual porque el ayuntamiento había cambiado los bancos hacía dos años.
Daniel pensó —sin que le doliera todavía, eso vendría después— que aquella iba a ser su vida durante muchos años: bancos, parques, niñas con gorros que se parecían a su hija a las edades en que él no la había podido ver.
No era una vida espantosa. Era una vida disminuida.
Lo aceptó conscientemente, ahí sentado, en aquel banco.
Pasó delante de su banco, en algún momento, un hombre de unos cuarenta años con un niño pequeño en brazos.
El padre llevaba un abrigo oscuro, pelo corto, una bufanda gris.
En la muñeca derecha asomaba bajo la manga del abrigo una pulsera ancha de cuero negro con un círculo metálico incrustado en el centro.
Daniel la registró sin querer —llevaba veintidós años entrenando la mirada periférica— y volvió la vista a los columpios.
El hombre cruzó la plaza hacia el otro lado y se metió por una calle lateral.
Cuando volvió al piso ya casi era de noche. Tomasz seguía en la portería. Daniel pensó que iba a aprender el nombre de mucha gente que no iba a recordarle a él. Subió las tres plantas. Se quitó el abrigo. Notó que tenía hambre y que llevaba diez horas sin comer.
* * *
Sonó el móvil cifrado a las cinco menos cuarto. Era Houda desde Tánger, en línea segura.
—¿Llegaste bien?
—Sí. Estoy en el piso.
—Daniel. ¿Cómo te encuentras?
—No lo sé.
—Te llamo cada miércoles a esta hora durante los próximos años. Es una promesa. ¿Te parece?
—Sí.
—Una cosa más. Lo de Bristol.
—Sí.
—No te dejes engañar por la calma que sientes ahora mismo.
Ya hemos hablado de esto: lo que el Mjölnvirr poda son las partes que nos hacen cerrar filas y atacar al de fuera, y esas son también las que nos ponen en guardia.
Al quitarte una cosa te está quitando la otra.
Está atenuando reacciones tuyas. Tú no eres ahora el Daniel que reaccionaría con lógica al peligro.
Tienes que vigilarte. Cuando una decisión te parezca razonable y a los demás no, escúchales a ellos. ¿Lo recuerdas?
—Lo recuerdo.
—Bien. Hasta el miércoles.
Colgó. Daniel dejó el móvil sobre la mesa. Notó que la frase de Houda —la calma que sientes ahora mismo— le había llegado limpia, sin protesta interna, sin contraargumento. Y esa ausencia de resistencia era, exactamente, lo que ella le estaba pidiendo que notara.
Se acostó vestido en el sofá. Cerró los ojos. Durmió veinte minutos.
Soñó algo durante esos veinte minutos. No lo recordó al despertar. Solo recordó que en el sueño había una mujer joven con un puño cerrado contra el pecho.
* * *