16 — Ahora hazlo #2
Daniel se quedó callado un buen rato. Las montañas del Rif iban subiendo a los lados.
Houda, en el copiloto, lloraba en silencio: Daniel se dio cuenta cuando vio que se tocaba la cara con el dorso de la mano cada cierto tiempo, sin moverse de otra manera.
No la consoló. Se permitió una lágrima, una sola, por la mejilla derecha, como las otras del mes.
Se la secó antes de que llegara a la barbilla.
* * *
Hicham había decidido a mitad del camino no parar en Tetuán como estaba previsto.
La rotonda donde tenían que encontrar a Yusra y Younes ya no significaba nada.
Tampoco fue directo: se metió por pistas del interior y dio un rodeo de cuatro horas por Bab Taza y por dos pueblos sin nombre en el mapa, parando dos veces con el motor apagado.
Llegaron a Chefchaouen a las once menos cuarto de la noche.
La casa segura era un piso pequeño en la medina vieja, paredes pintadas del azul característico de la ciudad, una habitación con dos camas individuales.
La dueña, una viuda marroquí de sesenta años, prima lejana de Hicham, los recibió con té de menta y panes de cebada y se fue a dormir sin preguntar nada.
A los veinte minutos, Hicham le hizo a Daniel una seña con la cabeza. Salieron al rellano, fuera del oído de Houda.
—Una cosa que no le he dicho a Houda. Un coche oscuro nos ha seguido durante unos veinte kilómetros entre Tetuán y la salida hacia el Rif.
Después se ha quedado atrás. Puede haber sido casualidad, o reconocimiento de ruta.
He cambiado el plan de mañana: salimos a las cinco y media, no a las siete.
—Hizo una pausa—. Otra cosa. Klein estaba en Tánger esta tarde y a estas horas ya no está.
Un contacto mío en la policía fue al Minzah a las siete con una excusa administrativa, para retenerlo unas horas.
Llegó tarde. Ha cogido un avión privado a las nueve y media.
Destino desconocido. Probablemente Europa.
—Bärbel Bühler. Inés. ¿Tenemos cobertura?
—Tenemos un equipo en Hamburgo desde hace setenta y dos horas.
Discreto. No la pierden de vista a la niña ni en el colegio ni en casa.
Si Klein va hacia allí, lo veremos antes de que llegue.
Pero no le mentiré, doctor: nuestra capacidad de proteger a una niña de once años en una ciudad europea de dos millones de habitantes es limitada.
Tenemos que confiar en que Klein no es estúpido.
Atacar a la hija del paciente cero el día siguiente al lanzamiento sería el peor movimiento que podría hacer en términos de prensa internacional.
* * *
Houda se acostó hacia la medianoche en una de las camas individuales sin desvestirse.
Cinco minutos después estaba dormida del agotamiento puro.
Hicham se quedó en la cocina mínima con su café y su móvil cifrado.
Daniel se sentó en el suelo, la espalda contra la pared, junto a una ventana pequeña que daba sobre los tejados azules de la medina, y abrió la libreta azul.
Lo que escribió, hacia la una y media de la madrugada, fueron tres frases:
«Yusra Bencheikh se ha quedado esta tarde en la cocina de un piso de la medina de Tánger. Me dijo ahora hazlo, y vívelo. Voy a intentarlo durante el resto de mi vida.»
A las tres y cincuenta de la madrugada, el dispositivo cifrado de Yusra empezó a vibrar. Mensajes acumulados: los treinta medios estaban en posición, embargo activo hasta las cuatro y dieciocho exactas, cuenta atrás iniciada.
Daniel despertó a Hicham. Encendieron la radio pequeña de la encimera, sintonizaron una emisora de noticias internacionales en francés desde Rabat. Esperaron.
A las cuatro y dieciocho exactas, la voz del locutor se interrumpió a mitad de frase.
Hubo dos segundos de silencio. Después, con una voz ligeramente cambiada, el locutor dijo que treinta medios mundiales acababan de publicar simultáneamente un informe científico sin precedentes; que científicos europeos habían descifrado el contenido genético de un material biológico encontrado en hielo antártico de aproximadamente cuatro mil millones de años de antigüedad; que el documento describía lo que los autores denominaban el Mjölnvirr, un agente biológico de origen no terrestre que habría intervenido en la evolución de la vida en la Tierra.
Daniel apagó la radio él mismo esta vez.
El dispositivo cifrado empezó a vibrar otra vez.
Mensajes entrando en cascada. El primero, a las cuatro y diecinueve, era de Catarina desde Lisboa: que había empezado, que la BBC ya preguntaba quién era el paciente cero, que dos agencias habían empezado a llamar a centros de virología alemanes buscando a un investigador ausente desde febrero; que en Heidelberg alguien había hablado del envío del AWI y que un periodista había llamado ya dos veces al piso de la Bergstrasse, que el equipo de Catarina estaba hablando con su madre por canal seguro, que estaba bien, y que le mandaba decir que había entendido y que no se preocupara.
El segundo mensaje, a las cuatro y veintiuno, era más corto. Remitente en alemán: Bühler. «Daniel, Inés sigue durmiendo. He apagado el televisor y la radio. Le contaré yo cuando se despierte, antes de que oiga nada por su cuenta. La cuidaré bien. Tú también ten cuidado. Bärbel.»
Daniel leyó aquel mensaje cuatro veces. La cuarta vez se le humedecieron los ojos.
Le contestó a Catarina con seis palabras: Gracias. Cuiden a mi madre. Daniel. No contestó a Bärbel Bühler. Lo que tenía que decirle a Bärbel Bühler no se decía en un mensaje cifrado de madrugada. Le pidió a Hicham que se ocupara de los mensajes operativos durante las próximas dos horas.
Daniel salió al pequeño balcón del piso. Cerró la puerta detrás de sí con cuidado para no despertar a Houda.
El cielo de Chefchaouen, sobre las cuatro y veintisiete de la madrugada del seis de marzo, estaba completamente despejado.
Las estrellas eran muchas más que las que se veían desde Tánger.
La galaxia, aquella noche, se distinguía como una franja blanca diagonal de un horizonte al otro.
La primera línea muy fina de luz gris empezaba a formarse por encima de las montañas del Rif al este.
Daniel volvió dentro. Cogió la libreta azul de la mesa de la cocina, la abrió por una página nueva, y escribió, con la letra ya temblorosa por el cansancio, una sola línea:
«Chefchaouen, viernes 6 de marzo, 04:31. Empezamos.»
Cerró la libreta. La metió en el bolsillo interior del jersey, junto a todo lo demás. Y esperó al amanecer.