Heredarán el silencio 16 — Ahora hazlo
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16 — Ahora hazlo

Ahora hazlo

El jueves cinco de marzo amaneció con cielo blanco sobre Tánger.

Era el día de espera. No había nada técnico que hacer. El informe estaba en manos de los treinta medios mundiales con embargo absoluto hasta las cuatro y dieciocho de la madrugada del viernes. Las muestras del laboratorio estaban procesadas y guardadas. Los datos, en tres copias cifradas.

Comieron pan, queso, té de menta. Hablaron poco. Houda revisaba comentarios menores que Catarina había mandado durante la madrugada. Hicham comprobaba el coche, los pasaportes, el dinero en efectivo, las rutas alternativas. Yusra monitorizaba canales cifrados de tres países en paralelo.

Daniel terminó el libro de Goytisolo hacia las once y bajó al patio. Se quedó de pie junto al limonero, cogió uno de los limones casi maduros y lo apretó entre los dedos. Olía a sol y a un sitio que no era Heidelberg.

*  *  *

A las dos y cuatro de la tarde, el móvil cifrado de Yusra vibró cinco veces seguidas con la frecuencia rápida que indicaba alerta de prioridad uno.

Houda y Daniel estaban en el laboratorio con Younes, ordenando los últimos datos brutos. Yusra subió las escaleras y entró sin llamar.

—Houda. Daniel. Younes. Bajen ahora a la cocina.

En la cocina, Hicham ya estaba allí. Yusra tenía el móvil sobre la mesa, abierto, con un mensaje cifrado descifrado en la pantalla.

—Tenemos un problema. Hace tres horas, un periodista del Süddeutsche Zeitung, prudente y bienintencionado, ha llamado a un colega de la BBC para verificar el documento antes del embargo.

La llamada cruzó un nodo monitorizado. Los Custodios saben desde la una y media que se va a publicar algo grande mañana a las cuatro y dieciocho.

No saben qué ni dónde. Pero saben. —Hizo una pausa seca—.

Klein ha recibido la información en el Hotel El Minzah hace media hora.

Ha salido del hotel hace doce minutos. Mis contactos lo sitúan a unos diez minutos de aquí, andando, con cuatro hombres.

Ya no está en fase de reconocimiento. Va a entrar.

Hicham, sin levantar la voz, hizo una pregunta concreta.

—¿Plan B activado?

—Activado desde el martes. Houda y Daniel salen contigo por el patio interior, por la puerta de servicio del fondo, hacia el Fiat Panda blanco de la calle paralela.

Younes y yo nos quedamos cinco minutos para destruir muestras, datos físicos, papel.

Salimos detrás. Nos encontramos en la rotonda de la salida de Tetuán dentro de cuarenta minutos.

Daniel recogió sus cosas de la mesilla del cuarto en menos de treinta segundos: la libreta azul, el pasaporte, el dinero, la tarjeta Whatman, las dos cartas, la nota de Holm, el sobre de Frankfurt para Inés. Bajó. Yusra estaba dándole a Younes instrucciones rápidas en árabe.

—Yusra. ¿Younes sale contigo o se viene conmigo?

—Younes se viene conmigo. Vete, Daniel. Ahora.

—Yusra…

—Daniel. Vete.

Daniel asintió. Hicham le hizo una seña con la cabeza. Salieron él, Houda y Hicham por la puerta del patio interior. Cruzaron el patio, bajaron tres escalones, atravesaron el callejón de servicio y la puerta de la calle paralela hasta el Fiat Panda blanco aparcado a quince metros.

Eran las dos y diecinueve.

*  *  *

A las dos y veintitrés, Daniel estaba ya sentado en el asiento trasero del Panda cuando se acordó.

El dibujo de Inés. La impresión de los tres limones estaba en la cocina, apoyada contra el bote del azúcar, donde la había dejado desde que llegó, donde él la miraba cada mañana mientras esperaba a que Hicham hiciera el café. No estaba en el cuarto. No la había cogido.

Daniel salió del coche. Hicham, en el asiento del conductor, le agarró el brazo.

—Daniel. No.

—La carpeta marrón. Está en la cocina. Necesitamos las impresiones para defender el informe si intentan desacreditar los datos.

Era verdad. La carpeta estaba allí y hacía falta. No era, sin embargo, lo que él había recordado tres segundos antes.

Hicham le miró durante un segundo y medio. Después soltó el brazo. Houda, desde el copiloto, sin volverse:

—Cinco minutos. Si en cinco minutos no estás aquí, salimos sin ti.

Daniel cruzó el callejón de servicio en quince segundos. Entró por la puerta del patio interior, cruzó el patio, subió los tres escalones, empujó la puerta de la cocina.

Lo primero que vio fue el cañón.

Yusra estaba sentada en el suelo, con la espalda contra el mueble del fregadero y las dos manos en una pistola pequeña y negra, apuntando a la boca del pasillo. Al oír la puerta giró el arma hacia él en un movimiento seco, sin levantarse. Daniel se quedó muy quieto.

Yusra bajó la pistola.

—Daniel. ¿Qué haces aquí?

Entonces lo vio. La chaqueta abierta, la mano izquierda otra vez sobre el costado derecho, la camiseta blanca con una mancha roja de unos doce centímetros que crecía despacio. La carpeta marrón sobre la mesa. Younes, en ninguna parte.

Daniel no contestó enseguida. El dibujo no estaba contra el bote del azúcar. Había caído al suelo, boca arriba, a medio metro de ella, en el borde de lo que ya goteaba hasta las baldosas.

—He vuelto a por un dibujo —dijo.

Yusra bajó la vista. Vio el papel. Tardó en volver a mirarlo a él, y cuando lo hizo no dijo nada de lo que cualquier otra persona habría dicho.

—Cógelo.

Daniel no se movió.

—Cógelo, Daniel.

Se agachó. Cogió el papel por la esquina limpia.

Los tres limones de su hija tenían el borde derecho manchado.

Cogió también la carpeta de la mesa, sin pensarlo, como se coge algo que estorba.

Después se arrodilló delante de ella. Quería tocarla, sostenerla, hacer algo con las manos. Yusra negó con la cabeza.

—Vete. Ahora.

—Te llevo.

—A mí me dejas aquí. —Habló deprisa, con la voz todavía entera, como quien lee una lista—.

Entraron por la azotea, al laboratorio. Les disparé desde el rellano y me alcanzaron.

Bajé sola y no vinieron detrás: no les hago falta, tienen a Younes y tienen la sala.

—Tomó aire—. Pero no te tienen a ti. Cuando terminen arriba, bajarán a buscarte. Y bajarán por ahí.

Movió tres centímetros el cañón hacia la boca del pasillo y lo dejó otra vez donde estaba.

Se llevó la mano izquierda, la que tenía sobre el costado, al bolsillo interior de la chaqueta. La mano salió manchada, con el dispositivo cifrado entre los dedos. Se lo puso a Daniel en la mano y le cerró los dedos alrededor. Después volvió a apretarse el costado.

—Esto no puede quedarse aquí.

—Yusra…

Yusra hizo entonces una cosa extraña. Sonrió. No fue una sonrisa grande. Fue un movimiento muy pequeño en la comisura izquierda de la boca, casi imperceptible.

—Llevo cuatro años entrenándome para este momento. —Tomó aire—. Y catorce esperándolo. Desde Lyon. Desde lo de mi hermano.

—Yusra.

—Hoy es el día. —Le costaba ya juntar las palabras con el aire—. Ahora hazlo. Y vívelo.

—Yusra.

—Vete.

Daniel asintió una sola vez. Salió por la puerta del patio con la carpeta bajo el brazo y el dibujo en la mano. Al cerrar la puerta detrás de sí, lo último que vio fue a Yusra corrigiendo la puntería hacia el pasillo.

Cruzó el patio, bajó los tres escalones y echó a correr por el callejón. A mitad del callejón oyó dos disparos dentro de la casa. No supo de qué planta venían. No supo si eran de ella. No se paró.

Salió a la calle paralela. El Panda seguía allí. Subió, cerró la puerta, y Hicham arrancó sin preguntar.

Eran las dos y veintiocho.

*  *  *

Salieron de Tánger por la carretera N-2 hacia Tetuán a las dos y treinta y siete.

La carretera era estrecha y ascendente, con curvas constantes hacia las montañas del Rif.

Houda iba delante. Daniel iba detrás con la carpeta sobre las rodillas, el dibujo entre las páginas de la libreta azul con la esquina manchada secándose despacio, y el dispositivo cifrado de Yusra en el bolsillo interior del jersey. Nadie hablaba.

A los siete minutos de carretera, Hicham rompió el silencio.

—¿Estaba herida?

Daniel tardó en contestar.

—En el costado. Derecho.

Hicham asintió una sola vez, despacio, sin apartar la vista de la carretera. No preguntó nada más sobre eso.

—¿Y Younes?

—Se lo habían llevado arriba.

—Entonces de momento está vivo. —Cambió de marcha—.

A un técnico no lo matan en el sitio: lo sientan delante de un ordenador y le preguntan qué es cada cosa.

Después ya veremos. Esa gente prefiere no dejar cuerpos en un país donde no manda: un cadáver es una investigación, y una investigación es exactamente lo que no quieren esta semana.

Tengo contactos en la policía. Lo buscaremos desde mañana.

—¿Y si se equivoca?

Hicham no contestó enseguida.

—Entonces me equivoco.

Nadie dijo nada durante un rato.

—Eran pocos —dijo Hicham—. Cuatro como mucho, quizá tres. Entraron por arriba y por arriba se van a ir. Si hubieran tenido gente para tapar los callejones, usted no está en este coche.

Daniel asintió mecánicamente.

—Hicham. Yusra me dijo una cosa antes de salir. Me dijo: ahora hazlo. Y vívelo.

Hicham siguió conduciendo durante varios segundos sin contestar. Después dijo, sin apartar la vista de la carretera:

—Yusra le dijo eso a su hermano una vez, en Lyon.

Karim tenía veintidós años y estaba a punto de meterse en bioinformática en lugar de hacerse marino mercante como su padre.

Ella tenía trece y se lo soltó desde la puerta de la cocina, sin saber lo que estaba diciendo.

Se lo ha oído decir usted hoy, veinte años después, y lo dice igual.

Es la frase que ella usa cuando alguien tiene una decisión grande delante.

Significa: hazlo, sí, pero no lo hagas como sacrificio.

Hazlo como vida. Lo que viene después tiene que ser tuyo. Tuyo del todo.