Heredarán el silencio 14 — Lo que se queda #2
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14 — Lo que se queda #2

Daniel pasó el domingo casi entero solo.

Houda le había dejado en la mesilla una novela vieja en español, Reivindicación del conde don Julián, de Juan Goytisolo, que Daniel no había leído nunca.

Se sentó en el escalón de piedra del patio, junto a los limoneros, y leyó tres horas.

La novela era difícil: sintaxis enrevesada, ironía constante.

Pero le sentó bien tener un libro en las manos por primera vez en veinte días.

Después de comer durmió la siesta. Dos horas seguidas.

Se despertó hacia las cinco con una sensación que no había sentido desde la adolescencia: la vitalidad simple, sin nombre, sin relación con nada concreto.

Lo apuntó en la libreta azul antes de bajar a cenar: «He dormido la siesta sin sueños y me he despertado bien. La primera vez en años.»

Houda volvió de Tetuán —había ido a visitar a su madre— a las nueve y media de la noche. Cuando entró al piso, Hicham le pidió a Daniel que bajara a la cocina. La cara de Hicham era distinta a la de la comida del mediodía.

—Han avistado a Klein en Tánger esta tarde. Café Hafa, las tres y cuarto, acompañado de un hombre marroquí que mis contactos no han identificado. Tomaron té de menta mirando hacia el puerto. Klein no entró en la medina. Cogió un taxi al Hotel El Minzah. Sigue allí.

—¿Qué significa que haya estado en el Café Hafa?

—Que alguien le está enseñando Tánger desde arriba.

El Café Hafa tiene la mejor vista del Estrecho.

Klein no es turista. Está reconociendo el terreno.

Probablemente para una operación de captura entre el martes y el jueves de esta semana.

Tenemos cinco días. Quizá cuatro. El experimento de mañana es nuestro último día de trabajo limpio.

Houda intervino desde el otro lado de la mesa.

—Daniel. Una cosa más antes de que te vayas a dormir. Mañana, durante la comida del mediodía, te voy a sacar otra muestra de sangre. Quiero compararla con la del lunes pasado y con la primera, la del sábado, de la que aparté una parte sin decírtelo.

—¿Hiciste otro análisis con mi sangre del sábado sin decírmelo?

—Sí. Cuando te saqué sangre el sábado para los marcadores de inflamación, separé una alícuota pequeña antes de empezar los análisis y la guardé en el congelador.

La he procesado este fin de semana. Pensé que era preferible tenerla comparada antes de hablar contigo, no quería darte información a medias mientras estabas escribiendo la carta para Inés.

—Está bien. Pero la próxima vez avísame, aunque sea por nota. Es mi cuerpo.

—No va a haber una próxima vez, Daniel. Mañana es el último experimento serio.

*  *  *

El lunes dos de marzo entraron al laboratorio a las ocho menos cuarto.

Hicieron el experimento en silencio. La introducción del Mjölnvirr en las placas principales se hizo a las once en punto, con una concentración aún menor que la del experimento anterior —la mitad—, tres placas en lugar de una, dos niveles redundantes de inactivación de seguridad.

Primer punto a la una de la tarde. Houda miró bajo el microscopio, le pasó el ocular a Daniel. Lo que vio era exactamente lo del lunes pasado: activación de fluorescencia en la región del cromosoma 9, limpia, reproducible. La hipótesis confirmada otra vez en los primeros noventa minutos.

A las cuatro volvieron al laboratorio. Houda sacó la primera placa, la colocó bajo el microscopio, miró durante varios minutos, y le cedió el sitio a Daniel sin decir nada.

Las tres regiones del lunes pasado estaban allí otra vez.

Cromosoma 7, cromosoma 14, cromosoma 21. La misma señal. El mismo patrón.

—Confirmado —dijo Daniel.

—Confirmado.

Houda asintió. Pero su cara, durante un segundo, hizo algo extraño. Daniel lo notó.

—Houda. ¿Qué pasa?

—Nada nuevo en la placa principal. La hipótesis está confirmada. Pero hay algo en la sangre que te saqué el sábado. Vamos abajo. Dejamos a Younes terminando el segundo punto. Tú y yo bajamos a la cocina y hablamos.

*  *  *

Houda preparó dos vasos de té de menta. Se sentó frente a Daniel, las manos cruzadas sobre la mesa.

—Lo que voy a decirte ahora no es alarmante, pero tienes que escucharlo entero antes de reaccionar.

Te he tomado tres muestras de sangre desde que llegaste a Tánger.

El sábado veintiuno, el lunes veintitrés, y hoy a la una y media mientras comíamos.

He podido comparar las tres. Tres cosas.

La primera: tus marcadores inflamatorios están ligeramente elevados respecto a la primera muestra, pero estables.

Subieron entre el sábado y el lunes, y se han mantenido entre el lunes y hoy.

No estás en proceso inflamatorio activo.

Tu cuerpo ha alcanzado un nuevo punto de equilibrio.

—¿Eso es bueno o malo?

—No es ni bueno ni malo. Es lo que pasa cuando un cuerpo se está adaptando a algo nuevo.

Segunda cosa: las regiones cognitivas que vimos activarse en las placas de cultivo ya estaban activadas en tu sangre periférica del lunes y de hoy.

Tus linfocitos circulantes, los que viven dentro de ti, no en una placa, están mostrando exactamente la misma señal que las placas del laboratorio.

Daniel se quedó muy quieto.

—Houda. Eso significa que el Mjölnvirr no está actuando solo en las placas de cultivo.

—Está actuando dentro de ti, Daniel. Probablemente desde el lunes nueve de febrero, cuando manipulaste la cápside antártica original en Heidelberg.

Probablemente entró por alguna vía: inhalación residual durante el manejo, microcontacto, algo.

La cantidad que entró fue mínima. Demasiado pequeña para hacer nada agresivo.

Pero como llevas la variante que heredaste de tu madre, esa cantidad mínima fue suficiente para empezar a activar el Mjölnvirr endógeno que ya tenías dentro.

El que llevamos todos. El que ha estado durmiendo en el genoma humano durante doscientos mil años.

En tu cuerpo concreto, con tu variante, llevamos diez días viendo cómo se reactiva.

—¿Y la tercera cosa?

Houda lo miró a los ojos.

—La tercera cosa, Daniel, es que no sé si lo que te está pasando es bueno o malo. La hipótesis del Mjölnvirr es que poda fanatismo y empuja capacidad cognitiva. Si se está cumpliendo en tu cuerpo, debería estarte pasando algo positivo. ¿Has notado algo en las últimas semanas?

Daniel pensó un momento.

—Sí. He notado cosas. Me sentí bien por primera vez en años hace una semana.

He dormido mejor. Pensaba que era el descanso, que era Tánger.

He recordado cosas que no recordaba en años.

Imágenes muy concretas: la cara de mi padre cuando yo tenía seis años, leyéndome un libro infantil alemán que había olvidado completamente.

Mi madre haciendo una receta sevillana que había olvidado.

Escenas de mi hija a los tres años. Vívidas.

Casi físicas. Y hace tres días, viendo a Younes preparar una placa, noté que hacía un movimiento de muñeca ligeramente incorrecto al pipetear.

No es grave, habría salido bien igual. Pero en Heidelberg, hace un año, habría tardado más en darme cuenta.

Detecté el patrón antes de que el cerebro lo formulara.

—Eso es activación cognitiva, Daniel. No es paz emocional. Es velocidad de procesamiento aumentada en regiones específicas.

—Y otra cosa, más rara. Ayer, leyendo el libro de Goytisolo, encontré conexiones entre frases muy distantes que el propio texto no establece explícitamente. Ironías que se cruzan a treinta páginas de distancia. No estoy seguro de que estuvieran ahí intencionalmente. Pero las vi.

Houda asintió. La cara, durante un instante, mostró algo entre el reconocimiento profesional y la incomodidad.