14 — Lo que se queda
Lo que se queda
Holm escuchó el mensaje a las nueve y dieciocho de la mañana del jueves veintiséis de febrero.
Eso fue lo que les contó la enfermera por la noche, cuando Yusra recibió el último parte cifrado del día.
Holm había estado consciente desde las ocho.
La enfermera había entrado en la habitación con la grabadora pequeña en el bolsillo de la bata, le había dicho que un compañero de la planta de abajo le hacía llegar un saludo, le había puesto la grabadora junto a la oreja, le había pulsado play.
Holm había escuchado los dos minutos cuarenta segundos sin moverse.
La cara, según le había dicho la enfermera a Yusra después, no había cambiado mucho.
Solo había cambiado dos veces. La primera al principio, cuando había reconocido la voz.
La segunda hacia el minuto y medio, cuando Daniel —en la grabación— había dicho una frase concreta cuyo sentido a la enfermera se le escapaba, pero que había sido la única que había hecho que a Holm se le humedecieran los ojos sin que llegara a llorar.
Cuando terminó la grabación, Holm había pedido a la enfermera un trozo de papel y un bolígrafo.
Había escrito unas palabras. Había firmado debajo.
Le había dado el papel a la enfermera y le había dicho dos cosas: que destruyera la grabación, y que el papel se lo hiciera llegar a quien le hubiera traído la grabadora.
Holm había muerto a las dos y veinticuatro de la madrugada del viernes veintisiete de febrero, durante un tercer episodio cardíaco que la unidad coronaria no había podido revertir. El parte oficial del hospital era el de un hombre de setenta y un años que había muerto con normalidad.
A las once y cuarenta y cinco del viernes, el papel llegó a Tánger.
* * *
Yusra subió a la habitación de Daniel con el papel en la mano. Daniel estaba en el laboratorio cuando le avisaron. Bajó. La encontró sentada en la silla de la ventana de su cuarto, con el papel sobre las rodillas y una expresión que Daniel no le había visto antes.
—Murió esta madrugada. La enfermera dice que escuchó tu mensaje ayer por la mañana. Que estuvo consciente. Que le hizo efecto. Antes de morir, escribió tres palabras en un papel. Pidió que te llegaran a ti.
Yusra se lo pasó. Era un trozo de papel cuadriculado de los que usan en hospitales para anotaciones rápidas, arrancado de un bloc pequeño.
Tenía unas palabras escritas con una caligrafía que Daniel reconoció sin esfuerzo: la de Markus Holm.
Pequeña, apretada, con esa precisión de los académicos alemanes que llevan cincuenta años escribiendo en pizarras.
Más temblorosa de lo que Daniel recordaba. Pero la suya.
El papel decía:
Termínalo. Bien hecho.
Y debajo, la firma, con la M y la H mayúsculas:
Holm.
Daniel se quedó mirando el papel durante varios minutos. Yusra esperó. Después Daniel dobló el papel con cuidado y lo metió en el bolsillo interior del jersey, junto a la libreta azul, las dos cartas, la tarjeta Whatman y la carta cerrada para Inés.
—Houda dice que si necesitas el día libre, te lo tomas. El laboratorio puede esperar.
—No. Voy a trabajar. Es mejor.
* * *
Houda no le dijo nada del papel. Cuando Daniel entró al laboratorio, estaba en la zona del banco preparando un protocolo nuevo. Le miró. Asintió una sola vez. Le pasó la bata.
Trabajaron en silencio toda la mañana. El protocolo nuevo era el rediseño del experimento que Houda había detenido el lunes: más conservador, más lento, con tres niveles de inactivación de seguridad y umbrales de detección más bajos.
La idea era que el siguiente experimento, programado para el lunes, viera lo mismo que el lunes anterior pero sin que el Mjölnvirr llegara a hacer nada irreversible en las células.
Hacia las dos pararon a comer. En la cocina los esperaban Hicham y Yusra. Comieron en silencio los primeros diez minutos. Después Hicham dejó el tenedor en el plato y miró a Daniel.
—¿Cómo está?
—Holm tenía setenta y un años, llevaba dos con el corazón fallando, y se ha ido después de escuchar lo que necesitaba escuchar. Estoy triste. No estoy roto. Voy a poder seguir trabajando esta tarde.
—Bien. Ahora la otra cosa. Klein. Aterrizó anoche en Madrid Barajas, alquiló un coche y se movió directamente al sur.
Mis contactos lo perdieron entre Córdoba y Sevilla esta mañana.
Lo más probable es que esté ya en Algeciras o cerca.
Al menos tres hombres más con él. La operación ha pasado a fase de captura.
—¿Cuánto tenemos?
—Seis o siete días. Quizá ocho. Después se va a notar la presión sobre la medina, sobre los contactos, sobre las casas francas.
Daniel asintió despacio. Miró a Houda.
—¿Llegamos al experimento del lunes?
—Llegamos. Si confirma lo que vimos, tenemos lunes, martes y miércoles para analizar los resultados, redactar informe y prepararlo todo para difusión global. Es justo. Pero llegamos.
Yusra le miró desde el otro lado de la mesa.
—Daniel, hay otra cosa. La nota a Inés. Habíamos hablado de mandarle algo en cuanto se pudiera.
Tiene que ser ahora: si Klein cierra Tánger en ocho días, los canales que tenemos dejan de funcionar.
Si quieres mandarle algo, tiene que ser esta semana.
Mañana sábado tenemos a una persona que viaja de Casablanca a Hamburgo por motivos comerciales legítimos.
Si me das algo antes de mediodía, llega a Hamburgo el domingo por la noche. Inés lo tiene el lunes por la tarde.
—¿Qué puede ser?
—Cualquier cosa pequeña. Una nota tuya escrita a mano. Un dibujo. Algo que no te identifique formalmente pero que ella reconozca. Sabemos que la hermana de Bärbel está con ellas estos días. La tía Marie sabrá lo que es. Le dirá a Inés que ha llegado de su padre.
—Mañana antes de mediodía —dijo Daniel.
* * *
Tardó cinco horas en escribirla. Empezó a las siete y veinticinco.
La terminó hacia las doce y cuarto de la noche.
Entre medias paró tres veces: para cenar pan con queso en la cocina con Hicham, que le sirvió el pan con la calma de un hombre que sabe cuándo no preguntar; para mojarse la cara con agua fría; y, hacia las once, para quedarse mirando el techo blanco durante diez minutos sin pensar nada concreto.
La carta no era larga. Una sola página. Escrita en español, no en alemán, porque Daniel quería que Inés —once años, bilingüe imperfecta, con el español algo más oxidado que el alemán— tuviera que leerla despacio, palabra por palabra, en el idioma que su abuela le había enseñado los veranos en Sevilla.
No escribió Querida Inés. No escribió Hija mía. La carta empezaba con una frase de adulto a casi-adulto: Inés, tengo que irme un tiempo. Tú lo sabes. Esta carta es para que sepas algunas cosas más.
Después escribió, en doce líneas, lo siguiente.
Que estaba bien, en un sitio seguro, con personas buenas que le ayudaban.
Que el trabajo que hacía era importante, y que cuando ella fuera mayor lo entendería del todo y probablemente se sentiría orgullosa de él aunque ahora le pareciera que la había abandonado.
Que no la había abandonado. Que pensaba en ella todas las noches antes de dormirse y casi siempre la imaginaba haciendo cosas concretas: leyendo en su cama, haciendo deberes en la mesa de la cocina, jugando con Sophie.
Que sentía mucho lo de las pesadillas de la criatura del armario, y que la criatura del armario seguía sin poder con su padre estuviera donde estuviera, y que esa promesa la mantenía él incluso desde lejos.
Que la abuela Carmen estaba bien en Sevilla, y que probablemente, cuando Inés estuviera dispuesta, podían ir las dos a verla los próximos veranos como hacían antes —sin él, durante un tiempo—, porque la abuela tenía cosas importantes que enseñarle sobre Sevilla, sobre la familia, sobre Triana, y merecía la pena que Inés las aprendiera.
Que no le explicaba más por escrito porque algunas cosas las contaría él mismo en persona cuando volviera a casa.
Y que iba a volver a casa. No sabía cuándo. Pero iba a volver.
Y al final, en lugar de despedida, una sola línea: Te quiero. Y estoy muy orgulloso de en quién te estás convirtiendo. Eso lo sé sin verte. Tu padre.
Daniel leyó la carta dos veces. Tachó una frase entera del párrafo de la abuela y la reescribió. Firmó. Dobló la carta. La metió en un sobre cerrado sin destinatario.
Después, en el sobre, con un lápiz blando, hizo una pequeña cosa que llevaba una hora pensando: dibujó tres limones.
Uno grande, uno mediano, uno pequeño. Los tres en una rama.
Sin colorear, solo el contorno. Era un dibujo torpe —Daniel nunca había sabido dibujar— pero era reconocible.
Inés se acordaba perfectamente del limonero del patio de Triana, del verano que pasó allí con su abuela a los siete años, y de los tres limones que Carmen le había dejado coger de la rama baja: uno para cada una y el pequeño para su padre, que ese año no había podido ir.
Dejó el sobre en la mesilla. Se metió en la cama vestido a las doce y cuarenta. Y por primera vez en muchas noches, se durmió sin dificultad.
* * *
A las nueve y cuarto del sábado por la mañana, Yusra subió a la habitación. Daniel le entregó el sobre.
—¿Sin nombre fuera?
—Sin nombre. La tía Marie sabrá.
Yusra miró los tres limones dibujados en el sobre. Sonrió un poco. No dijo nada. Cogió el sobre, lo metió en una bolsa de tela pequeña, y se fue.
* * *
El fin de semana antes del experimento del lunes pasó despacio. El sábado por la tarde Daniel y Houda terminaron la última fase del rediseño en el laboratorio. El domingo, Houda decretó descanso.