13 — Lo que está pasando dentro #3
No ha decidido por tu mundo qué forma tendrías.
Cada planeta diseña a su propio hijo. Pero ha sesgado el camino.
Ha hecho probable lo que sin él habría sido casi imposible.
Si tú existes hoy y estás leyendo esto, hijo, es porque hace miles de millones de años una cápsula nuestra cayó en una bacteria de tu mundo y aquella bacteria, sin saberlo, empezó a contar los días.
La segunda cosa que necesito decirte es esta.
He pensado mucho en lo que significa tomar una decisión así por una especie que aún no existe.
Empujar la evolución de un mundo. Decidir por bacterias que no podían dar consentimiento qué tipo de hijo iban a producir.
Decidir por ti, hijo, que aún no eres nadie, que vas a heredar una poda que tú no has pedido.
No había alternativa. La galaxia estaba vacía.
Mi pueblo se mataba por una palabra. Lo hice.
No me disculpo. Pero quiero que sepas que era una decisión fea, y que la tomé sabiendo que era fea.
La tercera cosa, hijo, es la más difícil de decirte y es la más importante.
Habréis llegado a ser lo que somos. Pero más limpios, espero. Eso es lo que he intentado. No he sabido hacer más.
Si lo que llevas dentro no funcionó del todo —si pese al Mjölnvirr tu mundo sigue produciendo guerras por palabras, hijos cantando credos antes de morir, mujeres jóvenes detenidas en mercados por llevar libros mal vistos— quiero que sepas dos cosas.
La primera, que lo siento. La segunda, que no te rindas.
Que algunos de mi pueblo dieron sus vidas para que tú pudieras intentarlo, aunque fuera con el mismo material defectuoso con el que nosotros lo intentamos.
Tu materia es nuestra materia. Pero tus decisiones son tuyas. Cada una de ellas. Hasta la última.
Suerte, jardín.
Suerte, hijo.
Suerte.»
Daniel terminó de leer. Houda terminó de leer. Estuvieron callados los dos durante un buen rato, sentados a la mesa de la cocina, con el documento entre los dos. Por la ventana entraba la luz tibia de la mañana de Tánger.
Houda tenía los ojos llenos de lágrimas. No las dejó caer. Se las secó con el dorso de la mano antes de que se le escaparan, pero Daniel notó que las había tenido.
Al final de la última página, debajo del último Suerte, había algo que no era texto. Catarina lo había reproducido tal como venía en el descifrado: catorce trazos rectos que salían de un punto común, cada uno con una serie de marcas cortas a lo largo.
—¿Y esto? —dijo Daniel.
—Es lo único del bloque que no supimos leer al principio. Joachim tardó dos días. Es un mapa.
—¿De qué?
—De dónde estaba él. Cada línea es una estrella de las que giran muy deprisa y emiten un pulso regular. Las marcas son el ritmo de cada una. —Houda apoyó el dedo en el centro del dibujo, donde todas las líneas se juntaban—. Aquí. Esto es Yggrhal.
Daniel se quedó mirando el punto.
—Y los ritmos sirven de reloj —dijo—. Esas estrellas se van frenando.
—Se frenan a un ritmo que se puede calcular.
Quien reciba el mapa mide cuánto se han frenado desde entonces y sabe dos cosas a la vez: dónde estaba él y cuánto tiempo hace que escribió.
—Houda dobló el documento—. Es lo más cuidadoso que le he visto hacer a nadie.
Dejó la dirección y la fecha en el mismo dibujo.
—¿Y funciona?
—Eso lo tendrán que decir los astrónomos.
—Houda. Voy a grabarle un mensaje a Holm esta noche.
Houda lo miró durante varios segundos. Después asintió.
—Es una buena decisión. La opción correcta es aquella con la que puedas seguir viviendo después.
* * *
La tarde Daniel la pasó en la habitación con la libreta azul abierta sobre las rodillas, pensando qué quería decirle a Markus Holm en un mensaje de no más de tres minutos.
Pensó muchas cosas. Algunas las apuntó. Casi todas las tachó después.
A las seis lo había reducido a quince frases.
Las leyó en voz baja, despacio, midiéndolas. Cambió tres palabras.
A las siete y cuarto, Yusra subió con un pequeño dispositivo de grabación cifrado. Daniel grabó, en alemán, las quince frases. Tardó dos minutos cuarenta segundos. La voz le salió más firme de lo que había esperado.
—Mañana a las ocho de la mañana, hora de Heidelberg, llegará al hospital —dijo Yusra—. La enfermera se lo entregará a Holm en el primer momento de lucidez que tenga.
Cuando Yusra salió, Daniel se quedó solo, sentado en la cama, con el papel de las quince frases en la mano. Lo dobló y lo metió dentro de la libreta azul como marcador de página.
Apagó la luz. Estuvo tumbado en la cama, vestido, mucho rato sin dormir.
Por la ventana entreabierta entraba el aire tibio de la noche del Magreb, y en algún sitio cercano alguien volvía a tocar la flauta sola.
Daniel pensó en la carta de Heimvar —tu materia es nuestra materia, pero tus decisiones son tuyas, cada una de ellas, hasta la última— y pensó, sin alarma, casi con curiosidad, que ya no estaba seguro de cuántas de las suyas seguían siendo del todo suyas.