13 — Lo que está pasando dentro #2
Daniel pasó la tarde solo en la habitación.
Lanzado para fabricarlas. Resistió la idea durante dos horas seguidas.
Quería que fuera falsa. No lo dijo en voz alta.
No escribió en la libreta. Solo se quedó tumbado en la cama, vestido, mirando el techo mientras la luz del Magreb bajaba despacio y las paredes encaladas se ponían amarillas y después grises.
Cerró los ojos. Se durmió sin haberse desvestido, hacia las nueve.
Y por primera vez en una semana entera durmió diez horas seguidas sin despertarse.
Sin pesadillas. Sin despertares intermedios.
Un sueño tan completo y tan liso que, cuando despertó, lo primero que pensó —antes que cualquier otra cosa— fue que un hombre en su situación no debería dormir así.
* * *
Bajó a la cocina a las siete de la mañana del miércoles veinticinco de febrero, más descansado de lo que recordaba haber estado en años.
La casa estaba más silenciosa de lo habitual.
Hicham estaba sentado a la mesa con un café y una hoja impresa entre las manos. Yusra estaba de pie junto a la ventana.
—Tenemos dos cosas, Daniel —dijo Yusra—.
Una buena, una mala. Las dos llegan esta mañana.
—Se sentó frente a él. Tenía dos folios; uno en la mano, el otro boca abajo sobre la mesa—.
Esta madrugada, a las tres y media, Catarina ha mandado el siguiente bloque del descifrado.
Lo tenemos completo. Houda y yo lo hemos leído antes de las seis.
Confirma lo que sospechábamos. Y lo hace de un modo que no esperábamos.
—¿Y la mala?
Yusra dudó dos segundos. Puso la mano sobre la hoja boca abajo y la acercó hacia Daniel sin volverla todavía.
—Hace una hora hemos recibido una llamada cifrada de Heidelberg. Markus Holm está en el hospital universitario desde las cuatro y veinte de esta madrugada. Dos infartos en menos de tres horas. El segundo grave. No está estable. Los médicos calculan que no llega al fin de semana.
Daniel apretó la mandíbula un segundo. Cogió la hoja.
La giró. Era un parte médico abreviado, con el sello del Heidelberg Universitätsklinikum.
Lo leyó en menos de un minuto. Ingreso por dolor torácico agudo a las 04:23.
Primer episodio de fibrilación a las 05:01.
Segundo episodio a las 06:47. Daño miocárdico extenso. Pronóstico reservado.
—Yusra. ¿Qué opciones tenemos? Operativamente.
—Dos. La primera: no hacemos nada. Holm muere en su cama del hospital en cuatro o cinco días.
Tú no apareces. Es la opción más segura, probablemente también para él.
La segunda: te grabamos un mensaje de voz tuyo y se lo hacemos llegar a Holm a través de una enfermera.
Es arriesgada: la grabación te identifica.
Pero a Holm le llegaría tu voz, y los médicos dicen que está consciente entre crisis.
Hay una tercera que Hicham considera y yo no: sacarte a Heidelberg en avión privado, dejarte quince minutos con él, y devolverte. Ni Hicham ni yo te la recomendamos.
Daniel miró a Hicham. Hicham le sostuvo la mirada.
—La tercera es viable pero peligrosa. Probablemente suicida.
La menciono porque, si usted decide que tiene que despedirse de su mentor en persona, soy capaz de organizarla en treinta y seis horas.
No se la aconsejo. Él no se lo ha pedido.
Despedirse no es un derecho del que se va, sino una necesidad del que se queda.
Daniel asintió despacio.
—Lo decido después de leer el bloque de Catarina.
* * *
Houda llegó a las nueve y cuarto. Se sirvió café, se sentó frente a Daniel. Hicham y Yusra se retiraron sin decirlo: era la conversación de los dos.
—¿Has decidido qué quieres hacer? —preguntó Houda.
—Después de leer lo de Heimvar. Necesito leerlo contigo.
Houda sacó del bolsillo interior de la chaqueta un documento impreso de unas seis páginas.
Lo desplegó sobre la mesa, entre los dos.
La nota de Catarina decía que aquel bloque no era continuación técnica del anterior, que Heimvar dejaba de hablar al lector futuro de manera abstracta y empezaba a hablarle como un padre a un hijo, y que lo leyeran despacio.
Empezaron a leer.
«Hijo.
Te llamo así porque ya no sé llamarte de otra manera.
Mi mujer se está muriendo en el cuarto de arriba mientras escribo —el médico ha dicho esta tarde que es cuestión de horas—, y por el horizonte oeste lleva horas avanzando lo que mi pueblo lanzó al cielo.
No tengo palabras Vahn que tú vayas a entender.
Solo sé que llegará aquí antes del mediodía. Tengo, quizá, hasta el amanecer.
He pasado las últimas dieciséis horas escribiéndote cosas técnicas. He intentado, sobre todo, ser preciso, porque mi pueblo siempre creyó que la precisión era una forma de cuidado. Pero antes de que llegue lo que viene hay tres cosas más, hijo, que no te he dicho. Y necesito decírtelas.
La primera es lo que el Mjölnvirr ha tenido que hacer contigo durante todos estos años antes de poder hacerte la podadura.
Si la cápsula que llegó a tu mundo cayó allí cuando la vida pensante ya estaba formada, el Mjölnvirr se limitó a podar lo que pudo y a dejar el mensaje.
Pero si cayó en un mundo todavía vacío —y es probable que en la mayoría de los casos cayera en mundos vacíos, hijo, porque la vida pensante es más rara que cualquier otra cosa que existe en la galaxia— entonces el Mjölnvirr tuvo que empezar mucho antes. Tuvo que empezar empujándote a ti.
Quiero que entiendas lo que esto significa.
En tu mundo, hace mucho tiempo, había probablemente solo una bacteria en agua tibia.
La cápsula cayó en aquella bacteria sin dañarla.
Se incorporó a su material genético. Y allí, durante miles de millones de años de tu tiempo, el Mjölnvirr ha hecho un trabajo paciente, lento, casi invisible.
Ha sesgado la evolución de tu mundo entero hacia ti.
Ha empujado las mutaciones que producían cerebros mayores.
Las que producían manos prensiles. Las que producían vocalización compleja.
Las que producían memoria larga. Las que producían capacidad de aprender de los muertos.