13 — Lo que está pasando dentro
Lo que está pasando dentro
Daniel no durmió bien aquella noche. Se durmió pronto, pero se despertó tres veces durante la madrugada. En las tres ocasiones estuvo tumbado en la oscuridad mirando el techo blanco.
Pensó, durante el segundo despertar, en los linfocitos.
En la cantidad ínfima de células de su propia sangre conservadas en el congelador del laboratorio del piso de arriba.
Y en las otras células —las que circulaban en aquel mismo instante por dentro de él, recorriendo los vasos pequeños de los brazos y las piernas y los dedos—.
Si lo que Houda había visto al microscopio significaba lo que Daniel sospechaba, aquellas otras células llevaban exactamente el mismo material.
Y en su cuerpo la observación no se podía detener.
Se levantó a las seis y cuarto. Se quedó sentado en la silla de la ventana hasta las siete, mirando el cielo lentamente azul de Tánger, antes de bajar a la cocina.
* * *
Houda estaba en la cocina con dos cafés ya servidos y un cuaderno cerrado encima de la mesa. No estaba leyendo el periódico. No estaba haciendo nada. Estaba esperándolo.
—Buenos días, Daniel. Siéntese. Voy a contarle lo que vi ayer. Voy a tardar treinta o cuarenta minutos. Déjeme hablar sin interrumpirme demasiado, y al final pregúnteme lo que necesite.
Abrió el cuaderno. Eran sus notas a mano, escritas la noche anterior. Las miró unos segundos. Después empezó.
—La hipótesis con la que entramos al laboratorio ayer era simple.
Sus linfocitos llevan la variante. La variante define una región del cromosoma 9 que es donde el Mjölnvirr concentra sus inserciones históricas.
Al exponer las células al Mjölnvirr reactivado, esperábamos ver una activación de fluorescencia en esa región concreta.
Una respuesta limitada, localizada. Eso fue lo que vimos a la una de la tarde.
La respuesta era compatible con la hipótesis inicial.
Hasta ahí, todo iba bien. —Pasó la página—.
A las cuatro, cuando volví para el segundo punto, esperaba ver más de lo mismo. No fue lo que vi.
—¿Qué vio?
—Vi que el Mjölnvirr había seguido trabajando.
Pero no solo en la región del cromosoma 9.
Había empezado a activarse en otras tres regiones que no estaban en nuestras hipótesis: una en el cromosoma 7, asociada a desarrollo neurológico temprano; otra en el 14, asociada a plasticidad sináptica; otra en el 21, asociada a funciones cognitivas superiores.
Las tres tenían inserciones históricas del Mjölnvirr que conocíamos, pero que considerábamos pasivas.
Material genético antiguo que llevaba millones de años allí sin hacer nada.
—¿Y qué estaban haciendo ayer a las cuatro?
—Activándose. Mostrando expresión génica activa.
El Mjölnvirr reactivado en la placa había despertado material que estaba dormido en otras zonas del genoma.
No estaba podando solamente. Estaba editando.
No solo activando inserciones que ya estaban allí: modificando activamente regiones que tenía a su alcance, cambiándolas.
Lentamente, sí. Pero medido en velocidad de cambio por hora, lo que vi al microscopio era un proceso de edición genómica activa.
A una velocidad que no había visto nunca en virología.
Daniel se llevó una mano a la cara. Tardó en quitársela.
—¿Qué edita?
—Si tuviera que elegir una palabra para resumir las tres regiones que se activaron ayer, sería capacidad.
Capacidad de pensar. De aprender. De procesar información compleja.
Las tres regiones son zonas del genoma humano asociadas a procesos que, en términos no técnicos, relacionaríamos con capacidades cognitivas.
El Mjölnvirr en sus células no solo estaba podando el fanatismo.
Estaba editando regiones cognitivas. Hacia arriba: activando, no silenciando.
Empujando, no parando. Si esto ocurriera en un cuerpo entero, durante años, durante generaciones, durante miles de años, el Mjölnvirr estaría empujando a la especie hacia una mayor capacidad cognitiva.
Daniel levantó la mano. Houda esperó.
—¿Estás diciéndome que el Mjölnvirr podría llevar miles de años empujando al ser humano hacia una mayor capacidad cognitiva?
—No lo estoy diciendo aún. Estoy diciendo que lo que vi ayer sugiere que es posible. Por primera vez en ocho años de trabajo sobre el Mjölnvirr tengo indicios experimentales de que el virus hace mucho más que podar.
Daniel asintió despacio.
—Entonces la pregunta que me hice ayer cambia.
El domingo me pregunté: si el Mjölnvirr lleva doscientos mil años podando el fanatismo, ¿por qué la humanidad sigue siendo fanática?
Ahora la pregunta es otra. Si el Mjölnvirr lleva ese mismo tiempo editando capacidades cognitivas hacia arriba, ¿qué éramos los homínidos antes de que llegara?
Houda lo miró durante unos largos segundos.
—Esa pregunta, Daniel, es la que llevo dieciséis horas haciéndome.
No tengo respuesta. Pero tengo una intuición: que el salto de capacidad cognitiva que la antropología llama el gran salto adelante —el que ocurrió hace entre cincuenta y setenta mil años, cuando de repente apareció el arte, la simbolización compleja, el lenguaje articulado— no fue un salto evolutivo natural. Fue el Mjölnvirr empujando.
Daniel cerró los ojos. Esta vez los mantuvo cerrados varios segundos.
—Houda. Si las dos cosas son verdad a la vez, hay un problema de ritmo.
—¿Cuál?
—Heimvar diseñó dos procesos dentro del mismo instrumento.
Uno empuja la capacidad de pensar. El otro poda el fanatismo.
Y él mismo escribe que la poda trabaja sobre las generaciones, despacio, para que no se note en ningún cuerpo.
—Se quedó callado un momento—. Pero el fanatismo no es un instinto de animal.
Para tenerlo hace falta lenguaje. Hacen falta símbolos, nombres, ideas lo bastante abstractas como para morir por ellas.
Hace falta, exactamente, lo que la otra mitad del Mjölnvirr estaba fabricando.
—Entonces algo se rompió en el camino —dijo Houda.
—Puede que no se rompiera nada en el camino —dijo Daniel—. Puede que el instrumento hiciera las dos cosas que le pidieron y que una fuera más deprisa que la otra. Que nos diera con qué construir credos antes de terminar de quitarnos las ganas de matar por ellos.
Houda tardó en contestar.
—Eso no lo podemos demostrar. Ni tú, ni yo, ni nadie. No hay experimento para doscientos mil años.
—Ya lo sé.
—Pero es la primera explicación que oigo que no necesita inventar nada que no esté ya ahí.
—¿Por qué paraste?
—Por dos motivos. El primero es técnico: si el Mjölnvirr edita activamente regiones cognitivas en cultivo y a esa velocidad, no quiero seguir con un BSL-3 modesto sin pensar qué experimentos siguientes son seguros.
El segundo: cuando vi ayer al microscopio lo que vi, no fui capaz de contártelo en aquel momento.
Necesité una noche para asimilarlo. Si te lo hubiera contado al salir del laboratorio, te habría contado solo el miedo. Y eso no era justo para ti.
* * *
Comieron juntos los cuatro al mediodía. Houda y Daniel les contaron a los otros dos lo de la mañana. Hicham escuchó en silencio. Yusra hizo dos preguntas técnicas. Al final, Hicham dijo solo una cosa:
—Doctora Berrada. Si necesita parar dos semanas para diseñar el siguiente experimento, paramos dos semanas.
Si no estamos seguros de lo que hacemos, no podemos seguir.
—Bebió—. Sobre Klein: ha vuelto a Frankfurt, pero hizo dos llamadas a Madrid anoche.
Está empezando a moverse. Mi cálculo es que nos quedan cuatro semanas, quizá un poco menos.
El de Oporto sigue sin responder. Hoy hace doce días.
Después de comer, Yusra le pasó a Daniel un sobre cerrado.
—Catarina ha mandado algo más esta mañana. No es descifrado nuevo. Es una nota. Era para ti específicamente.
Daniel abrió el sobre. Una hoja doblada, con la letra de Catarina.
«Doctor Ahren, hay una pequeña cosa del bloque de ayer que omití en mi nota explicativa porque me pareció demasiado interpretativa.
Pero después de que Yusra me contara lo que Houda vio al microscopio, creo que debe saberlo.
La frase de Heimvar sobre los lugares vacíos —la que decía que algunas cápsulas caerían donde el lugar todavía no tendría nada que merezca llamarse vida pensante—.
Heimvar la formula como una preocupación técnica menor.
Pero la palabra Vahn que usa para trabajo distinto y más antiguo tiene una raíz que no aparece en ninguna otra parte del documento.
La raíz se traduce, aproximadamente, como labrar.
Labrar tierra. Labrar madera. Labrar algo que no era nada y volverlo algo.
Joachim cree que es coincidencia lingüística.
Yo no estoy segura. Si el siguiente bloque confirma lo que sospecho, se lo mandaré inmediatamente. Catarina.»
Daniel dobló la hoja. Se la pasó a Houda. Houda la leyó. Cuando terminó, levantó la vista despacio.
—Hicham —dijo en voz baja—. Cancela cualquier salida del piso para mañana y pasado. Yusra, pídele a Catarina que mande el siguiente bloque en cuanto lo tenga, sea cuando sea.
—¿Qué crees que dice ese bloque? —preguntó Daniel.
Houda lo miró. Tenía la cara, otra vez, severa.
—Creo que ese bloque dice que el Mjölnvirr no fue lanzado al universo para ayudar a civilizaciones existentes.
Creo que fue lanzado para fabricarlas. —Hubo un largo silencio en la mesa.
Después añadió—: Tómalo como hipótesis. No como certeza.
Hasta que el bloque siguiente nos lo confirme, lo que tenemos es una intuición fuerte y una sospecha técnica.
* * *