Heredarán el silencio 14 — Lo que se queda #3
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14 — Lo que se queda #3

—Probablemente era todo eso, Daniel. Y probablemente también era el Mjölnvirr. Las dos cosas a la vez. Y eso es lo difícil de tu caso: no puedo separar lo que es paz emocional auténtica de lo que es activación cognitiva inducida por el virus.

—¿Eso es peligroso?

—No tengo forma de saberlo. A corto plazo, no. A medio plazo, no creo. A largo plazo, sinceramente, no lo sabe nadie. Eres el primer ser humano en quien observamos esto en tiempo real.

—Si lo que el Mjölnvirr hace en mí depende del contacto que tengo con él en el laboratorio, ¿tengo que parar?

—No. Tu nivel de activación está estable desde hace tres días.

Lo que tienes dentro ya lo tienes. Que estés hoy en el laboratorio o en casa no va a cambiarlo.

Te pido que sigas. Por ti, no por la operación.

—Hizo una pausa—. Pero quiero que sepas una cosa.

Que tu cerebro esté ligeramente más despierto en los próximos meses puede ser bueno o malo.

No lo sabemos. Durante este tiempo, Daniel, vas a tener que vigilarte tú mismo.

Prestar atención a si tomas decisiones que no tomarías en circunstancias normales.

A si sientes cosas que no sentirías, o a si dejas de sentir cosas que sí sentirías.

Tu cuerpo es ahora un experimento que no se puede cerrar.

—Entendido.

Subieron al laboratorio. Daniel terminó la jornada con Houda y Younes a las siete. La hipótesis del Mjölnvirr quedaba confirmada experimentalmente con margen amplio. Tenían suficiente para empezar a redactar el informe de difusión global.

Cuando bajó a la habitación a las siete y veinte, Daniel sacó la libreta azul y escribió: «La hipótesis está confirmada.

El Mjölnvirr empuja la evolución y poda fanatismo.

Pero hay algo más: está activo dentro de mí desde el primer día.

Houda no sabe qué efecto tendrá. Yo tampoco.

» Se quedó mirando la última frase un rato.

No le pareció, releyéndola, que fuera una frase que debiera escribirse con tan poco peso.

Pero así le había salido. La dejó. Hubo una última cosa que no llegó a escribir, porque no supo darle forma de frase.

Que aquello no se había hecho para los humanos.

Que se había sembrado en la vida, sin nombre y sin fecha, a la espera de que algún mundo tardara lo que tuviera que tardar en producir algo que pensara.

Y que nada, ni una sola línea de todo lo que había leído, decía que fuéramos los primeros.

*  *  *

El lunes dos de marzo, a las nueve menos cuarto de la noche, Yusra subió a la habitación con un sobre pequeño.

—Hamburgo. La tía Marie. La carta llegó esta tarde a las dos.

Inés la abrió a las cuatro y media, después del colegio.

Marie ha escaneado lo que Inés ha hecho de respuesta y nos lo ha mandado por el mismo canal por el que llegó el parte de Holm el viernes.

El original lo guarda Inés. Te lo dará cuando os volváis a ver.

Daniel abrió el sobre. Dentro había una sola hoja: la impresión en color del escaneo de un dibujo hecho a mano sobre papel cuadriculado de cuaderno escolar.

Tres limones en una rama. Uno grande, uno mediano, uno pequeño.

Dibujados con la torpeza específica de los once años, pero con cuidado evidente.

El limón grande estaba coloreado con dos tonos de amarillo.

El mediano tenía una hoja verde añadida que el dibujo de Daniel no tenía.

El pequeño tenía una carita sonriente, casi imperceptible, dentro del contorno.

Y debajo, con la letra de Inés —letra de niña que se está volviendo letra de adolescente, mezcla de redondeles infantiles y trazos firmes nuevos— una sola línea:

Yo también te quiero. Vuelve cuando puedas. Inés.

Daniel miró la impresión durante varios minutos. Yusra esperó sin decir nada. Cuando Daniel levantó la vista por fin, le dijo solo dos palabras:

—Lo entendió.

—Lo entendió, Daniel. La tía Marie nos dice que Inés se quedó mirando el sobre con los limones durante mucho rato antes de abrirlo.

Que cuando lo abrió y leyó la carta, no lloró, pero pidió quedarse sola en su cuarto una hora.

Después salió y empezó a hacer el dibujo.

Tardó dos horas. Marie no le preguntó nada.

Cuando terminó, Inés le dio el dibujo y le dijo: para mi padre.

No sé cómo se lo vas a hacer llegar. Pero hazlo.

Daniel cerró los ojos un momento. Se le escapó una lágrima por la mejilla derecha. La misma mejilla que en el barco con Yusra. Una sola. Se la secó con el dorso de la mano antes de que alcanzara la barbilla.

—Gracias, Yusra.

Cuando Yusra salió, Daniel siguió sentado con el dibujo de su hija sobre las rodillas.

Lo miró durante mucho rato. Todo lo demás lo llevaba encima, en el bolsillo interior del jersey: la libreta azul, la carta de Carmen Ahren, la de Bärbel Bühler, la tarjeta Whatman, la nota de Holm con las tres palabras y la carta para Inés que seguía sin mandar.

Pero el dibujo de Inés no quiso guardarlo con el resto.

Al día siguiente lo bajó a la cocina y lo dejó apoyado contra el bote del azúcar, donde pudiera verlo cada mañana mientras esperaba a que Hicham hiciera el café.

Se durmió a las once y diez. Sin sueños.