10 — Tánger por dentro
Tánger por dentro
Daniel se despertó a las cinco y media de la tarde del martes.
Llevaba tres horas y media dormido. Ninguno de los reflejos del cuerpo en estado de alerta, ningún despertar corto cada noventa minutos, ningún sueño con voces alemanas.
Solo tres horas y media de oscuridad continua.
Cuando abrió los ojos al techo de la habitación, tardó casi treinta segundos en recordar dónde estaba.
Estaba en Tánger.
Por la ventana entraba un olor distinto al de Lisboa.
Más cálido, más especiado: pan recién hecho, aceite, comino, y por debajo el olor mineral antiguo del Magreb.
En algún sitio lejano, una radio sonaba en árabe detrás de una persiana.
Sobre la silla junto a la ventana estaba la ropa nueva, plegada: un pantalón de algodón ligero color arena, una camisa blanca, una chaqueta vaquera fina.
Marroquí. Daniel se vistió y salió al pasillo, donde había una luz amarilla al fondo y olor a café.
* * *
La cocina del piso era amplia, con techos altos, una mesa larga de madera oscura, y dos balcones cerrados que daban a un patio interior con macetas de menta y dos limoneros pequeños. En la mesa había dos personas: Yusra, con una taza grande en las manos, y un hombre que Daniel no había visto antes.
El hombre era marroquí, de alrededor de cincuenta años, robusto sin ser corpulento, el pelo entre castaño y gris cortado muy corto, una barba de tres días, unos ojos pequeños y atentos cuya mirada se detuvo en Daniel medio segundo más de lo normal.
No llevaba reloj. Tenía las manos grandes, ligeramente nudosas, con el aspecto de las manos que han desarmado y vuelto a montar maquinaria durante mucho tiempo.
—Hicham, este es Daniel Ahren. Daniel, este es Hicham Ouazzani.
Hicham se levantó y le tendió la mano. Seca, firme, sin sobreapretón, la mano de alguien acostumbrado a saludar a desconocidos sin revelar más de lo necesario.
—Bienvenido a Tánger, doctor Ahren.
—Le debo la vida. Lo de la patrullera, esta mañana.
Hicham hizo un gesto pequeño con la mano, descartándolo.
—No me debe nada. La patrullera era un favor que cobraba otro favor anterior. Ahora me debe uno usted. Algún día se lo pediré, y espero que lo haga sin preguntarme para qué. Con eso quedamos en paz.
Le sirvió café del filtro sin preguntar. Estaba más fuerte de lo que Daniel solía beber, con un matiz de cardamomo.
—Le voy a explicar lo que necesita saber.
Esta casa es propiedad de mi tía abuela materna.
A nombre de una prima que vive en Casablanca y que cree que la alquilo a familias de paso.
Lleva quince años creyéndolo, y por aquí ha pasado antes gente que necesitaba desaparecer una temporada.
No todos siguen vivos. —Bebió—. Va a tener un nombre nuevo: Daniel ben Hassan, fotógrafo, que ha venido a hacer un reportaje sobre los archivos coloniales de la ciudad.
Aguanta una conversación de café, no un control policial. Repítalo.
—Daniel ben Hassan.
—Otra.
—Daniel ben Hassan.
—Bien. Le sale natural el ben. Si alguien le pregunta cómo se llama, conteste sin pensar. Si tiene que pensarlo, ya ha fallado.
Daniel asintió.
—La protección —siguió Hicham—. En Marruecos los Custodios tienen mucha menos red que en Europa.
Eso significa que estamos relativamente seguros aquí, pero no del todo.
Si Klein viene, no vendrá oficialmente. —Hizo una pausa, y por primera vez Daniel notó que la voz de Hicham se volvía más precisa—. Calculo que tenemos semanas. No meses.
—¿Cuántas?
—Le voy a dar un número cada mañana. Hoy es treinta y cinco.
Daniel lo miró.
—¿Y cómo sabe que son treinta y cinco?
—No lo sé. —Hicham no apartó la vista—. Nadie puede saberlo. Pero he visto esperar a hombres consumidos por la incertidumbre y a otros con un número delante; los del número aguantan mejor. Usted verá.
—¿Y el contacto de Oporto?
Hicham lo miró un momento antes de contestar.
—Sigue sin responder. Quinto día. No sé qué significa, y por eso no entra en la cuenta: no sabría cómo incorporarlo. Pero lo tengo en la cabeza, y prefiero que usted también.
Daniel asintió. Bebió otro sorbo de café.
* * *
Houda llegó a las siete y cuarto con una carpeta gruesa bajo el brazo y dos bolsas de verduras. Dejó las bolsas en la cocina, la carpeta sobre la mesa, abierta por la primera página, y no miró a Daniel hasta que se sentó y se sirvió café.
—Doctor Ahren. ¿Está despierto?
—Estoy despierto.
—Bien. Le voy a ser directa. Catarina y Joachim van a seguir descifrando el Mjölnvirr desde Lisboa, con Yusra desde aquí: Klein le caza a usted, no a ellos. Heimdall está duplicado, hay una copia ejecutándose en un servidor del piso de arriba. Pero usted no va a hacer descifrado lingüístico.
—¿Qué voy a hacer yo?
Houda giró la carpeta hacia él. Dentro había docenas de hojas con esquemas moleculares, secuencias de aminoácidos, diagramas de cápsides, notas a mano en árabe y francés.
—Usted va a hacer virología conmigo. Sobre el Mjölnvirr.
—¿Está sugiriendo que el Mjölnvirr todavía es un virus activo?
—No estoy sugiriendo nada. Lo es por definición.
Lo que ustedes encontraron en el meteorito es una cápside con material genético funcional dentro.
La pregunta no es si es un virus. La pregunta es qué función biológica tenía, y si esa función sigue siendo expresable en condiciones controladas de laboratorio.
Daniel notó algo nuevo en el pecho. Distinto de las veces anteriores. Más frío. Más limpio.
—Está hablando de reactivar el Mjölnvirr.
—Estoy hablando de estudiar su biología original.
Una cosa es leer la carta que Heimvar escribió a la humanidad; otra, entender qué había en el sobre.
La carta se lee en Lisboa. El sobre lo abrimos aquí, usted y yo.
Si el Mjölnvirr está dentro del genoma humano y todavía existe una versión activa de la cápside conservada en hielo antártico, hay una posibilidad de que esa cápside tenga capacidad de hacer algo en un genoma humano moderno.
Algo que ya no hace, porque lleva cuatro mil millones de años desactivado dentro de nosotros.
Una capacidad latente. Eso es lo que tenemos que averiguar.
—Cerró la carpeta—. Y lo vamos a averiguar nosotros, en un BSL-3 modesto con cuatro personas decentes, antes de que lo averigüen los Custodios en un BSL-4 alemán con cuarenta personas que ya nos demostraron en 1983 lo que están dispuestos a hacer.
Daniel se quedó quieto un segundo.
—¿Cuándo empezamos?
—Mañana a las ocho. El laboratorio está en el piso de arriba. —Se levantó, cogió las bolsas de verduras—. Y otra cosa, doctor Ahren. Si en cualquier momento decide que esto es demasiado, dígamelo a mí. No a Hicham, no a Yusra. A mí. Y paramos.
* * *
A las ocho y media, Hicham se asomó a la mesa donde Daniel revisaba sus apuntes.
—Una gestión rápida en la medina baja. ¿Le apetece salir?
Yusra asintió levemente desde detrás de su portátil. Bajaron a la calle. El aire de Tánger por la noche era más fresco que el de la tarde, con un punto salado del puerto y el bullicio de la medina cuando empiezan a llenarse los cafés.
—Voy a hacer dos cosas. Recoger un paquete en la farmacia de un primo, y caminar por dos calles que conviene que conozca. Voy a ir al ritmo que iría un hombre de paso por la ciudad. No acelere. No se quede atrás. Vaya a mi izquierda. Si le pido entrar en algún sitio, entre sin discutir.
Empezaron a caminar. Las calles estrechas de la medina no formaban una cuadrícula; subían y bajaban en pendientes leves, las casas blancas cerrándose sobre la calle como las paredes de un cañón. Hicham le señaló, sin detenerse, una callejuela lateral que subía con escalones.
—Calle Riad. Si alguna vez se encuentra solo en esta zona y le siguen, se mete por ahí. Hasta el segundo escalón con un macetero verde. Hay una puerta de madera con una mano de Fátima pintada de azul. Llame tres veces. Le abrirá una mujer llamada Aïcha. No tendrá que explicar nada.
Daniel memorizó la indicación sin escribirla. Recogieron el paquete en la farmacia —el primo de Hicham, un hombre mayor con bata blanca, no dijo más que tres palabras en árabe— y volvieron por una ruta distinta.
Y entonces, en una de las terrazas, Daniel lo vio.
Un hombre europeo, solo en una mesa pequeña, con una cerveza delante.
Cuarenta y pocos años. Pelo rubio rojizo cortado corto.
Camisa azul, vaqueros, una mochila pequeña a los pies.
Tenía un móvil en la mano. Cuando Daniel y Hicham pasaron a unos diez metros, el hombre levantó la vista del móvil y miró a Daniel: medio segundo más de lo que un europeo aburrido miraría a otro europeo cualquiera.
Daniel notó la sensación debajo de las costillas.
Pero registró, casi al mismo tiempo, que la sensación no lo había hecho acelerar el paso.
Que la había notado y la había dejado pasar, como quien oye un ruido en otra habitación y decide que ya irá a mirar.
Siguió caminando al ritmo que Hicham le había pedido. No miró atrás.
Cuando estuvieron solos en una calle más estrecha, Hicham le dijo, sin volverse:
—Lo ha visto.
—Sí.
—Bien. Era una prueba a medias: el hombre es real, un periodista alemán que escribe sobre medinas para una revista de viajes.
Lleva dos meses en Tánger. Lo conozco, no es Custodio.
Pero es alemán, viaja solo, tiene la edad correcta.
Es exactamente el tipo de hombre que Klein mandaría aquí si quisiera mandar a alguien. Quería ver cómo reaccionaba usted.
—¿Y cómo he reaccionado?
Hicham lo miró un momento.
—Bien. Quizá demasiado bien. Un hombre en su situación debería haber acelerado un poco. Usted no aceleró nada. —Siguió caminando—. No se lo digo como reproche. Lo anoto y ya está.
Subieron en silencio el resto del camino.
* * *
Después de cenar, Yusra le hizo a Daniel una sola pregunta.
—¿Quieres ver Tánger desde arriba?
Subieron por una escalera estrecha y antigua hasta la azotea.
Era pequeña, con suelo de baldosa marroquí blanca y verde, dos macetas de jazmín que olían fuerte en el aire de la noche, una silla de plástico sola en una esquina.
Tánger se extendía como un pliegue de luces amarillas que bajaba hasta el puerto y se rompía contra el negro absoluto del Estrecho.
Al otro lado, muy lejos, dos o tres luces minúsculas de la costa española. Tarifa, probablemente.
—Yusra. Lo que ha dicho Houda esta tarde. Sobre que el Mjölnvirr puede tener una capacidad latente en el genoma humano actual. Tú lo sabías ya.
Yusra tardó un momento en contestar. Lo hizo mirando al Estrecho.
—Lo sospechábamos. No lo sabíamos. Lo que Karim encontró en 2012 era exactamente eso: una sospecha estadística de que el Mjölnvirr no estaba del todo inactivo en el genoma humano.
Karim no tuvo cápside, solo el genoma. Por eso necesitábamos a alguien con tu perfil, con la cápside delante. Tánger es la suma de esas dos cosas.
—¿Y si lo que vamos a descubrir es algo que la humanidad no debería saber?
Yusra calló varios segundos.
—Mi respuesta hoy es que la humanidad ya tiene la enfermedad dentro. Lo que descubramos no la va a inventar. Solo le va a poner nombre. Y a una enfermedad con nombre se le puede buscar tratamiento. A una enfermedad sin nombre, no.
Daniel asintió. Se quedaron callados otro rato, las luces de Tarifa parpadeando al otro lado del agua.
—Yusra. Lo de esta mañana en el barco. Cuando estabas sola en la baranda.
Yusra se volvió hacia él por primera vez desde que habían subido. Le miró a los ojos durante varios largos segundos. Daniel no apartó la mirada.
—No pasó nada en la baranda, Daniel.
—De acuerdo. Pero si algún día pasa algo, me lo cuentas.
—Bien.
Cuando bajaron, a las once y cuarto, Daniel entró en su habitación, se sentó en el borde de la cama, sacó la libreta azul y escribió una sola línea:
«Tánger, martes 17 de febrero. Mañana empezamos con la cápside. La carta era solo media verdad. La otra mitad la abrimos aquí.»
Cerró la libreta. Se metió en la cama vestido. No se durmió enseguida, pero por primera vez en ocho días la dificultad para dormirse no venía del miedo.
Venía de la curiosidad. Y de algo más, por debajo de la curiosidad, que no tenía nombre todavía: la conciencia vaga de que el miedo, que una semana antes lo había llenado entero, se había ido replegando a un rincón, y de que no sabía si aquel repliegue lo había decidido él.