Heredarán el silencio 11 — Sif
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11 — Sif

Sif

El laboratorio del piso de arriba era más pequeño de lo que Daniel había esperado.

Daniel entró a las ocho de la mañana del miércoles dieciocho de febrero.

Houda ya estaba dentro, con bata, gafas y guantes de nitrilo.

Le tendió un equipo idéntico sin saludarlo, y le presentó al técnico: Younes, un marroquí de unos veinticinco años, delgado, con gafas pequeñas redondas, antiguo alumno suyo en Rabat.

Le dio la mano a Daniel sin decir nada y volvió a su trabajo.

Houda repasó los protocolos de bioseguridad. Eran sólidos —Daniel los reconoció de su propio trabajo en Heidelberg—; lo único distinto era el factor de prudencia: Houda multiplicaba por dos cualquier umbral estándar.

—La idea es trabajar en condiciones subóptimas, para que cualquier evento biológico positivo aparezca de forma muy débil y nos dé tiempo a parar. Empezamos.

*  *  *

Trabajaron durante días en silencio. Houda recuperó de la tarjeta Whatman el material genético del Mjölnvirr y lo procesó con el cuidado de un cirujano, cada paso dos veces, contando en voz baja en francés; a partir de la secuencia, fue expresando la cápside en un sistema recombinante, jornada tras jornada.

Al cabo de unos días, la cápside del Mjölnvirr estaba expresada y cuantificada: veinte microgramos de proteína recombinante intacta, cápside icosaédrica T=3, ciento ochenta subunidades proteicas: exactamente la simetría que Daniel había sospechado doce días antes, sin poder confirmarla, bajo el microscopio de Holm en Heidelberg.

Faltaba lo más delicado: volver a meter dentro lo que iba dentro.

Houda dedicó dos jornadas enteras a empaquetar en aquellas cápsides vacías el genoma que habían recuperado de la tarjeta Whatman, y a comprobar, partida a partida, que el ensamblaje era estable.

Solo entonces dejaron de tener proteína y pasaron a tener un virus.

La cápside tenía algo —o Daniel se lo imaginaba— que ningún otro virus que hubiera analizado en veinte años de carrera había tenido. Una geometría más limpia. Una simetría más perfecta. Una belleza de objeto diseñado y no de objeto evolucionado, porque era eso.

—Doctor Ahren. —Houda estaba sentada al otro lado del banco—. Antes de seguir, necesito que me prometa una cosa. Que si en algún momento de las próximas semanas yo le digo paramos, usted para. No discute. No pregunta por qué. Para.

—De acuerdo.

—La razón se la explicaré más adelante.

*  *  *

Comieron los cuatro en la cocina alrededor de un cuscús pequeño con verduras y cordero. Después, Yusra volvió con su portátil.

—Catarina ha mandado el segundo bloque del descifrado. Llegó esta mañana mientras estabais en el laboratorio. La carta cambia de registro a partir del renglón noventa y uno. A partir de ahí ya no le habla al lector futuro. Le habla a su mujer. A Sif. Os advierto antes de que lo leáis.

Daniel pasó a la página dos. Las primeras líneas eran continuación del fragmento anterior —Heimvar describiendo el suicidio de Yggrhal—. Hacia el renglón noventa y uno, exactamente como Yusra había advertido, el tono cambiaba.

«Sif, si por alguna razón que ahora no consigo imaginar tú llegas a leer esto antes que el lector futuro al que hemos decidido enviarlo, te pido perdón por adelantarme.

Vahnir mía, sé que no vas a llegar a leerlo.

Sé que el cuerpo que ahora respira a mi lado en esta misma habitación no llegará al amanecer.

El médico ha venido esta tarde por última vez y nos ha dicho lo que llevábamos ocho días sabiendo.

Nos ha pedido perdón. Yo le he dicho que no tenía nada que perdonarle.

Tú le has sonreído desde la cama. Tú sonríes incluso ahora, Sif, cuando ya no deberías poder sonreír.

Yo te escribo esto en la mesa pequeña que pusimos al lado de tu cama hace dos meses. Tú duermes. Las cápsulas están listas en el laboratorio. Me llamarán cuando sea hora de bajar a lanzarlas. Mientras tanto te miro respirar.

Hay algo que no te he dicho y que necesito decirte aunque no lo leas.

Voy a hacer algo con las cápsulas que el resto del comité no sabe.

Voy a añadir una secuencia de redundancia técnica en una de las cápsulas.

Una sola. La número ciento ochenta y tres de las doscientas siete que van a salir esta noche.

Es una secuencia inocua para el conjunto del mecanismo.

Pero llevará dentro tu nombre, escrito de un modo que solo yo sabría reconocer.

No te asustes, vahnir mía. No es una traición al proyecto.

La secuencia no afecta al funcionamiento del Mjölnvirr.

Solo afecta a una cosa: a que en alguna parte del universo, dentro de algún cuerpo pensante que algún día nazca, tu nombre seguirá existiendo aunque ni tú ni yo sigamos.

No te he pedido permiso porque no podías dármelo.

Pero pienso, Sif, que entenderías por qué.

Las bestias-de-vida del laboratorio cantan en la otra habitación. Cantan mucho más cuando es de noche, ya lo sabes. Esta es la última noche que las oirás cantar conmigo, vahnir. Ojalá pudieras sonreírme una última vez. Pero ya estás dormida, y yo prefiero que sigas durmiendo.

Te quiero. Te he querido siempre. Te voy a querer en cada uno de los segundos que me queden y, si los Hrafnkin tienen razón en su mitad de razón, en los segundos que vengan después.»

Daniel terminó de leer. Se quedó muy quieto, los codos sobre la mesa de la cocina, la pantalla del portátil delante. Hicham había dejado de comer y los miraba. Houda estaba sentada con una taza de té entre las manos, sin tocarla.

Daniel no dijo nada durante varios minutos. Después, en voz baja, dijo lo único que se le ocurrió.

—Es una carta de amor.

—Sí —dijo Yusra.

—Heimvar puso el nombre de su mujer dentro de una de las cápsulas. Para que alguien como nosotros, aquí, ahora, lo encuentre.

—O para que no lo encuentre. Probablemente Heimvar no esperaba que llegara a tanto. Probablemente solo necesitaba escribir esa decisión en algún sitio antes de bajar a lanzar las cápsulas, para sostenerse durante la siguiente hora.

Daniel cerró el portátil con mucho cuidado. Se levantó, salió de la cocina sin decir adónde iba, subió a su habitación y cerró la puerta. Se sentó en el borde de la cama con la libreta azul abierta sobre las rodillas, y durante un rato no escribió nada. Solo respiraba.

*  *  *

Houda subió a buscarle a las cuatro y veinte. Daniel estaba sentado en la silla, con el sobre de la carta para Inés en una mano y la libreta cerrada en la otra. No había escrito nada.

—¿Quiere parar hoy?

Daniel pensó la pregunta durante varios segundos.

—No quiero parar. Pero quiero pedir una hora más antes de volver al laboratorio.

—La tiene. ¿La carta de Heimvar le ha hecho algo?

—Mi padre murió cuando yo tenía veintidós años. Dejó una libreta en el cajón de mi mesilla. La he tenido veinte años sin abrir. Iba a abrirla un día, cuando me sintiera capaz.

Houda no contestó inmediatamente. Después dijo, con la voz baja:

—Yo perdí a un amigo hace dieciocho años y todavía hay cosas suyas que no he sido capaz de mirar. Sé lo que es. —Se levantó—. Le espero en el laboratorio en una hora. Si no sube, no pasa nada. Pero le voy a esperar.

Cuando Houda salió, Daniel abrió la libreta azul y anotó una sola línea: «Heimvar le dejó a Sif treinta líneas en el mensaje. Wolfgang me dejó una libreta que llevo veinte años sin abrir. Yo le escribí a Inés en un Ibis de Frankfurt.» Cerró la libreta. Se levantó. Y subió al laboratorio.

*  *  *

Pasaron tres días de trabajo limpio. A las ocho entraban al laboratorio los tres, trabajaban hasta las dos, comían, volvían a las cuatro. Por la noche Daniel leía las traducciones que Catarina enviaba desde Lisboa y escribía cinco o seis líneas en la libreta azul.

Hicham daba el número cada mañana, sin que nadie se lo pidiera. Treinta y cuatro. Treinta y tres. Treinta y dos. El contacto de Oporto seguía sin responder; Hicham había dejado de mencionarlo, pero Daniel sabía que seguía sin entrar en la cuenta, y que eso era peor que si hubiera entrado.

*  *  *

Al cuarto día, el sábado veintiuno de febrero, Houda le pidió una muestra de sangre. Eran las nueve y media de la mañana; llevaban una hora trabajando en la primera ronda de cultivos celulares con la cápside.

—Tres mililitros. Tubo con EDTA. Younes le saca, si le parece.

Younes le sacó los tres mililitros con la rapidez serena de quien lo ha hecho mil veces, etiquetó el tubo con un código alfanumérico, lo metió en una centrifugadora y volvió al banco como si no hubiera pasado nada.

Y entonces, cuando Houda se inclinó para coger un reactivo de la estantería, Daniel la miró desde la otra punta del banco.

Medio segundo. Sin querer. Y tuvo, por primera vez en los cuatro días que llevaban trabajando juntos, la sensación física de haber visto antes esa cara.

No le dijo nada. Siguió trabajando.

*  *  *

A las siete de la tarde, terminada la jornada, Daniel bajó a la cocina antes que los demás. Houda estaba sola, preparándose un té de menta, la bata todavía puesta sobre una camisa azul oscura.

—¿Té?

—Sí, gracias.

Se sentaron a la mesa. En algún sitio del barrio arrancó la llamada a la oración del maghrib. Ninguno de los dos se movió mientras duraba. Cuando acabó, Daniel dijo lo que llevaba todo el día pensando.

—Houda. ¿Nos hemos visto antes?

Houda lo miró con esa concentración fría que Daniel ya le había visto tres veces en cinco días. Dejó el vaso. Se quitó las gafas.

—Sí, doctor Ahren. Nos hemos visto antes. Octubre de 2023. Praga. Un congreso pequeño de virología emergente sobre cápsides icosaédricas T=3. Usted dio una conferencia el segundo día. Yo estaba en la cuarta fila.