9 — La travesía #2
La patrullera se acercaba rápido. A trescientos metros. A doscientos. Daniel veía ya la silueta contra el cielo grisáceo, las dos luces azules en la torre, el cañón pequeño de proa apuntando hacia ningún sitio en concreto pero apuntando, los uniformes blancos de los marineros. Eran al menos seis.
De la patrullera salió una voz por megafonía, en árabe. Brahim contestó desde la cabina, más corto. La voz repitió, con tono más firme.
—Quieren abordar para inspección rutinaria. Brahim les está diciendo que tiene la documentación en regla. Eso no va a funcionar.
A cincuenta metros. A treinta. A veinte.
Yusra le agarró la mano izquierda a Daniel. Se la apretó. No le miró a la cara. Solo le dijo, en voz baja, casi sin abrir los labios:
—Hicham nos saca. Y si no nos saca, Daniel, te quiero pedir perdón por haberte traído hasta aquí.
A Daniel no le salió la voz. Y notó, en mitad del miedo, una cosa que no supo cómo nombrar: que una parte de él —pequeña, fría, quieta— estaba registrando la patrullera con una serenidad que no le correspondía al momento.
Como si estuviera mirando la escena desde un sitio ligeramente apartado de su propio cuerpo.
No era valor. No sabía qué era. El pulso le latía en las muñecas igual que siempre, pero por debajo del pulso había algo que no se alteraba.
La patrullera estaba a quince metros.
Y entonces sonó la radio del Al-Boraq.
Una voz de hombre en árabe, joven, firme, con tono de orden militar, dijo cuatro frases cortas. Brahim contestó con dos palabras. La voz repitió dos frases más. Brahim asintió aunque la voz no podía verlo.
Y la patrullera —Daniel no pudo creerlo durante varios segundos— apagó las luces azules, viró noventa grados a estribor, y se alejó hacia el este sin una palabra más.
El Al-Boraq siguió su rumbo hacia Tánger en silencio.
* * *
Yusra le soltó la mano. Estuvo un momento sentada sin moverse, mirando el sitio por donde la patrullera se había alejado. Tenía la respiración corta. Después se levantó sin decir nada y se fue a la otra punta del barco, a apoyarse contra la baranda.
Daniel se quedó donde estaba. Yusra estaba de espaldas, a unos siete metros, las dos manos en la baranda metálica, inmóvil.
Daniel la observó un par de minutos sin entender al principio qué estaba viendo.
Después lo entendió: Yusra Bencheikh, que llevaba seis años cuidando a científicos amenazados sin permitirse nunca el lujo del miedo después de una operación, estaba dejando por fin que el cuerpo le pidiera lo que le había estado pidiendo durante los últimos veinte minutos.
No le vio la cara. Vio el movimiento muy pequeño de los hombros, dos veces, tres veces. No necesitaba verle la cara.
Sintió el impulso de levantarse, de poner una mano en su hombro.
No lo hizo. Comprendió, con una claridad fría que le sorprendió a él mismo, que acercarse en aquel momento sería arruinarlo: Yusra necesitaba aquellos dos minutos de soledad como necesitaba el aire.
Respetar aquel silencio era lo más cercano a quererla que podía hacer.
No se movió. Miró al mar, al cielo cada vez más claro, a la silueta gris de la costa marroquí.
No miró a Yusra durante los siguientes cuatro minutos.
Cuando ella volvió a su sitio tenía los ojos secos y la cara compuesta.
Se sentó al lado de Daniel. Compartieron lo que quedaba de la botella de agua.
Y entre ellos quedó establecido, sin necesidad de hablarlo nunca, que aquellos minutos en la baranda no habían existido para nadie excepto para ellos dos.
* * *
Atracaron en el puerto de Tánger a las dos menos diez de la tarde del martes diecisiete de febrero.
El puerto olía a pescado, a gasoil, a pan recién hecho de algún horno cercano.
Brahim los acompañó hasta la pasarela. No hubo despedida formal: solo un cabeceo en dirección a Yusra y otro, ligeramente más respetuoso, a Daniel, como si Brahim hubiera entendido durante las nueve horas de travesía que aquel hombre alemán mareado y mojado era alguien al que merecía la pena haber transportado sin preguntas.
En la calle exterior del muelle había un Fiat Panda blanco muy usado aparcado, con matrícula marroquí, con una mujer fumando dentro al volante. La mujer bajó la ventanilla cuando los vio acercarse. Tiró el cigarrillo. No bajó del coche.
Los ojos de la mujer se posaron un momento en Yusra. Yusra le sostuvo la mirada y bajó la cabeza una vez, despacio. La mujer devolvió el gesto con la misma lentitud. Ninguna de las dos dijo nada.
Era una mujer marroquí de unos cuarenta y tantos, casi cincuenta, el pelo negro recogido en un moño bajo, ojos oscuros muy serios, una chaqueta de cuero gastada.
Tenía la cara de las mujeres que han trabajado en laboratorios durante demasiados años y que conservan, debajo del cansancio, esa precisión de quien lleva décadas entrenando la mirada para distinguir cosas pequeñas.
Se volvió hacia Daniel. Lo miró dos segundos enteros antes de hablar, en un castellano con acento marroquí muy ligero:
—Bienvenido, Ahren. Soy Houda Berrada. Van a estar conmigo durante las próximas semanas. Suban al coche. Hay una bolsa con ropa en el asiento de delante; tienen que cambiarse antes de llegar al piso.
Daniel rodeó el coche, se sentó en el asiento del copiloto con la bolsa en el regazo. Houda arrancó. El Panda salió del puerto en dirección a la medina, por una de las callejuelas estrechas que subían hacia la parte vieja de la ciudad.
—Doctor Ahren —dijo Houda, sin apartar la vista de la calle—.
Yo perdí a un amigo en una operación parecida a la suya hace dieciocho años.
Quiero que lo sepa desde ya. No estoy aquí por curiosidad académica.
Llevo dieciocho años queriendo terminar lo que mi amigo no pudo terminar.
Usted ahora trabaja para mí. Si dice cosas tontas, se las voy a discutir.
Si tiene miedo, se lo voy a respetar. Si quiere irse en algún momento, lo voy a dejar ir.
Pero hasta que se vaya, las decisiones científicas en esta casa las tomo yo. ¿Está claro?
—Está claro.
—Bien. Bienvenido a Tánger.
El Panda subió por la callejuela de la medina con el sol de la tarde cayendo de lado sobre los muros encalados.
Daniel apoyó la cabeza contra el cristal frío de la ventanilla.
Pensó en Catarina y Joachim trabajando en la pizarra de Alfama, en Tomás solo en el muelle de Olhão, en Brahim al timón sin haber preguntado nada en nueve horas, en Hicham Ouazzani fuera de escena dando una orden por radio que les había salvado la vida a las siete y veinticinco de la mañana.
Pensó en su madre escribiéndole desde Sevilla la frase del caldo, en Bärbel Bühler protegiendo a Inés sin teatralidad, en Inés con sus pesadillas.
Pensó en Karim Bencheikh, muerto hacía catorce años en Lyon.
En Heimvar Sköll, muerto hacía cuatro mil millones de años en un mundo que ya no existía.
La siguiente parte ya no iba a ser huida.
Iba a ser deuda.