9 — La travesía
La travesía
Salieron de Alfama a las once y cuarenta y siete de la noche del lunes.
La operación se había decidido en la cocina con la rapidez fría de los planes que se trazan cuando ya no quedan opciones razonables.
Tomás conducía. Yusra y Daniel iban detrás, con gorra y la capucha subida —no por frío, sino por costumbre operativa: romper la geometría de la cara y mantenerla fuera del mejor ángulo de las cámaras degradaba lo suficiente el reconocimiento facial automático—.
Catarina y Joachim se habían quedado en la casa.
Catarina, con un beso seco en cada mejilla y una frase corta —«hasta el final, doctor Ahren; nosotros seguimos desde aquí»—, había vuelto a la sala con la pizarra borrada y los archivos de Heimdall ya transferidos al servidor de Tánger.
El plan era el siguiente. Tomás los conducía hasta un aeródromo privado cerca de Évora.
Allí, un Cessna de cuatro plazas despegaría a las tres de la madrugada hacia un aeródromo militar marroquí desactivado cerca de Tánger, donde Hicham Ouazzani los recogería.
Volar entre las tres y las cinco reducía el tráfico y la atención alrededor de la ruta; no los hacía invisibles, pero sí menos llamativos.
Daniel iba a estar en Tánger antes de las seis.
Era un plan razonable. Los Heliógrafos llevaban once años usando ese aeródromo sin un solo incidente.
Salió mal a las dos y diecisiete de la madrugada.
* * *
Yusra llevaba un móvil cifrado pegado a la oreja durante la mitad del trayecto. Daniel no entendía las conversaciones —árabe y francés rápido, alguna palabra técnica en inglés— pero entendía las pausas. Durante la primera hora y media habían sido cortas. Eso significaba que todo iba bien.
A las dos y diecisiete, las pausas se alargaron.
Yusra escuchó casi un minuto sin decir nada. Después dijo dos frases breves en árabe, muy bajo, con la cadencia de quien acaba de recibir la información que más temía. Colgó.
—Tomás. Para en la próxima área de servicio.
Tomás salió, aparcó al fondo, lejos de las luces, apagó el motor. Yusra se volvió hacia Daniel.
—El aeródromo de Évora está comprometido. Han llegado tres coches con cuatro hombres hace cuarenta minutos. Dos son Custodios que conocemos. El Cessna está en pista pero no podemos acercarnos. El piloto se fue a casa por su cuenta antes de que llegaran. Está bien.
Daniel notó el corazón subírsele a la garganta. Tenía el pulso latiéndole en las muñecas.
—¿Cómo sabían?
—No lo sabemos. Klein va dos pasos por delante de cada predicción que hemos hecho. Eso no es normal. Significa que tienen una fuente cerca de nosotros, o han descifrado un canal, o nos están leyendo el correo. O las tres cosas. Hablaremos de eso cuando estemos a salvo. Ahora hay que moverse.
—¿Adónde?
—Faro. Tenemos un avión privado allí, contratado a una empresa de chárter portuguesa. Podemos estar a las cuatro y veinte. El plan B siempre fue Faro.
—¿Por qué no fue el A?
—Porque Faro tiene controles de pasaporte serios y Évora no. Pero ahora no tenemos opción. Vamos.
Tomás arrancó. Daniel se quedó mirando por la ventana las luces de los pueblos del Alentejo a izquierda y derecha de la autopista, y pensó, sin decírselo a Yusra, que aquello había empezado a parecerse al patrón de una persecución que iba a ganar el perseguidor.
* * *
Las luces del aeropuerto de Faro aparecieron en la oscuridad a las cuatro y once. Yusra recibió otra llamada cuando estaban a siete kilómetros de la entrada. Esta vez Daniel no necesitó esperar la explicación: la cara de Yusra durante los primeros quince segundos le bastó.
—Para. En el arcén —le dijo a Tomás.
Tomás paró junto a un campo de naranjos oscuro. Apagó faros y motor. Solo se oía el viento.
—Han activado la policía del Algarve. Patrullas de paisano en la zona de embarque privado. La empresa de chárter ha cancelado el vuelo. No vuela nadie esta noche desde Faro a destinos fuera de la Unión.
—¿La policía portuguesa está en esto?
—La policía portuguesa ha recibido órdenes de un nivel superior para colaborar en la captura de un fugitivo internacional con prioridad alta.
Los Custodios tienen contactos en todas las policías europeas, Daniel.
No es la primera vez que pasa. Pero es la primera vez que pasa con nosotros, y así de rápido.
Daniel apoyó la frente en el cristal.
—¿Hay un plan C?
Yusra tardó tres segundos.
—Olhão. Una embarcación pesquera marroquí, pequeña. Pesca atún en aguas internacionales y vuelve a Tánger cada cinco días. Su dueño nos hace favores desde hace años. Sale esta madrugada. Si lo cogemos, llegamos al puerto de Tánger a primera hora de la tarde. La travesía dura nueve horas.
—¿Nueve horas en mar abierto?
—Hay aviso amarillo: viento del oeste fuerza cuatro a cinco, oleaje de hasta dos metros. No es buena noche para cruzar el estrecho. Pero es la mejor que vamos a tener si queremos llegar sin que Klein nos detenga. En mar abierto, fuera del Schengen, Klein no nos toca.
Tomás arrancó sin esperar instrucciones. Olhão estaba a quince minutos. Faltaban algo más de tres horas para el amanecer.
* * *
El pesquero se llamaba Al-Boraq. Dieciséis metros de eslora, la cabina pintada de azul y blanco descascarillados, redes apiladas en cubierta, y un olor profundo a sardinas y aceite de motor que entraba en la nariz y se quedaba allí.
El capitán era un marroquí de unos sesenta años llamado Brahim, que recibió a Yusra en árabe sin presentaciones y asintió hacia Daniel sin tenderle la mano —un saludo de respeto profesional a alguien por quien estaba a punto de jugarse el cuello sin conocerlo—.
Tomás se quedó en el muelle. Le dio a Yusra un abrazo corto y a Daniel un apretón firme.
—Suerte, Daniel. Llevas ocho días sin dormir bien. Cuídate.
El Al-Boraq salió del puerto de Olhão a las cuatro y cincuenta de la madrugada del martes diecisiete de febrero, en una noche sin luna, con un viento del oeste que hacía chocar las primeras olas contra la proa.
* * *
Las primeras dos horas de travesía las pasó Daniel mareado.
No era un mareo cualquiera: era el de un cuerpo que llevaba una semana sin descansar bien y que de repente se veía sometido a un movimiento que no comprendía.
Vomitó tres veces por la borda en la primera media hora.
Después se sentó en cubierta, apoyado contra la pared de la cabina, la mochila apretada contra el pecho, un chaleco salvavidas naranja amarrado por encima del abrigo.
Yusra estaba sentada a su lado. No tenía el más mínimo síntoma de mareo —su padre había sido marino mercante en Marsella, le explicó, y ella había crecido subiendo a barcos de pesca cada verano hasta los catorce—.
Le pasó una botella de agua a las cinco y media.
Daniel bebió, se la devolvió, Yusra bebió también.
La compartían. Daniel pensó que llevaba ocho días sin compartir una botella de agua con nadie, y que aquella —no una intimidad romántica, sino la de dos cuerpos cansados que se confían la fatiga— era la primera intimidad real que había tenido desde el lunes.
Hacia las cinco y cuarenta, Yusra le pidió que le hablara de Inés.
Daniel tardó en contestar. No porque no quisiera: porque había demasiadas cosas que decir.
Le contó cómo había nacido Inés, un ocho de mayo a las cuatro y diecisiete de la madrugada, con los ojos azules que solo conservaría tres meses antes de volverse marrones como los del padre.
Le contó cómo a los tres años se había aprendido los nombres de los nueve planetas en un día y se los había recitado a él de corrido, sin equivocarse, y cómo Daniel se había acordado entonces de que él había hecho exactamente lo mismo a los seis, en la cocina del piso del Neckar, y de que su padre —militar alemán de pocas palabras— había llorado por primera vez en cuarenta años.
Nunca supo por qué cuarenta. Le contó la promesa del chocolate caliente del viernes que ya no había podido cumplir.
Le contó las pesadillas de la criatura del armario que la niña había vuelto a tener esa semana porque el padre se había ido sin despedirse.
Y entonces, sin darse cuenta de que había llegado allí, le contó la pregunta que más miedo le daba del mundo.
—Si me muero antes de poder volver a verla. O si tardo demasiado. ¿Va a poder mi hija querer a un padre que se fue sin despedirse? ¿Va a poder, en algún momento de su vida adulta, mirar atrás y entender? ¿O me va a recordar como el padre que la dejó cuando ella tenía once años?
Se calló. Tenía la garganta cerrada. No había llorado en una semana y sintió que faltaba poco. Se forzó a respirar despacio.
Yusra esperó unos segundos. Después dijo una sola frase, sin teatralidad, mirando al mar.
—Mi hermano se fue sin despedirse, Daniel. Y le sigo queriendo. Probablemente más ahora que entonces.
Daniel cerró los ojos. Esta vez sí se le escapó una lágrima por la mejilla derecha. Pequeña. La única que se permitió. Yusra no la vio porque estaba mirando al mar. Daniel se la secó con la mano antes de que se enfriara contra la piel.
Hacia las siete menos cuarto, las primeras luces grises empezaron a aparecer en el horizonte.
* * *
La patrullera apareció por el este a las siete y veinticuatro de la mañana.
Daniel la vio antes que Yusra: un destello de luz azul rotativa que cortó la penumbra por la izquierda, y después el ruido de un motor más grande, más rápido, más nuevo que el del Al-Boraq.
Yusra giró la cabeza. La vio. Se quedó callada dos segundos. Después se levantó, caminó hasta la cabina, habló con Brahim en árabe rápido. Brahim contestó con una frase corta. Su cara no cambió. Yusra volvió junto a Daniel.
—Es una patrullera de la Marina Real Marroquí. Brahim no la ha visto en veinte años en esta zona de pesca. No es habitual.
—¿Qué quieren?
—Probablemente revisar la documentación del pesquero. Probablemente algo más. No lo sabemos.