Heredarán el silencio 8 — La carta vieja #4
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8 — La carta vieja #4

Una última cosa. Te escribo todo esto pensando que quizá no nos volvamos a ver.

No te asustes. No estoy muriéndome. Solo estoy a la edad en que cada carta puede ser la última y conviene escribirlas como si lo fueran.

Si esta no es la última, ya nos reiremos los dos juntos.

Si lo es, recuerda: te he querido siempre.

Tu padre también. Inés también. Y Sevilla también te quiere, aunque tú a Sevilla no la conozcas como deberías.

Cuídate mucho, hijo. Haz lo que tengas que hacer y vuelve si puedes. Y si no, recuerda que la vida no se mide en años sino en lo que se hace con ellos.

Tu madre.»

Daniel dejó la carta sobre la piedra del escalón.

Por encima del patio asomaba un poco de sol entre las nubes.

Los tres limones verdes en la rama baja del limonero más cercano estaban brillantes por la lluvia recién caída.

Daniel ya sabía, mientras la doblaba, que había una sola frase de aquellas tres páginas que iba a recordar el resto de su vida.

No era la última. No era la de Galdós. Era esa pequeña confesión del medio de la página dos: las recetas de las madres se mantienen aun cuando las hijas las hacemos peor.

Solo el caldo cura. Daniel no la entendió del todo en aquel momento.

Supo, sin saberlo del todo, que la entendería más adelante.

La metió en el sobre con cuidado. Cuando volvió a la cocina, llevaba el sobre en el bolsillo interior del jersey, junto a la libreta azul, la tarjeta Whatman y una carta para Inés escrita en un Ibis de Frankfurt cuatro días antes.

Bolsillos pequeños llenos de cosas que cargas. Heimvar Sköll lo había imaginado bien.

*  *  *

La cocina estaba tensa de un modo que Daniel notó antes incluso de cruzar la puerta del todo.

Catarina, Joachim y Yusra estaban de pie alrededor del portátil de la mesa central, los tres muy cerca, los tres mirando una imagen en pantalla con la concentración silenciosa que Daniel había visto en los hospitales cuando un equipo médico mira una placa que confirma lo que se temía.

Tomás estaba en una esquina hablando por móvil en portugués rápido, casi inaudible.

—¿Qué pasa? —dijo Daniel.

Yusra se volvió. Tenía la cara seca y la voz baja.

—Acércate.

En la pantalla había una fotografía de aeropuerto, granulada por estar tomada con teleobjetivo a través de un cristal, que mostraba a un hombre alto de unos cincuenta años, calvo, con gafas de pasta gris y un abrigo oscuro, recogiendo una maleta pequeña en una cinta de equipajes.

—¿Le reconoces? —preguntó Yusra.

Daniel se quedó mirando la pantalla durante varios segundos. Al principio no lo reconoció. Después sí.

—Klein.

—Klein —confirmó Yusra—. La foto se tomó hace dos horas en la Terminal Uno del aeropuerto Humberto Delgado de Lisboa.

Llegada del vuelo TP577 desde Frankfurt.

La ha sacado un contacto nuestro que trabaja en el control de equipajes.

Es el mismo Klein que estuvo en tu laboratorio el miércoles en Heidelberg.

No era inspector federal. Es Custodio. Lleva once años en operaciones de campo.

Daniel notó otra vez el pequeño nudo en el estómago. Llevaba siete días apareciendo y desapareciendo, pero en aquel momento le volvió con una calidad distinta. Más densa. Más fría.

—¿Saben dónde estoy?

—Saben que estás en Lisboa. No saben en qué barrio ni en qué casa.

Pero si han mandado a Klein personalmente significa dos cosas.

Una, que la operación está priorizada al máximo nivel.

Dos, que tienen razones para creer que pueden encontrarte en menos de cuarenta y ocho horas.

Klein no se desplaza a operaciones donde se calcula que el sujeto puede estar fuera de rango antes de la captura. Klein cierra cosas.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

Yusra miró a Catarina. Catarina contestó.

—Si llegó a las once y cuarto, pasa por un piso franco para reunirse con su equipo local y empieza a operar en la calle mañana al amanecer, tenemos esta noche y la madrugada. No más. Hay que mover al doctor Ahren antes de las cinco.

—¿Adónde?

Joachim respondió.

—Hay tres opciones. Dos son más seguras pero más lentas. La tercera es más rápida pero requiere una operación que llevábamos meses sin tener que activar.

—¿La tercera cuál es?

Yusra tardó un par de segundos en contestar. Cuando lo hizo, lo dijo con la voz neutra de quien ha pensado ya en todas las consecuencias y ha decidido decirlas igualmente:

—Tánger.

Daniel asintió. No preguntó por qué Tánger ni qué había allí. Si los Heliógrafos consideraban llevarlo al norte de África en la madrugada, era porque estimaban que Lisboa, dentro de cuarenta y ocho horas, iba a ser un sitio donde Klein lo encontraría con toda seguridad.

Se metió la mano en el bolsillo del jersey. Tocó el sobre con las dos cartas. Tocó la libreta azul. Tocó la tarjeta Whatman. Tocó la carta para Inés.

Y notó, con una claridad que le resultó casi ajena, que la sensación bajo las costillas ya no le pedía huir.

Le pedía pensar. Como si el miedo, en algún punto de los últimos siete días, hubiera empezado a ceder el sitio a otra cosa más fría y más quieta.

No supo si aquello era fortaleza o era otra cosa. No se detuvo a averiguarlo.

Daniel sacó la mano del bolsillo.

—De acuerdo —dijo, mirando a Yusra—. Tánger.