8 — La carta vieja #3
—Dos cartas para ti, en el mismo envío. Las hemos recogido esta mañana en el buzón de Hamburgo. —Hizo una pausa—. Y Mario pregunta por ti. Está bien.
Daniel cogió el sobre. La nota de los Heliógrafos decía: Enviada por Bärbel Bühler (exmujer) al apartado de Hamburgo por correo certificado.
La carta interior es de Carmen Ahren (madre), que se la hizo llegar a Bärbel por valija de confianza desde Sevilla.
Daniel se quedó mirando la nota. Él no había sabido lo de Sevilla.
Su madre había viajado a Sevilla y había usado un canal que él no le había enseñado, y había llamado a su exmujer para hacerle llegar la carta.
—¿Mi madre tiene canal propio?
Yusra hizo una pequeña sonrisa de profesional impresionada por el oficio ajeno.
—Tu madre lleva décadas leyendo a Galdós.
Es entrenamiento más serio del que pensábamos.
Cuando notó movimientos raros alrededor del piso de la Bergstrasse el viernes, cogió el primer vuelo a Madrid y de allí un AVE a Sevilla, llamó a un primo suyo de la calle Betis y le entregó la carta por una vía que tu padre, en su día, había conocido.
Después llamó a Bärbel y le pidió que ella te la hiciera llegar.
Bärbel hizo el resto. Las dos sabían lo que hacían.
Ninguna te llamó a ti. Tu madre nos cae muy bien.
Yusra se levantó, cogió el casco, y le dijo que la llamara desde la cocina cuando hubiera terminado, sin prisa.
* * *
Daniel abrió primero la de Bärbel Bühler. La eligió porque era la que menos le iba a doler. Estaba escrita en alemán, no en español —su exmujer había escrito en su lengua materna porque no había querido fingir intimidad—. Era una carta funcional.
«Han venido tres veces a casa esta semana. Una mujer y dos hombres distintos, con identificación que parecía oficial y con preguntas que no lo parecían. La tercera vez fui yo a la comisaría con un abogado a denunciarlos por acoso. Después han dejado de venir.
Inés no sabe lo que está pasando. Le he dicho que tienes un congreso en América del Sur. La he sacado del colegio una semana para llevarla a casa de mi hermana Marie, en Hannover. Tu madre lo sabe.
Una cosa que probablemente no quieres oír pero que necesito que sepas.
Inés ha vuelto a tener las pesadillas de la criatura del armario, las que tenía a los seis años.
Tres noches seguidas. Anoche le dije que la criatura del armario nunca podría con su padre estuviera donde estuviera, y eso pareció funcionar.
No te lo digo para que sufras. Te lo digo porque tienes derecho a saberlo.
Te escribo esto porque tu madre me ha llamado y me ha pedido que te haga llegar lo suyo y lo mío en el mismo envío.
No me ha contado cómo, ni dónde. Yo tampoco he preguntado.
Tu madre me ha gustado más por teléfono de lo que me ha gustado nunca cuando estábamos casados, y eso es algo que solo te digo a ti.
Sé que has hecho lo que has tenido que hacer. No estoy enfadada contigo. Estoy preocupada y eso es distinto.
Cuídate, Daniel.
Bärbel.»
Daniel leyó la carta dos veces. La segunda, más despacio, deteniéndose en la última línea.
Cuídate, Daniel. Dos palabras, y ninguna de las que habría esperado.
No le pedía que volviera. No le pedía que lo dejara.
Bärbel Bühler había escrito lo único que se le puede pedir a alguien a quien ya no se le puede pedir nada.
La ternura, en ella, estaba siempre debajo de las decisiones operativas: en que había llevado a Inés a Hannover, en que había avisado a Carmen Ahren, en que había escrito esta carta cuando habría podido no escribirla.
Daniel pensó por primera vez en muchos años que se había divorciado de una mujer con la que probablemente no había debido divorciarse, o por lo menos no del modo en que se había divorciado.
* * *
Después abrió la de su madre.
Carmen Ahren escribía con una caligrafía que Daniel reconocería entre miles.
Letras grandes, redondas, ligeramente inclinadas hacia la izquierda.
Pluma estilográfica de tinta azul oscura.
Papel grueso, color crema, con el membrete de un hotel sevillano —el Doña María, junto a la Catedral—.
La carta era larga. Tres páginas. En español.
«Hijo mío,
Te escribo desde Sevilla, que es donde mejor sé pensar cuando algo no me deja respirar bien en Heidelberg. He venido sin avisar a nadie. Estaré aquí dos semanas o tres.
Estoy bien. Quiero que lo sepas antes de cualquier otra cosa.
Tengo el corazón cansado pero ya lo tenía cansado el lunes.
No empeora. Tu prima Mercedes me ha hecho ya el caldo de pollo que me hacía tu abuela cuando algo no iba bien, y aunque a Mercedes le sale más salado de lo que le salía a ella, sigue funcionando.
Eso me ha enseñado un poco esta semana: que las recetas de las madres se mantienen aun cuando las hijas las hacemos peor. Solo el caldo cura.
Hijo, no quiero hablarte de lo que está pasando.
Quiero hablarte de lo que tu padre habría dicho si estuviera vivo, porque sé que esa pregunta te la has hecho ya.
Tu padre era un hombre que decía pocas cosas y casi todas las decía mal.
Pero las decía. Si estuviera vivo, te habría dicho que hicieras lo que estás haciendo.
No porque le guste. No porque crea que es seguro.
Te habría dicho que lo hicieras porque algunas cosas no se pueden no hacer.
Yo, que llevo cincuenta años leyendo a Galdós, lo digo con sus palabras: hay vidas que solo valen lo que valen las decisiones que se han tomado en ellas, y casi todas las decisiones importantes se toman cuando no se quiere tomarlas.
La tuya se ha tomado ya. No te arrepientas.
Arrepentirse es lo único que de verdad envejece.
Inés está bien. Hablé con ella ayer por teléfono. Le conté el cuento de la niña que aprendía a leer en árabe en una azotea de Triana en 1937, porque ella misma me lo pidió. Es una buena niña, hijo. Se nota que la has criado tú aunque haya sido a medias.