8 — La carta vieja #2
—No es un mensaje técnico. Es una carta.
—Es una carta —dijo Joachim.
Daniel se quedó mirando la pizarra. Pensó en su padre.
Pensó en la libreta verde de Wolfgang, en el cajón de la mesilla del piso de la Bergstrasse al que ya no iba a volver.
Un hombre que había dejado el ejército por unos motivos de salud que nunca quiso explicar a nadie, y que los últimos tres años de su vida se había puesto a anotar, con una letra cada vez más pequeña, las cosas de cada día.
Daniel nunca se había preguntado por qué.
Ahora, leyendo a Heimvar, se lo preguntó por primera vez: qué hace que un hombre que se ha pasado la vida callándose empiece de pronto a escribir.
Pero la libreta estaba a mil seiscientos kilómetros y su padre llevaba veinte años muerto.
No había forma de preguntárselo. Como casi siempre con Wolfgang, la pregunta llegaba tarde.
Pensó que casi todo lo que un hombre escribe sin saber del todo por qué es una carta a alguien que no ha llegado a leerlo todavía.
Por algún motivo, la idea le hizo sentirse menos solo de lo que había estado en seis días.
Catarina se le acercó cuando la sala empezaba a romperse en conversaciones pequeñas.
—Doctor Ahren. Una cosa más. Las treinta líneas que Joachim ha omitido al inicio.
Heimdall lleva cuatro días procesándolas sin converger.
O usan caracteres del alfabeto Vahn que la civilización no sembró en el genoma humano —caracteres que nosotros sencillamente no tenemos en el cuerpo y por eso no podemos leer—, o son nombres propios que no obedecen a la estadística del lenguaje.
Si yo tuviera que apostar, apostaría a que son una dedicatoria. Una que no estamos invitados a leer.
—¿A quién?
—A su mujer. A Sif. Las únicas treinta líneas del documento que Heimvar quiso que se quedaran solo entre los dos.
Por la ventana, el sol blanco de Lisboa se había desplazado ya hasta la pared opuesta.
En algún sitio del mismo documento habían quedado treinta líneas que probablemente nadie iba a leer nunca.
Y Daniel sintió algo que no era miedo ni urgencia ni fatiga.
Era tristeza. Una tristeza limpia, antigua, sin destinatario claro.
* * *
Trabajaron durante el resto del domingo, con descansos breves para comer pan con queso y aceitunas. A las seis y media, Yusra le hizo un gesto a Daniel desde la puerta de la sala. La siguió a la cocina.
La cocina estaba vacía. La luz del domingo se había ido casi del todo y quedaba solo la lámpara colgante sobre la mesa central. Yusra le sirvió un té de menta y se sentó frente a él.
—Daniel. Hay una cosa que tengo que preguntarte. ¿Estás bien?
—¿Es una pregunta profesional?
—No. Te lo pregunto yo, no los Heliógrafos. Yo, Yusra, quiero saber si estás bien.
Daniel pensó la respuesta antes de darla.
—No lo sé. No estoy bien. Pero tampoco estoy hundido del todo. Estoy en algún sitio entre las dos cosas.
—No vas a estar mejor que ahora durante mucho tiempo.
—Yusra. ¿Por qué te metiste tú en esto?
Yusra tardó en contestar. Cuando habló, lo hizo en voz baja, sin teatralidad, como quien cuenta algo que ha contado pocas veces.
—Me crié en Lyon. Mi padre era marroquí, marino mercante.
Mi madre, francesa, profesora de filosofía.
Tenía un hermano mayor, Karim. En 2012 hacía el doctorado en bioinformática en Estrasburgo.
Le ofrecieron una beca de la Fundación Vasseur para terminar su tesis con datos de secuenciación de poblaciones humanas.
Daniel dejó la taza en la mesa con más cuidado del necesario.
—Era una beca extraordinariamente generosa.
Karim aceptó. Cuando llevaba tres meses con los datos, se dio cuenta de que algo no encajaba en las regiones del genoma humano que estaba analizando.
Empezó a hacer preguntas. Lo invitaron a una reunión en Frankfurt.
Volvió a Lyon dos días después y se suicidó una semana más tarde, desde el balcón del piso de mis padres.
Hubo carta. La leí yo. Decía que en Frankfurt le habían ofrecido una carrera a cambio de silencio, que él no había firmado, que el comité de Estrasburgo se había reído cuando volvió a presentar lo que había encontrado, y que no soportaba vivir siendo el único que sabía con todos contra él.
Karim había entendido lo que estaba mirando y no soportó afrontar solo lo que había entendido.
Daniel no contestó. No podía. Tenía la garganta cerrada y una conclusión fría a la que llevaba media frase intentando no llegar.
Fundación Vasseur. Henri Vasseur, el investigador del Pasteur muerto en 1983 en la A6 cerca de Beaune.
La misma fundación que aparecía en una historia que Markus Holm le había contado cinco días antes.
—Ninguna de las hijas reales de Henri Vasseur firma los papeles de la fundación desde 2009 —añadió Yusra, en voz baja, como si hubiera estado esperando que Daniel hiciera la conexión solo—.
Los firma una empresa de Luxemburgo. Pero entre los firmantes alternantes hay ocho nombres que sí conocemos.
Cuatro de los ocho son Custodios identificados.
Daniel respiró una vez. Dos.
—Holm —dijo, finalmente.
—Sí. Es uno de los ocho. Y probablemente una de las personas que decidió la beca de Karim en 2012.
Daniel cerró los ojos. La red que había intentado comprarle el silencio a él aquella misma semana había decidido también, catorce años antes, reclutar al hermano mayor de la mujer que tenía sentada delante.
Y el hermano mayor no había sobrevivido al reclutamiento.
Comprendió, también, que Yusra había aceptado trabajar con él precisamente porque su hermano había sido lo que él podía haber sido.
Estuvieron callados un buen rato. Por la ventana, sobre los limoneros del patio, había salido la primera estrella.
—No por venganza —dijo Yusra al fin—. La venganza no me sirve de nada. Estoy en esto porque tu técnico Holger Brandt va a poder volver a su mesa el lunes como si nada hubiera pasado, y Karim no pudo hacer eso. Es una razón pequeña. Pero es la mía.
—Lo siento mucho, Yusra.
—Gracias.
—Voy a salir de esta.
Yusra lo miró durante unos largos segundos.
—Espero que sí, Daniel. Pero no me lo prometas. Karim también dijo eso una vez.
* * *
El lunes dieciséis de febrero amaneció con lluvia.
Una lluvia fina, persistente, que entraba con el viento del Tajo. Daniel bajó a la cocina con la libreta azul y los ojos hinchados de haber dormido demasiadas horas seguidas por primera vez en una semana. Yusra le pasó una taza de café sin preguntar.
—¿Día dos?
—Día dos. Hoy va a ser denso. A partir de la palabra noventa y dos, Heimvar empieza a contar quién era. Quién era él, quién era su mundo, y por qué escribió esto.
Antes de subir a la sala, Hicham entró en la cocina, se sirvió café de pie, y dijo, sin dirigirse a nadie en particular:
—El contacto de Oporto sigue sin responder. Cuarto día. —Bebió un sorbo—. No es una alarma todavía. Es una cuenta. Quería que lo supierais los dos.
Salió. Daniel y Yusra estuvieron un momento en silencio. Después subieron a la sala.
La traducción de la mañana avanzó despacio. Cada nuevo renglón abría una pequeña ventana a un mundo que ya no existía. Hacia las once y media, Catarina dio un paso atrás de la pizarra y repasó lo que ya estaba escrito:
«Mi mundo se llamaba Yggrhal. Tenía dos soles que llamábamos Vahn-mayor y Vahn-menor, que se abrazaban entre sí en el cielo girando juntos, y nuestro mundo los abrazaba a los dos desde lejos.
Mi gente se llamaba Vahn. Habíamos nacido del barro de los lagos del norte hacía algo más de doce mil generaciones.
Mientras escribo esto, ya casi nadie de los míos respira el aire de este mundo.
Hace tres años de luna que mi pueblo dejó de ser pueblo.
Pasó porque los nuestros llamaron al cielo de dos modos distintos.
Una mitad llamó al cielo Hrafnkin. La otra mitad llamó al cielo Sólkin.
Las dos mitades creyeron tan firmemente en sus propios nombres que las dos prefirieron acabar con el mundo entero antes que aceptar que el cielo no se llama, sencillamente.
No fue una guerra como las que vosotros haréis o habréis hecho.
Fue peor: porque ninguno de los dos bandos quiso pararla nunca.
Cuando los Hrafnkin lanzaron lo que tenían al cielo, los Sólkin lanzaron lo suyo en respuesta.
Ninguno calculó que lo que cada uno tenía bastaba para acabar con Yggrhal entero.
O sí lo calcularon, y siguieron adelante.
Eso es algo, hijo, que ya nunca podré saber a ciencia cierta.
Cuatro de los nuestros nos opusimos a los dos bandos por igual.
Yo era uno. Mi mujer Sif era otra. Nos refugiamos en este complejo viejo de la costa norte para hacer lo que aún se podía hacer.
Hicimos lo que pudimos. Lo que pudimos fue muy poco. »
Catarina se sentó. Se quitó las gafas. Se las volvió a poner.
—Necesito un descanso.
La sala se vació durante unos minutos. Daniel se quedó en la silla.
No podía salir. Tenía la libreta azul abierta delante con los últimos renglones copiados, y por encima la conciencia recién formada de que la civilización Vahn había acabado con su propio mundo por desacuerdo en cómo nombrar el cielo.
Pensó en los Balcanes en los años noventa.
En Ruanda en 1994. En todas las geografías humanas donde grupos que compartían suelo, idioma, comida, sangre habían terminado matándose porque uno llamaba Dios al cielo y el otro lo llamaba Alá.
Su propia especie ya tenía la enfermedad antes de que llegara el Mjölnvirr.
La diferencia con los Vahn era de escala, no de naturaleza.
Daniel salió al patio. La lluvia había parado. Los limoneros olían más fuerte que el día anterior.
* * *
Yusra lo encontró allí cuarenta minutos después. Llevaba el casco de moto en una mano y un sobre marrón sin sellos en la otra. Se sentó en el escalón a su lado y dejó el sobre encima de la piedra, entre los dos.