Heredarán el silencio 8 — La carta vieja
42%

8 — La carta vieja

La carta vieja

El domingo amaneció con sol sobre Lisboa por primera vez en cuatro días.

Era una luz extraña, poco invernal, que entraba por las ventanas de la casa de Alfama y caía sobre el suelo de madera oscura formando rectángulos limpios.

Daniel se despertó a las nueve en una habitación pequeña del tercer piso —los Heliógrafos lo habían instalado allí la noche anterior, después de las primeras seis horas de trabajo— y se quedó mirando los rectángulos de luz durante varios minutos antes de levantarse.

Y el primer pensamiento al despertarse no fue de pánico.

Eso le sorprendió. Esperaba el pánico. Llevaba esperándolo cada mañana, como un huésped al que el cuerpo se había acostumbrado a recibir antes de poner los pies en el suelo.

Pero aquella mañana el cuerpo no le pidió pánico.

Le pidió ducha, desayuno, y sobre todo volver a la mesa de la sala donde Catarina y Joachim ya estarían trabajando.

Daniel se vistió. Bajó.

*  *  *

En la cocina había seis personas. Las tres a las que ya conocía —Yusra, Catarina, Tomás— y tres nuevas que lo saludaron con cabeceos profesionales sin presentarse.

Daniel comprendió, sin que se lo explicaran, que aquellas tres personas eran las que iban a estar cerca pero no le iban a contar quiénes eran.

Asintió a sus saludos sin intentar memorizar las caras.

Yusra se acercó a él con una taza propia, el pelo todavía húmedo de la ducha, los pies descalzos sobre la baldosa antigua.

—¿Has dormido?

—Sí. Bien. Por primera vez desde el lunes.

—Bien. Vamos a tener un día largo.

Le habló entonces en voz más baja, casi sin abrir los labios, una frase que no estaba destinada al resto de la cocina:

—Una cosa antes de empezar. Tu técnico de Heidelberg. Holger Brandt. Lo retuvieron tres días los Custodios. Interrogatorios largos, pero no había nada que sacarle. Lo soltaron el sábado al mediodía. Está bien.

Daniel tardó un instante en responder. Dejó la taza sobre la encimera para que las manos no le delataran el alivio.

—Gracias, Yusra.

—No me las des. Era información. Te la debía.

—Hizo una pausa pequeña—. Hay otra cosa, esta menos buena.

Tenemos un contacto en el norte, en Oporto, que lleva tres días sin responder a los protocolos de seña.

Puede no ser nada. Una avería, un viaje, un teléfono perdido. Pero Hicham ha preferido que lo sepas.

—¿Eso cambia algo?

—Todavía no. Pero Hicham ha empezado a contar los días. Cuando Hicham empieza a contar los días, conviene saberlo.

Daniel asintió. Pensó en Holger volviendo a su trabajo el lunes por la mañana, secándose el bigote con el pañuelo de cuadros que llevaba siete años viéndole usar. Pensó que Holger, probablemente, no le iba a perdonar del todo nunca. Y pensó que esa era una de las cosas que iba a tener que aceptar.

*  *  *

Tomás llegó del laboratorio adyacente a las once con una memoria USB y la cara de un hombre que llevaba veinticuatro horas sin dormir y que, a pesar del cansancio, sostenía algo entre las manos que le emocionaba.

—La cápside está validada. He repetido la secuenciación con tres protocolos.

La estructura del Mjölnvirr es la que dice el doctor Ahren.

Hemos extraído el ochenta y dos por ciento del mensaje en bruto.

Ahora hay que cruzarlo con los doce caracteres-base que hemos descifrado del genoma humano para empezar a leer.

Joachim conectó la memoria. En la pizarra se proyectó un texto largo en doce caracteres que no se parecían a nada que Daniel hubiera visto: no eran nórdicos, ni cuneiformes, ni nada terrestre.

Tenían la geometría limpia de los alfabetos diseñados —no evolucionados— y al mismo tiempo una cierta belleza orgánica.

Catarina se levantó. Antes de coger el rotulador se quedó mirando el texto y respiró dos veces despacio, como si lo que iba a hacer le pesara físicamente.

—Doctor Ahren. Antes de empezar, quiero que entienda qué va a ver.

Esto no es traducción directa. Yo no leo Vahn.

Nadie lee Vahn. Joachim aísla los segmentos y los alinea.

Yusra los pasa por un sistema que ha entrenado durante cuatro años.

El sistema escupe hipótesis con probabilidades.

Yo elijo, palabra por palabra. Ninguna traducción que oiga hoy es definitiva.

Margen de error ahora mismo: en torno al veinticinco por ciento. Estamos leyendo borradores.

—¿Cómo se llama el sistema?

Yusra levantó la vista del portátil.

—Heimdall. En la mitología nórdica era el guardián que oía crecer la hierba.

Le puse el nombre hace cuatro años. Y aquí está lo que le costará aceptar, doctor: los nombres que va a oír hoy no son de ellos.

Yggrhal, el Mjölnvirr, Heimvar Sköll. No sabemos cómo se llamaban; sus nombres, si es que los tenían, no se pueden pronunciar.

Los que oye los pusimos nosotros. Cuando el sistema escupe algo ilegible, alguien tiene que ponerle una etiqueta para poder trabajar, y las que fuimos eligiendo salieron todas del mismo sitio: un árbol que sostiene el mundo, un martillo, un centinela.

Nadie lo decidió; nos salió así. Para leer a una civilización muerta hace cuatro mil millones de años, no supimos usar otra cosa que nuestros propios dioses. La ironía es de las que duelen.

Catarina cogió el rotulador.

—Empezamos.

*  *  *

Empezaron por el principio del fragmento legible. Joachim aisló la primera secuencia —omitiendo, le explicó a Daniel sin levantar la vista, un bloque inicial de unas treinta líneas que llevaban cuatro días procesando sin convergencia—. La primera secuencia legible tenía once caracteres.

—Saludo de proximidad o saludo de auxilio —dijo Yusra, leyendo del portátil—. Ochenta y uno y setenta y nueve por ciento.

—Es saludo de proximidad —dijo Catarina—. Un saludo de auxilio no abre una carta de cuatro mil millones de años. ¿Los siguientes?

—Padre, hijo, hermano, amigo. Las cuatro por encima del veinte.

—La sintaxis Vahn marca dirección de afecto en el morfema final. Joachim, ¿qué morfema?

—El descendente.

—Entonces es hijo. Está hablándole a alguien más joven.

Catarina escribió en la pizarra:

«Hola, hijo.»

Daniel lo apuntó en la libreta azul. Ya había visto el día anterior las dos primeras palabras descifradas. Pero verlo emerger ahora era distinto. No era un dato. Era una decisión humana tomada en tiempo real entre tres personas, una máquina y una pizarra blanca.

Avanzaron así durante cuarenta minutos. Catarina dictando, Yusra dando probabilidades, Joachim aislando los siguientes segmentos.

Daniel anotaba cada palabra y, en el margen, las alternativas descartadas: si alguna vez alguien intentaba reconstruir aquella mañana, las alternativas iban a ser tan importantes como la elección final.

Hubo dos palabras que costaron especialmente. La primera obligó a Catarina a dudar varios minutos entre cinco opciones —cara, rostro, identidad, forma propia, aspecto reconocible—. La dejó sin traducir.

—¿Qué significa vahnir? —preguntó Daniel.

—Algo entre cara, identidad y aspecto reconocible. Probablemente las tres cosas a la vez. El Vahn no separa lo físico de lo personal del modo en que lo separa el indoeuropeo. Lo dejamos sin traducir. El lector futuro entenderá.

Daniel asintió. Y notó, sin darle importancia, que la palabra sin resolver no le había producido la pequeña incomodidad que solía producirle una incógnita sin cerrar.

La aceptó y siguió copiando. Le pareció, durante medio segundo, que aquella facilidad para dejar una cosa abierta era ligeramente nueva en él. No se detuvo a pensarlo.

La segunda palabra costó aún más. Era un sustantivo plural, y obligó a los tres a discutir quince minutos: bestias, alimentos vivos, criaturas domesticadas, acompañantes, seres-de-cuidado.

—No puede ser bestias —zanjó Yusra—. El verbo asociado es de cuidado, de alimentación, no de agresividad. Es cualquier ser vivo no humano del que dependes para vivir. Vacas, caballos, plantas. La palabra es agnóstica al reino biológico.

—No tenemos una palabra para eso en castellano —suspiró Catarina—. Lo dejamos como bestias-de-vida.

Y cuando Catarina escribió la frase entera en la pizarra, Daniel se dio cuenta de que llevaba un rato sin respirar bien:

«Hola, hijo. No sé tu nombre… ni cómo llamas a las cosas pequeñas que llevas en los bolsillos.»

Era una frase de un padre. Una frase de alguien que había estado pensando en cómo es un cuerpo que tiene bolsillos y carga cosas en ellos.

Heimvar Sköll, en algún momento de la última semana de su vida en Yggrhal, había imaginado a un lector futuro guardándose cosas en los bolsillos del abrigo.

Y aquel pequeño gesto físico imaginado a través de cuatro mil millones de años hacía más por la realidad de Heimvar que cualquier dato técnico.

Daniel pensó en la libreta azul que tenía en el bolsillo del jersey en aquel momento. En la tarjeta Whatman. En el móvil prepago.

La traducción del primer párrafo fue tomando forma en la pizarra durante el resto de la mañana, palabra por palabra, hasta que hacia la una de la tarde estaba allí entera:

«Hola, hijo. No sé tu nombre. No sé cómo es tu vahnir. No sé qué cielo ves cuando te despiertas, ni qué bestias-de-vida te alimentan, ni cómo llamas a las cosas pequeñas que llevas en los bolsillos.

Sé solamente que estás vivo, porque estoy escribiendo esto contando con que un día estarás vivo, y prefiero confiar en ti antes de saber siquiera que existes que no confiar en nadie.

Mi nombre fue —es— será Heimvar Sköll. Vivía —vivo— en un mundo que se llamaba Yggrhal. Mi mujer se llamaba Sif. Mi mundo se mató a sí mismo. El tuyo, si estás leyendo esto, también es capaz de matarse a sí mismo, y lo será durante todo el tiempo que dure tu especie.

Lo que voy a contarte en las próximas líneas es lo único que aprendimos antes de morir. No es mucho. Pero es lo único.»

Catarina dejó el rotulador. Se sentó. Tomás, que había vuelto a la sala hacía media hora, fue el primero en hablar, en voz baja.