Heredarán el silencio 7 — Lisboa #4
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7 — Lisboa #4

—Quiere decir que el mensaje no está escrito directamente en el genoma humano, doctor Ahren.

El mensaje está escrito en la cápside, en lo que nosotros llamamos el Mjölnvirr.

Lo que está escrito en el genoma humano es el alfabeto.

Es nuestra piedra de Rosetta. Lo necesitamos para descifrar el mensaje original que el Mjölnvirr lleva incrustado en su estructura proteica.

—Es decir.

—Es decir que la civilización que lanzó el Mjölnvirr a este sistema solar hace cuatro mil millones de años no quería solo sembrar vida.

—Joachim hizo una pausa—. Del mensaje no hemos leído todavía casi nada.

Pero no hace falta leerlo para ver lo que buscaban.

Está en la arquitectura, no en el texto.

Quien diseña una clave de lectura y la esconde en el genoma mismo de sus criaturas, y reparte además restos del mensaje entre ellas, no quiere solo vida.

Quiere lectores. No tenía garantía de que los habría, ni de que alguien llegara a encontrar el mensaje: lanzó cápsulas a ciegas, sin saber si alguien sobreviviría, evolucionaría hacia conciencia, ni recuperaría alguna pieza intacta.

Lo que sí podía hacer era repartir el azar: lanzar cuantas cápsulas le diera tiempo a lanzar, en cuantas direcciones pudiera apuntar, y diseñar cápsides capaces de durar miles de millones de años.

No sabemos cuántas salieron. Sospecho que muchas menos de las que habría querido.

Y, lo más astuto de todo —pero esto lo entenderá usted mejor más adelante—, diseñó el Mjölnvirr para que parte de él se integrara en el genoma de los seres que iba a engendrar.

Si por algún milagro estadístico surgía una especie pensante en algún destino, esa especie llevaría escrita en su propio genoma la clave para leer el mensaje.

Y llevaría también, en algunos de sus miembros, restos del propio mensaje.

El porqué exacto —qué los movió, qué esperaban de nosotros— lo sabremos cuando terminemos de descifrar.

Pero incluso sin esa parte, ya se ve la forma de lo que hicieron: una de las decisiones de ingeniería más elegantes y más crueles que un grupo de seres pensantes ha tomado en la historia conocida del universo.

Daniel sintió otra vez el frío conocido bajo el esternón. Lo conocía bien ya. Pero esta vez no era miedo. Era otra cosa para la que no tenía nombre.

—¿Por qué cruel? —preguntó.

Catarina contestó esta vez. Lo hizo en voz baja, sin levantar la vista de su cuaderno.

—Porque quien diseñó eso sabía que la especie que llegara a leerlo iba a tardar miles de años en darse cuenta de que el mensaje estaba ahí.

Sabía que su existencia iba a estar marcada, durante toda esa espera, por algo que aún no podía nombrar.

Sabía que cuando finalmente lo leyera, ya sería una especie con una historia entera de violencia, religiones, guerras, búsquedas que no habían encontrado nunca lo que buscaban.

Sabía que dejar un mensaje así, en el genoma de una especie todavía no nacida, era condenar a esa especie a buscarse a sí misma durante diez mil años antes de saber siquiera que se le estaba hablando.

Eso es cruel. Lo es independientemente de las intenciones del que dejó el mensaje.

Daniel se quedó en silencio un buen rato.

Después preguntó la única pregunta que importaba.

—¿Y qué dice el mensaje?

Joachim y Catarina se miraron.

Catarina contestó.

—Doctor Ahren, llevamos doce años intentando responder a esa pregunta sin tener la cápside.

Hoy mismo estamos empezando, gracias a usted, a responderla con la cápside delante.

Lo que le puedo decir ahora, en las primeras horas de trabajo, es que ya tenemos descifradas dos palabras del mensaje.

No son palabras al azar. Son las dos primeras palabras del documento.

—¿Qué palabras?

Catarina abrió el cuaderno donde había estado anotando. Lo giró hacia Daniel. Daniel leyó la transcripción al alfabeto latino, escrita en una caligrafía pequeña y precisa, de las dos primeras palabras descifradas del Mjölnvirr.

Las dos palabras eran:

Hola, hijo.

Daniel se quedó mirando el cuaderno. Catarina y Joachim estaban concentrados en la pantalla, hablando entre sí en voz baja sobre la sintaxis, sobre la siguiente palabra que ya tenían medio descifrada, sobre la dirección del flujo de lectura.

Ninguno de los dos miró a Daniel durante esos veinte o treinta segundos.

Tenían trabajo. Llevaban doce años esperando aquellas dos palabras. Ahora trabajaban.

Pero Yusra, que había estado callada en una silla apoyada contra la pared del fondo durante toda la sesión, lo estaba mirando a él.

Daniel se dio cuenta al levantar la vista del cuaderno.

Tenía los ojos secos. Tenía la cara seria, profesional, calmada.

Pero la mano izquierda, apoyada en el reposabrazos de la silla, le temblaba.

Yusra no apartó la mirada cuando Daniel la cruzó con la suya. Solo asintió, una vez, despacio. Como diciéndole: yo también.

Daniel le devolvió el asentimiento.

Después, sin decir nada, los dos volvieron a sus respectivos sitios. Daniel a la pizarra donde Joachim seguía trabajando con los doce caracteres-base. Yusra, a la silla del fondo.