7 — Lisboa #2
—Tercera cosa. Y esta es la importante. Mario está bien.
Lo recogió un equipo nuestro el viernes por la madrugada en una calle de Madrid, después de que él se diera cuenta de lo que pasaba y saliera a tiempo.
Está físicamente sano y a salvo en un piso protegido en Bilbao.
Déjame que te reconstruya lo de esa madrugada, porque tienes derecho a saber por qué estás vivo.
Cuando Vega publicó, la red supo en menos de una hora que el científico del artículo estaba con ella.
A Vega la tenían fichada desde hacía años: dar con ella no les costó nada.
Y de Vega salió Mario. No sabemos cómo exactamente, y probablemente no lo sepamos nunca; pero salió Mario, y con Mario salió el barrio.
No la casa, Daniel: solo el barrio. El piso de la suegra de Mario nunca lo localizaron.
Por eso el viernes de madrugada había hombres peinando las calles de Embajadores en vez de echar una puerta abajo: sabían que estabas en esas manzanas, no en cuál.
Mario los vio desde la ventana antes del amanecer, entendió que habían acotado la zona pero no el portal, y salió el primero para que lo siguieran a él y así darte a ti los minutos de ventaja que necesitabas.
Esos minutos son la razón de que sigas respirando.
No puede comunicarse con su mujer Elena en estos momentos por motivos operativos, pero está vivo.
La situación de Vega Castiñeira es distinta.
No sabemos dónde está. Hemos activado nuestros canales en Madrid, en Lisboa y en París durante las últimas treinta horas y no hay rastro.
Eso significa una de tres cosas: o está muerta y no han recuperado el cuerpo, o está retenida en una instalación que no está en nuestros radares, o ha decidido por sí misma desaparecer durante un tiempo.
Las tres posibilidades son malas pero algunas son peores que otras.
Te lo diremos en cuanto lo sepamos. ¿Preguntas?
Daniel lo había escuchado todo sin interrumpir.
Tenía la boca seca y el corazón otra vez en la garganta y al mismo tiempo, por algún motivo, un alivio enorme dentro del pecho.
Mario estaba vivo. Eso significaba que Elena iba a ver a Mario otra vez.
Era poca cosa, y en aquel momento fue lo más grande que Daniel tenía.
—Una pregunta —dijo Daniel.
—Dime.
—¿Por qué confío en ti?
Yusra sonrió por primera vez desde que había entrado a la habitación. Era una sonrisa breve, no exactamente cálida, pero humana.
—No tienes ningún motivo para hacerlo. Yo lo sé.
Lo que te puedo ofrecer son dos cosas. La primera es que nosotros no te vamos a pedir que firmes ningún compromiso de discreción, ni ahora ni nunca.
Si en cualquier momento decides irte, te dejaremos marchar.
La segunda es que nosotros llevamos quince años cuidando a gente como tú.
Hemos perdido a tres en el camino. Hemos sacado a once.
Cuatro de los once siguen vivos. Otros siete murieron por causas naturales o accidentes después, fuera ya de nuestro perímetro.
Es la verdad y no estoy embelleciendo las cifras.
Tú decides. Pero decides ya, porque dentro de quince minutos tenemos que estar saliendo de aquí.
Daniel pensó. Pensó en Holm en el piso de la Bergheimer Strasse.
Pensó en Klein y Vogt en el laboratorio.
Pensó en la libreta verde de Wolfgang sobre la almohada del lado izquierdo de la cama.
Pensó en la mano del perseguidor saliendo del bolsillo del anorak con algo dentro.
Pensó en la carta para Inés que llevaba en el bolsillo desde Frankfurt y que no había mandado.
Pensó en Vega.
—De acuerdo —dijo Daniel—. Vamos.
Yusra asintió. Le tendió un casco de moto.
Daniel se puso el abrigo, recogió la mochila, comprobó que la libreta azul y la tarjeta Whatman seguían en el bolsillo interior.
Salieron de la habitación. Yusra dejó la llave en recepción dando el apellido Wagner.
La recepcionista, todavía con la bata, asintió sin levantar la vista de la telenovela.
Salieron a la calle. Lloviznaba sobre Lisboa. Campolide olía a tostadas con mantequilla, a aceite de motor y a Atlántico. Yusra le señaló una scooter pequeña aparcada a unos veinte metros.
—Súbete detrás. Sujétame por la cintura. Yo no voy rápido. El trayecto dura veinte minutos.
* * *
El sitio era una casa antigua de tres pisos en una calle empedrada de Alfama, una puerta de madera oscura sin número visible, una ventana en la planta baja con las contraventanas siempre cerradas.
Yusra paró la scooter en una callejuela perpendicular, encadenó la rueda delantera a un poste, y le hizo un gesto a Daniel para que la siguiera por una calle en pendiente que llevaba a una entrada lateral del edificio.
Subieron tres pisos por una escalera de mármol gastado, sin saludar a nadie, con una luz automática que se encendía y se apagaba a su paso con detector de movimiento.
En el último rellano, Yusra se paró delante de una puerta sin número.
Sacó una llave. Antes de meterla en la cerradura, se volvió hacia Daniel.
—Daniel. Una cosa antes de entrar.
—Dime.
—Dentro hay seis personas. Te voy a presentar a tres ahora.
Las otras tres no las vas a conocer todavía.
La gente de dentro lleva años haciendo este trabajo.
Algunos, desde el principio. Han perdido a colegas, a amigos, a familiares.
Lo que vas a ver no es un laboratorio bonito ni una sala de conferencias.
Es una casa donde gente seria intenta resolver un problema que les importa más que la vida que les queda. Trátalos en consecuencia.
—De acuerdo.
Yusra abrió la puerta.
La casa por dentro era amplia, con techos altos y suelos de madera oscura, paredes blancas sin cuadros, ventanas con visillos blancos que dejaban pasar la luz gris de la mañana de Lisboa.
El recibidor olía a café recién hecho y a madera encerada y, debajo, a algo más técnico, ozono y plástico caliente, el olor de las salas con servidores en funcionamiento.
Una alfombra antigua en el suelo. Un perchero con tres abrigos. Nada en las paredes.
Yusra lo llevó por un pasillo hasta una sala grande al fondo.
La sala tenía una mesa larga de madera en el centro, ocho sillas, dos pizarras blancas en las paredes laterales cubiertas de fórmulas y diagramas, un proyector colgando del techo, y una pared al fondo entera ocupada por un mueble de servidores con cuatro pantallas de monitorización encendidas.
Al otro lado de la mesa, dos personas. Una tercera entró por una puerta lateral en cuanto Daniel y Yusra cruzaron el umbral.
—Daniel —dijo Yusra—, te presento. Catarina Saraiva, lingüista comparatista de la Universidade de Lisboa.
Joachim Vogel, criptógrafo, alemán, antiguo del BSI de Bonn.
Tomás Almeida, biólogo molecular del Instituto Gulbenkian.
Los tres son Heliógrafos. Los tres son las personas que van a leer contigo lo que has traído.
Catarina era una mujer de unos cincuenta y muchos años, baja, con el pelo blanco corto y unas gafas de pasta verde oscura. Le tendió la mano a Daniel sin sonreír, con el saludo profesional y eficiente de quien tiene mucho trabajo y poco tiempo.
Joachim era un hombre de unos sesenta años, alto, delgado, con barba blanca corta y manos largas. Le saludó en alemán con una frase corta —Bienvenido, doctor Ahren, lamento las circunstancias— y se volvió a su pantalla.
Tomás era el más joven de los tres, treinta y muchos, con barba oscura, un jersey con un agujero pequeño en el codo, y los ojos rojos de quien lleva muchas horas sin dormir. Le sonrió a Daniel con una sonrisa cansada.
—Bem-vindo, Daniel. Llevamos cuatro días esperándote.
—¿Cuatro? —dijo Daniel.
—Desde el martes. Marta Encinas nos avisó.
Daniel se inmovilizó. Marta. La geóloga del AWI, su antigua compañera de Tübingen, había avisado a los Heliógrafos del envío del meteorito al día siguiente de que él bajara al despacho de Holm con la muestra.
—Marta es de los vuestros.
—Marta es de los nuestros, sí. Lleva con nosotros doce años.
Cuando recibió el material antártico el verano pasado, supo lo que era.
Pidió permiso a los Heliógrafos para enviártelo.
Se lo dimos. Suponíamos que en algún momento ibas a llegar a Lisboa, así o de otra manera.
Vega Castiñeira y Mario Trías no son Heliógrafos oficiales, pero los conocemos desde hace años.
Trabajamos con periodistas como ellos cuando aparece material grande.
Cuando llamaste a Vega desde Heidelberg, ella nos avisó esa misma noche.
Si hubieras llamado a otro periodista europeo de investigación de su nivel, probablemente también habríamos terminado contactando contigo.
Tenemos contactos en varias capitales. Lisboa era el destino más probable, no el único.
Daniel se sentó en una silla sin pedirla.
Necesitaba sentarse. Llevaba cuatro días pensando que el envío de Marta había sido casi azaroso, una decisión profesional inocente de una geóloga curiosa.
Se acababa de enterar de que su descubrimiento no había sido casualidad: había sido una elección.
De todos los virólogos del mundo, era el único que reunía las condiciones que ellos necesitaban, y lo habían buscado a propósito.
No podían saber qué haría él con la cápside una vez la tuviera en las manos —eso dependía de Daniel, solo de Daniel—, pero sabían muy bien a quién se la estaban dando.
—¿Y por qué yo? —preguntó.
Tomás miró a Yusra. Yusra contestó.